El pozo es profundo. Los excavadores han hecho su trabajo perfectamente, pero un bombardeo ha puesto en una situación un poco complicada la estructura, y una parte del túnel se ha reducido.
El plan era poner cargas debajo de los traseros alemanes, pero no hay quien entre por ese pequeño boquete.
¿Seguro? ¿seguro que no hay quien entre? Días y días de trabajo no se podían tirar por alto de esa manera, ¿verdad? Un ratón entra por cualquier sitio, y yo soy un ratón... un ratón de trinchera.
Johan es simpático, me cae bien. A menudo dice que me parezco a su hijo y yo para qué voy a contradecirle. Es el que lleva el mando allí abajo, es arquitecto. En otro tiempo podría haber construido una iglesia preciosa, pero aquí está, cavando madrigueras para los muertos.
Somos ocho soldados aquí abajo, hay poco aire y menos luz. Respiramos tierra que flota, y es peor que revolcarse en una cuadra. Miro al túnel, o lo que queda de él. Realmente ha quedado inservible. Quiero decir, "casi inservible". Solo hace falta alguien lo bastante pequeño para colar las cargas hasta el otro lado.
Y ahí entro yo.
El resto de los hombres salen, Johan les dice que aquí solo estorban y que si el túnel termina de ceder mejor que estemos abajo los menos posibles. Habla de ello casi en broma, y a mí se me coge un nudo en el estómago que se convierte en una sonrisa y le sigo el chiste:
- Eh, que ratón sí, pero todavía no soy topo
- Más vale que no tengamos que serlo, Hawkins - se ríe - Siempre me ha gustado tomar el sol
Salen todos, Johan me explica lo que hay que hacer. Tiro de las cajas con explosivos a través del agujero. Sí que es estrecho. Me muevo con dificultad, hace calor, no se respira bien. La caja pesa mucho, y aún quedan veintidós. Vamos a pasar un rato aquí. Johan podría irse, pero dice que es su trabajo supervisar, que ojalá pudiera colarse él.
No sé cuántos metros empujo la caja mientras me arrastro por el suelo, reptando con los pies. Salgo a una galería que está prácticamente intacta y pongo la primera en el sitio que me ha dicho.
Cruzo de vuelta, de nuevo a rastras. Pienso en Dugarry, casi se come un arresto por discutir que quería bajar conmigo. Me alegra saber que está arriba.
Cojo la siguiente caja. Estoy sudando y solo acabo de empezar. Me arrastro, empujo, llego. Vuelvo.
Y vuelvo, y otra vez. Me duele el pecho del roce con el suelo, vendarlo no es suficiente. Estoy literalmente comiendo tierra, de momento, sin lombrices.
Es normal, las lombrices son listas, habrán notado lo que va a pasar aquí y se han largado. Eso, o la tierra está tan llena de sangre que las ha ahogado a todas. Gusanos borrachos de sangre.
No sé cuántas cajas llevo. No sé cuántas horas. Cada vez que salgo del agujero Johan se acerca y me sacude el polvo con una sonrisa.
- Una menos - me dice guiñándome un ojo
- Una menos - respondo asintiendo con determinación
En el otro sitio se acumulan. No sabía que la guerra fuera tan sucia, que los temblores en el aire te matan, que los temblores bajo tierra te matan. No es la primera vez que lo hacemos, ni que nos lo hacen. Mira siempre a las estrellas, quizás sea la última vez que puedas hacerlo.
Mi compañero ha pasado el rato canturreando en voz baja. Lleva siempre un palillo o algo parecido en la boca, quizás tenga un paquete de palillos donde todo el mundo guardaría tabaco. No fuma, dice que su mujer le mataría si fumase, que lo detesta, y que le da más miedo su esposa que una patrulla de alemanes bien pertrechados. Una vez me enseñó una foto, es bonita, pero tiene un entrecejo que debe ser terrible cuando se enfada. Se rió cuando se lo dije.
Solo queda una caja.
- La última - me dice y sonríe con todos los dientes, salvo uno que perdió de un culatazo de un teniente
Y todo tiembla. Sobre tierra, bajo ella. Noto que me abraza y nos pegamos contra la pared. Se escucha todo, y a la vez nada. Yo también tiemblo, y él.
Diez "Padresnuestros" cruzan mis labios en un abrir y cerrar de ojos. En el onceavo, todo se queda en silencio. Un silencio de ultratumba. De tumba.
Nos separamos con cuidado, como si cualquier movimiento pudiera ser el último. Tenemos luz, milagrosamente el candil ha aguantado. Estaba al borde del pequeño túnel y las piedras apelotonadas lo han cubierto. Esa apertura sigue intacta. Recojo el candil y busco la cara de Johan, que mira con horror a nuestra ruta de salida.
Topos.
Nuestra salida ha sido taponada por completo. Intentamos mover un par de rocas, pero no hay manera. Me dejo los dedos intentando apartar piedras, él lo intenta, pero cada vez con menos fuerza. Le grito que por qué demonios para cuando lo hace.
- Hawkins - me vuelve a sacudir el polvo - Tengo una idea
Sonrío. Una idea suena bien.
Hasta que me la cuenta.
Queda una caja de pólvora aquí. Su plan es hacerla detonar para, con suerte, intentar abrir una brecha por la que podamos salir. Ni siquiera haría falta el contenido por completo.
- No podemos, estamos en la misma galería que la pólvora, nos quemaremos o volaremos en pedazos, si es que no nos vuela solo una pierna o un brazo y nos morimos desangrados. No funcionará, Johan
- Sí, si te metes en la otra galería. La explosión no llegará allí, y con suerte abrirá un agujero sin tirar el túnel abajo para que puedas volver por él
Niego de todas las formas que sé. Me voy para una pared y la pateo. No me da la gana, no.
- Jack - me sujeta - Yo no entro por el túnel, y es estúpido que muramos los dos aquí
- Tiene que haber otra manera, seguro que podem...
Me abraza. Sabe a despedida. Lo es. Sé que tiene razón, pero me voy para las rocas e intento mover otro par, haciéndome daño en las manos en el proceso, y sin éxito alguno. Me siento en un rincón un momento, cojo aire, no quiero llorar, pero no es justo.
Pasan unos minutos hasta que él comienza a mover la caja, a contar la pólvora necesaria. Me levanto y le detengo. No voy a permitir que prepare su propia mortaja. Sonríe, como si lo entendiera, y se sienta en el suelo. Me pide un cigarrillo y está de suerte, ayer gané uno a las cartas y no pensaba fumármelo. Está un poco aplastado, pero le vale. Se ríe. Yo quiero llorar, pero si él se ríe yo no tengo derecho a llorar.
Está todo listo. Le miro y me señala al túnel. Ahora soy yo quien le abraza.
- Lo siento mucho, yo...
- Está bien, muchacho - sonríe - El cigarro no estaba tan mal como para sentirlo
Me da su identificación, y una pequeña carta, que guardo en mi bolsillo. No necesita decir más.
Me meto en el túnel mientras veo cómo da una última calada al cigarrillo y lo acerca a la mecha. Acabo de entrar en la galería cuando se produce la explosión. Apenas puedo escuchar nada, el silencio se ha callado más todavía. Tardo unos minutos en volver a arrastrarme sobre mis pasos. Hay algo de luz, una fina hilera que viene desde arriba. Ha funcionado.
Miro alrededor buscando rastro de mi compañero y me encuentro de bruces con su sonrisa. Luego me percato del resto. Está atrapado. Intento mover las rocas que lo cubren, los trozos de madera, mientras le escucho decir "sal de aquí, muchacho".
Me paro en seco al ver que uno de los trozos de madera se ha roto y le atraviesa el estómago de lado a lado. Todo está rojo. Pero le miro, y sonríe.
- ¿Por qué mierda sonríes?
- Porque la sonrisa es lo único que la muerte no puede quitarnos
Cojo su mano. Le digo que le huele el aliento a tabaco. Me habla sobre su mujer, sobre sus dos hijos. Su mano se afloja, sus ojos se apagan. Su sonrisa permanece y algo dentro de mí le acompaña en el gesto.
Tardo un rato en dejarle, en salir de esa tumba.
Así acaba mi segunda semana en el frente. Así es como aprendo que una sonrisa puede salvarte a las puertas de cualquier infierno.