lunes, 23 de diciembre de 2019

Peor qué... ¿qué?

- No lo entiendo, Danny, ¡es que no lo entiendo! - le doy una patada al tronco que tengo delante, que evidentemente no se mueve 

- No hay nada que entender, es decir, no es tan difícil. Estamos en guerra, han reclutado a muchos, ¿por qué te sorprende que a mí también?

- Es que... es que... - aprieto la mandíbula para que no se me escapen ni las lágrimas ni la rabia. No quiero discutir con él - ¡Es que tú no sabes hacer nada de eso!

- ¿De... eso? - se ríe, para quitarle peso - ¿Qué es algo de eso, Jacky?

- Pues... pues de lo que se haga en la guerra, ya sabes. ¡Si ni siquiera sabes zurcir tus propios calcetines! 

- Ya ves, tendré que aprender. Además, no será tan malo, en nada de tiempo me tendrás de vuelta, ni siquiera Gina y Abie me echarán de menos

- Pues me voy contigo - me doy la vuelta y echo a andar para la casa

Estoy muy enfadada, no sé si pegarle o abrazarle con tanta fuerza que no pueda despegarse de mí. No escucho nada a mi alrededor, nada en absoluto. Mis pensamientos me gritan en los oídos, me retumban.

- Jacky - sus brazos me rodean por la espalda y me quedo quieta

- ¿Qué quieres? ¿no ves que tengo que hacer el petate?

- Jacky - me gira despacio y pone su cara a la altura de la mía - No puedes venir

- ¿Y por qué no? Yo sé hacer muchas cosas, puedo cocinar algo que no sea muy difícil, puedo limpiar, coger huevos, cuidar animales, soy silenciosa, sé zurcir, pued...

- Hermana - me aprieta ligeramente los hombros - La guerra no es sitio para mujeres

- ¿Y por qué no?

- Porque... 

- ¿Ves? ¡No hay ningún por qué! Me iré contigo y se acabó - sonrío y vuelve a pararme, esta vez más serio y tajante

- No irás a ninguna parte, no es sitio para las mujeres porque a los hombres pueden matarnos pero a vosotras os hacen cosas peores

- ¿Peores que matarnos? - niego con la cabeza, nunca le había visto tan serio. Contiene el aire, me mira fijamente y entonces comprendo a lo que se refiere y mi mirada se cae al suelo - Pero... pero no me verán... yo... seré invisible y...

Me abraza. Nos quedamos en silencio un rato. Ni siquiera el rumor del viento y las hojas nos interrumpe. 

- No quiero que te pase nada - le devuelvo el abrazo, entre lágrimas

- Jacky, no me pasará nada, tú me enseñaste a ser invisible, ¿te acuerdas?

Se ríe y me da un beso en la cabeza. Es horrible siendo invisible. No quiero que me recuerde llorando así que me río muy de mentira. Ya mejoraré. 

- Más te vale... porque si no iré a buscarte




Emil

Todo está en calma, salvo mi cabeza. Tengo que concentrarme en otra cosa o voy a explotar como una de esas minas.
Y tengo mucho que hacer como para permitírmelo.

Jacky Hawkins vuelve a salir a escena, como diría mi amigo Charles. Al fin y al cabo para eso está, para hacer invencible a Jacqueline.

No quiero tener que ir a darle la noticia de las trincheras a Laforêt, pero lo hago. Dice que no es culpa mía. Se me adelanta al pensamiento y aún así va tarde. Puede que tenga razón, o puede que no, el caso es que yo no estaba allí. Ni siquiera me lo vi venir.

BOM. Así es como muere la gente. De pronto pisas algo y todo explota. Pisas donde no debías y ya no queda nada.
Pero ahora... ahora sí queda algo, ¿verdad? Sigo viva, así que la guerra, sea cual sea, no se acaba aquí.

Cojo aire. Quiero ver al muchacho, quizás sentir que cuido de alguien. No lo sé.

Lo han metido en una habitación, a oscuras y atado, como estaba. No puede ser. Así no vamos a ayudarle en nada, y además si queremos que confíe en nosotros desde luego no es el camino.
Le digo a Curie que yo me hago cargo y le saco de allí.

No habla mucho, no se fía nada. Está algo más centrado que la primera vez que le vi. Tiene los ojos llenos de dudas, y es normal. Dice que no recuerda nada. No sé qué haría yo si un buen día no recordase quién soy. Tiene que ser horrible.

Le digo que podemos salir fuera y me mira como si le hubiera mentido a la cara y se hubiera dado cuenta. Pero que no es mentira, porras, que podemos salir.
Me lo llevo al exterior y coge aire como si sintiera que es la última vez que va a poder hacerlo.

"¿Qué vais a hacer conmigo?"

No sé qué responderle, porque no sé realmente qué hacen los Raritos con los prisioneros, ni si él lo es, ni quién es, ni nada. Todo lo que tengo claro es que quiero ayudarle, y que lo haré hasta donde pueda.

¿Por qué? Y yo qué narices sé.

No recuerda nada de quién es, pero dice que no tiene algunos pensamientos demasiado... puros y bonitos. No importa tanto quien hayas sido como quien quieras ser. Pero lo primero de todo es ayudarte a recordar, Emil. Seas de los buenos, de los malos, o de donde diablos seas, nadie se merece pasearse por ahí sin saber quién es.

Le digo que no es necesario que duerma abajo, en la oscuridad, que hay una habitación para él. Es mentira, le dejo la mía, pero nadie tiene por qué saberlo. Le he dicho también a Doyle que yo me ocupo de él y me ha dicho que adelante, así que...
Emil no pone resistencia a dormir en una cama, con una ventana y sin estar atado. Normal.

Aun así no soy del todo (del todo) idiota, así que decido ponerme a los pies de la ventana, desde donde también pueda controlar la puerta. Por si le da por fugarse o armar algún estropicio. Desde aquí controlo todo a la perfección y en el silencio de la noche seguro que le escucho si hace el más mínimo ruido.

Cojo aire ahora yo. ¿De qué va todo esto realmente? ¿quién demonios es Emil, si es que se llama así? A mi cabeza vuelve la nieve llena de sangre. Aprieto mucho los ojos a ver si así se marcha.

La voz de Charles me espabila. Desde que volvimos de la casa de Méliès me mira distinto. Pero no es malo, de hecho, diría que es algo bueno. Se acerca a mí y me da una manta. Le cuento lo que hago aquí abajo y me mira con cara de "estás loco, Jack", pero no me discute.

Espero que haya visto la enorme luna de cartón que le dejé en su cuarto. Para él parecía importante. Seguro que ver lunas y estrellas ayuda a soñar cosas bonitas.

Le digo que no se preocupe y me responde que si necesito algo sé dónde encontrarlo. Me cae bien. Supongo que es algo más que un actor presumido y pretencioso. Qué idiota fui intentando pensar rápido sobre alguien con ojos de niño que se esconde tras un bigote de adulto.

No es el único que aparece. Amelia también se asoma. Acaba de llegar de misión. Me pregunta que cómo estoy, y también por Ernest, claro. Siempre pregunta por él, pero está haciendo bien lo de ignorarle. Sigue así y al menos habrás cambiado de estrategia, que ya es un paso. Además, Ernest le hace más caso desde que ella no lo hace. Así es la vida, amigos.

La mañana siguiente llega y yo debería dormir algo, así que me echo un par de horas, poco más. Luego vuelta a los problemas. Emil ha tenido el mismo sueño que yo, con el bicho del palo. Una especie de demonio de colores con plumas que decidió colarse en mis sueños y hablar conmigo sin pedirme permiso. Al parecer también lo ha hecho con él. No solo eso, sino que el palo ha ido hasta su mano.

¿Qué es lo que nos conecta? ¿por qué...?

Hablo con Doyle y me dice que Curie podría ayudarle a recordar con una máquina suya de esas raras. No me parece el mejor plan pero no tengo otro, y si Doyle se fía de ella... pues debería hacerlo yo también, ¿no?
Se lo propongo a Emil y me pone cara de que le hubieran restregado una boñiga de Margarite por los morros, pero llega a la misma conclusión que yo: no hay otro plan mejor.

Curie dice que deberíamos atarlo a la silla, porque se va a llevar un calambrazo. Lo de que le aten le hace menos gracia todavía que lo anterior, pero le voy pidiendo permiso y lo hago poco a poco. No parece tranquilo, pero creo que una parte de él se fía de mí. No tengo cara de mala persona y no mido una cuarta. Debe ser por eso.

Y se hace la magia. La señora Curie le pega un calambrazo que medio lo achicharra. Intento no gritar para que no se vuelva todo aun más loco, pero... ¿qué le pasa a esta mujer en la cabeza? ¡lo va a convertir en un churrasco! Su cara es de una tranquilidad pasmosa y me dice que todo ha ido bien cuando terminamos.

Está como un cencerro.

Pasan unas horas hasta que Emil despierta y para entonces ya le he desatado, no quiero que se asuste más de la cuenta. Mira a Curie como si quisiera asesinarla. Pero de verdad, no de broma. Le propongo salir de allí.
Me dice que no tiene recuerdos claros de nada, solo una niebla que intenta disiparse. Parece que va a pasar otra noche más con nosotros así que me lo llevo al comedor. ¿Es que no sonríes nunca o qué?
No te va a quedar más remedio que hacerlo, Emil...

Come más que veinte hombres juntos. No sé si es que la máquina achicharra-cerebros provoca hambre o qué, pero entre la comida y algún que otro comentario más que ingenioso por mi parte consigo que tenga que contener la risa un par de veces. Se ha empeñado en parecer duro.

Lo dejo de vuelta en su habitación, que es la mía, y de camino me cruzo con Ernest. Tiene una cara de enfado y desaprobación absoluta. Me pregunta que si estoy seguro de lo que estoy haciendo. Le respondo que no, pero que confíe en mí. No le hace maldita gracia, no se esfuerza en disimularlo, pero no me dice nada más y se aleja mascullando en voz baja.

Suspiro. Es el momento de volver al exterior. Puede que nuestro amigo recobre la memoria y descubra que es uno de los malos, y la verdad es que no quiero que le de por matar a nadie, pero creo que la mejor forma de evitarlo no es presionándole.

En algún momento caigo dormida. Me despierto en un lugar... extraño. Es un abismo negro, no hay eco. No hay nadie m... ¿EMIL? ¿qué haces aquí? ¿por qué estoy soñando con Emil?
Hablo con él. Si es un sueño es muy lúcido. Ninguno de los dos tenemos claro que lo sea. Es como si... como si estuviéramos en un vacío, en un espacio que está en ningún lugar entre la mente de los dos. Es muy extraño, y a la vez no tengo miedo, aunque quizás debería.

Hablamos durante mucho rato. Me dice que cree que no es de los buenos, que tiene pensamientos que no son buenos. No sé cómo llegamos a la conclusión de que estamos en su cabeza y en la mía al mismo tiempo, ¡así que otra magnífica idea de Jacky Hawkins acude al rescate!

"¿Y si intento buscar tus recuerdos ahora que estoy en tu cabeza?"

No le hace ninguna gracia, pero es que a este tipo no hay nada que le haga gracia. Aunque también es normal, claro. En cualquier caso accede. Allí está el palo, con nosotros. Le pongo el palo en la cabeza. Si esto nos conecta quizás...
WOW. Veo una casa, un lago, huele bien, a comida... veo... ¿su hogar?
Salgo de allí cuando llevo algo de rato.
Tienes padres, Emil, o los tenías.

Quiere que nos vayamos de aquí. Sea donde sea aquí.
Lo entiendo, a mí tampoco me gustaría que hurgasen en mi cabeza. Además hay alguna que otra cosa que no sería bonito que descubrieran.

Le doy otra vez con el palo en la cabeza, pero esta vez con pensamiento de salir.
La magia vuelve a hacerse. Ya está amaneciendo.

En el exterior, uno de los enormes árboles está ennegrecido, como si se hubiera carbonizado. Emil aparece a mi espalda y me dice que ha sido él. Me enseña el palo. No sé si lo entiendo, pero es evidente que estamos conectados de alguna manera. 

Hablamos un montón. Al final le digo que en realidad si quiere puede irse.
Sé que se lo piensa, aunque finja medio bien. 

Cualquiera querría salir allí a saber quién es. Y él ahora tiene familia. Yo haría lo mismo. Quiero pensar que, en realidad, estoy haciendo lo mismo aunque tenga la sensación de estar con el trasero clavado en el suelo sin moverme.

Le estrecho la mano. Volveremos a vernos, Emil. Los dos lo sabemos.

Se aleja a paso lento sin mirar atrás y yo devuelvo la vista al árbol y lo toco con el palo. Le hablo al bicho raro emplumado que se supone que está dentro. 
El árbol se desmorona, pero creo que me está comprendiendo. 

Me agacho. Entre la ceniza hay un pequeño brote. Renace. 

Así debemos ser todos. Como este árbol. 

domingo, 15 de diciembre de 2019

Todo está en guerra

Charles sigue histérico. Espero que cuando haga eso de subirse al escenario no se ponga tan nervioso, porque si no su carrera va a ser un fracaso. Lo van a llamar "Charles-Tembleque-Chaplin". Suena ridículo, pero yo solo sé poner nombres a las gallinas. 

De camino me lo explica todo una vez más. Como si hubiera mucho que explicar. Podría resumirse en "eh, está pasando algo raro, o eso creemos, pero no sabemos ni por dónde empezar". Pues genial, nada como un ratón para meterse en esas madrigueras, ¿verdad?

Se suponía que esto iba a ser un palacio pero... ¿qué ha pasado aquí? Parece que se han caído todos los rayos de la tormenta encima de este sitio. La casa podría ser un palacio, pero solo es un amasijo gigante de hierro y cristal. Entramos y una silueta se nos acerca. Parece que flota. No me gusta, me da mala espina. 

No es que yo sea muy lista, pero tengo algo de instinto (si no, ¿de qué seguiría viva?) y efectivamente nuestro primer anfitrión es un muñeco. Un muñeco muy bien hecho, pero que pone los pelos de punta. Toda esa sala está llena de muñecos. Nos miran con los ojos muy fijos, llenos de pestañas rígidas y con sus pupilas brillantes a la luz. Es... es diabólico. Un escalofrío me recorre toda la espalda. No me va a gustar esta misión. 

A Charles le cambia la sonrisa y la pose. Aquí llega el anfitrión de verdad, el señor Méliès. Es un tipo raro, pero muy, muy raro. Tan amable que no me da buena espina. Nos invita a pasar y nos instalamos en una habitación con más goteras que una trinchera después de unas semanas. 
Como hay que empezar a buscar (no sé bien qué), me ofrezco a arreglarle las goteras, para que no tenga que disculparse con los demás invitados. Parece agradecido, mucho, otra vez. De todos modos a mí me da igual, yo eso de hablar y adular no es mi punto fuerte así que dejo a Charles con él y yo me dedico a lo mío: rebuscar. 

Definitivamente el techo está hecho un destrozo. Nada que Jacky Hawkins no pueda arreglar, claro. Lo dejo como nuevo. Como nuevo después de trescientos años, más o menos, pero oye, lo importante es que ya nadie se mojará. En el camino... descubro alguna que otra cosa. La que más llama mi atención es una puerta. Está en la habitación contigua, donde hay un colchón tirado en el suelo y un montacargas. La puerta no se abre ni de broma. Me falta pedírselo por favor, pero se ve que aquí la educación tiene poco que decir. 
Escucho pasos así que corro a esconderme. En el montacargas, claro, parece un buen sitio. Trepo un pelín con la espalda y las piernas por el conducto y listo. Tendrían que asomarse y mirar a la chimenea para verme. 

Entra alguien, supongo que es Méliès. Escucho más voces abajo, deben de haber llegado los demás invitados. Quien sea se para en la habitación y dice un nombre en voz muy baja: Eugènie. 
Luego escucho algo pesado arrastrar. Dos veces. Y todo se queda en silencio.

Me asomo y sonrío. De modo que esa puerta tiene contraseña, ¿eh? Le guiño un ojo a la nada. Ya volveré, espérame, misterio por resolver. 
Hemingway estaría emocionadísimo. ¿Un peligro? Allá correría él, conmigo. 

Salgo por patas de allí y bajo las escaleras. Me ajusto el traje, o lo que sea esto, y pongo mi mejor sonrisa. Charles me crucifica con la mirada al verme llegar tarde delante de su querida Marion... Oh, espera, ¿no lo he dicho? Cuando me ha pasado los informes tenía a todos los invitados, pero había un par de anotaciones SOLO en el de Marion Davies. Qué casualidad. Yo no soy muy lista, pero su voz suave hablando con ella le delata. Le gusta la señorita Davies. Madre mía que si le gusta. Sonríe como una vaca. 

Me presentan al resto, un tal Max Linder y una tal Ruth Roland. Soy la mosca en la leche. No encajo en absoluto con esta gente. Suspiro y sonrío. Esto es un trabajo, Jacky, deja de protestar.

Nuestro anfitrión se vuelve a reunir con nosotros y nos dice que tenemos un rato de... esparcimiento, antes de la cena. Esto es más raro... realmente no me importa, me las apaño para ausentarme. Ahora sí que tengo un sitio al que ir. ¡Puerta misteriosa, allá voy! 

Digo el nombre en voz bajita una vez estoy delante, y como si fuera un pasadizo secreto se abre ante mis narices. Wow... es alucinante. Unas escaleras larguísimas y oscuras se pierden hacia abajo, como si hubiera muchas plantas bajo la casa. Cojo un pequeño candil y comienzo a bajar. Sin hacer ruido, como siempre. Por eso estoy aquí. 
Hace frío aquí abajo, y si no fuera por la luz que llevo no vería absolutamente nada. Me pregunto dónde llevarán las escaleras cuando de pronto descubro puertas. Oh, no. Puertas simplemente no. Puertas con barrotes. Puertas de celdas. 
¿Qué demonios pasa aquí? 

Voy pegando una por una y, para mi sorpresa y espanto, escucho una voz dentro de una de las habitaciones. Abro la puerta y entro a una oscuridad todavía más negra. Me acerco y descubro una camilla. Huele a humedad y a alguien le castañetean los dientes. En la camilla, atado y con los ojos vendados hay un muchacho. Cojo aire. Pregunta si hay alguien ahí. 
Algo muy raro se apodera de mí. Quiero sacarlo de ahí a toda costa, no le conozco, pero la voz le tiembla de una manera que me pone furiosa que esté atado, solo, a oscuras. 

Le digo cómo me llamo, le digo que volveré a por él, pero que tiene que esperarme. Dice que no le deje a oscuras. La oscuridad es tuya, Emil. Emil... así se llama el pobre desgraciado. 

"La oscuridad es tuya, cierra los ojos y la estarás creando tú, y allí ella no puede hacerte nada, porque te pertenece".

Le aprieto las manos y me muerdo la rabia. Le dejo de nuevo allí, solo y en silencio, murmurando en voz muy baja "la oscuridad es mía". 

Méliès, no sé quién eres, pero alguien debería darte una paliza. 

Bajo a cenar con todos y Charles está tan atontado con la señorita Davies que me resulta imposible hacer que se dé cuenta de que aquí hay gato encerrado, de que su querido director de cine más que hacer cosas de la luna es un maldito lunático. Así que nada, cenamos y todo normal, sonrisas y conversaciones. Yo salgo del paso como puedo, mi querido Chaplin no hace más que hablar de él a la chica guapa. Pero Charlie... deja de hablar de ti y pregúntale por ella... De verdad, que yo de amores no entiendo nada, pero es que eso es como básico, ¿no? 

Mientras cenamos hay otra cosa que me llama la atención, y es que el señor Méliès no come. NADA. No... pero nada, ¿eh? Es que ni prueba el agua. O nos está envenenando o aquí pasa algo raro...
¿Y si...? No, ¿qué dices Jacky...? Estás tonta, no puede ser. No existen los muñecos tan grandes.

Aaaaaham... genial. Por si fuera ya todo poco retorcido se va la luz. Nuestro anfitrión dice que irá a arreglarla y yo aprovecho la oscuridad y mi poca participación en la charla de la cena para seguirle. 
Fantástico, justo mi lugar favorito de la casa... la caminata me lleva al sitio ese lleno de muñecos, todos mirándome. Cuando me vengo a dar cuenta Méliès ha activado de nuevo el generador y vuelve a haber luz.

Oh, genial, se ha hecho la magia y Jacky no está de vuelta. Tendré que inventarme algo. Corro hasta el piso superior, salgo fuera de la casa y me meto dos dedos en la garganta. ¿Por qué si no iba a haber salido? Claramente me debe haber sentado mal algo y he salido a buscar el retrete para vomitar, y al no encontrarlo... pues lo he hecho fuera. Prefiero ponerlo todo perdido que levantar sospechas, y no se me ocurre nada mejor. ¡Oye! Puedo pensar rápido, pero no me pidas un plan muy elaborado, que no soy Doyle. 

Parece que medio cuela mi excusa cuando me encuentran, aunque Charles me mira con cara de querer estrangularme. No se entera de nada. 

Ya no sé quién está en este ajo. ¿Solo nuestro anfitrión? No sé si creérmelo. 
Por cierto, propone un brindis. Genial, un brindis. Ni de broma voy a beber nada, y menos si él mismo no bebe. Pero nada, toooooodos dan un largo trago. Charles incluido. Mierda. 

Yo me mojo los labios mientras me miran, para disimular, y tiro el resto.

Empiezo a escuchar golpes de cabezazos en la mesa. Como suponía, nos están envenenando. Espero que no estén muert... oh, no, no... yo también me estoy mareando. ¡Venga ya! ¡Si solo me he mojado los labios! Aprovecho el mareo para hacerme la dormida, o la muerta, o lo que sea.

El señor Linder habla. Para mi sorpresa le pregunta a Méliès que qué van a hacer con nosotros. Sabía que no estaba solo. Maldición. ¿Y ahora qué? 

Comienzan a llevarse a mis compañeros a rastras, creo que sé hacia dónde. Fue una de las pocas cosas que me dijo Emil, que Méliès se lo había quitado todo. Que no recordaba nada. 
No puedo dejar que pase eso. Pero qué mareo, demonios...
Espero a que me dejen sola, pensando que estoy sopa como el resto, mientras arrastran a Charles. Me levanto como puedo, pegándome a las paredes y me quito de en medio. Necesito esconderme hasta ser capaz por lo menos de centrar la vista. Todo me da vueltas. Me tiemblan las piernas. 

No sé cómo lo hago para llegar hasta el montacargas pero hago lo mismo de la otra vez y me escondo allí. Necesito tiempo, y no tengo tiempo. Reconozco que tengo algo de miedo, ¡pero es porque apenas me tengo en pie!

Les escucho salir de la habitación secreta, bajar y discutir. Gritan, me llaman. No pienso salir, a palabras necias... 
Pero entonces amenazan con hacerle daño a Charles, y ahí es donde meten la pata hasta el fondo. ¿Quieren Jacky? La tendrán. 

Cojo al palo, que viene conmigo. Le prometí a Curie que no lo usaría si no fuera necesario, pero es que ahora mismo me parece bastante necesario, así que salgo y me escondo. Les espero en una buena esquina. Nadie ve al ratón. Todos pisan la mina. Ahora yo soy la mina y el ratón a la vez. Un par de golpes con el palo bastan para lanzar a Linder por la ventana y hundir a nuestro anfitrión en el suelo hasta Dios sabe qué planta. Todo se queda en calma. Por suerte. Aún estoy como borracha.
Charles está aturdido, pero parece más despierto que yo. Se ve que lo han espabilado para darle el paseíto en mi busca. 

Bajamos al sótano del terror y sacamos a las señoritas amigas de Charles, y también a Emil. Ninguno está del todo consciente. Emil balbucea. Sigue con aquella cantinela con la que le dejé. Hay algo en él que me da pena. Es como si tuviera que cuidar de él. No sé, es muy extraño. 

Llamamos a la Curie-ambulancia y Charles se lleva a todos los rescatados. Yo le digo que me quedaré para buscar si nos hemos dejado algo más. Ya estoy algo mejor. Algo. 

Antes de irse se despide de Méliès, de Linder. Se despide de ellos y se saluda con la decepción. Algo ha cambiado en mi compañero esta noche. 

No descubro gran cosa, solo unos papeles de los tipos del Rasputín ese. Los lleva encima Linder. Nuestro anfitrión... supongo que si que hay muñecos tan grandes. No es más que otro de esos cacharros, solo que no sé por qué tipo de magia o lo que sea, este estaba muy vivo. 
No me gusta matar. No me gusta, y en un segundo han caído dos hombres a mis manos.

Respiro. Es la guerra, ¿verdad Jacqueline? Sacudo la cabeza. Jacky. Es Jacky. 

La guerra... recibo una llamada de Doyle. Al parecer algo ha ocurrido en el lugar de mi trinchera, donde estaba mi posición. Donde debería estar yo.
Ernest me recoge en la petit-curie y salimos corriendo hasta allí.

Barro. Sangre. Muerte. Silencio. Todo mezclado. El desastre habitual lo es mucho más. Niego con la cabeza sin parar mientras busco entre el caos de cuerpos y destrucción a alguien que siga con vida. 
Yo tendría que haber estado aquí. 
No queda nadie. 
¿Dónde está Dugarry? Corro a la enfermería temiéndome lo peor. 
Solo hay una buena noticia: Etiène, nuestro médico, sigue con vida. 
Está horrorizado, traumatizado. Habla de gente extraña que no moría, o se desvanecía, de gente que vino y mató a todo el mundo, que hicieron un baño de sangre. Que se llevaron a mi amigo.

Me querían a mí. O al maldito palo. Me da igual. El caso es que era a mí a quien buscaban y solo han dejado muerte a su paso. 

Y yo no estaba aquí.

¿Dónde estabas cuando te necesitaban aquellos a los que prometiste cuidar? 
Jugando a algo más fácil, ¿verdad? Porque en el fondo, y tú lo sabes, la trinchera y los tiros te están vaciando de lágrimas los ojos. 

¿Dónde demonios estabas, Jacky? ¿o es Jacqueline?