No nos ha llevado tanto tiempo como parecía ponernos en marcha y de acuerdo. Amelia está llevando al señor Doyle de vuelta al hotel y Emil, Charles, Ernest y yo nos ponemos rumbo al sitio donde todo podría ser.
Smitch tenía una documentación sobre rutas de paso y lugares que los hombres de Rasputín usan como asentamientos. No demasiado lejos de aquí hay uno, y hacia allí vamos.
¿El plan? Que Charles y Ernest nos entreguen a Emil y a mí, ya que durante nuestra estancia en la iglesia el "ahora-carbonizado" Smitch dio parte de que nos tenían.
No suena como un mal plan... de no ser porque Chaplin no tiene ni idea de alemán y Hemingway tampoco. Un plan sin fisuras, definitivamente.
Según Emil, los "rasputines" tienen códigos secretos para poder cruzar los puestos de control. Suponemos que si en algún momento ha formado parte de esta gente, como así parece, debería guardar alguna clave de esas en su memoria, así que de nuevo nos metemos en el vacío y la oscuridad que parece que hay entre su coco y el mío.
No termina una de acostumbrarse a esto. Parece que él tampoco.
Conseguimos acceder a un recuerdo sobre un paso por un puesto de control. Él lleva puesto un uniforme de los de Rasputín, y viendo cómo otro soldado le abre la puerta para que se baje del coche entiendo que es alguien importante. Él también se percata de eso. Intentamos tirar de lógica, tiene que ser un gesto acompañado de una palabra o algo así. No sé muy bien cómo, pero Emil se acerca al hombre que debe darles paso y hace un ademán con la mano y luego dice algo en perfecto alemán.
Por cierto, ¿estoy entendiendo el alemán? ¿será por estar en su cabeza o he aprendido de pronto el idioma? La verdad es que no me vendría mal...
Volvemos a la realidad y Emil y yo decidimos maniatarnos de cascarilla mientras vemos en la distancia el primero de los puestos. Me dejo caer sobre su hombro, por nada en concreto, simplemente he pensado que la estampa así quedará mejor, más creíble, pero me mira con cara de querer asesinarme así que vuelvo a enderezarme con un visible "jo" en la cara y en el fondo no pudiendo evitar que me haga algo de gracia.
Allá vamos. La cosa debería ser fácil.
Frenamos el coche y de repente aparece un montón de gente, no van vestidos de soldados, sino de civiles. ¿Van armados con palos? ¿qué está pasando aquí?
Ni siquiera me da tiempo a hacer la pregunta. Los alemanes del puesto apuntan con las armas a los civiles y nosotros salimos corriendo. ¿Qué haces Ernest? ¿est...? ¿estás dando la vuelta?
Nuestro coche va a toda velocidad hacia uno de los soldados y yo decido desatarme y saltar en marcha. Ruedo como un bicho bola y consigo colocarme cerca de otro de los tipos armados. ¡El método Hawkins! Patada en la pantorilla desde la espalda y rodearle el cuello con mis "hasta ahora" ataduras. No lo mato, pero va a dormir un buen rato.
Conseguimos dejar a los alemanes fuera de servicio y en el pueblo casi nos sacan en volandas. Al parecer son rebeldes y estos hombres llevaban un tiempo aquí imponiendo su palabra como ley.
No podemos quedarnos mucho tiempo. Escuchamos la transmisora de radio y parece que alguien ha sido lo bastante rápido como para pedir ayuda en nuestro fugaz ataque.
Subo al coche a toda velocidad mientras todos miramos a Ernest con cara de suspiro profundo.
La gente del pueblo pregunta por nuestros nombres. Yo me callo, pero a mi compañero y su ego se les escapa "recordad que os salvó Ernest Hemingway, y este chico de aquí es Jack Haw..."
"¡Oh venga ya, Ernest! ¡Arranca!"
La imagen del "matrimonio" agradecido en la iglesia, a mis pies, me sacude la cabeza.
Vámonos de aquí, ya.
Durante el breve viaje no deja de justificarse sobre lo que ha hecho. Ninguno estamos en contra de salvar gente, pero avísanos o algo, maldita sea. No es que esté yo muy lejos de improvisar sobre los planes, pero... supongo que en el fondo tiene razón. Si necesitaban ayuda había que dársela. Al fin y al cabo eso somos. Espero que lo recuerdes en todo momento, Ernest, no solo cuando quieras reforzar tu posición o lo que sea que haya sido este arrebato.
No, no me ha pasado desapercibido que estás enfadado, y aunque pueda olerme el porqué, ahora mismo no es momento de hablar de ello.
Emil me mira con cara de "¿nos atamos otra vez?", y yo asiento y le echo una mano. Es evidente que le pone incómodo estar así. No sé cómo, pero esta vez es él quien termina apoyado en mi hombro.
Sonrío de refilón. Al final te vas a acostumbrar a nosotros...
No tardamos demasiado en llegar al siguiente puesto, esta vez parece que el que realmente nos interesa. En los documentos de Smitch esto parecía un asentamiento relativamente importante de los de Rasputín. Aún así, no deja de sorprenderme la facilidad con la que esta gente lleva sus localizaciones y rutas de paso en los bolsillos. No negaré que me huele a trampa todo el rato.
Las pocas palabras que Emil ha enseñado a Charles sumado a lo MUY poco que sabe de alemán ya de por sí, deberán bastar para hacerse pasar por un mando. Le digo a Ernest que le abra la puerta del coche cuando lleguemos. Así quedará más creíble que es un superior. Intentemos hacer las cosas cuanto más realistas mejor, ¿no?
No tardan en abrir la puerta y uno de los alemanes me coge de muy malas maneras y me tira al suelo desde el asiento del coche. Empezamos bien. Debemos de haber llegado a nuestro destino. Menuda torta.
Charles está muy convincente en su papel. No sé qué está diciendo pero definitivamente es buen actor si con todo lo que están hablando, sin apenas vocabulario por su parte, tiene tono de charla amigable.
Bravo, Chaplin.
"¡Eh! Soltadme malnacidos del chucrut! ¡que me soltéis!".
Yo también soy una actriz más o menos creíble, o eso quiero pensar, así que me cogen en volandas de malos modos, apresándome cada hombre de un brazo, y yo, por supuesto, pataleo y maldigo todo lo que sé.
Emil se porta mejor que yo. Bueno, si era un alto mando o, de cualquier forma, un soldado, no le favorecería nada la que estoy montando yo.
Lanzo un último vistazo a mis dos compañeros. Charles parece muy tranquilo. Sigue metido en su papel. Ernest tiene cara de preocupación. Bastante visible.
Veremos cuánto aguanta sin armar ningún numerito.
Nos llevan a través del pueblo hasta unos calabozos, como una especie de comisaría local. Nos desatan y nos tiran a ambos adentro, con toda la intención posible de hacernos daño. A Emil no le ha hecho maldita gracia, a mí no es que me parezca un chiste, pero estoy más o menos centrada en lo que hay que hacer. Por suerte, nos hemos dejado el palo en el coche.
Me acerco a las rejas de la celda con la intención de gritar "holaaaaa" como una posesa, pero no me da tiempo. Un par de tipos armados se acercan. Uno de ellos es enorme, el otro más canijo, y detrás va alguien a quien no consigo ver. Entran en la celda, el enorme se va cerca de Emil y el otro me apunta con un arma, pero mira a mi compañero con cara de estar confuso.
Pues all... ¡¡¡¡¡SMITCH!!!!! ¡¡¡¿¿¿Pero cuántos hay???!!!
Debe de leerme en la cara lo que pienso porque esboza una sonrisa el último de los hombres que entra en la celda. Es Smitch, otro. Idéntico. Se me viene a la cabeza todo aquello de las experimentaciones de las Legiones. Tiene que ser algo de eso. O son trillizos y he tenido muy mala suerte.
Por supuesto, me interroga sobre el palo.
"Nooooo sé de qué me habla". Insisto.
Si quiere el dichoso cacharro va a tener que currárselo un poco más. No voy a dejar que se salgan con la suya. Insiste. Me cachean como siempre de malos modos. Qué suerte de ropas anchas que permiten dejar muy poco claro que soy una chica, si no, con la de veces que me han registrado, estaría más que delatada.
Escucho un quejido a mi espalda. El grandullón ha cogido por el cuello a Emil y lo ha puesto contra la pared. Mi compañero intenta zafarse pero debe estar ahogándose.
Me pregunta que si es mi amigo, y yo necesito que se olviden de él. Que no le hagan daño. Así que me encojo de hombros y digo despreocupadamente que si quieren el Topayauri van a tener que molestarse un poco más.
Como suponía, la atención vuelve a mí. "Además", añado, "ese cacharro es muy desagradable, se cuela en tus sueños sin permiso ni consideración".
Bingo. Algo de ahí le ha interesado. El gigante lanza a Emil contra la pared contraria y da un golpe que no me gusta nada. Se queda en el suelo inconsciente. Intento que no se me note la preocupación, más ahora que todos los ojos están puestos en mí.
Me hacen salir de allí a punta de fusil y me llevan a través del pueblo a otro sitio. A una montaña. Dentro de la montaña.
Wow. Tienen excavada una cueva enorme, llena de celdas. Trato de mirar si por algún sitio veo a los padres de Emil, pero en principio no parece que estén por allí. Claro que debería pasearme tranquilamente para asegurarme.
Me meten en otra celda, y el enorme se pone casi delante mía. Empieza el combate.
No, no, no voy a pegarme contra ese mastodonte. El combate tiene que ver con preguntas y respuestas. Desde luego no pienso decirle ni mú a Smitch Tercero. Va listo.
Si tanto queréis el palo os va a costar lo vuestro.
El corazón se me pone en la garganta cuando la tanqueta humana me sujeta del cuello y me levanta del suelo. No voy a aguantar mucho así, pero no me quieren muerta. Lo peor que puede pasar es que... ¿me quede inconsciente? Espero no andar muy desencaminada.
Sigue preguntando. Yo me río como suelo cuando intento no estar nerviosa.
Me ahogo. Tengo hormigueo en los ojos.
"Por favor, suéltame". No lo digo, claro, lo pienso muy alto.
El sonido de una explosión hace que mi colosal amigo afloje y me deje en el suelo, sin soltarme. El aire entra en mis pulmones. Es terriblemente agradable y a la vez agobiante la velocidad con la que el cuerpo me pide que respire.
Smitch se asoma. No tarda en volver y decirme que han cogido a mis amigos. No me sorprendería nada que Ernest hubiera decidido estrellar el coche contra cualquier sitio para llamar la atención, en algún intento de plan descabellado como también suelen ser los míos.
Dice que los van a fusilar. Que luego vendrá a por mí.
Se marcha con el grandullón. Me deja en compañía del canijo, que sigue apuntándome con el fusil.
Cojo aire. Me masajeo el cuello. Esto va a dejar marca.
Es un farol. Tiene que ser un farol. No pueden haberlos cogido. No se dejarían coger. Ernest habría hecho explotar medio pueblo pero es que para empezar Charles le habría inculcado algo de sentido común.
Es un farol. Tiene que serlo. Que sea un farol, Señor.
El tipo del fusil me mira. Le pregunto por su nombre. No parece entenderme y yo no hablo en alemán. Pero no desisto. Necesito no pensar en lo del fusilamiento. Conseguimos intercambiar nombres. Incluso me habla de que está aquí por su familia, que mi gente la mató. Me disculpo. Se extraña. Es una "no-conversación" agradable. Sí que podemos entendernos, puede que no del todo por las palabras, pero al final esta guerra o cualquiera hace que muchos de nosotros seamos más afines de lo que sin ella podríamos ser.
No, no le daré las gracias a esta maldita guerra. Solo saco conclusiones.
Disparos en la distancia.
Que no sean ellos. Que no sean ellos. Por favor, que no sean ellos.
Le pido disculpas en voz baja a Wilhelm, que así se llama, antes de dejarlo inconsciente. Salgo corriendo de allí. No tengo mucho tiempo, pero no puedo quedarme quieta. No sé si han sido ellos o no, pero no puede ser en balde.
Recorro el sitio, ni rastro de los padres de Emil. Tampoco de Dugarry.
Al fondo hay un montacargas, con el tamaño suficiente para que quepa gente y no mercancía. Lo cojo sin dudar y me preparo para lo que sea.
Corre, Jacky, corre.
Celdas. Celdas cerradas, claro. Me acerco a la primera e intento ver por la rejilla. No parece que haya nada pero entonces toco a la puerta y unas manos casi agarran las mías a través de los barrotes, con desesperación.
Parece Smitch. Otro. Pero está... es terrible. La boca cosida, ciego, en los huesos. Dentro huele a meados y mierda.
Podría matarle. Debería hacerlo. Alguien debería apiadarse de él. Niego con la cabeza.
Sacarle de aquí. Hay que abrir las celdas.
No tengo nada a mano así que subo y cojo el arma de Wilhelm, que sigue tirado en el suelo. No deben estar muy lejos. Bajo de nuevo a toda prisa y me pongo a disparar a las cerraduras de las celdas.
Hay algunas vacías, luego está la de este pobre desgraciado, otra... con otro Smitch. Este es diferente, se agarra a una manta como si estuviera asustado, como un crío pequeño, o como yo habría hecho tantas noches en las trincheras si hubiera tenido una manta.
La última de las puertas tiene dentro una máquina. No entiendo nada, pero me imagino que es de ahí de donde sale todo. No conozco nada sobre aparatos de estos. Es como las de Curie, pero más retorcida, más... malvada. No se me ocurre otra forma de describirla. Enorme, con cables, líquidos verdosos que no se parecen a nada que haya visto. Una especie de cápsula gigante, un casco extraño.
Un cartel con algo que no entiendo, pero con un símbolo que claramente significa "cuidado con esto". Bien, pues "esto" se va a ir al carajo.
Por lo que hicisteis en la trinchera, por lo que hacéis a tanta gente.
Por los padres de Emil, Dugarry, mi hermano.
Vacío el cargador contra lo que parece delicado de la maquinaria. Empieza a salir humo, y todo tiembla.
Tengo que salir de aquí.
Los Smitch'es ya se han largado y yo cojo el montacargas y hago lo propio. No puedo dejar ahí a Wilhelm, así que me lo echo a cuestas como puedo e intento correr.
La tierra palpita debajo de mis pies. Como si estuvieran bombardeando debajo de ella. Corro como si tuviera prisa, pero es difícil con un hombre, por canijo que esté, echado a la espalda.
Escucho una explosión detrás de mí, un ruido tan colosal que no tarda en silenciarme los oídos. Salgo despedida con Wilhelm. Me pongo sobre él en un intento de cubrirle.
La montaña cae sobre nosotros. Mis ojos se cierran.
"No puede acabars...".
martes, 21 de enero de 2020
martes, 14 de enero de 2020
La trampa
Estos dos días no he dormido nada de nada, así que corro a mi habitación en cuanto Emil se marcha y me dejo caer en la cama. No tardo en dormirme.
Al fin tranq... ¿qué? ¿Qué es esto? Apenas llevo un rato de descanso cuando de pronto veo a través de sus ojos. Demasiadas imágenes, entre sueños, es mucho más difícil de recordar de lo que parece, pero sí tengo un presentimiento: van a por sus padres.
No me preguntes por qué, es una especie de... instinto. O algo así, qué se yo.
Me levanto corriendo y después de santiguarme debidamente entro a ver a Doyle. No creo que supere nunca eso de los fantasmas que le rondan. Nadie me discutirá que es un pelín siniestro. Pero él no, él es... no sé, es un poco como mi teniente: cercano pero en la distancia.
Hablamos de contactar con Emil y ver qué pasa, así que me doy con el palo en la cabeza y ¡toma ya! ¡veo por sus ojos! Es tan desconcertante como espectacular. Como siempre, me recibe de malos modos. Si no fuera así no sabría que es él. Lo mismo es algún tipo de código no pactado que ha decidido instaurar. Le cuento rápidamente lo que creo que ocurre y quedamos en un punto de recogida.
Después, por supuesto, de que le explique del orden de quinientas veces que no queremos nada a cambio por ayudarle. Tiene un punto desesperante, como Ernest. Supongo que todos lo tenemos.
Ernest, por cierto, me mira con la peor cara de su vida cuando le cuento de qué va el plan. No le hace mucha gracia ayudar a Emil. No tengo aún muy claro por qué, además del hecho innegable de que no se fía de él. No sé, tengo la sensación de que hay algo más.
No obstante, órdenes son órdenes, y a regañadientes, me acompaña. En realidad creo que es porque no quiere que me pase nada. Qué le voy a hacer, será que me hago de querer... aunque solo sea porque como no me callo ni debajo del agua se nota cuando no estoy.
No tardamos demasiado en llegar al puente donde hemos quedado en vernos. Ernest no es Amelia conduciendo, pero hay que reconocerle velocidad y seguridad. Como en todo lo que hace, al menos de puertas para afuera.
Amelia también viene, claro, ella aterrizará en otro sitio y nos recogerá si la cosa se pone complicada. Está todo controlado. Bueno, casi todo. Vaaaaale, no hay mucho bajo control, pero, ¿eh? ¿qué podría salir mal?
Me bajo del coche y me acerco con cuidado al punto de recogida. Si a alguien no van a ver, es a mí. Puede que otras cosas las haga algo peor, pero sé pasar desapercibida. Eso salta a la vista. ¿Lo pilláis? A la vist... da igual.
Hay un par de tipos que rondan la cercanía al puente. No me cuesta mucho dejarlos fuera de combate. No los mato. No me gusta hacerlo así que si puedo noquearlos de un buen golpe, genial. Es casi una técnica personal esto de darles en la pantorrilla para que caigan a mi altura y poder atizarles más cómodamente.
En realidad es lo que hacía Gina conmigo. Más o menos.
Consigo avanzar hasta el lugar donde se encuentra Emil, que me mira con mala cara. ¿Ves? Tiene que ser un código. Sé que es él automáticamente.
Otro par de tipos intentan interceptarnos. Emil apuesta por darles matarile, pero yo no. Les sacamos algo de información, una carta que llevaban para entregar al propio Emil, y los dejamos inconscientes allí tirados.
Mi compañero lee la carta y su cara se ensombrece más aún. Escuchamos que viene más gente. Ya nos enfadaremos después, o lo que sea. Ahora hay que salir de aquí.
Corremos por la loma que he descendido. Amelia debe estar por allí y a mí no se me ocurre mejor forma de llegar que pedirle a Emil que me agarre por la espalda. Me mira raro pero con su cara de "parece que hay un plan detrás de todo esto". Cuando lo hace, un golpe con el palo a la nieve basta para que salgamos despedidos hacia detrás y ganemos distancia con nuestros perseguidores.
Amelia está allí mismo. Ponemos rumbo al Club y elaboramos un nuevo plan. En la carta instan a Emil a reunirse en una iglesia, en un pueblo en la frontera franco-belga, con unos tipos que parece que tienen a sus padres. Son de la gente de Rasputín.
Soy especialista en otra cosa: en que Ernest me mire con cara de querer estrangularme.
No quiere ayudar a Emil. Pero oye, de eso va este sitio, ¿no? De ayudar a quienes lo necesitan. ¿No es eso lo que firmé? ¿lo que firmamos todos?
Pon la mala cara que quieras. Si fueras tú, te ayudaríamos. O Amelia, o Charles, o cualquiera. Nos ayudaríamos, ¿verdad?
Conseguimos convencer a Doyle de que venga también con nosotros. Le da pánico salir. No lo entiendo. ¿Cómo puede darle más miedo el mundo de los vivos que el de los muertos? Supongo que al final es a lo que te acostumbras. Necesita más compañía de gente viva.
Nos metemos en la petit Curie y Ernest va al volante. A su lado, Charles.
Emil y yo decidimos que puede ser buena idea que conectemos de nuevo, para ver si hay algo más que podamos averiguar antes de ver a estos tipos. Nos olemos que es una trampa, pero, ¿hasta qué punto? Ponemos nuestras cabezas a trabajar. Nos atamos bien, porque creo que cuando hacemos esto nuestros cuerpos se quedan como inconscientes. Así nos evitaremos golpes.
Por supuesto, Ernest va haciendo el capullo mientras conduce. ¿Cómo puede caerle tan mal? ¿es falta de atención, o qu...? ESPERA. ¡Es eso! Pero Ernest... en fin, ya hablaremos de eso.
Hacemos un breve intercambio de recuerdos. Cuando salimos, como suele ser, mi compañero tiene un ligero dolor de cabeza. No lo entiendo. A mí no me duele salir, la primera vez, quizás, pero luego no. Supongo que me he acostumbrado antes que él. O quizás es porque soy yo quien lleva el palo.
Debería dejárselo.
No sé bien a cuento de qué comenzamos a hablar de las trincheras. Es muy breve, pero suficiente. A Emil no se le ocurre otra cosa que hacer una broma sobre lo divertido que puede ser cuando una bala le revienta la cabeza a alguien.
"¿Sirven de algo realmente esos cascos que lleváis?"
Vete a la mierda.
No te pido que me des las gracias por todo esto, pero no me hagas daño porque sí.
El último recuerdo de mi trinchera se me pone delante de los ojos, y me escuece.
"No, no sirve de nada. Como esta estúpida guerra."
Pido a Ernest que pare el coche y digo que me adelantaré. Accede, pero me pregunta si está todo bien. Me mira extrañado. Por suerte la noche está de mi parte, y no me entretengo. Salgo de allí lo más rápido que me permiten las piernas. Le digo a Emil que le espero en la iglesia. Necesito respirar un momento.
Está asustado, está asustado y furioso, por eso es un imbécil. Respira, Jacky.
Llego sin demasiado esfuerzo a la base de la pequeña colina sobre la que está la iglesia. Hay un par de coches aparcados. No van a ir a ningún sitio. Decido que pincharles las ruedas es una opción magnífica y me quedo bastante satisfecha con el trabajo hecho. "Eso es, Jacky, concéntrate".
Emil aparece. No habla demasiado. Creo que sabe que ha metido la pata. No es momento de esto. Le sugiero que dejemos fuera el palo. El plan es entrar con Emil, y ver qué pasa. Eso es, ese es el plan. ¿Suena prudente, eh? Nos van a registrar a la mínima que tengan oportunidad, así que el palito se queda fuera. Si lo necesitamos, pues lo llamaremos.
Nos acercamos a la iglesia y no tardan en recibirnos un par de tipos bien armados que nos escoltan hasta el interior. No me gusta el alemán, pero debería aprender. Algo, lo suficiente para salir de una trampa si se me planta en la cara.
Al entrar, hay otro par de hombres armados más, dos personas encapuchadas que podrían ser los padres de mi compañero y... ¡¡¡¿¿¿SMITCH???!!! Está muy entero para haberse caído de un tren, la verdad. Qué sorpresa.
Emil se pone a hablar en alemán con Smitch, que me mira entre sorprendido e ilusionado. No sé qué dicen, pero parece que se llevan bien. Yo mientras me intento acercar a los encapuchados, pero los tipos con arma me interceptan antes de que llegue. Genial.
Smitch da una orden que no necesito entender, el tono es más que comprensible. "Cogedlo", o algo así.
Los dos hombres me agarran con fuerza por los brazos mientras los que nos escoltaban salen, a saber a hacer qué. Hincho el pecho cuando Smitch se pone delante mía. Le digo que tiene buen aspecto para haberse pegado semejante torta. Sonríe entre enfadado y prepotente. No era él. Es otro, ¿cómo que otro? ¿cuántos cabrones como este hay?
Miro a mi compañero, que se ha sentado en uno de los bancos y está de lo más tranquilo. Cuando hemos entrado he pensado que sería un buen plan que Emil fingiera que me entregaba a los malos. Supongo que es eso lo que está haciendo. ¿Es eso, verdad? No me venderías, ¿no, Emil? Quizás por tus padres sí, quizás por el precio adecuado se puede vender a un desconocido.
No lo sé.
Y por fin llegó la pregunta. "¿Dónde está el Topayauri?" (el nombre oficial del palo).
Pues mira, no pienso responderte. Si es tan importante para ti, no vas a tenerlo. Tenéis a mi amigo, puede que tengáis a los padres de Emil... y tenéis a mi hermano. ¿Queréis el palo? Te va a costar más que esto.
Lo de los padres era una trampa. No son ellos. Ya nos lo olíamos pero... maldita sea.
Estoy asustada. ¿Para qué mentir? Pero no pienso dejar que lo vea. Le hablo, bromeo con sus amenazas de hacerme daño. Me coge la cara con fuerza y me hace abrir la boca. Dice que soy un bocazas y que me va a cortar la lengua.
Aprieto el estómago y me esfuerzo en seguir bromeando pese a todo. No sé qué pretendo conseguir.
Las palabras de mi hermano vienen a mi cabeza
"No irás a ninguna parte, no es sitio para las mujeres porque a los hombres pueden matarnos pero a vosotras os hacen cosas peores".
¿Y si se dieran cuenta de que soy una chica?
No respires tan fuerte, Jacky. Jack. Jack. Jack. Es Jack. No respires tan fuerte...
El cuchillo se acerca a mi boca y de pronto Smitch se queda parado. Los dos tipos que me sujetan se tiran al suelo con las manos sobre la cabeza y detrás de mi casi agresor veo a Emil.
Su mirada ha cambiado. Me muevo y veo que tiene el palo en la mano, apoyado sobre la cabeza de Smitch.
Le pido que lo deje estar, que los noqueemos y nos vayamos. Ya está, se acabó. Pero Emil no responde como siempre. No es que esté... desagradable, es que... es que no parece él. Es casi como si el maldito palo pudiera hablar por su boca. Me dice que va a terminar el trabajo y que si no quiero verlo me vaya.
Después de mucho pensarlo asiento. Me marcho pasando por su espalda y entonces hago lo que tenía que hacer: una pequeña patada a la pantorrilla y arrebatarle el palo.
Me mira con los ojos muy abiertos y los míos se abren más aún cuando veo a Smitch carbonizarse, hacerse ceniza delante mía. Es horrible.
Emil está furioso, quiere acabar con todo. Lo comprendo, pero no puede ser, no funciona así. No puede funcionar así. Me niego. Están rendidos. Todos. Los falsos padres y los soldados están en el suelo de rodillas, sumisos, aterrorizados. No voy a dejar que los mate y así se lo digo.
Mi compañero se acerca al hombre y la mujer que habían estado encapuchados y les dice algo en alemán. No sé qué es, pero se arrastran hasta mis pies y dicen algo con tono de agradecimiento.
No me gusta nada, es desagradable, incómodo. No quiero que nadie me suplique por su vida.
Justo a tiempo llega el resto del equipo. Doyle, Amelia, Ernest y Chaplin.
Cogen a los prisioneros, registran todo, y yo salgo de la iglesia. Necesito aire. Otra vez.
Ha estado muy cerca. Tan cerca que te has reído en la cara de la muerte. Muy atrevida, o muy estúpida, Jacky Hawkins.
Doyle está en la furgoneta, le pongo al día de todo, y a los demás. Emil se ha alejado un poco del grupo. Está mascullando algo.
Esto no se ha terminado, puede que no tuvieran a sus padres aquí, pero es posible que estén en otro sitio. Tenemos que asegurarnos. ¿Por qué me empeño en cuidar de este chico? Sé que haría lo mismo por los demás, pero es como si supiera que él, en realidad, está terriblemente perdido. Y eso es un asco. Estar perdido y solo... es un verdadero asco.
Todo el mundo intenta convencer a Emil de que vuelva con nosotros y terminemos lo que hemos empezado. Ernest ha encontrado papeles en lo que quedaba de Smitch donde se señalan rutas de paso. Podemos hacerlo. Si los tienen en el pueblo donde están asentados, podemos encontrarles allí.
Nadie parece poder convencerle, y aunque no tengo ningunas ganas de hablar con nadie, me acerco yo.
Charlamos sobre banalidades al principio. Le doy las gracias por salvarme la vida. Se empeña en que es oscuro. En que hay algo nefasto dentro de él. Yo no lo creo. No sé por qué, no lo siento así, por muy contradictorio que sea a lo que he visto. Me ha salvado la vida, y podía haberme peleado sin problemas para seguir matando a los que quedaban en la iglesia. Seamos honestos, no tengo ni media torta. Y sin embargo no lo ha hecho.
Siempre podemos seguir intentándolo. La pregunta es simple, Emil: ¿quieres averiguar quién eras? ¿quieres... construir quién quieres ser?
Como suponía, asiente con la cabeza.
Como suponía... la respuesta es sí.
Todos queremos un camino de migas de pan. Y nadie, en el fondo, quiere caminar solo y a oscuras.
Al fin tranq... ¿qué? ¿Qué es esto? Apenas llevo un rato de descanso cuando de pronto veo a través de sus ojos. Demasiadas imágenes, entre sueños, es mucho más difícil de recordar de lo que parece, pero sí tengo un presentimiento: van a por sus padres.
No me preguntes por qué, es una especie de... instinto. O algo así, qué se yo.
Me levanto corriendo y después de santiguarme debidamente entro a ver a Doyle. No creo que supere nunca eso de los fantasmas que le rondan. Nadie me discutirá que es un pelín siniestro. Pero él no, él es... no sé, es un poco como mi teniente: cercano pero en la distancia.
Hablamos de contactar con Emil y ver qué pasa, así que me doy con el palo en la cabeza y ¡toma ya! ¡veo por sus ojos! Es tan desconcertante como espectacular. Como siempre, me recibe de malos modos. Si no fuera así no sabría que es él. Lo mismo es algún tipo de código no pactado que ha decidido instaurar. Le cuento rápidamente lo que creo que ocurre y quedamos en un punto de recogida.
Después, por supuesto, de que le explique del orden de quinientas veces que no queremos nada a cambio por ayudarle. Tiene un punto desesperante, como Ernest. Supongo que todos lo tenemos.
Ernest, por cierto, me mira con la peor cara de su vida cuando le cuento de qué va el plan. No le hace mucha gracia ayudar a Emil. No tengo aún muy claro por qué, además del hecho innegable de que no se fía de él. No sé, tengo la sensación de que hay algo más.
No obstante, órdenes son órdenes, y a regañadientes, me acompaña. En realidad creo que es porque no quiere que me pase nada. Qué le voy a hacer, será que me hago de querer... aunque solo sea porque como no me callo ni debajo del agua se nota cuando no estoy.
No tardamos demasiado en llegar al puente donde hemos quedado en vernos. Ernest no es Amelia conduciendo, pero hay que reconocerle velocidad y seguridad. Como en todo lo que hace, al menos de puertas para afuera.
Amelia también viene, claro, ella aterrizará en otro sitio y nos recogerá si la cosa se pone complicada. Está todo controlado. Bueno, casi todo. Vaaaaale, no hay mucho bajo control, pero, ¿eh? ¿qué podría salir mal?
Me bajo del coche y me acerco con cuidado al punto de recogida. Si a alguien no van a ver, es a mí. Puede que otras cosas las haga algo peor, pero sé pasar desapercibida. Eso salta a la vista. ¿Lo pilláis? A la vist... da igual.
Hay un par de tipos que rondan la cercanía al puente. No me cuesta mucho dejarlos fuera de combate. No los mato. No me gusta hacerlo así que si puedo noquearlos de un buen golpe, genial. Es casi una técnica personal esto de darles en la pantorrilla para que caigan a mi altura y poder atizarles más cómodamente.
En realidad es lo que hacía Gina conmigo. Más o menos.
Consigo avanzar hasta el lugar donde se encuentra Emil, que me mira con mala cara. ¿Ves? Tiene que ser un código. Sé que es él automáticamente.
Otro par de tipos intentan interceptarnos. Emil apuesta por darles matarile, pero yo no. Les sacamos algo de información, una carta que llevaban para entregar al propio Emil, y los dejamos inconscientes allí tirados.
Mi compañero lee la carta y su cara se ensombrece más aún. Escuchamos que viene más gente. Ya nos enfadaremos después, o lo que sea. Ahora hay que salir de aquí.
Corremos por la loma que he descendido. Amelia debe estar por allí y a mí no se me ocurre mejor forma de llegar que pedirle a Emil que me agarre por la espalda. Me mira raro pero con su cara de "parece que hay un plan detrás de todo esto". Cuando lo hace, un golpe con el palo a la nieve basta para que salgamos despedidos hacia detrás y ganemos distancia con nuestros perseguidores.
Amelia está allí mismo. Ponemos rumbo al Club y elaboramos un nuevo plan. En la carta instan a Emil a reunirse en una iglesia, en un pueblo en la frontera franco-belga, con unos tipos que parece que tienen a sus padres. Son de la gente de Rasputín.
Soy especialista en otra cosa: en que Ernest me mire con cara de querer estrangularme.
No quiere ayudar a Emil. Pero oye, de eso va este sitio, ¿no? De ayudar a quienes lo necesitan. ¿No es eso lo que firmé? ¿lo que firmamos todos?
Pon la mala cara que quieras. Si fueras tú, te ayudaríamos. O Amelia, o Charles, o cualquiera. Nos ayudaríamos, ¿verdad?
Conseguimos convencer a Doyle de que venga también con nosotros. Le da pánico salir. No lo entiendo. ¿Cómo puede darle más miedo el mundo de los vivos que el de los muertos? Supongo que al final es a lo que te acostumbras. Necesita más compañía de gente viva.
Nos metemos en la petit Curie y Ernest va al volante. A su lado, Charles.
Emil y yo decidimos que puede ser buena idea que conectemos de nuevo, para ver si hay algo más que podamos averiguar antes de ver a estos tipos. Nos olemos que es una trampa, pero, ¿hasta qué punto? Ponemos nuestras cabezas a trabajar. Nos atamos bien, porque creo que cuando hacemos esto nuestros cuerpos se quedan como inconscientes. Así nos evitaremos golpes.
Por supuesto, Ernest va haciendo el capullo mientras conduce. ¿Cómo puede caerle tan mal? ¿es falta de atención, o qu...? ESPERA. ¡Es eso! Pero Ernest... en fin, ya hablaremos de eso.
Hacemos un breve intercambio de recuerdos. Cuando salimos, como suele ser, mi compañero tiene un ligero dolor de cabeza. No lo entiendo. A mí no me duele salir, la primera vez, quizás, pero luego no. Supongo que me he acostumbrado antes que él. O quizás es porque soy yo quien lleva el palo.
Debería dejárselo.
No sé bien a cuento de qué comenzamos a hablar de las trincheras. Es muy breve, pero suficiente. A Emil no se le ocurre otra cosa que hacer una broma sobre lo divertido que puede ser cuando una bala le revienta la cabeza a alguien.
"¿Sirven de algo realmente esos cascos que lleváis?"
Vete a la mierda.
No te pido que me des las gracias por todo esto, pero no me hagas daño porque sí.
El último recuerdo de mi trinchera se me pone delante de los ojos, y me escuece.
"No, no sirve de nada. Como esta estúpida guerra."
Pido a Ernest que pare el coche y digo que me adelantaré. Accede, pero me pregunta si está todo bien. Me mira extrañado. Por suerte la noche está de mi parte, y no me entretengo. Salgo de allí lo más rápido que me permiten las piernas. Le digo a Emil que le espero en la iglesia. Necesito respirar un momento.
Está asustado, está asustado y furioso, por eso es un imbécil. Respira, Jacky.
Llego sin demasiado esfuerzo a la base de la pequeña colina sobre la que está la iglesia. Hay un par de coches aparcados. No van a ir a ningún sitio. Decido que pincharles las ruedas es una opción magnífica y me quedo bastante satisfecha con el trabajo hecho. "Eso es, Jacky, concéntrate".
Emil aparece. No habla demasiado. Creo que sabe que ha metido la pata. No es momento de esto. Le sugiero que dejemos fuera el palo. El plan es entrar con Emil, y ver qué pasa. Eso es, ese es el plan. ¿Suena prudente, eh? Nos van a registrar a la mínima que tengan oportunidad, así que el palito se queda fuera. Si lo necesitamos, pues lo llamaremos.
Nos acercamos a la iglesia y no tardan en recibirnos un par de tipos bien armados que nos escoltan hasta el interior. No me gusta el alemán, pero debería aprender. Algo, lo suficiente para salir de una trampa si se me planta en la cara.
Al entrar, hay otro par de hombres armados más, dos personas encapuchadas que podrían ser los padres de mi compañero y... ¡¡¡¿¿¿SMITCH???!!! Está muy entero para haberse caído de un tren, la verdad. Qué sorpresa.
Emil se pone a hablar en alemán con Smitch, que me mira entre sorprendido e ilusionado. No sé qué dicen, pero parece que se llevan bien. Yo mientras me intento acercar a los encapuchados, pero los tipos con arma me interceptan antes de que llegue. Genial.
Smitch da una orden que no necesito entender, el tono es más que comprensible. "Cogedlo", o algo así.
Los dos hombres me agarran con fuerza por los brazos mientras los que nos escoltaban salen, a saber a hacer qué. Hincho el pecho cuando Smitch se pone delante mía. Le digo que tiene buen aspecto para haberse pegado semejante torta. Sonríe entre enfadado y prepotente. No era él. Es otro, ¿cómo que otro? ¿cuántos cabrones como este hay?
Miro a mi compañero, que se ha sentado en uno de los bancos y está de lo más tranquilo. Cuando hemos entrado he pensado que sería un buen plan que Emil fingiera que me entregaba a los malos. Supongo que es eso lo que está haciendo. ¿Es eso, verdad? No me venderías, ¿no, Emil? Quizás por tus padres sí, quizás por el precio adecuado se puede vender a un desconocido.
No lo sé.
Y por fin llegó la pregunta. "¿Dónde está el Topayauri?" (el nombre oficial del palo).
Pues mira, no pienso responderte. Si es tan importante para ti, no vas a tenerlo. Tenéis a mi amigo, puede que tengáis a los padres de Emil... y tenéis a mi hermano. ¿Queréis el palo? Te va a costar más que esto.
Lo de los padres era una trampa. No son ellos. Ya nos lo olíamos pero... maldita sea.
Estoy asustada. ¿Para qué mentir? Pero no pienso dejar que lo vea. Le hablo, bromeo con sus amenazas de hacerme daño. Me coge la cara con fuerza y me hace abrir la boca. Dice que soy un bocazas y que me va a cortar la lengua.
Aprieto el estómago y me esfuerzo en seguir bromeando pese a todo. No sé qué pretendo conseguir.
Las palabras de mi hermano vienen a mi cabeza
"No irás a ninguna parte, no es sitio para las mujeres porque a los hombres pueden matarnos pero a vosotras os hacen cosas peores".
¿Y si se dieran cuenta de que soy una chica?
No respires tan fuerte, Jacky. Jack. Jack. Jack. Es Jack. No respires tan fuerte...
El cuchillo se acerca a mi boca y de pronto Smitch se queda parado. Los dos tipos que me sujetan se tiran al suelo con las manos sobre la cabeza y detrás de mi casi agresor veo a Emil.
Su mirada ha cambiado. Me muevo y veo que tiene el palo en la mano, apoyado sobre la cabeza de Smitch.
Le pido que lo deje estar, que los noqueemos y nos vayamos. Ya está, se acabó. Pero Emil no responde como siempre. No es que esté... desagradable, es que... es que no parece él. Es casi como si el maldito palo pudiera hablar por su boca. Me dice que va a terminar el trabajo y que si no quiero verlo me vaya.
Después de mucho pensarlo asiento. Me marcho pasando por su espalda y entonces hago lo que tenía que hacer: una pequeña patada a la pantorrilla y arrebatarle el palo.
Me mira con los ojos muy abiertos y los míos se abren más aún cuando veo a Smitch carbonizarse, hacerse ceniza delante mía. Es horrible.
Emil está furioso, quiere acabar con todo. Lo comprendo, pero no puede ser, no funciona así. No puede funcionar así. Me niego. Están rendidos. Todos. Los falsos padres y los soldados están en el suelo de rodillas, sumisos, aterrorizados. No voy a dejar que los mate y así se lo digo.
Mi compañero se acerca al hombre y la mujer que habían estado encapuchados y les dice algo en alemán. No sé qué es, pero se arrastran hasta mis pies y dicen algo con tono de agradecimiento.
No me gusta nada, es desagradable, incómodo. No quiero que nadie me suplique por su vida.
Justo a tiempo llega el resto del equipo. Doyle, Amelia, Ernest y Chaplin.
Cogen a los prisioneros, registran todo, y yo salgo de la iglesia. Necesito aire. Otra vez.
Ha estado muy cerca. Tan cerca que te has reído en la cara de la muerte. Muy atrevida, o muy estúpida, Jacky Hawkins.
Doyle está en la furgoneta, le pongo al día de todo, y a los demás. Emil se ha alejado un poco del grupo. Está mascullando algo.
Esto no se ha terminado, puede que no tuvieran a sus padres aquí, pero es posible que estén en otro sitio. Tenemos que asegurarnos. ¿Por qué me empeño en cuidar de este chico? Sé que haría lo mismo por los demás, pero es como si supiera que él, en realidad, está terriblemente perdido. Y eso es un asco. Estar perdido y solo... es un verdadero asco.
Todo el mundo intenta convencer a Emil de que vuelva con nosotros y terminemos lo que hemos empezado. Ernest ha encontrado papeles en lo que quedaba de Smitch donde se señalan rutas de paso. Podemos hacerlo. Si los tienen en el pueblo donde están asentados, podemos encontrarles allí.
Nadie parece poder convencerle, y aunque no tengo ningunas ganas de hablar con nadie, me acerco yo.
Charlamos sobre banalidades al principio. Le doy las gracias por salvarme la vida. Se empeña en que es oscuro. En que hay algo nefasto dentro de él. Yo no lo creo. No sé por qué, no lo siento así, por muy contradictorio que sea a lo que he visto. Me ha salvado la vida, y podía haberme peleado sin problemas para seguir matando a los que quedaban en la iglesia. Seamos honestos, no tengo ni media torta. Y sin embargo no lo ha hecho.
Siempre podemos seguir intentándolo. La pregunta es simple, Emil: ¿quieres averiguar quién eras? ¿quieres... construir quién quieres ser?
Como suponía, asiente con la cabeza.
Como suponía... la respuesta es sí.
Todos queremos un camino de migas de pan. Y nadie, en el fondo, quiere caminar solo y a oscuras.
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