sábado, 30 de mayo de 2020

El "casi-secuestro"


Volvemos al club a toda la velocidad que nos permiten los pies y el automóvil. Ernest conduce como una exhalación, y aunque no es tan elegante como Amelia no le falta manejo. Llegamos los tres, Hemingway, Chaplin y yo, a las puertas del hotel.
Le digo a Charles que se quede en el coche, que si alguien se acerca toque el claxon. No sé qué vamos a encontrar dentro, pero ni a Ernest ni a mí parece importarnos. No tenemos un plan, pero supongo que eso también es una manera de que los malos no te anticipen. Es difícil hacer algo más estúpido que cualquiera de las cosas que se me ocurren a diario.

Todo está apagado y en silencio, y eso solo puede significar una cosa: tormenta. 

¿Dónde estás, Emil? ¿qué ha pasado aquí?

Ernest y yo decidimos separarnos y una sospecha me lleva a la planta baja, al sótano de la reina de las máquinas: Marie Curie. 
No he perdido olfato, pero reconozco que esto no me lo esperaba.
Alguien está metiendo cosas en un bolso enorme. A la sargento de hierro no le va a gustar que le roben los juguetes, eso seguro. Pero es… ¿Laforêt? ¿qué narices…?

Se gira y me mira, me apunta con un arma, y no entiendo nada. Es él… pero no es él. Me dice que va a salir, y que yo no voy a impedírselo. Puede que no lo consiga, pero voy a intentarlo, mi teniente.

Todo sucede muy rápido, Dugarry aparece pero no precisamente para combatir a mi lado. Laforêt le apunta con un cetro muy raro (empiezo a estar cansada de los palos mágicos) y Dugarry se vuelve contra mí y me cruza la cara de un puñetazo.

El ascensor. Laforêt solo puede salir por el ascensor. Tengo que apagar los plomillos. Los veo, corro hacia ellos. Doy la espalda a mi amigo, lo sé, y me llevo la correspondiente galleta… pero la luz se va y lo hace justo cuando Ernest entra en escena, tumbando a Dugarry de un derechazo.

Me levanto como puedo. Toca correr hacia el ascensor. Laforêt ha entrado y lo ha cerrado y Ernest y yo intentamos abrirlo como podemos. El claxon del coche suena y retumba en el sótano y después de conseguir abrir el ascensor vemos que nuestro esquivo amigo ha hecho un agujero en el techo. No es problema para mí, le pido a Ernest que haga uso de los músculos que tanto le gusta lucir y me suba. No le cuesta, y yo echo a correr por los pasillos hasta llegar a la entrada. Fuera hay varios coches, están cargando vehículos. Si, según Hemingway, Emil no está en su cuarto ni en todo el hotel, ¿dónde diablos está?

Corro hacia los coches, que salen despedidos, pero consigo encaramarme a uno, como una lagartija. Ventajas de ser pequeña y ágil, chicos, otra vez será.

La furgoneta a la que voy enganchada no se detiene y yo tengo que hacer algo. Subimos la cuesta de carretera y sé que tengo que llegar al conductor. ¿Qué mejor forma que desde dentro? Abro las puertas y como era de esperar me quedo colgando de una de ellas con vistas privilegiadas al precipicio. Hay mucho material que comienza a salir volando del interior del coche y yo entro como puedo. Por si fuera poco, el sendero de montaña no es lo mejor, así que el conductor pierde el control de la furgoneta y nos estampamos contra un árbol quedándonos con el culo del vehículo suspendido en el aire. 

Muy bien, genial. 

Llego hasta el asiento del conductor, que ha salido despedido, y el copiloto está inconsciente. Como no haga algo voy a ir donde la mercancía. Pienso rápido, me quito el cinturón y lo enrollo alrededor de una rama gruesa y del marco de la ventanilla, que ha reventado. Intento mantenerlo atado para no perder la mercancía, pero un coche es un coche y yo no tengo la fuerza de Goliat, así que después de casi perder mi bota en el proceso consigo sacar al copiloto y bajarme del trasto antes de que se despeñe. Hace unos minutos el coche de Charles ha pasado a toda prisa en persecución del primero de los vehículos del enemigo, que iba delante de la furgoneta, y mientras estoy en plena carretera pensando en qué hacer, aparece Ernest en otro coche.

Metemos detrás bien atado al copiloto, ya habrá tiempo de preguntas, y seguimos en la persecución. Me duelen las manos como si me hubiera peleado con Gina para quitarle los huevos. Esa gallina pica como el demonio.

Llegamos hasta un puente donde casi conseguimos alcanzarles pero el coche de Charles está estrellado contra la barandilla. Bajamos, Ernest dispara, vemos a Laforêt, le digo a mi compañero que le dispare en un tobillo, que no le deje caminar. Ernest se lo toma en serio, el teniente cae y yo cruzo un mar de balas a la carrera. Salen en otro coche, de repuesto, supongo, con Laforêt a bordo. Uno de los vehículos está inservible, hemos conseguido darle, y lo dejan abandonado a su suerte.

Pateo el aire y me muerdo los labios. Maldición. Abro el maletero del coche y… ¿Emil? ¿te han metido en el maletero? Hay otros tantos objetos junto a él, entre ellos, una caja con el puñetero Palo. Desatamos a Emil y buscamos a la carrera a Charles, que ha salido despedido al chocar su coche, pero está sorprendentemente ileso. 

Recogemos todo lo que podemos y volvemos a casa. Puede que no tarden en volver y el hotel vuelve a estar solo, con Dugarry babeando el suelo del sótano, supongo que todavía inconsciente de la torta de Ernest.

Emil refunfuña, Charles intenta mantener la calma, Ernest aprovecha cada frase para soltarle una puya “al rubito”. 

Yo no entiendo nada. Laforêt, Dugarry… ¿cuál es el plan? ¿qué quieren?
Al Topayauri, y a Emil.

Pues el Palo me da igual, pero lo de Emil es personal. Ahora es parte del grupo, de la… familia.

Y, ¿qué es la familia, Jackie? Tu fuerza, y tu flaqueza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario