sábado, 18 de abril de 2020

La lámpara de aceite


“Está bien, iré”.
¿En qué momento se te ocurrió que era buena idea? En el momento en que no quiero que sospechen nada raro de mí. Si soy un chico pues tendré que serlo. Me parece horrible que todos los hombres vayan a burdeles. Eso dice Ernest. Yo quiero pensar que no, que no todo el mundo ha decidido que por unas cuantas monedas una mujer puede… bueno, ya sabes, eso. Lo que sea que le pidas a una mujer en el lecho.
Qué idiota, si te pones hasta colorada con solo pensarlo, ¿dónde vas a meterte?
Por suerte… o no, parece ser que Dugarry ya se ha ido. No diré que no me molesta no haberme despedido, pero creo que es mejor así. Ahora estará a salvo y en casa.
Salgo al pasillo y Ernest me mira con pena. Me pregunta que si no tengo algo mejor que ponerme. No, no voy a cambiarme. Así que se empeña en peinarme. Me pone una cosa en la cabeza que me deja el pelo como si Margarite me hubiera dado un lametón y me dice que estoy estupendo.
¿Estupendo? ¿para quién? ¡¿En qué momento Jacky?!

Salimos, cogemos el coche y vamos hacia París. Vamos los dos solos. Charles nos verá allí y Emil por supuesto se niega a acompañarnos. Esta vez le entiendo.
El sitio al que nos encaminamos se llama “La Lámpara de Aceite”, y cuando entramos, al contrario de lo que pensaba, no me asusto demasiado. Parece simplemente un local grande con gente tomando copas y bailando. Bueno, bailar es algo que puedo hacer. No como si fuera una fiesta de gente rica, pero este sitio no parece de eso.

Ernest pide una copa y yo un mosto. No quiero alcohol. Lo que me faltaba, vamos. Le guiña un ojo a casi todo el mundo, a las mujeres porque es “Ernest Hemingway” y a los hombres porque es “Ernest Hemingway”. Tiene que ser agotador ser él.
Aunque yo no sé qué hago hablando de disfraces.

Me señala a la planta de arriba. Eso sí parece otra cosa. Hay unas chicas en una actitud poco… recatada, por decirlo de alguna manera, que miran a la sala como si fueran aves de presa. Da miedo. Ernest me dice que una de ellas es muy dulce y que es perfecta para una primera vez. ¡Que no voy a compartir cama con nadie, Ernest!
No parece entrarle en la cabeza. No voy a acostarme con nadie, y mucho menos a pagarle a una persona para que haga algo así.

Aparece Charles y yo decido que es buen momento para quitarme de en medio a Ernest y ponerme a bailar. Me da igual con quien. Al fin un poco de tranquilidad… pero, ¿qué hacen? La canción ha terminado y para celebrar se agarran todos y se besan. Quiero salir de aquí… Por suerte soy ágil así que me escabullo de besos y abrazos y continúo con el segundo baile. Así no tengo ni que beber… ni que… bueno, ni que nada más.
Un chico me mira desde la barra. Ernest me saca del baile y me presenta al chaval, luego dice que se va, que le están esperando. Antes de irse añade que la señorita de la barandilla (y me señala, descaradamente, a la chica dulce de la que hablaba) me está esperando. Me muero de la vergüenza y le digo que ahora subiré.
Ya inventaré algo.
El muchacho se queda hablando conmigo, y no solo resulta ser una muchacha, sino que no tiene problema en decir en voz alta que se ha dado cuenta de que soy una chica. No le doy con algo en la cabeza porque me pilla a desmano. ¡¿Qué demonios haces?!
Después de eso intenta hacerse la simpática, pero me da igual, no quiero cuentas con ella. Me pregunta si voy a subir con la muchacha de la barandilla y le digo que no. Me mira con una sonrisa y me dice que ella sí. Se toma un trago y se va. Y se va con la chica quiero decir. ¡¿Qué pasa en este sitio?! ¡¿qué les meten en la bebida?! Dos chicas… y tan normal, y no se molesta en ocultarlo ni nada. Y yo que siempre pensé que esas cosas no pasaban… ¿dónde has estado viviendo Jack?

Charles se apiada de mí y me rescata. No está solo, va con una chica preciosa. Se llama Arianne. Y se miran como si se conocieran desde hace mucho. Charlamos durante un rato, ella es agradable. Es distinguida. No sé, creo que a cualquier chica le gustaría ser así. Me cuenta que alguien se aprovechó de ella, un pintor. Al parecer es modelo, la pintan… desnuda. Qué vergüenza, ¿no? Parece más triste que otra cosa, es como si tuviera la melancolía pegada a los ojos. No sé… dice que está buscando a alguien que le pague los estudios, para poder exponer sus propias obras en una galería.
¡Eso sería genial! Le pregunto qué cuánto dinero le hace falta y se echa a reír con suavidad. Soy una ignorante. No lo dice, es educada, pero su risa, aunque dulce, habla por ella.
Charles llega y pasamos un rato charlando los tres. Al final no va a ser una mala noche.
Chaplin me mira raro de vez en cuando. No sé muy bien qué pasa, pero no parece una amenaza así que sigo a lo mío… hasta que aparece Ernest, que no entiende qué hago todavía ahí abajo. Trato de discutir con él, que por cierto le lanza una mirada de lo más desagradable a Arianne. Tiene unas palabras nada amables con ella y le paro los pies en seco. No seas más idiota de lo que aparentas, Ernest, ¿quieres?

Se empeña en que suba, en que pague a una chica por sus servicios. Entramos en bucle en una discusión que no va a terminar hasta que Charles me aparta y me dice que suba con Arianne. ¿Qué…? ¿Arianne es…? No lo sabía. No lo parece. Qué estúpida soy, ¿cómo se parece algo así exactamente?
No quiero, no puedo, maldición. No puedo y no quiero. Charlie me relaja, me dice que haga como que voy a hacerlo y punto, que Arianne será mi cómplice y no se chivará, y así Ernest (que ha prometido “invitar”) le dará una buena paga a ella, que parece que está ahorrando.
Sigue sin gustarme, pero no voy a quitarme al cabezón de mi amigo de encima, así que acepto.
A Ernest no parece hacerle mucha gracia que suba con ella, pero se calla y deja el dinero. Se queda hablando con Chaplin mientras nosotras subimos.

Cuando llegamos arriba atranco la puerta y ella parece asustarse. No quiero que piense nada raro, así que le digo que es porque el capullo de Ernest no entre a hacer comprobaciones, que me lo veo venir. También le aseguro que no voy a ponerle una mano encima, que no tengo ninguna intención de hacer nada y que se puede quedar con el dinero desde luego, por las molestias.
Eso la hace reír y durante un rato estamos relativamente tranquilas.
Me pregunta si me puede hacer un masaje en la cabeza. No es que no me ponga nerviosa, pero le digo que sí.

Y justo cuando me estoy relajando le escucho. En mi cabeza retumba la voz de Emil:

“Jack, estoy en peligro”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario