sábado, 30 de mayo de 2020

En tierra de nadie


Doyle regresa, junto a Curie y Amelia. El hotel ya no es un sitio seguro, conocen todo lo que hay. Se han llevado muchas cosas del despacho del jefe, pero por suerte conseguimos recuperar unas cuantas de la furgoneta antes de que se despeñase por el barranco. Me siguen doliendo las manos, pero menos.

Parece que nos vamos de París. No es que la vaya a echar de menos. Los croissants sí, estaban de muerte, pero el hotel no me gustaba. No sé, no sabría decir qué sitio me gustaría para vivir, pero querría que hubiera mucho sol, y podría tener el mar cerca, o un lago o un río lo bastante grandes para aprender a nadar de verdad, no como si fuera un chucho mojado.

Es el momento, ahora sí, de despedirse de Dugarry. Algo me dice que nos volveremos a ver, y no quiero ponerme sentimental. Amigo, me alegro de decirte adiós estando vivos los dos. Es el mejor panorama de despedida que hemos tenido desde que nos conocemos. Cuídate mucho, deja en paz a las chicas o aprende a mirarlas bien, no te cortes el pelo, pero no dejes que te crezca más de lo que ya lo tienes, así sentiré que no ha pasado el tiempo la próxima vez que nos veamos. No sé cuándo será. Si mañana, en un año, o dentro de toda una vida, cuando te hayas casado y tengas nietos. Muchos nietos, quizás de distintas esposas. Quién sabe.

Armand Dugarry, de ratón a comadreja, me alegro de que estés vivo. Me alegro de que vayas a casa.

Subimos a la avioneta y despido a mi amigo con un saludo con los dedos. Tengo que reconocer que me costó más dejar el frente. Dicen que cuando alguien es soldado una vez lo es para siempre, que nunca vuelve a casa del todo.

París y su enorme torre no tardan en desaparecer, las nubes cambian de color. Todos estamos muy serios. No tardamos demasiado en llegar a Londres y comienzan a aparecer el verde de sus parques. Me siento algo más cerca de casa, aunque solo sea porque la gente habla en mi idioma y no tanto “wi wi”.

Y llegamos al que será nuestra nueva residencia, al menos de momento: el Palacio de Kensington. ¿Vamos a alojarnos en un palacio? Algo me dice que no me va a gustar mucho… ¿pero y esos jardines? Vale, puede que un poco sí que me vaya a gustar. Aunque solo sea por fuera. Los jardines son enormes y aunque está todo nevado en primavera tiene que ser… wow… voy a pasearme como una vaca por tanto verde.

Nos enseñan el sitio, conocemos a Mildred, una especie de… admiradora loca de Charles, o algo así, que le mira con ojitos tiernos y con boca de “¿por qué no me has escrito en todo este tiempo?”. Es entre agobiante y divertido ver a Chaplin intentando dar explicaciones, con lo elocuente que suele ser.

Nos presentan a un tal James Barrie, que parece que es parte del club y que es escritor, y yo decido darme un paseo por el jardín. El sitio es casi tan blanco como mi cabeza cuando aparece luz, la nieve brilla al sol y una estatua se levanta en medio de la nada. Parece un niño tocando una flauta rara. ¿O una niña? La miro fijamente, y ella a mí. Nos parecemos un poco. Aparece Barrie y hablamos un rato, yo me subo a la estatua para indicarle que somos clavados, pero parece que la travesura no le hace gracia. Luego descubro que tiene algo que ver con ese tal “Peter Pan”, y que hay una historia triste detrás de la que no quiere hablar pero que se le asoma a los ojos.

Todos tenemos una de esas. Le dejo allí sentado, pensando delante del niño (o niña) de piedra, y sigo caminando. En algún sitio hago un ángel en la nieve. Siempre he querido hacerlo y este sitio lo pide a gritos. Es mi propia escultura, o algo así. Nadie puede hacer una igual, al fin y al cabo soy yo restregándome contra la nieve.

Nos reclaman y piden que entremos, para enseñarnos el sitio, donde dormiremos y todo lo demás. Todo brilla aquí dentro. Está lleno de cosas doradas, cuadros que te miran fijamente con gente bastante fea pero bien vestida y pasillos largos con cortinas pesadas y pomposas. Es enorme. Bueno, es un palacio. Y yo me siento como un cerdo en el salón del trono. Lo único que se parece a mí ahora mismo es la cara que el propio Emil pone a todo, que debe ser la misma que la mía. Evito reírme.

Nos llevan a nuestras habitaciones y son bastante más grandes que las del hotel. A mí, desde luego, me parecen las de los reyes. Enormes, brillantes, con luz y unas cristaleras bonitas. La cama es blanda, el armario gigante y todo está muy limpio. Dentro del guardarropa han colgado un uniforme, el del Club, ya lo he visto antes… y no pienso ponérmelo. Aún no sé si me fío del Club.

No tengo absolutamente nada de equipaje, y el Palo lo tiramos Emil y yo a un pozo antes de marcharnos de París. Ese trasto no trae más que problemas, nadie lo encontrará allí… y si él quiere dar con nosotros se las apañará para hacerlo.

Salgo de mi habitación y busco al resto. No tardo en dar con Ernest, que parece haberse acomodado sin preocupación alguna.

Hablamos. Le pregunto sobre el Club, sobre Doyle, sobre todo un poco. Hablamos de lealtad, de principios, de que no se puede ser fiel a todo a la vez, porque si en algún momento dos de tus banderas se hacen enemigas qué vas a hacer. Tierra de nadie no es ningún lugar para estar. Allí solo hay balas perdidas y alambre de espino. Allí solo hay muerte.

No soy leal al Club, pero sí a ellos. A Ernest, a Charles, Amelia y Emil. Hemingway opina lo mismo, pero afirma ser leal al Club, hasta que le hago la pregunta:

“¿Y si un día el Club te pide que me arrestes, o que acabes conmigo?”

Dice que no tiene gracia, que eso no va a pasar. Retuerzo la pregunta, a sabiendas del cariño y el respeto que siente por nuestro amigo.

“¿Y si te piden que lo hagas con Charles?”.

Frunce el ceño. Un “eso es imposible” aparece en sus ojos, pero también brilla por un momento un “por favor, que eso no ocurra nunca”.

Puedes defender una bandera, pero no puedes olvidarte de que en realidad por lo que vives, por lo que mueres… es por la gente que la sostiene.
Moriría por vosotros, sin parpadear, sin dudarlo, pero no por el Club, al menos no de momento.

Si algún día te ocurre, si algún día tienes que decidir… no te quedes en tierra de nadie, salta a una trinchera o a otra, allí no estarás solo.

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