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sábado, 30 de mayo de 2020

En tierra de nadie


Doyle regresa, junto a Curie y Amelia. El hotel ya no es un sitio seguro, conocen todo lo que hay. Se han llevado muchas cosas del despacho del jefe, pero por suerte conseguimos recuperar unas cuantas de la furgoneta antes de que se despeñase por el barranco. Me siguen doliendo las manos, pero menos.

Parece que nos vamos de París. No es que la vaya a echar de menos. Los croissants sí, estaban de muerte, pero el hotel no me gustaba. No sé, no sabría decir qué sitio me gustaría para vivir, pero querría que hubiera mucho sol, y podría tener el mar cerca, o un lago o un río lo bastante grandes para aprender a nadar de verdad, no como si fuera un chucho mojado.

Es el momento, ahora sí, de despedirse de Dugarry. Algo me dice que nos volveremos a ver, y no quiero ponerme sentimental. Amigo, me alegro de decirte adiós estando vivos los dos. Es el mejor panorama de despedida que hemos tenido desde que nos conocemos. Cuídate mucho, deja en paz a las chicas o aprende a mirarlas bien, no te cortes el pelo, pero no dejes que te crezca más de lo que ya lo tienes, así sentiré que no ha pasado el tiempo la próxima vez que nos veamos. No sé cuándo será. Si mañana, en un año, o dentro de toda una vida, cuando te hayas casado y tengas nietos. Muchos nietos, quizás de distintas esposas. Quién sabe.

Armand Dugarry, de ratón a comadreja, me alegro de que estés vivo. Me alegro de que vayas a casa.

Subimos a la avioneta y despido a mi amigo con un saludo con los dedos. Tengo que reconocer que me costó más dejar el frente. Dicen que cuando alguien es soldado una vez lo es para siempre, que nunca vuelve a casa del todo.

París y su enorme torre no tardan en desaparecer, las nubes cambian de color. Todos estamos muy serios. No tardamos demasiado en llegar a Londres y comienzan a aparecer el verde de sus parques. Me siento algo más cerca de casa, aunque solo sea porque la gente habla en mi idioma y no tanto “wi wi”.

Y llegamos al que será nuestra nueva residencia, al menos de momento: el Palacio de Kensington. ¿Vamos a alojarnos en un palacio? Algo me dice que no me va a gustar mucho… ¿pero y esos jardines? Vale, puede que un poco sí que me vaya a gustar. Aunque solo sea por fuera. Los jardines son enormes y aunque está todo nevado en primavera tiene que ser… wow… voy a pasearme como una vaca por tanto verde.

Nos enseñan el sitio, conocemos a Mildred, una especie de… admiradora loca de Charles, o algo así, que le mira con ojitos tiernos y con boca de “¿por qué no me has escrito en todo este tiempo?”. Es entre agobiante y divertido ver a Chaplin intentando dar explicaciones, con lo elocuente que suele ser.

Nos presentan a un tal James Barrie, que parece que es parte del club y que es escritor, y yo decido darme un paseo por el jardín. El sitio es casi tan blanco como mi cabeza cuando aparece luz, la nieve brilla al sol y una estatua se levanta en medio de la nada. Parece un niño tocando una flauta rara. ¿O una niña? La miro fijamente, y ella a mí. Nos parecemos un poco. Aparece Barrie y hablamos un rato, yo me subo a la estatua para indicarle que somos clavados, pero parece que la travesura no le hace gracia. Luego descubro que tiene algo que ver con ese tal “Peter Pan”, y que hay una historia triste detrás de la que no quiere hablar pero que se le asoma a los ojos.

Todos tenemos una de esas. Le dejo allí sentado, pensando delante del niño (o niña) de piedra, y sigo caminando. En algún sitio hago un ángel en la nieve. Siempre he querido hacerlo y este sitio lo pide a gritos. Es mi propia escultura, o algo así. Nadie puede hacer una igual, al fin y al cabo soy yo restregándome contra la nieve.

Nos reclaman y piden que entremos, para enseñarnos el sitio, donde dormiremos y todo lo demás. Todo brilla aquí dentro. Está lleno de cosas doradas, cuadros que te miran fijamente con gente bastante fea pero bien vestida y pasillos largos con cortinas pesadas y pomposas. Es enorme. Bueno, es un palacio. Y yo me siento como un cerdo en el salón del trono. Lo único que se parece a mí ahora mismo es la cara que el propio Emil pone a todo, que debe ser la misma que la mía. Evito reírme.

Nos llevan a nuestras habitaciones y son bastante más grandes que las del hotel. A mí, desde luego, me parecen las de los reyes. Enormes, brillantes, con luz y unas cristaleras bonitas. La cama es blanda, el armario gigante y todo está muy limpio. Dentro del guardarropa han colgado un uniforme, el del Club, ya lo he visto antes… y no pienso ponérmelo. Aún no sé si me fío del Club.

No tengo absolutamente nada de equipaje, y el Palo lo tiramos Emil y yo a un pozo antes de marcharnos de París. Ese trasto no trae más que problemas, nadie lo encontrará allí… y si él quiere dar con nosotros se las apañará para hacerlo.

Salgo de mi habitación y busco al resto. No tardo en dar con Ernest, que parece haberse acomodado sin preocupación alguna.

Hablamos. Le pregunto sobre el Club, sobre Doyle, sobre todo un poco. Hablamos de lealtad, de principios, de que no se puede ser fiel a todo a la vez, porque si en algún momento dos de tus banderas se hacen enemigas qué vas a hacer. Tierra de nadie no es ningún lugar para estar. Allí solo hay balas perdidas y alambre de espino. Allí solo hay muerte.

No soy leal al Club, pero sí a ellos. A Ernest, a Charles, Amelia y Emil. Hemingway opina lo mismo, pero afirma ser leal al Club, hasta que le hago la pregunta:

“¿Y si un día el Club te pide que me arrestes, o que acabes conmigo?”

Dice que no tiene gracia, que eso no va a pasar. Retuerzo la pregunta, a sabiendas del cariño y el respeto que siente por nuestro amigo.

“¿Y si te piden que lo hagas con Charles?”.

Frunce el ceño. Un “eso es imposible” aparece en sus ojos, pero también brilla por un momento un “por favor, que eso no ocurra nunca”.

Puedes defender una bandera, pero no puedes olvidarte de que en realidad por lo que vives, por lo que mueres… es por la gente que la sostiene.
Moriría por vosotros, sin parpadear, sin dudarlo, pero no por el Club, al menos no de momento.

Si algún día te ocurre, si algún día tienes que decidir… no te quedes en tierra de nadie, salta a una trinchera o a otra, allí no estarás solo.

sábado, 11 de abril de 2020

Dugarry

"Jack..."
"Jack..."

Alguien me llama. No veo nada, apenas puedo respirar. Ni siquiera siento mi cuerpo.
Alguien me llama. "¡Jack!". Es la voz de Dugarry.

Sonrío, creo. ¿Dugarry? No puedo moverme y aún así algo me dice que es una trampa. Que es demasiado fácil. Será la costumbre de hacer nido en campos de minas.

Algo tira de mí. Tengo los ojos llenos de polvo y todo se mueve muy despacio.

"Te tengo, Jack", dice la voz de Ernest.

No es Dugarry. ¿Ves? La esperanza también es una mina.

Me coge en brazos, me siento muy pequeña, diminuta. Estúpida. Me duele todo el cuerpo. Me hago aún más pequeña entre los brazos de Ernest. No digo nada.

Llegamos al coche, donde Charles me mira con evidente preocupación. Han encontrado a Emil, está en la parte de atrás del vehículo, inconsciente. Tiene una buena brecha en la cabeza.

Yo tengo que haberme roto algo, seguro. Es lo mínimo cuando te tiras encima una montaña.
El chico al que intenté rescatar también está con nosotros, en el club de los inconscientes.

No hay mucha conversación, o yo no soy capaz de centrar la atención en ella.
Arrancamos camino de vuelta. No sé cuanto tiempo pasa hasta que Emil se despierta. Me mira con cara de refunfuñar, no sé si es su forma de preocuparse o de decir "como suponía".

Le digo que los tipos de Rasputín no parecen tener a sus padres. Eso le cabrea, pero en realidad debería aliviarle. Cuanto más lejos de esos hijos de mala madre mejor.
No sé si en compensación me dice que ha escuchado hablar de Dugarry mientras estaba encerrado. Que es posible que lo tuvieran en la celda contigua a la suya. Mi primer impulso es pensar en volver. ¡Ha estado allí todo el tiempo! ¡Justo al lado! He pasado cerca y ni siquiera me he dado cuenta.

"¡Vuelve, Jacky!", me grita todo el cuerpo. Pero... pero, ¿y si no es más que otra trampa? ¿y si es otro espejismo? Emil también estaba herido, es posible que escuchase mal o...

"Da media vuelta, Ernest", dice Charles con una determinación de la que no hace gala muy a menudo. Y él, el chico al que le gusta discutir por absolutamente todo, no dice media palabra, solo asiente y gira el volante.

En la vuelta Emil me sugiere que entre en su cabeza. No es la primera vez que después de hacerlo me siento mejor. Si voy a rescatar a mi amigo no debería ir hecha una piltrafa, pero sé que él no lo pasa bien. Nos enzarzamos en un brevísimo combate de cabezonería en el que gana, esta vez, por mucho que me moleste, por sentido común.

Entrar y salir, y efectivamente estoy como si acabase de nacer. Bueno, vale, no tanto, me duele todo, pero no siento que tenga los 40 huesos del cuerpo rotos.

No tardamos mucho en llegar y decidimos dejar al chico rescatado de vuelta allí. Han montado una enorme enfermería muy rudimentaria en poco tiempo. No sé cuánto de poco porque en realidad no tengo ni idea de cuánto he pasado enterrada, pero en cualquier caso no creo que hayan sido días.

Charles y yo somos los que hemos bajado del coche. Ernest es el mejor conductor que tenemos así que si pasa algo debería estar él al volante para salir corriendo.

En el pueblo hay heridos por todas partes. "Esta vez sí que la has hecho buena, Jacky...".
No sé cuánta gente habrá muerto por mi culpa. O cuánta habrá perdido su hogar. Y todo, ¿por qué? Porque estaba furiosa, porque quería hacerles daño. Porque no se me ocurrió otra cosa que destruir esa estúpida máquina.

Querías destrucción. Aquí la tienes, idiota.
Chaplin me pone una mano en el hombro. No sé si será cosa de su trabajo, pero es bastante bueno leyendo la mente. Y creo que no tiene fantasmas como Doyle. Espero.

Decidimos ir a la celda donde tenían a Emil y al entrar allí no encontramos ni guardias ni nada que se le parezcan. Hay una sala contigua a la de nuestro compañero y cuando la abrimos encontramos un camastro. No me cuesta mucho encontrar uno de esos inconfundibles rizos. Dugarry no tiene una mata de pelo, tiene un arbusto encima de la cabeza. Solo puede ser suyo. Hay sangre en el suelo, no una barbaridad, pero sí la suficiente para preocuparse por alguien.

Conozco a mi amigo, sé dónde se escondería en una situación así. Le digo a Charles que vuelva al coche y me esperen, que en menos que canta un gallo estaré con ellos.
Supongo que se fía de mí, cosa rara, porque no discute. A lo mejor es que hoy nos han dado demasiados palos como para que encima estemos discutiendo.

Salgo corriendo a toda prisa. Detrás de la pequeña comisaría hay un bosque. Nada mejor para huir de una ciudad atestada de enemigos. Si yo fuera él habría hecho lo mismo.

Subo la pequeña loma y entro. Grito su nombre en susurros a medida que avanzo entre la maleza. Me da rabia pensar en el ruido que estoy haciendo considerando lo silenciosa que soy. ¿Un río, eh? Perfecto para perder un rastro, él y yo lo sabemos bien. Es por ahí.
Pasan unos minutos hasta que escucho un "¿Jack?".

¡Ahá! ¡Te encontré! De ratón a comadreja, sabemos dónde escondernos. Está dentro de un enorme tronco hueco que hay tumbado en el suelo. Sus ojos brillan, como los de un animalillo asustado. Se echa sobre mí como puede, dándome un abrazo muy torpe que es más un "que me caigo" que otra cosa.
Pues sí que la hemos hecho. Está herido, aham. En la pierna. Y aquí no hay nieve para trineos.

"Piensa rápido Jacky Hawkins". Escucho gente acercarse. Hablan en alemán. Mierda. "Piensa, piensa, piensa...".

Lo cojo como puedo y tiro de él, tenemos que alejarnos un poco. Luego le digo que se quede, que voy a hacer algo para que los que están posiblemente de patrulla se desvíen. Cuando escuche la señal tiene que salir todo lo corriendo que las piernas le permitan hasta donde le indico que esta nuestro coche. Parece emocionado con que haya venido más gente a rescatarle. Le entiendo.

Me da las gracias. Ya nos las daremos luego, o algo.

Corro en silencio, llego hasta un punto que considero lo bastante lejos como para quitarle del medio a quienes se estén acercando.

Saco la pistola que me ha dado Ernest. Es una suerte que me sirva para algo que no sea matar a alguien. Demasiado de eso por hoy. O por este año.

Escucho voces y pasos. Un montón de tipos se acercan a toda prisa. Es mi momento de quitarme del medio, pero por supuesto no lo tengo fácil. Faltaría más. Casi tropiezo con un tipo vestido de uniforme. A medida que se gira voy girando tras él y unas luces de vehículo se encienden apuntándonos. Echo cuerpo a tierra y hago lo primero que se me ocurre: rodar loma abajo.
A algún sitio llegaré. Si todo va bien, al río. A partir de ahí el camino será más bien corto y sencillo.

Auch. Auch. Auch. Ahora agradezco tener el pelo corto. De lo contrario no vería nada. Sacudo la cabeza cuando por fin paro y veo unas botas militares delante de mis ojos.

GENIAL. Justo lo que quería. Cojo aire y le tiendo la mano para que me ayude a levantarme. No suena como algo desconfiado. Creo. ¡Y funciona! Me da la mano y en el momento preciso tiro de él y le doy una patada en las corvas.

¡A correr! Grita algo en alemán y empiezo a escuchar gente apresurarse y también disparos. Me encanta, perfecto para terminar el día.

Sigo corriendo hasta llegar al coche, allí nos acribillan pero logro subir sin saber bien cómo. Con Ernest o Amelia al volante subirse a un coche en marcha puede ser una locura o coser y cantar. 

Por suerte, dejamos atrás a nuestros nuevos amigos. 

Y después de un camino que se hace menos largo de lo que debería, llegamos al club. 

Ha sido demasiado fácil. Ya, claro, a quien se lo cuentes te mirará raro, pero yo no puedo dejar de pensar que ha sido demasiado fácil. ¿Tantas molestias por llevarse a Dugarry y lo dejan tan cerca? ¿tan desprotegido? Algo no me huele nada, pero que nada bien. 

No me equivoco, sé que no me equivoco. Mi compañero me cuenta que le han tenido aislado y le han hecho de todo, que le han prácticamente torturado, y apenas se inmuta al decírmelo. El Armand Dugarry que yo conozco, y cualquiera que hubiera pasado por algo así, no podría evitar echarse a llorar y desear irse a casa.

Y aquí está, intentando que le deje devolverme el favor por salvarle, pidiéndome que le enseñe el hotel... 

Algo está mal.

Lo único que entra dentro de su comportamiento habitual es que hace todo lo posible por coquetear con Amelia, que intenta darle esquinazo amablemente. 

Doyle me pide que mande a mi compañero a su despacho, así que hago caso. Lo mismo es capaz de darse cuenta de algo que yo no. No lo sé. ¿Serán los fantasmas capaces de ver cosas que los vivos no? Me da repelús solo de pensarlo. 

Hay una manera de comprobar que no se me está yendo la cabeza. Es posible que no sea la forma más... ética, pero es efectiva, eso seguro. 

Intento no dormirme, aunque tampoco es que yo esté en mi mejor momento. Espero a que él llegue a su habitación y caiga dormido como un lirón. Entro en su cuarto... y después entro en su cabeza.

Todo es oscuridad. Algo se mueve. Como sospechaba. ¿Qué le habéis hecho? ¿es él siquiera? 

Hago lo mismo que hice en su momento con la cabeza de Emil: tiro de la manta. 

Un montón de ciempiés recorren las paredes, apenas se dejan ver. Escucho a Armand chillar, pero es un sonido que no parece human... ¿qué mierda es eso? Está tirado en el suelo, retorciéndose, bocarriba. Le salen patas por todas partes como si él mismo fuera un enorme insecto, una cucaracha monstruosa. 
La respiración se me congela. Por un segundo no puedo moverme. 

"Tira de la manta, Jacky", me repito. Y lo hago. Tiro de la oscuridad. Todo empieza a bañarse de luz y Dugarry a gritar más y más. Me va a explotar la cabeza. Todo estalla en luz y despertamos. 
Estoy a su lado, llora, gimotea, se me abraza.

No es que esté feliz de verle así, pero entiendo que ahora todo está bien cuando le escucho decir:

"Quiero irme a casa".

martes, 14 de enero de 2020

La trampa

Estos dos días no he dormido nada de nada, así que corro a mi habitación en cuanto Emil se marcha y me dejo caer en la cama. No tardo en dormirme.

Al fin tranq... ¿qué? ¿Qué es esto? Apenas llevo un rato de descanso cuando de pronto veo a través de sus ojos. Demasiadas imágenes, entre sueños, es mucho más difícil de recordar de lo que parece, pero sí tengo un presentimiento: van a por sus padres.

No me preguntes por qué, es una especie de... instinto. O algo así, qué se yo. 

Me levanto corriendo y después de santiguarme debidamente entro a ver a Doyle. No creo que supere nunca eso de los fantasmas que le rondan. Nadie me discutirá que es un pelín siniestro. Pero él no, él es... no sé, es un poco como mi teniente: cercano pero en la distancia. 

Hablamos de contactar con Emil y ver qué pasa, así que me doy con el palo en la cabeza y ¡toma ya! ¡veo por sus ojos! Es tan desconcertante como espectacular. Como siempre, me recibe de malos modos. Si no fuera así no sabría que es él. Lo mismo es algún tipo de código no pactado que ha decidido instaurar. Le cuento rápidamente lo que creo que ocurre y quedamos en un punto de recogida. 

Después, por supuesto, de que le explique del orden de quinientas veces que no queremos nada a cambio por ayudarle. Tiene un punto desesperante, como Ernest. Supongo que todos lo tenemos. 

Ernest, por cierto, me mira con la peor cara de su vida cuando le cuento de qué va el plan. No le hace mucha gracia ayudar a Emil. No tengo aún muy claro por qué, además del hecho innegable de que no se fía de él. No sé, tengo la sensación de que hay algo más. 

No obstante, órdenes son órdenes, y a regañadientes, me acompaña. En realidad creo que es porque no quiere que me pase nada. Qué le voy a hacer, será que me hago de querer... aunque solo sea porque como no me callo ni debajo del agua se nota cuando no estoy.

No tardamos demasiado en llegar al puente donde hemos quedado en vernos. Ernest no es Amelia conduciendo, pero hay que reconocerle velocidad y seguridad. Como en todo lo que hace, al menos de puertas para afuera. 

Amelia también viene, claro, ella aterrizará en otro sitio y nos recogerá si la cosa se pone complicada. Está todo controlado. Bueno, casi todo. Vaaaaale, no hay mucho bajo control, pero, ¿eh? ¿qué podría salir mal? 

Me bajo del coche y me acerco con cuidado al punto de recogida. Si a alguien no van a ver, es a mí. Puede que otras cosas las haga algo peor, pero sé pasar desapercibida. Eso salta a la vista. ¿Lo pilláis? A la vist... da igual.

Hay un par de tipos que rondan la cercanía al puente. No me cuesta mucho dejarlos fuera de combate. No los mato. No me gusta hacerlo así que si puedo noquearlos de un buen golpe, genial. Es casi una técnica personal esto de darles en la pantorrilla para que caigan a mi altura y poder atizarles más cómodamente. 
En realidad es lo que hacía Gina conmigo. Más o menos. 

Consigo avanzar hasta el lugar donde se encuentra Emil, que me mira con mala cara. ¿Ves? Tiene que ser un código. Sé que es él automáticamente. 

Otro par de tipos intentan interceptarnos. Emil apuesta por darles matarile, pero yo no. Les sacamos algo de información, una carta que llevaban para entregar al propio Emil, y los dejamos inconscientes allí tirados. 
Mi compañero lee la carta y su cara se ensombrece más aún. Escuchamos que viene más gente. Ya nos enfadaremos después, o lo que sea. Ahora hay que salir de aquí.

Corremos por la loma que he descendido. Amelia debe estar por allí y a mí no se me ocurre mejor forma de llegar que pedirle a Emil que me agarre por la espalda. Me mira raro pero con su cara de "parece que hay un plan detrás de todo esto". Cuando lo hace, un golpe con el palo a la nieve basta para que salgamos despedidos hacia detrás y ganemos distancia con nuestros perseguidores.

Amelia está allí mismo. Ponemos rumbo al Club y elaboramos un nuevo plan. En la carta instan a Emil a reunirse en una iglesia, en un pueblo en la frontera franco-belga, con unos tipos que parece que tienen a sus padres. Son de la gente de Rasputín. 

Soy especialista en otra cosa: en que Ernest me mire con cara de querer estrangularme.

No quiere ayudar a Emil. Pero oye, de eso va este sitio, ¿no? De ayudar a quienes lo necesitan. ¿No es eso lo que firmé? ¿lo que firmamos todos? 

Pon la mala cara que quieras. Si fueras tú, te ayudaríamos. O Amelia, o Charles, o cualquiera. Nos ayudaríamos, ¿verdad?

Conseguimos convencer a Doyle de que venga también con nosotros. Le da pánico salir. No lo entiendo. ¿Cómo puede darle más miedo el mundo de los vivos que el de los muertos? Supongo que al final es a lo que te acostumbras. Necesita más compañía de gente viva. 

Nos metemos en la petit Curie y Ernest va al volante. A su lado, Charles. 

Emil y yo decidimos que puede ser buena idea que conectemos de nuevo, para ver si hay algo más que podamos averiguar antes de ver a estos tipos. Nos olemos que es una trampa, pero, ¿hasta qué punto? Ponemos nuestras cabezas a trabajar. Nos atamos bien, porque creo que cuando hacemos esto nuestros cuerpos se quedan como inconscientes. Así nos evitaremos golpes. 

Por supuesto, Ernest va haciendo el capullo mientras conduce. ¿Cómo puede caerle tan mal? ¿es falta de atención, o qu...? ESPERA. ¡Es eso! Pero Ernest... en fin, ya hablaremos de eso.

Hacemos un breve intercambio de recuerdos. Cuando salimos, como suele ser, mi compañero tiene un ligero dolor de cabeza. No lo entiendo. A mí no me duele salir, la primera vez, quizás, pero luego no. Supongo que me he acostumbrado antes que él. O quizás es porque soy yo quien lleva el palo. 
Debería dejárselo.

No sé bien a cuento de qué comenzamos a hablar de las trincheras. Es muy breve, pero suficiente. A Emil no se le ocurre otra cosa que hacer una broma sobre lo divertido que puede ser cuando una bala le revienta la cabeza a alguien.

"¿Sirven de algo realmente esos cascos que lleváis?"

Vete a la mierda.

No te pido que me des las gracias por todo esto, pero no me hagas daño porque sí. 
El último recuerdo de mi trinchera se me pone delante de los ojos, y me escuece.

"No, no sirve de nada. Como esta estúpida guerra."

Pido a Ernest que pare el coche y digo que me adelantaré. Accede, pero me pregunta si está todo bien. Me mira extrañado. Por suerte la noche está de mi parte, y no me entretengo. Salgo de allí lo más rápido que me permiten las piernas. Le digo a Emil que le espero en la iglesia. Necesito respirar un momento. 
Está asustado, está asustado y furioso, por eso es un imbécil. Respira, Jacky. 

Llego sin demasiado esfuerzo a la base de la pequeña colina sobre la que está la iglesia. Hay un par de coches aparcados. No van a ir a ningún sitio. Decido que pincharles las ruedas es una opción magnífica y me quedo bastante satisfecha con el trabajo hecho. "Eso es, Jacky, concéntrate".

Emil aparece. No habla demasiado. Creo que sabe que ha metido la pata. No es momento de esto. Le sugiero que dejemos fuera el palo. El plan es entrar con Emil, y ver qué pasa. Eso es, ese es el plan. ¿Suena prudente, eh? Nos van a registrar a la mínima que tengan oportunidad, así que el palito se queda fuera. Si lo necesitamos, pues lo llamaremos.

Nos acercamos a la iglesia y no tardan en recibirnos un par de tipos bien armados que nos escoltan hasta el interior. No me gusta el alemán, pero debería aprender. Algo, lo suficiente para salir de una trampa si se me planta en la cara. 

Al entrar, hay otro par de hombres armados más, dos personas encapuchadas que podrían ser los padres de mi compañero y... ¡¡¡¿¿¿SMITCH???!!! Está muy entero para haberse caído de un tren, la verdad. Qué sorpresa. 

Emil se pone a hablar en alemán con Smitch, que me mira entre sorprendido e ilusionado. No sé qué dicen, pero parece que se llevan bien. Yo mientras me intento acercar a los encapuchados, pero los tipos con arma me interceptan antes de que llegue. Genial. 
Smitch da una orden que no necesito entender, el tono es más que comprensible. "Cogedlo", o algo así.

Los dos hombres me agarran con fuerza por los brazos mientras los que nos escoltaban salen, a saber a hacer qué. Hincho el pecho cuando Smitch se pone delante mía. Le digo que tiene buen aspecto para haberse pegado semejante torta. Sonríe entre enfadado y prepotente. No era él. Es otro, ¿cómo que otro? ¿cuántos cabrones como este hay? 

Miro a mi compañero, que se ha sentado en uno de los bancos y está de lo más tranquilo. Cuando hemos entrado he pensado que sería un buen plan que Emil fingiera que me entregaba a los malos. Supongo que es eso lo que está haciendo. ¿Es eso, verdad? No me venderías, ¿no, Emil? Quizás por tus padres sí, quizás por el precio adecuado se puede vender a un desconocido. 
No lo sé. 

Y por fin llegó la pregunta. "¿Dónde está el Topayauri?" (el nombre oficial del palo). 
Pues mira, no pienso responderte. Si es tan importante para ti, no vas a tenerlo. Tenéis a mi amigo, puede que tengáis a los padres de Emil... y tenéis a mi hermano. ¿Queréis el palo? Te va a costar más que esto.

Lo de los padres era una trampa. No son ellos. Ya nos lo olíamos pero... maldita sea. 

Estoy asustada. ¿Para qué mentir? Pero no pienso dejar que lo vea. Le hablo, bromeo con sus amenazas de hacerme daño. Me coge la cara con fuerza y me hace abrir la boca. Dice que soy un bocazas y que me va a cortar la lengua.

Aprieto el estómago y me esfuerzo en seguir bromeando pese a todo. No sé qué pretendo conseguir.
Las palabras de mi hermano vienen a mi cabeza

"No irás a ninguna parte, no es sitio para las mujeres porque a los hombres pueden matarnos pero a vosotras os hacen cosas peores".

¿Y si se dieran cuenta de que soy una chica? 

No respires tan fuerte, Jacky. Jack. Jack. Jack. Es Jack. No respires tan fuerte...

El cuchillo se acerca a mi boca y de pronto Smitch se queda parado. Los dos tipos que me sujetan se tiran al suelo con las manos sobre la cabeza y detrás de mi casi agresor veo a Emil. 
Su mirada ha cambiado. Me muevo y veo que tiene el palo en la mano, apoyado sobre la cabeza de Smitch. 

Le pido que lo deje estar, que los noqueemos y nos vayamos. Ya está, se acabó. Pero Emil no responde como siempre. No es que esté... desagradable, es que... es que no parece él. Es casi como si el maldito palo pudiera hablar por su boca. Me dice que va a terminar el trabajo y que si no quiero verlo me vaya.

Después de mucho pensarlo asiento. Me marcho pasando por su espalda y entonces hago lo que tenía que hacer: una pequeña patada a la pantorrilla y arrebatarle el palo. 

Me mira con los ojos muy abiertos y los míos se abren más aún cuando veo a Smitch carbonizarse, hacerse ceniza delante mía. Es horrible. 

Emil está furioso, quiere acabar con todo. Lo comprendo, pero no puede ser, no funciona así. No puede funcionar así. Me niego. Están rendidos. Todos. Los falsos padres y los soldados están en el suelo de rodillas, sumisos, aterrorizados. No voy a dejar que los mate y así se lo digo.

Mi compañero se acerca al hombre y la mujer que habían estado encapuchados y les dice algo en alemán. No sé qué es, pero se arrastran hasta mis pies y dicen algo con tono de agradecimiento.

No me gusta nada, es desagradable, incómodo. No quiero que nadie me suplique por su vida.

Justo a tiempo llega el resto del equipo. Doyle, Amelia, Ernest y Chaplin.

Cogen a los prisioneros, registran todo, y yo salgo de la iglesia. Necesito aire. Otra vez.
Ha estado muy cerca. Tan cerca que te has reído en la cara de la muerte. Muy atrevida, o muy estúpida, Jacky Hawkins.

Doyle está en la furgoneta, le pongo al día de todo, y a los demás. Emil se ha alejado un poco del grupo. Está mascullando algo.
Esto no se ha terminado, puede que no tuvieran a sus padres aquí, pero es posible que estén en otro sitio. Tenemos que asegurarnos. ¿Por qué me empeño en cuidar de este chico? Sé que haría lo mismo por los demás, pero es como si supiera que él, en realidad, está terriblemente perdido. Y eso es un asco. Estar perdido y solo... es un verdadero asco.

Todo el mundo intenta convencer a Emil de que vuelva con nosotros y terminemos lo que hemos empezado. Ernest ha encontrado papeles en lo que quedaba de Smitch donde se señalan rutas de paso. Podemos hacerlo. Si los tienen en el pueblo donde están asentados, podemos encontrarles allí.

Nadie parece poder convencerle, y aunque no tengo ningunas ganas de hablar con nadie, me acerco yo. 

Charlamos sobre banalidades al principio. Le doy las gracias por salvarme la vida. Se empeña en que es oscuro. En que hay algo nefasto dentro de él. Yo no lo creo. No sé por qué, no lo siento así, por muy contradictorio que sea a lo que he visto. Me ha salvado la vida, y podía haberme peleado sin problemas para seguir matando a los que quedaban en la iglesia. Seamos honestos, no tengo ni media torta. Y sin embargo no lo ha hecho. 

Siempre podemos seguir intentándolo. La pregunta es simple, Emil: ¿quieres averiguar quién eras? ¿quieres... construir quién quieres ser?

Como suponía, asiente con la cabeza.

Como suponía... la respuesta es sí. 

Todos queremos un camino de migas de pan. Y nadie, en el fondo, quiere caminar solo y a oscuras. 


martes, 24 de septiembre de 2019

Coge el volante

Está siendo un día largo, pero los ha habido peores y quiero saber cómo está Ernest, así que me dirijo a la enfermería, donde me han dicho que aún lo tienen retenido. Seguro que no lo está disfrutando.

Nada más asomarme veo que Amelia ya está allí con él. Cruzo los dedos y me muerdo los labios, estoy hasta nerviosa, emocionada. Supongo que cuando lees un buen libro pasa algo parecido, quieres ver qué acaba ocurriendo con los personajes y ese tipo de cosas. 

Yo tengo mucha curiosidad por saber qué va a salir de esto. 

Me cuelo y me escondo detrás de una de las camillas. Obviamente no me han visto pero durante un segundo Ernest ha parecido escuchar algo. No a mí, desde luego, a mí no se me ve venir. 

Ahora soy yo quien les escucha a ellos y esto es ridículo. Hemingway se "excusa" diciéndole a Amelia que ella no puede hacerse valer menos que nadie, que es estupenda y blablabla... que no debe ponerse tímida con él ni ser menos que él. En eso estoy de acuerdo, ella no está ni mucho menos por debajo de Ernest, si es que eso se puede decidir de alguna manera. Lo que no puedo creer es que él no se esté dando cuenta de que le están lanzando granadas a bocajarro. 

Ella le dice que he vuelto y él parece ponerse contento. No voy a mentir, me gusta que se alegre de mi llegada, creo que es algo bonito cuando alguien sonríe porque estás tú. Le pide que por favor vaya a buscarme y en cuanto Amelia sale yo saco la cabeza de mi escondite.

- ¿De verdad no lo ves?

- ¿Cuánto rato llevas ahí, Jack?

Me acerco a la camilla, le pregunto cómo está y al ver que ahora mismo su mayor problema es un caso grave de aburrimiento, entro al ataque. 
No sé si no me entiende o se hace el tonto. Ya sé que le he dicho a Amelia que no iba a hablar nada de esto con él peroooo... una ayudita no hace mal a nadie. 
Me dice que es sensacional, que le gusta, pero no como ella pretende gustarle. Es decir "que no es hombre de una sola mujer". Supongo que eso de la exclusividad te pasa cuando te enamoras y claramente él no lo está y dice que no quiere hacerle daño. Sin embargo sigue dándome rabia, ¡si no te gusta, pues díselo, no la tengas en vilo! ¡solo está esperando una respuesta, un beso! Y tú, maldito bobo, ¿sabes lo que quiere y en lugar de decirle lo que ocurre prefieres que esté suspirando por ti? Deja a un lado tu vanidad un momento, y si es tu amiga, habla con ella, o algo, no sé, haz algo.

En plena conversación la puerta se abre y la protagonista de la charla entra. Me mira con los ojos muy abiertos y le digo que debemos habernos cruzado. Parece que cuela. Me dice que debo bajar a hablar con Curie y con Doyle, y no voy a poner muchas más pegas. Además, llegando para la enfermería también me he cruzado con Chaplin, que por lo visto busca un "compañero de misión", así que parece que tengo cosas que hacer.

Me disculpo con los dos y salgo. Luego hago como que voy alejando mis pasos y me quedo detrás de la puerta. ¡¿Qué?! ¡Quiero saber qué va a pasar ahí dentro! Ya, ya sé que no está bien, pero veo tan pocas de estas cosas que no sé, ¿tú dejarías de leer? 

Se quedan hablando unos segundos, apenas escucho lo que dicen pero me asomo y él le planta un beso de esos que deben llamar "de película" en los labios. Wow, qué énfasis. Qué... no sé, no sé si es bonito o es tan floreado que parece falso. De cualquier forma cuando ella se incorpora puedo ver como le tiemblan las piernas desde donde estoy.

Amelia viene hacia la puerta y me aparto. Sale, se aleja y se sienta en las escaleras. No parece especialmente contenta, así que la sigo y me siento a su lado. 

Le pregunto que qué ha ocurrido, y me lo cuenta, pero sigue sin parecer emocionada. Más bien está confundida. Le digo que bueno, Ernest tiene razón, ella no es menos que él, es una tipa estupenda y solo tiene que darse cuenta, que Hemingway me ha confesado que le gusta, pero no como una... relación seria y formal, y que no quiere hacerle daño.

Ella me dice que supone que eso es bueno, y claro que lo es, implica que eres importante para alguien, aunque no de la forma en que tú lo pretendías. 

Me parece un buen momento para contarle que en realidad... bueno, que soy Jacqueline. No es que me apetezca que mucha gente lo sepa, nada más lejos, pero supongo que me he metido un poco donde no me llaman y creo que se lo debo, además, quiero que sepa que puede confiar en mí. A ninguna de las dos nos parece mal tener a otra chica cerca. Quizás algún día sea una amiga, más que una compañera. Ains...

Amelia Earhart, haces lo que quieres a los mandos de tu avioneta. La vida no es más que otra cosa que tienes que conducir por donde te de la gana y puedas. A veces te pedirá que hagas piruetas, que eches combustible, que descanses el motor... pero francamente, no he visto a nadie, a nadie en toda mi corta vida, pilotar como tú.

Coge el volante. Ya está bien de volar bajo.