"Jack..."
"Jack..."
Alguien me llama. No veo nada, apenas puedo respirar. Ni siquiera siento mi cuerpo.
Alguien me llama. "¡Jack!". Es la voz de Dugarry.
Sonrío, creo. ¿Dugarry? No puedo moverme y aún así algo me dice que es una trampa. Que es demasiado fácil. Será la costumbre de hacer nido en campos de minas.
Algo tira de mí. Tengo los ojos llenos de polvo y todo se mueve muy despacio.
"Te tengo, Jack", dice la voz de Ernest.
No es Dugarry. ¿Ves? La esperanza también es una mina.
Me coge en brazos, me siento muy pequeña, diminuta. Estúpida. Me duele todo el cuerpo. Me hago aún más pequeña entre los brazos de Ernest. No digo nada.
Llegamos al coche, donde Charles me mira con evidente preocupación. Han encontrado a Emil, está en la parte de atrás del vehículo, inconsciente. Tiene una buena brecha en la cabeza.
Yo tengo que haberme roto algo, seguro. Es lo mínimo cuando te tiras encima una montaña.
El chico al que intenté rescatar también está con nosotros, en el club de los inconscientes.
No hay mucha conversación, o yo no soy capaz de centrar la atención en ella.
Arrancamos camino de vuelta. No sé cuanto tiempo pasa hasta que Emil se despierta. Me mira con cara de refunfuñar, no sé si es su forma de preocuparse o de decir "como suponía".
Le digo que los tipos de Rasputín no parecen tener a sus padres. Eso le cabrea, pero en realidad debería aliviarle. Cuanto más lejos de esos hijos de mala madre mejor.
No sé si en compensación me dice que ha escuchado hablar de Dugarry mientras estaba encerrado. Que es posible que lo tuvieran en la celda contigua a la suya. Mi primer impulso es pensar en volver. ¡Ha estado allí todo el tiempo! ¡Justo al lado! He pasado cerca y ni siquiera me he dado cuenta.
"¡Vuelve, Jacky!", me grita todo el cuerpo. Pero... pero, ¿y si no es más que otra trampa? ¿y si es otro espejismo? Emil también estaba herido, es posible que escuchase mal o...
"Da media vuelta, Ernest", dice Charles con una determinación de la que no hace gala muy a menudo. Y él, el chico al que le gusta discutir por absolutamente todo, no dice media palabra, solo asiente y gira el volante.
En la vuelta Emil me sugiere que entre en su cabeza. No es la primera vez que después de hacerlo me siento mejor. Si voy a rescatar a mi amigo no debería ir hecha una piltrafa, pero sé que él no lo pasa bien. Nos enzarzamos en un brevísimo combate de cabezonería en el que gana, esta vez, por mucho que me moleste, por sentido común.
Entrar y salir, y efectivamente estoy como si acabase de nacer. Bueno, vale, no tanto, me duele todo, pero no siento que tenga los 40 huesos del cuerpo rotos.
No tardamos mucho en llegar y decidimos dejar al chico rescatado de vuelta allí. Han montado una enorme enfermería muy rudimentaria en poco tiempo. No sé cuánto de poco porque en realidad no tengo ni idea de cuánto he pasado enterrada, pero en cualquier caso no creo que hayan sido días.
Charles y yo somos los que hemos bajado del coche. Ernest es el mejor conductor que tenemos así que si pasa algo debería estar él al volante para salir corriendo.
En el pueblo hay heridos por todas partes. "Esta vez sí que la has hecho buena, Jacky...".
No sé cuánta gente habrá muerto por mi culpa. O cuánta habrá perdido su hogar. Y todo, ¿por qué? Porque estaba furiosa, porque quería hacerles daño. Porque no se me ocurrió otra cosa que destruir esa estúpida máquina.
Querías destrucción. Aquí la tienes, idiota.
Chaplin me pone una mano en el hombro. No sé si será cosa de su trabajo, pero es bastante bueno leyendo la mente. Y creo que no tiene fantasmas como Doyle. Espero.
Decidimos ir a la celda donde tenían a Emil y al entrar allí no encontramos ni guardias ni nada que se le parezcan. Hay una sala contigua a la de nuestro compañero y cuando la abrimos encontramos un camastro. No me cuesta mucho encontrar uno de esos inconfundibles rizos. Dugarry no tiene una mata de pelo, tiene un arbusto encima de la cabeza. Solo puede ser suyo. Hay sangre en el suelo, no una barbaridad, pero sí la suficiente para preocuparse por alguien.
Conozco a mi amigo, sé dónde se escondería en una situación así. Le digo a Charles que vuelva al coche y me esperen, que en menos que canta un gallo estaré con ellos.
Supongo que se fía de mí, cosa rara, porque no discute. A lo mejor es que hoy nos han dado demasiados palos como para que encima estemos discutiendo.
Salgo corriendo a toda prisa. Detrás de la pequeña comisaría hay un bosque. Nada mejor para huir de una ciudad atestada de enemigos. Si yo fuera él habría hecho lo mismo.
Subo la pequeña loma y entro. Grito su nombre en susurros a medida que avanzo entre la maleza. Me da rabia pensar en el ruido que estoy haciendo considerando lo silenciosa que soy. ¿Un río, eh? Perfecto para perder un rastro, él y yo lo sabemos bien. Es por ahí.
Pasan unos minutos hasta que escucho un "¿Jack?".
¡Ahá! ¡Te encontré! De ratón a comadreja, sabemos dónde escondernos. Está dentro de un enorme tronco hueco que hay tumbado en el suelo. Sus ojos brillan, como los de un animalillo asustado. Se echa sobre mí como puede, dándome un abrazo muy torpe que es más un "que me caigo" que otra cosa.
Pues sí que la hemos hecho. Está herido, aham. En la pierna. Y aquí no hay nieve para trineos.
"Piensa rápido Jacky Hawkins". Escucho gente acercarse. Hablan en alemán. Mierda. "Piensa, piensa, piensa...".
Lo cojo como puedo y tiro de él, tenemos que alejarnos un poco. Luego le digo que se quede, que voy a hacer algo para que los que están posiblemente de patrulla se desvíen. Cuando escuche la señal tiene que salir todo lo corriendo que las piernas le permitan hasta donde le indico que esta nuestro coche. Parece emocionado con que haya venido más gente a rescatarle. Le entiendo.
Me da las gracias. Ya nos las daremos luego, o algo.
Corro en silencio, llego hasta un punto que considero lo bastante lejos como para quitarle del medio a quienes se estén acercando.
Saco la pistola que me ha dado Ernest. Es una suerte que me sirva para algo que no sea matar a alguien. Demasiado de eso por hoy. O por este año.
Escucho voces y pasos. Un montón de tipos se acercan a toda prisa. Es mi momento de quitarme del medio, pero por supuesto no lo tengo fácil. Faltaría más. Casi tropiezo con un tipo vestido de uniforme. A medida que se gira voy girando tras él y unas luces de vehículo se encienden apuntándonos. Echo cuerpo a tierra y hago lo primero que se me ocurre: rodar loma abajo.
A algún sitio llegaré. Si todo va bien, al río. A partir de ahí el camino será más bien corto y sencillo.
Auch. Auch. Auch. Ahora agradezco tener el pelo corto. De lo contrario no vería nada. Sacudo la cabeza cuando por fin paro y veo unas botas militares delante de mis ojos.
GENIAL. Justo lo que quería. Cojo aire y le tiendo la mano para que me ayude a levantarme. No suena como algo desconfiado. Creo. ¡Y funciona! Me da la mano y en el momento preciso tiro de él y le doy una patada en las corvas.
¡A correr! Grita algo en alemán y empiezo a escuchar gente apresurarse y también disparos. Me encanta, perfecto para terminar el día.
Sigo corriendo hasta llegar al coche, allí nos acribillan pero logro subir sin saber bien cómo. Con Ernest o Amelia al volante subirse a un coche en marcha puede ser una locura o coser y cantar.
Por suerte, dejamos atrás a nuestros nuevos amigos.
Y después de un camino que se hace menos largo de lo que debería, llegamos al club.
Ha sido demasiado fácil. Ya, claro, a quien se lo cuentes te mirará raro, pero yo no puedo dejar de pensar que ha sido demasiado fácil. ¿Tantas molestias por llevarse a Dugarry y lo dejan tan cerca? ¿tan desprotegido? Algo no me huele nada, pero que nada bien.
No me equivoco, sé que no me equivoco. Mi compañero me cuenta que le han tenido aislado y le han hecho de todo, que le han prácticamente torturado, y apenas se inmuta al decírmelo. El Armand Dugarry que yo conozco, y cualquiera que hubiera pasado por algo así, no podría evitar echarse a llorar y desear irse a casa.
Y aquí está, intentando que le deje devolverme el favor por salvarle, pidiéndome que le enseñe el hotel...
Algo está mal.
Lo único que entra dentro de su comportamiento habitual es que hace todo lo posible por coquetear con Amelia, que intenta darle esquinazo amablemente.
Doyle me pide que mande a mi compañero a su despacho, así que hago caso. Lo mismo es capaz de darse cuenta de algo que yo no. No lo sé. ¿Serán los fantasmas capaces de ver cosas que los vivos no? Me da repelús solo de pensarlo.
Hay una manera de comprobar que no se me está yendo la cabeza. Es posible que no sea la forma más... ética, pero es efectiva, eso seguro.
Intento no dormirme, aunque tampoco es que yo esté en mi mejor momento. Espero a que él llegue a su habitación y caiga dormido como un lirón. Entro en su cuarto... y después entro en su cabeza.
Todo es oscuridad. Algo se mueve. Como sospechaba. ¿Qué le habéis hecho? ¿es él siquiera?
Hago lo mismo que hice en su momento con la cabeza de Emil: tiro de la manta.
Un montón de ciempiés recorren las paredes, apenas se dejan ver. Escucho a Armand chillar, pero es un sonido que no parece human... ¿qué mierda es eso? Está tirado en el suelo, retorciéndose, bocarriba. Le salen patas por todas partes como si él mismo fuera un enorme insecto, una cucaracha monstruosa.
La respiración se me congela. Por un segundo no puedo moverme.
"Tira de la manta, Jacky", me repito. Y lo hago. Tiro de la oscuridad. Todo empieza a bañarse de luz y Dugarry a gritar más y más. Me va a explotar la cabeza. Todo estalla en luz y despertamos.
Estoy a su lado, llora, gimotea, se me abraza.
No es que esté feliz de verle así, pero entiendo que ahora todo está bien cuando le escucho decir:
"Quiero irme a casa".
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