Volvemos al club a toda la velocidad
que nos permiten los pies y el automóvil. Ernest conduce como una exhalación, y
aunque no es tan elegante como Amelia no le falta manejo. Llegamos los tres, Hemingway,
Chaplin y yo, a las puertas del hotel.
Le digo a Charles que se quede en el
coche, que si alguien se acerca toque el claxon. No sé qué vamos a encontrar
dentro, pero ni a Ernest ni a mí parece importarnos. No tenemos un plan, pero
supongo que eso también es una manera de que los malos no te anticipen. Es
difícil hacer algo más estúpido que cualquiera de las cosas que se me ocurren a diario.
Todo está apagado y en silencio, y
eso solo puede significar una cosa: tormenta.
¿Dónde estás, Emil? ¿qué ha
pasado aquí?
Ernest y yo decidimos separarnos y
una sospecha me lleva a la planta baja, al sótano de la reina de las máquinas:
Marie Curie.
No he perdido olfato, pero reconozco que esto no me lo esperaba.
Alguien está metiendo cosas en un
bolso enorme. A la sargento de hierro no le va a gustar que le roben los
juguetes, eso seguro. Pero es… ¿Laforêt? ¿qué narices…?
Se gira y me mira, me apunta con un
arma, y no entiendo nada. Es él… pero no es él. Me dice que va a salir, y que
yo no voy a impedírselo. Puede que no lo consiga, pero voy a intentarlo, mi teniente.
Todo sucede muy rápido, Dugarry
aparece pero no precisamente para combatir a mi lado. Laforêt le apunta con
un cetro muy raro (empiezo a estar cansada de los palos mágicos) y Dugarry se
vuelve contra mí y me cruza la cara de un puñetazo.
El ascensor. Laforêt solo puede salir
por el ascensor. Tengo que apagar los plomillos. Los veo, corro hacia ellos.
Doy la espalda a mi amigo, lo sé, y me llevo la correspondiente galleta… pero
la luz se va y lo hace justo cuando Ernest entra en escena, tumbando a Dugarry
de un derechazo.
Me levanto como puedo. Toca correr
hacia el ascensor. Laforêt ha entrado y lo ha cerrado y Ernest y yo intentamos
abrirlo como podemos. El claxon del coche suena y retumba en el sótano y
después de conseguir abrir el ascensor vemos que nuestro esquivo amigo ha hecho
un agujero en el techo. No es problema para mí, le pido a Ernest que haga uso
de los músculos que tanto le gusta lucir y me suba. No le cuesta, y yo echo a
correr por los pasillos hasta llegar a la entrada. Fuera hay varios coches,
están cargando vehículos. Si, según Hemingway, Emil no está en su cuarto ni en
todo el hotel, ¿dónde diablos está?
Corro hacia los coches, que salen
despedidos, pero consigo encaramarme a uno, como una lagartija. Ventajas de ser
pequeña y ágil, chicos, otra vez será.
La furgoneta a la que voy enganchada
no se detiene y yo tengo que hacer algo. Subimos la cuesta de carretera y sé
que tengo que llegar al conductor. ¿Qué mejor forma que desde dentro? Abro las
puertas y como era de esperar me quedo colgando de una de ellas con vistas privilegiadas al
precipicio. Hay mucho material que comienza a salir volando del interior del
coche y yo entro como puedo. Por si fuera poco, el sendero de montaña no es lo
mejor, así que el conductor pierde el control de la furgoneta y nos estampamos
contra un árbol quedándonos con el culo del vehículo suspendido en el aire.
Muy
bien, genial.
Llego hasta el asiento del conductor, que ha salido despedido, y el copiloto está
inconsciente. Como no haga algo voy a ir donde la mercancía. Pienso rápido, me
quito el cinturón y lo enrollo alrededor de una rama gruesa y del marco de la
ventanilla, que ha reventado. Intento mantenerlo atado para no perder la
mercancía, pero un coche es un coche y yo no tengo la fuerza de Goliat, así que
después de casi perder mi bota en el proceso consigo sacar al copiloto y
bajarme del trasto antes de que se despeñe. Hace unos minutos el coche de
Charles ha pasado a toda prisa en persecución del primero de los vehículos del
enemigo, que iba delante de la furgoneta, y mientras estoy en plena carretera
pensando en qué hacer, aparece Ernest en otro coche.
Metemos detrás bien atado al
copiloto, ya habrá tiempo de preguntas, y seguimos en la persecución. Me duelen
las manos como si me hubiera peleado con Gina para quitarle los huevos. Esa
gallina pica como el demonio.
Llegamos hasta un puente donde casi
conseguimos alcanzarles pero el coche de Charles está estrellado contra la
barandilla. Bajamos, Ernest dispara, vemos a Laforêt, le digo a mi compañero
que le dispare en un tobillo, que no le deje caminar. Ernest se lo toma en
serio, el teniente cae y yo cruzo un mar de balas a la carrera. Salen en otro
coche, de repuesto, supongo, con Laforêt a bordo. Uno de los vehículos está
inservible, hemos conseguido darle, y lo dejan abandonado a su suerte.
Pateo el aire y me muerdo los labios.
Maldición. Abro el maletero del coche y… ¿Emil? ¿te han metido en el maletero? Hay
otros tantos objetos junto a él, entre ellos, una caja con el puñetero Palo.
Desatamos a Emil y buscamos a la carrera a Charles, que ha salido despedido al
chocar su coche, pero está sorprendentemente ileso.
Recogemos todo lo que podemos y
volvemos a casa. Puede que no tarden en volver y el hotel vuelve a estar solo,
con Dugarry babeando el suelo del sótano, supongo que todavía inconsciente de
la torta de Ernest.
Emil refunfuña, Charles intenta
mantener la calma, Ernest aprovecha cada frase para soltarle una puya “al
rubito”.
Yo no entiendo nada. Laforêt, Dugarry… ¿cuál es el plan? ¿qué quieren?
Al Topayauri, y a Emil.
Pues el Palo me da igual, pero lo de
Emil es personal. Ahora es parte del grupo, de la… familia.
Y, ¿qué es la familia, Jackie? Tu
fuerza, y tu flaqueza.
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