No sé en qué momento se me ocurrió decirle que sí a Chaplin.
Nos movemos por París y a mí todo me llama la atención. Es como si la guerra no hubiera llegado hasta aquí. La gente pasea sin preocupaciones. Hay dos tipos comiéndose un aperitivo en una terraza, se ríen y charlan animadamente, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Como si la vida no pudiera terminar mañana, o dentro de un rato.
Charles está muy nervioso e intenta enseñarme todo lo que se supone que debo hacer. Yo no soy actriz ni nada que se le parezca. Aunque bueno... llevo cerca de un año fingiendo un papel, ¿no? Lo mismo no me queda tan lejos.
No entiendo porqué todo esto es tan importante, pero para él lo parece así que decido hacerle caso en la medida de que lo que me pide no me parece del todo estúpido.
Vemos una tienda donde hacen cosas de comer. Huele que alimenta. Creo que la última vez que olí algo tan delicioso fue en otra vida.
Croissants y otros dulces. Charles dice que tengo que conseguir que me pongan uno gratis, porque "soy un tipo famoso al otro lado del mar". Que va, paso. Esto no es para mí.
Acabo comprando el croissant y le pido que me ponga más. Por supuesto pago.
Acto seguido Chaplin intenta hacer una demostración magistral sobre como se hacen las cosas y yo... bueno, me cargo la escena. Será que a mí me va más eso de improvisar sobre la marcha. Parece disgustado cuando salimos pero una sonrisa vuelve a aparecer en su cara cuando entramos en el modista.
Qué espectáculo de hombre. No sé si reírme o llorar. Me toma medidas no sé cuántas veces, me hacen cambiarme otras tantas. Todo tiene que estar perfecto. Yo solo pido que la ropa me quede algo holgada. Me miran como si fuera un monigote.
He decidido que no me gusta ir de compras. No lo echaré de menos.
Salimos de allí y Charles parece orgulloso de cómo va saliendo casi todo. Creo que tiene la confianza de que me enderezará antes de lo que yo pienso. Me da que se equivoca.
No voy a arruinar su velada, es más, quiero ayudarle, pero tampoco voy a sentirme más estúpida de la cuenta en el proceso.
Ya voy vestida, y tengo que reconocer que no me sienta mal esta ropa. Eso sí, no van a cortarme más el pelo. Ya lo pasé lo suficientemente mal la primera vez, y cada vez que lo recorto para mantenerlo como está.
Echo de menos mi pelo largo. En realidad, echo de menos ser una chica. O eso creo.
Un muchacho corre delante nuestra, le roba el bolso de un tirón a una señora y prosigue la carrera. Ni me lo pienso, corro detrás. Tengo que reconocer que no me cuesta trabajo darle alcance. Se ve que estoy en forma. Al parecer el chico roba para comer, así que le quito el bolso y le doy el dinero que llevo yo.
Luego salgo y busco a la señora, que no tiene otra cosa que hacer que ponerse a despotricar sobre los miserables de las calles de París y de cómo la justicia debería tratarles. Esa foca enorme no ha pasado hambre en su vida, si no no hablaría con tanta ligereza y desde luego no tendría unas carnes como para hacer abrigos a toda la población. Menuda estúpida.
Me muerdo las ganas de darle un puñetazo y Charles y yo nos vamos de ahí. No me regaña demasiado cuando ve el roto del pantalón, creo que porque ve mi cara de mosqueo.
En lugar de eso decidimos que puedo trabajar en "doble de efectos especiales de cine en el papel de niño", así que vamos a comprar otro tipo de ropa, de crío esta vez.
Correr y dar volteretas tenía que servir para algo fuera del frente. Siempre pensé que lo pondría en práctica volviendo a tratar de cazar a Gina, pero se ve que antes que eso seré doble de cine.
Echo de menos a Gina. Con lo rápida que era sería la ama y señora de los campos de minas.
¿Podría amaestrarla para pisar las minas y salir corriendo antes de que la explosión la pille?
En dos meses sería teniente, o capitán.
Capitán de las gallinas.