Bajo al sótano de Curie. Emil está
muy mal. No para de dolerle lo que sea que esté haciendo Supai y yo estoy empezando
a enfadarme de verdad.
¿Así que con estas máquinas se entra en la cabeza, eh?
Allá vamos.
Recuerdo más o menos cómo lo hicieron
la primera vez con mi compañero, así que me tumbo en la camilla, no me ato, por
si las moscas, y me pongo el casco raro lleno de cables en la cabeza.
Por suerte la palanca está cerca.
Estoy tan enfadada que ni siquiera lo pienso una segunda vez.
Cierro los ojos y
tiro.
Aparezco en un sitio donde hay Luz.
Literalmente, he decidido llamar así a la parte simpática del asunto. Supai,
como buen cobarde, está escondido en la oscuridad.
Hablo con Luz, le digo que no tenga
miedo, le enseño recuerdos de Margarite, que le gusta y le tranquiliza. Él me
dice que tenga cuidado, que Supai puede usar eso para hacerme daño.
“¿Supai? Supai no se atreve siquiera
a venir aquí”.
¿Qué puedo decir? Hay muchas formas
de llamar la atención del enemigo, pero dar un tiro al aire siempre es la mía.
Y siempre funciona.
Todo se tiñe de
negro y ese malnacido aparece. La conversación se resume en “deja en paz a Emil
o te las vas a ver conmigo”. Y él se ríe.
Me dice que soy idiota, que me estoy
muriendo y ni siquiera me estoy dando cuenta.
¿Muriendo? ¿qué dice? Durante un
momento soy capaz de sentir mi cuerpo. Tiene razón. Estoy recibiendo mucho
dolor pero no me estoy dando cuenta porque estoy aquí.
¿Morir? Se me congela un
momento la respiración. Nadie puede desenchufarme de ese trasto. Nadie sabe que
estoy aquí.
No quiero morir así.
Debo reconocer que me lo he buscado. Pero
no quiero. No quiero. Cuando llegué al frente me aterrorizaba morir. El disfraz
de Jack me sirvió para enfrentarme a ese miedo, para alejarme de él. Sabía que
podía pasar, pero al menos tenía la esperanza de no hacerlo sola.
Pero aquí… aquí, en mi cabeza no hay
nadie más. Solo estos dos fantasmas que ni siquiera lamentarán que me haya ido. No quiero morir aquí sola, como si nada, sin pelear.
En el fr… ¡el frente! ¡Idea! Cuando
conectamos a Emil a la máquina recibió en un momento tal dosis de dolor que su
cuerpo casi saltó de la camilla, a pesar de estar atado. Si consigo hacer algo
parecido, yo que ni siquiera me he amarrado… debería desconectarme, porque ese
casco me queda incluso grande.
Lo tengo. No me hace falta pensar
demasiado para conseguir que Supai me lleve de vuelta al campo de batalla.
Piensa que tiene ventaja en los lugares terribles, y quizás sea así, pero no
hay mayor ventaja que ser subestimado. Y él me subestima.
Corro a través de una trinchera de
recuerdos, salgo a tierra de nadie. Las minas estallan bajo mis pies, a mi
alrededor. Hay humo y muerte por todas partes. Al fondo está él, Supai, mi
carcelero. Viste de uniforme y me apunta con un rifle.
Disimulo una sonrisa y aprieto el
paso aún más. Voy a por él, y sé que no me dejará llegar. Quiere hacerme daño,
pero no sabe que eso es lo que busco.
El disparo llega de una forma
demasiado real. Me atraviesa el pecho, me deja sin aire, vacía. La sangre se me
hiela, los ojos me duelen. Parpadeo y al abrirlos apenas soy capaz de
distinguir dónde estoy.
Me arrastro por el suelo como puedo.
Me duele todo. Noto quemaduras en varias zonas de la piel. No tengo un disparo en el pecho, pero sí siento lo mismo que si
lo hubiera recibido.
Te has suicidado dos veces en una
noche, Jacqueline.
¿O era Jack?
Me echo a llorar como la idiota que
soy.
“¿En qué demonios estabas pensando?”
No hay comentarios:
Publicar un comentario