Doyle regresa, junto a Curie y
Amelia. El hotel ya no es un sitio seguro, conocen todo lo que hay. Se han
llevado muchas cosas del despacho del jefe, pero por suerte conseguimos
recuperar unas cuantas de la furgoneta antes de que se despeñase por el
barranco. Me siguen doliendo las manos, pero menos.
Parece que nos vamos de París. No es
que la vaya a echar de menos. Los croissants sí, estaban de muerte, pero el
hotel no me gustaba. No sé, no sabría decir qué sitio me gustaría para vivir,
pero querría que hubiera mucho sol, y podría tener el mar cerca, o un lago o un
río lo bastante grandes para aprender a nadar de verdad, no como si fuera un
chucho mojado.
Es el momento, ahora sí, de
despedirse de Dugarry. Algo me dice que nos volveremos a ver, y no quiero
ponerme sentimental. Amigo, me alegro de decirte adiós estando vivos los dos.
Es el mejor panorama de despedida que hemos tenido desde que nos conocemos.
Cuídate mucho, deja en paz a las chicas o aprende a mirarlas bien, no te cortes
el pelo, pero no dejes que te crezca más de lo que ya lo tienes, así sentiré
que no ha pasado el tiempo la próxima vez que nos veamos. No sé cuándo será. Si
mañana, en un año, o dentro de toda una vida, cuando te hayas casado y tengas
nietos. Muchos nietos, quizás de distintas esposas. Quién sabe.
Armand Dugarry, de ratón a comadreja,
me alegro de que estés vivo. Me alegro de que vayas a casa.
Subimos a la avioneta y despido a mi
amigo con un saludo con los dedos. Tengo que reconocer que me costó más dejar
el frente. Dicen que cuando alguien es soldado una vez lo es para siempre, que
nunca vuelve a casa del todo.
París y su enorme torre no tardan en
desaparecer, las nubes cambian de color. Todos estamos muy serios. No tardamos
demasiado en llegar a Londres y comienzan a aparecer el verde de sus parques.
Me siento algo más cerca de casa, aunque solo sea porque la gente habla en mi
idioma y no tanto “wi wi”.
Y llegamos al que será nuestra nueva
residencia, al menos de momento: el Palacio de Kensington. ¿Vamos a alojarnos
en un palacio? Algo me dice que no me va a gustar mucho… ¿pero y esos jardines?
Vale, puede que un poco sí que me vaya a gustar. Aunque solo sea por fuera. Los
jardines son enormes y aunque está todo nevado en primavera tiene que ser… wow…
voy a pasearme como una vaca por tanto verde.
Nos enseñan el sitio, conocemos a
Mildred, una especie de… admiradora loca de Charles, o algo así, que le mira
con ojitos tiernos y con boca de “¿por qué no me has escrito en todo este
tiempo?”. Es entre agobiante y divertido ver a Chaplin intentando dar
explicaciones, con lo elocuente que suele ser.
Nos presentan a un tal James Barrie,
que parece que es parte del club y que es escritor, y yo decido darme un paseo
por el jardín. El sitio es casi tan blanco como mi cabeza cuando aparece luz,
la nieve brilla al sol y una estatua se levanta en medio de la nada. Parece un niño
tocando una flauta rara. ¿O una niña? La miro fijamente, y ella a mí. Nos
parecemos un poco. Aparece Barrie y hablamos un rato, yo me subo a la estatua
para indicarle que somos clavados, pero parece que la travesura no le hace
gracia. Luego descubro que tiene algo que ver con ese tal “Peter Pan”, y que
hay una historia triste detrás de la que no quiere hablar pero que se le asoma
a los ojos.
Todos tenemos una de esas. Le dejo
allí sentado, pensando delante del niño (o niña) de piedra, y sigo caminando.
En algún sitio hago un ángel en la nieve. Siempre he querido hacerlo y este
sitio lo pide a gritos. Es mi propia escultura, o algo así. Nadie puede hacer
una igual, al fin y al cabo soy yo restregándome contra la nieve.
Nos reclaman y piden que entremos,
para enseñarnos el sitio, donde dormiremos y todo lo demás. Todo brilla aquí
dentro. Está lleno de cosas doradas, cuadros que te miran fijamente con gente
bastante fea pero bien vestida y pasillos largos con cortinas pesadas y
pomposas. Es enorme. Bueno, es un palacio. Y yo me siento como un cerdo en el
salón del trono. Lo único que se parece a mí ahora mismo es la cara que el
propio Emil pone a todo, que debe ser la misma que la mía. Evito reírme.
Nos llevan a nuestras habitaciones y
son bastante más grandes que las del hotel. A mí, desde luego, me parecen las
de los reyes. Enormes, brillantes, con luz y unas cristaleras bonitas. La cama
es blanda, el armario gigante y todo está muy limpio. Dentro del guardarropa
han colgado un uniforme, el del Club, ya lo he visto antes… y no pienso
ponérmelo. Aún no sé si me fío del Club.
No tengo absolutamente nada de equipaje,
y el Palo lo tiramos Emil y yo a un pozo antes de marcharnos de París. Ese
trasto no trae más que problemas, nadie lo encontrará allí… y si él quiere dar
con nosotros se las apañará para hacerlo.
Salgo de mi habitación y busco al
resto. No tardo en dar con Ernest, que parece haberse acomodado sin
preocupación alguna.
Hablamos. Le pregunto sobre el Club,
sobre Doyle, sobre todo un poco. Hablamos de lealtad, de principios, de que no
se puede ser fiel a todo a la vez, porque si en algún momento dos de tus
banderas se hacen enemigas qué vas a hacer. Tierra de nadie no es ningún lugar
para estar. Allí solo hay balas perdidas y alambre de espino. Allí solo hay
muerte.
No soy leal al Club, pero sí a ellos.
A Ernest, a Charles, Amelia y Emil. Hemingway opina lo mismo, pero afirma ser
leal al Club, hasta que le hago la pregunta:
“¿Y si un día el Club te pide que me
arrestes, o que acabes conmigo?”
Dice que no tiene gracia, que eso no
va a pasar. Retuerzo la pregunta, a sabiendas del cariño y el respeto que
siente por nuestro amigo.
“¿Y si te piden que lo hagas con
Charles?”.
Frunce el ceño. Un “eso es imposible”
aparece en sus ojos, pero también brilla por un momento un “por favor, que eso
no ocurra nunca”.
Puedes defender una bandera, pero no
puedes olvidarte de que en realidad por lo que vives, por lo que mueres… es por
la gente que la sostiene.
Moriría por vosotros, sin parpadear,
sin dudarlo, pero no por el Club, al menos no de momento.
Si algún día te ocurre, si algún día
tienes que decidir… no te quedes en tierra de nadie, salta a una trinchera o a
otra, allí no estarás solo.