Estos dos días no he dormido nada de nada, así que corro a mi habitación en cuanto Emil se marcha y me dejo caer en la cama. No tardo en dormirme.
Al fin tranq... ¿qué? ¿Qué es esto? Apenas llevo un rato de descanso cuando de pronto veo a través de sus ojos. Demasiadas imágenes, entre sueños, es mucho más difícil de recordar de lo que parece, pero sí tengo un presentimiento: van a por sus padres.
No me preguntes por qué, es una especie de... instinto. O algo así, qué se yo.
Me levanto corriendo y después de santiguarme debidamente entro a ver a Doyle. No creo que supere nunca eso de los fantasmas que le rondan. Nadie me discutirá que es un pelín siniestro. Pero él no, él es... no sé, es un poco como mi teniente: cercano pero en la distancia.
Hablamos de contactar con Emil y ver qué pasa, así que me doy con el palo en la cabeza y ¡toma ya! ¡veo por sus ojos! Es tan desconcertante como espectacular. Como siempre, me recibe de malos modos. Si no fuera así no sabría que es él. Lo mismo es algún tipo de código no pactado que ha decidido instaurar. Le cuento rápidamente lo que creo que ocurre y quedamos en un punto de recogida.
Después, por supuesto, de que le explique del orden de quinientas veces que no queremos nada a cambio por ayudarle. Tiene un punto desesperante, como Ernest. Supongo que todos lo tenemos.
Ernest, por cierto, me mira con la peor cara de su vida cuando le cuento de qué va el plan. No le hace mucha gracia ayudar a Emil. No tengo aún muy claro por qué, además del hecho innegable de que no se fía de él. No sé, tengo la sensación de que hay algo más.
No obstante, órdenes son órdenes, y a regañadientes, me acompaña. En realidad creo que es porque no quiere que me pase nada. Qué le voy a hacer, será que me hago de querer... aunque solo sea porque como no me callo ni debajo del agua se nota cuando no estoy.
No tardamos demasiado en llegar al puente donde hemos quedado en vernos. Ernest no es Amelia conduciendo, pero hay que reconocerle velocidad y seguridad. Como en todo lo que hace, al menos de puertas para afuera.
Amelia también viene, claro, ella aterrizará en otro sitio y nos recogerá si la cosa se pone complicada. Está todo controlado. Bueno, casi todo. Vaaaaale, no hay mucho bajo control, pero, ¿eh? ¿qué podría salir mal?
Me bajo del coche y me acerco con cuidado al punto de recogida. Si a alguien no van a ver, es a mí. Puede que otras cosas las haga algo peor, pero sé pasar desapercibida. Eso salta a la vista. ¿Lo pilláis? A la vist... da igual.
Hay un par de tipos que rondan la cercanía al puente. No me cuesta mucho dejarlos fuera de combate. No los mato. No me gusta hacerlo así que si puedo noquearlos de un buen golpe, genial. Es casi una técnica personal esto de darles en la pantorrilla para que caigan a mi altura y poder atizarles más cómodamente.
En realidad es lo que hacía Gina conmigo. Más o menos.
Consigo avanzar hasta el lugar donde se encuentra Emil, que me mira con mala cara. ¿Ves? Tiene que ser un código. Sé que es él automáticamente.
Otro par de tipos intentan interceptarnos. Emil apuesta por darles matarile, pero yo no. Les sacamos algo de información, una carta que llevaban para entregar al propio Emil, y los dejamos inconscientes allí tirados.
Mi compañero lee la carta y su cara se ensombrece más aún. Escuchamos que viene más gente. Ya nos enfadaremos después, o lo que sea. Ahora hay que salir de aquí.
Corremos por la loma que he descendido. Amelia debe estar por allí y a mí no se me ocurre mejor forma de llegar que pedirle a Emil que me agarre por la espalda. Me mira raro pero con su cara de "parece que hay un plan detrás de todo esto". Cuando lo hace, un golpe con el palo a la nieve basta para que salgamos despedidos hacia detrás y ganemos distancia con nuestros perseguidores.
Amelia está allí mismo. Ponemos rumbo al Club y elaboramos un nuevo plan. En la carta instan a Emil a reunirse en una iglesia, en un pueblo en la frontera franco-belga, con unos tipos que parece que tienen a sus padres. Son de la gente de Rasputín.
Soy especialista en otra cosa: en que Ernest me mire con cara de querer estrangularme.
No quiere ayudar a Emil. Pero oye, de eso va este sitio, ¿no? De ayudar a quienes lo necesitan. ¿No es eso lo que firmé? ¿lo que firmamos todos?
Pon la mala cara que quieras. Si fueras tú, te ayudaríamos. O Amelia, o Charles, o cualquiera. Nos ayudaríamos, ¿verdad?
Conseguimos convencer a Doyle de que venga también con nosotros. Le da pánico salir. No lo entiendo. ¿Cómo puede darle más miedo el mundo de los vivos que el de los muertos? Supongo que al final es a lo que te acostumbras. Necesita más compañía de gente viva.
Nos metemos en la petit Curie y Ernest va al volante. A su lado, Charles.
Emil y yo decidimos que puede ser buena idea que conectemos de nuevo, para ver si hay algo más que podamos averiguar antes de ver a estos tipos. Nos olemos que es una trampa, pero, ¿hasta qué punto? Ponemos nuestras cabezas a trabajar. Nos atamos bien, porque creo que cuando hacemos esto nuestros cuerpos se quedan como inconscientes. Así nos evitaremos golpes.
Por supuesto, Ernest va haciendo el capullo mientras conduce. ¿Cómo puede caerle tan mal? ¿es falta de atención, o qu...? ESPERA. ¡Es eso! Pero Ernest... en fin, ya hablaremos de eso.
Hacemos un breve intercambio de recuerdos. Cuando salimos, como suele ser, mi compañero tiene un ligero dolor de cabeza. No lo entiendo. A mí no me duele salir, la primera vez, quizás, pero luego no. Supongo que me he acostumbrado antes que él. O quizás es porque soy yo quien lleva el palo.
Debería dejárselo.
No sé bien a cuento de qué comenzamos a hablar de las trincheras. Es muy breve, pero suficiente. A Emil no se le ocurre otra cosa que hacer una broma sobre lo divertido que puede ser cuando una bala le revienta la cabeza a alguien.
"¿Sirven de algo realmente esos cascos que lleváis?"
Vete a la mierda.
No te pido que me des las gracias por todo esto, pero no me hagas daño porque sí.
El último recuerdo de mi trinchera se me pone delante de los ojos, y me escuece.
"No, no sirve de nada. Como esta estúpida guerra."
Pido a Ernest que pare el coche y digo que me adelantaré. Accede, pero me pregunta si está todo bien. Me mira extrañado. Por suerte la noche está de mi parte, y no me entretengo. Salgo de allí lo más rápido que me permiten las piernas. Le digo a Emil que le espero en la iglesia. Necesito respirar un momento.
Está asustado, está asustado y furioso, por eso es un imbécil. Respira, Jacky.
Llego sin demasiado esfuerzo a la base de la pequeña colina sobre la que está la iglesia. Hay un par de coches aparcados. No van a ir a ningún sitio. Decido que pincharles las ruedas es una opción magnífica y me quedo bastante satisfecha con el trabajo hecho. "Eso es, Jacky, concéntrate".
Emil aparece. No habla demasiado. Creo que sabe que ha metido la pata. No es momento de esto. Le sugiero que dejemos fuera el palo. El plan es entrar con Emil, y ver qué pasa. Eso es, ese es el plan. ¿Suena prudente, eh? Nos van a registrar a la mínima que tengan oportunidad, así que el palito se queda fuera. Si lo necesitamos, pues lo llamaremos.
Nos acercamos a la iglesia y no tardan en recibirnos un par de tipos bien armados que nos escoltan hasta el interior. No me gusta el alemán, pero debería aprender. Algo, lo suficiente para salir de una trampa si se me planta en la cara.
Al entrar, hay otro par de hombres armados más, dos personas encapuchadas que podrían ser los padres de mi compañero y... ¡¡¡¿¿¿SMITCH???!!! Está muy entero para haberse caído de un tren, la verdad. Qué sorpresa.
Emil se pone a hablar en alemán con Smitch, que me mira entre sorprendido e ilusionado. No sé qué dicen, pero parece que se llevan bien. Yo mientras me intento acercar a los encapuchados, pero los tipos con arma me interceptan antes de que llegue. Genial.
Smitch da una orden que no necesito entender, el tono es más que comprensible. "Cogedlo", o algo así.
Los dos hombres me agarran con fuerza por los brazos mientras los que nos escoltaban salen, a saber a hacer qué. Hincho el pecho cuando Smitch se pone delante mía. Le digo que tiene buen aspecto para haberse pegado semejante torta. Sonríe entre enfadado y prepotente. No era él. Es otro, ¿cómo que otro? ¿cuántos cabrones como este hay?
Miro a mi compañero, que se ha sentado en uno de los bancos y está de lo más tranquilo. Cuando hemos entrado he pensado que sería un buen plan que Emil fingiera que me entregaba a los malos. Supongo que es eso lo que está haciendo. ¿Es eso, verdad? No me venderías, ¿no, Emil? Quizás por tus padres sí, quizás por el precio adecuado se puede vender a un desconocido.
No lo sé.
Y por fin llegó la pregunta. "¿Dónde está el Topayauri?" (el nombre oficial del palo).
Pues mira, no pienso responderte. Si es tan importante para ti, no vas a tenerlo. Tenéis a mi amigo, puede que tengáis a los padres de Emil... y tenéis a mi hermano. ¿Queréis el palo? Te va a costar más que esto.
Lo de los padres era una trampa. No son ellos. Ya nos lo olíamos pero... maldita sea.
Estoy asustada. ¿Para qué mentir? Pero no pienso dejar que lo vea. Le hablo, bromeo con sus amenazas de hacerme daño. Me coge la cara con fuerza y me hace abrir la boca. Dice que soy un bocazas y que me va a cortar la lengua.
Aprieto el estómago y me esfuerzo en seguir bromeando pese a todo. No sé qué pretendo conseguir.
Las palabras de mi hermano vienen a mi cabeza
"No irás a ninguna parte, no es sitio para las mujeres porque a los hombres pueden matarnos pero a vosotras os hacen cosas peores".
¿Y si se dieran cuenta de que soy una chica?
No respires tan fuerte, Jacky. Jack. Jack. Jack. Es Jack. No respires tan fuerte...
El cuchillo se acerca a mi boca y de pronto Smitch se queda parado. Los dos tipos que me sujetan se tiran al suelo con las manos sobre la cabeza y detrás de mi casi agresor veo a Emil.
Su mirada ha cambiado. Me muevo y veo que tiene el palo en la mano, apoyado sobre la cabeza de Smitch.
Le pido que lo deje estar, que los noqueemos y nos vayamos. Ya está, se acabó. Pero Emil no responde como siempre. No es que esté... desagradable, es que... es que no parece él. Es casi como si el maldito palo pudiera hablar por su boca. Me dice que va a terminar el trabajo y que si no quiero verlo me vaya.
Después de mucho pensarlo asiento. Me marcho pasando por su espalda y entonces hago lo que tenía que hacer: una pequeña patada a la pantorrilla y arrebatarle el palo.
Me mira con los ojos muy abiertos y los míos se abren más aún cuando veo a Smitch carbonizarse, hacerse ceniza delante mía. Es horrible.
Emil está furioso, quiere acabar con todo. Lo comprendo, pero no puede ser, no funciona así. No puede funcionar así. Me niego. Están rendidos. Todos. Los falsos padres y los soldados están en el suelo de rodillas, sumisos, aterrorizados. No voy a dejar que los mate y así se lo digo.
Mi compañero se acerca al hombre y la mujer que habían estado encapuchados y les dice algo en alemán. No sé qué es, pero se arrastran hasta mis pies y dicen algo con tono de agradecimiento.
No me gusta nada, es desagradable, incómodo. No quiero que nadie me suplique por su vida.
Justo a tiempo llega el resto del equipo. Doyle, Amelia, Ernest y Chaplin.
Cogen a los prisioneros, registran todo, y yo salgo de la iglesia. Necesito aire. Otra vez.
Ha estado muy cerca. Tan cerca que te has reído en la cara de la muerte. Muy atrevida, o muy estúpida, Jacky Hawkins.
Doyle está en la furgoneta, le pongo al día de todo, y a los demás. Emil se ha alejado un poco del grupo. Está mascullando algo.
Esto no se ha terminado, puede que no tuvieran a sus padres aquí, pero es posible que estén en otro sitio. Tenemos que asegurarnos. ¿Por qué me empeño en cuidar de este chico? Sé que haría lo mismo por los demás, pero es como si supiera que él, en realidad, está terriblemente perdido. Y eso es un asco. Estar perdido y solo... es un verdadero asco.
Todo el mundo intenta convencer a Emil de que vuelva con nosotros y terminemos lo que hemos empezado. Ernest ha encontrado papeles en lo que quedaba de Smitch donde se señalan rutas de paso. Podemos hacerlo. Si los tienen en el pueblo donde están asentados, podemos encontrarles allí.
Nadie parece poder convencerle, y aunque no tengo ningunas ganas de hablar con nadie, me acerco yo.
Charlamos sobre banalidades al principio. Le doy las gracias por salvarme la vida. Se empeña en que es oscuro. En que hay algo nefasto dentro de él. Yo no lo creo. No sé por qué, no lo siento así, por muy contradictorio que sea a lo que he visto. Me ha salvado la vida, y podía haberme peleado sin problemas para seguir matando a los que quedaban en la iglesia. Seamos honestos, no tengo ni media torta. Y sin embargo no lo ha hecho.
Siempre podemos seguir intentándolo. La pregunta es simple, Emil: ¿quieres averiguar quién eras? ¿quieres... construir quién quieres ser?
Como suponía, asiente con la cabeza.
Como suponía... la respuesta es sí.
Todos queremos un camino de migas de pan. Y nadie, en el fondo, quiere caminar solo y a oscuras.
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