No nos ha llevado tanto tiempo como parecía ponernos en marcha y de acuerdo. Amelia está llevando al señor Doyle de vuelta al hotel y Emil, Charles, Ernest y yo nos ponemos rumbo al sitio donde todo podría ser.
Smitch tenía una documentación sobre rutas de paso y lugares que los hombres de Rasputín usan como asentamientos. No demasiado lejos de aquí hay uno, y hacia allí vamos.
¿El plan? Que Charles y Ernest nos entreguen a Emil y a mí, ya que durante nuestra estancia en la iglesia el "ahora-carbonizado" Smitch dio parte de que nos tenían.
No suena como un mal plan... de no ser porque Chaplin no tiene ni idea de alemán y Hemingway tampoco. Un plan sin fisuras, definitivamente.
Según Emil, los "rasputines" tienen códigos secretos para poder cruzar los puestos de control. Suponemos que si en algún momento ha formado parte de esta gente, como así parece, debería guardar alguna clave de esas en su memoria, así que de nuevo nos metemos en el vacío y la oscuridad que parece que hay entre su coco y el mío.
No termina una de acostumbrarse a esto. Parece que él tampoco.
Conseguimos acceder a un recuerdo sobre un paso por un puesto de control. Él lleva puesto un uniforme de los de Rasputín, y viendo cómo otro soldado le abre la puerta para que se baje del coche entiendo que es alguien importante. Él también se percata de eso. Intentamos tirar de lógica, tiene que ser un gesto acompañado de una palabra o algo así. No sé muy bien cómo, pero Emil se acerca al hombre que debe darles paso y hace un ademán con la mano y luego dice algo en perfecto alemán.
Por cierto, ¿estoy entendiendo el alemán? ¿será por estar en su cabeza o he aprendido de pronto el idioma? La verdad es que no me vendría mal...
Volvemos a la realidad y Emil y yo decidimos maniatarnos de cascarilla mientras vemos en la distancia el primero de los puestos. Me dejo caer sobre su hombro, por nada en concreto, simplemente he pensado que la estampa así quedará mejor, más creíble, pero me mira con cara de querer asesinarme así que vuelvo a enderezarme con un visible "jo" en la cara y en el fondo no pudiendo evitar que me haga algo de gracia.
Allá vamos. La cosa debería ser fácil.
Frenamos el coche y de repente aparece un montón de gente, no van vestidos de soldados, sino de civiles. ¿Van armados con palos? ¿qué está pasando aquí?
Ni siquiera me da tiempo a hacer la pregunta. Los alemanes del puesto apuntan con las armas a los civiles y nosotros salimos corriendo. ¿Qué haces Ernest? ¿est...? ¿estás dando la vuelta?
Nuestro coche va a toda velocidad hacia uno de los soldados y yo decido desatarme y saltar en marcha. Ruedo como un bicho bola y consigo colocarme cerca de otro de los tipos armados. ¡El método Hawkins! Patada en la pantorilla desde la espalda y rodearle el cuello con mis "hasta ahora" ataduras. No lo mato, pero va a dormir un buen rato.
Conseguimos dejar a los alemanes fuera de servicio y en el pueblo casi nos sacan en volandas. Al parecer son rebeldes y estos hombres llevaban un tiempo aquí imponiendo su palabra como ley.
No podemos quedarnos mucho tiempo. Escuchamos la transmisora de radio y parece que alguien ha sido lo bastante rápido como para pedir ayuda en nuestro fugaz ataque.
Subo al coche a toda velocidad mientras todos miramos a Ernest con cara de suspiro profundo.
La gente del pueblo pregunta por nuestros nombres. Yo me callo, pero a mi compañero y su ego se les escapa "recordad que os salvó Ernest Hemingway, y este chico de aquí es Jack Haw..."
"¡Oh venga ya, Ernest! ¡Arranca!"
La imagen del "matrimonio" agradecido en la iglesia, a mis pies, me sacude la cabeza.
Vámonos de aquí, ya.
Durante el breve viaje no deja de justificarse sobre lo que ha hecho. Ninguno estamos en contra de salvar gente, pero avísanos o algo, maldita sea. No es que esté yo muy lejos de improvisar sobre los planes, pero... supongo que en el fondo tiene razón. Si necesitaban ayuda había que dársela. Al fin y al cabo eso somos. Espero que lo recuerdes en todo momento, Ernest, no solo cuando quieras reforzar tu posición o lo que sea que haya sido este arrebato.
No, no me ha pasado desapercibido que estás enfadado, y aunque pueda olerme el porqué, ahora mismo no es momento de hablar de ello.
Emil me mira con cara de "¿nos atamos otra vez?", y yo asiento y le echo una mano. Es evidente que le pone incómodo estar así. No sé cómo, pero esta vez es él quien termina apoyado en mi hombro.
Sonrío de refilón. Al final te vas a acostumbrar a nosotros...
No tardamos demasiado en llegar al siguiente puesto, esta vez parece que el que realmente nos interesa. En los documentos de Smitch esto parecía un asentamiento relativamente importante de los de Rasputín. Aún así, no deja de sorprenderme la facilidad con la que esta gente lleva sus localizaciones y rutas de paso en los bolsillos. No negaré que me huele a trampa todo el rato.
Las pocas palabras que Emil ha enseñado a Charles sumado a lo MUY poco que sabe de alemán ya de por sí, deberán bastar para hacerse pasar por un mando. Le digo a Ernest que le abra la puerta del coche cuando lleguemos. Así quedará más creíble que es un superior. Intentemos hacer las cosas cuanto más realistas mejor, ¿no?
No tardan en abrir la puerta y uno de los alemanes me coge de muy malas maneras y me tira al suelo desde el asiento del coche. Empezamos bien. Debemos de haber llegado a nuestro destino. Menuda torta.
Charles está muy convincente en su papel. No sé qué está diciendo pero definitivamente es buen actor si con todo lo que están hablando, sin apenas vocabulario por su parte, tiene tono de charla amigable.
Bravo, Chaplin.
"¡Eh! Soltadme malnacidos del chucrut! ¡que me soltéis!".
Yo también soy una actriz más o menos creíble, o eso quiero pensar, así que me cogen en volandas de malos modos, apresándome cada hombre de un brazo, y yo, por supuesto, pataleo y maldigo todo lo que sé.
Emil se porta mejor que yo. Bueno, si era un alto mando o, de cualquier forma, un soldado, no le favorecería nada la que estoy montando yo.
Lanzo un último vistazo a mis dos compañeros. Charles parece muy tranquilo. Sigue metido en su papel. Ernest tiene cara de preocupación. Bastante visible.
Veremos cuánto aguanta sin armar ningún numerito.
Nos llevan a través del pueblo hasta unos calabozos, como una especie de comisaría local. Nos desatan y nos tiran a ambos adentro, con toda la intención posible de hacernos daño. A Emil no le ha hecho maldita gracia, a mí no es que me parezca un chiste, pero estoy más o menos centrada en lo que hay que hacer. Por suerte, nos hemos dejado el palo en el coche.
Me acerco a las rejas de la celda con la intención de gritar "holaaaaa" como una posesa, pero no me da tiempo. Un par de tipos armados se acercan. Uno de ellos es enorme, el otro más canijo, y detrás va alguien a quien no consigo ver. Entran en la celda, el enorme se va cerca de Emil y el otro me apunta con un arma, pero mira a mi compañero con cara de estar confuso.
Pues all... ¡¡¡¡¡SMITCH!!!!! ¡¡¡¿¿¿Pero cuántos hay???!!!
Debe de leerme en la cara lo que pienso porque esboza una sonrisa el último de los hombres que entra en la celda. Es Smitch, otro. Idéntico. Se me viene a la cabeza todo aquello de las experimentaciones de las Legiones. Tiene que ser algo de eso. O son trillizos y he tenido muy mala suerte.
Por supuesto, me interroga sobre el palo.
"Nooooo sé de qué me habla". Insisto.
Si quiere el dichoso cacharro va a tener que currárselo un poco más. No voy a dejar que se salgan con la suya. Insiste. Me cachean como siempre de malos modos. Qué suerte de ropas anchas que permiten dejar muy poco claro que soy una chica, si no, con la de veces que me han registrado, estaría más que delatada.
Escucho un quejido a mi espalda. El grandullón ha cogido por el cuello a Emil y lo ha puesto contra la pared. Mi compañero intenta zafarse pero debe estar ahogándose.
Me pregunta que si es mi amigo, y yo necesito que se olviden de él. Que no le hagan daño. Así que me encojo de hombros y digo despreocupadamente que si quieren el Topayauri van a tener que molestarse un poco más.
Como suponía, la atención vuelve a mí. "Además", añado, "ese cacharro es muy desagradable, se cuela en tus sueños sin permiso ni consideración".
Bingo. Algo de ahí le ha interesado. El gigante lanza a Emil contra la pared contraria y da un golpe que no me gusta nada. Se queda en el suelo inconsciente. Intento que no se me note la preocupación, más ahora que todos los ojos están puestos en mí.
Me hacen salir de allí a punta de fusil y me llevan a través del pueblo a otro sitio. A una montaña. Dentro de la montaña.
Wow. Tienen excavada una cueva enorme, llena de celdas. Trato de mirar si por algún sitio veo a los padres de Emil, pero en principio no parece que estén por allí. Claro que debería pasearme tranquilamente para asegurarme.
Me meten en otra celda, y el enorme se pone casi delante mía. Empieza el combate.
No, no, no voy a pegarme contra ese mastodonte. El combate tiene que ver con preguntas y respuestas. Desde luego no pienso decirle ni mú a Smitch Tercero. Va listo.
Si tanto queréis el palo os va a costar lo vuestro.
El corazón se me pone en la garganta cuando la tanqueta humana me sujeta del cuello y me levanta del suelo. No voy a aguantar mucho así, pero no me quieren muerta. Lo peor que puede pasar es que... ¿me quede inconsciente? Espero no andar muy desencaminada.
Sigue preguntando. Yo me río como suelo cuando intento no estar nerviosa.
Me ahogo. Tengo hormigueo en los ojos.
"Por favor, suéltame". No lo digo, claro, lo pienso muy alto.
El sonido de una explosión hace que mi colosal amigo afloje y me deje en el suelo, sin soltarme. El aire entra en mis pulmones. Es terriblemente agradable y a la vez agobiante la velocidad con la que el cuerpo me pide que respire.
Smitch se asoma. No tarda en volver y decirme que han cogido a mis amigos. No me sorprendería nada que Ernest hubiera decidido estrellar el coche contra cualquier sitio para llamar la atención, en algún intento de plan descabellado como también suelen ser los míos.
Dice que los van a fusilar. Que luego vendrá a por mí.
Se marcha con el grandullón. Me deja en compañía del canijo, que sigue apuntándome con el fusil.
Cojo aire. Me masajeo el cuello. Esto va a dejar marca.
Es un farol. Tiene que ser un farol. No pueden haberlos cogido. No se dejarían coger. Ernest habría hecho explotar medio pueblo pero es que para empezar Charles le habría inculcado algo de sentido común.
Es un farol. Tiene que serlo. Que sea un farol, Señor.
El tipo del fusil me mira. Le pregunto por su nombre. No parece entenderme y yo no hablo en alemán. Pero no desisto. Necesito no pensar en lo del fusilamiento. Conseguimos intercambiar nombres. Incluso me habla de que está aquí por su familia, que mi gente la mató. Me disculpo. Se extraña. Es una "no-conversación" agradable. Sí que podemos entendernos, puede que no del todo por las palabras, pero al final esta guerra o cualquiera hace que muchos de nosotros seamos más afines de lo que sin ella podríamos ser.
No, no le daré las gracias a esta maldita guerra. Solo saco conclusiones.
Disparos en la distancia.
Que no sean ellos. Que no sean ellos. Por favor, que no sean ellos.
Le pido disculpas en voz baja a Wilhelm, que así se llama, antes de dejarlo inconsciente. Salgo corriendo de allí. No tengo mucho tiempo, pero no puedo quedarme quieta. No sé si han sido ellos o no, pero no puede ser en balde.
Recorro el sitio, ni rastro de los padres de Emil. Tampoco de Dugarry.
Al fondo hay un montacargas, con el tamaño suficiente para que quepa gente y no mercancía. Lo cojo sin dudar y me preparo para lo que sea.
Corre, Jacky, corre.
Celdas. Celdas cerradas, claro. Me acerco a la primera e intento ver por la rejilla. No parece que haya nada pero entonces toco a la puerta y unas manos casi agarran las mías a través de los barrotes, con desesperación.
Parece Smitch. Otro. Pero está... es terrible. La boca cosida, ciego, en los huesos. Dentro huele a meados y mierda.
Podría matarle. Debería hacerlo. Alguien debería apiadarse de él. Niego con la cabeza.
Sacarle de aquí. Hay que abrir las celdas.
No tengo nada a mano así que subo y cojo el arma de Wilhelm, que sigue tirado en el suelo. No deben estar muy lejos. Bajo de nuevo a toda prisa y me pongo a disparar a las cerraduras de las celdas.
Hay algunas vacías, luego está la de este pobre desgraciado, otra... con otro Smitch. Este es diferente, se agarra a una manta como si estuviera asustado, como un crío pequeño, o como yo habría hecho tantas noches en las trincheras si hubiera tenido una manta.
La última de las puertas tiene dentro una máquina. No entiendo nada, pero me imagino que es de ahí de donde sale todo. No conozco nada sobre aparatos de estos. Es como las de Curie, pero más retorcida, más... malvada. No se me ocurre otra forma de describirla. Enorme, con cables, líquidos verdosos que no se parecen a nada que haya visto. Una especie de cápsula gigante, un casco extraño.
Un cartel con algo que no entiendo, pero con un símbolo que claramente significa "cuidado con esto". Bien, pues "esto" se va a ir al carajo.
Por lo que hicisteis en la trinchera, por lo que hacéis a tanta gente.
Por los padres de Emil, Dugarry, mi hermano.
Vacío el cargador contra lo que parece delicado de la maquinaria. Empieza a salir humo, y todo tiembla.
Tengo que salir de aquí.
Los Smitch'es ya se han largado y yo cojo el montacargas y hago lo propio. No puedo dejar ahí a Wilhelm, así que me lo echo a cuestas como puedo e intento correr.
La tierra palpita debajo de mis pies. Como si estuvieran bombardeando debajo de ella. Corro como si tuviera prisa, pero es difícil con un hombre, por canijo que esté, echado a la espalda.
Escucho una explosión detrás de mí, un ruido tan colosal que no tarda en silenciarme los oídos. Salgo despedida con Wilhelm. Me pongo sobre él en un intento de cubrirle.
La montaña cae sobre nosotros. Mis ojos se cierran.
"No puede acabars...".
martes, 21 de enero de 2020
martes, 14 de enero de 2020
La trampa
Estos dos días no he dormido nada de nada, así que corro a mi habitación en cuanto Emil se marcha y me dejo caer en la cama. No tardo en dormirme.
Al fin tranq... ¿qué? ¿Qué es esto? Apenas llevo un rato de descanso cuando de pronto veo a través de sus ojos. Demasiadas imágenes, entre sueños, es mucho más difícil de recordar de lo que parece, pero sí tengo un presentimiento: van a por sus padres.
No me preguntes por qué, es una especie de... instinto. O algo así, qué se yo.
Me levanto corriendo y después de santiguarme debidamente entro a ver a Doyle. No creo que supere nunca eso de los fantasmas que le rondan. Nadie me discutirá que es un pelín siniestro. Pero él no, él es... no sé, es un poco como mi teniente: cercano pero en la distancia.
Hablamos de contactar con Emil y ver qué pasa, así que me doy con el palo en la cabeza y ¡toma ya! ¡veo por sus ojos! Es tan desconcertante como espectacular. Como siempre, me recibe de malos modos. Si no fuera así no sabría que es él. Lo mismo es algún tipo de código no pactado que ha decidido instaurar. Le cuento rápidamente lo que creo que ocurre y quedamos en un punto de recogida.
Después, por supuesto, de que le explique del orden de quinientas veces que no queremos nada a cambio por ayudarle. Tiene un punto desesperante, como Ernest. Supongo que todos lo tenemos.
Ernest, por cierto, me mira con la peor cara de su vida cuando le cuento de qué va el plan. No le hace mucha gracia ayudar a Emil. No tengo aún muy claro por qué, además del hecho innegable de que no se fía de él. No sé, tengo la sensación de que hay algo más.
No obstante, órdenes son órdenes, y a regañadientes, me acompaña. En realidad creo que es porque no quiere que me pase nada. Qué le voy a hacer, será que me hago de querer... aunque solo sea porque como no me callo ni debajo del agua se nota cuando no estoy.
No tardamos demasiado en llegar al puente donde hemos quedado en vernos. Ernest no es Amelia conduciendo, pero hay que reconocerle velocidad y seguridad. Como en todo lo que hace, al menos de puertas para afuera.
Amelia también viene, claro, ella aterrizará en otro sitio y nos recogerá si la cosa se pone complicada. Está todo controlado. Bueno, casi todo. Vaaaaale, no hay mucho bajo control, pero, ¿eh? ¿qué podría salir mal?
Me bajo del coche y me acerco con cuidado al punto de recogida. Si a alguien no van a ver, es a mí. Puede que otras cosas las haga algo peor, pero sé pasar desapercibida. Eso salta a la vista. ¿Lo pilláis? A la vist... da igual.
Hay un par de tipos que rondan la cercanía al puente. No me cuesta mucho dejarlos fuera de combate. No los mato. No me gusta hacerlo así que si puedo noquearlos de un buen golpe, genial. Es casi una técnica personal esto de darles en la pantorrilla para que caigan a mi altura y poder atizarles más cómodamente.
En realidad es lo que hacía Gina conmigo. Más o menos.
Consigo avanzar hasta el lugar donde se encuentra Emil, que me mira con mala cara. ¿Ves? Tiene que ser un código. Sé que es él automáticamente.
Otro par de tipos intentan interceptarnos. Emil apuesta por darles matarile, pero yo no. Les sacamos algo de información, una carta que llevaban para entregar al propio Emil, y los dejamos inconscientes allí tirados.
Mi compañero lee la carta y su cara se ensombrece más aún. Escuchamos que viene más gente. Ya nos enfadaremos después, o lo que sea. Ahora hay que salir de aquí.
Corremos por la loma que he descendido. Amelia debe estar por allí y a mí no se me ocurre mejor forma de llegar que pedirle a Emil que me agarre por la espalda. Me mira raro pero con su cara de "parece que hay un plan detrás de todo esto". Cuando lo hace, un golpe con el palo a la nieve basta para que salgamos despedidos hacia detrás y ganemos distancia con nuestros perseguidores.
Amelia está allí mismo. Ponemos rumbo al Club y elaboramos un nuevo plan. En la carta instan a Emil a reunirse en una iglesia, en un pueblo en la frontera franco-belga, con unos tipos que parece que tienen a sus padres. Son de la gente de Rasputín.
Soy especialista en otra cosa: en que Ernest me mire con cara de querer estrangularme.
No quiere ayudar a Emil. Pero oye, de eso va este sitio, ¿no? De ayudar a quienes lo necesitan. ¿No es eso lo que firmé? ¿lo que firmamos todos?
Pon la mala cara que quieras. Si fueras tú, te ayudaríamos. O Amelia, o Charles, o cualquiera. Nos ayudaríamos, ¿verdad?
Conseguimos convencer a Doyle de que venga también con nosotros. Le da pánico salir. No lo entiendo. ¿Cómo puede darle más miedo el mundo de los vivos que el de los muertos? Supongo que al final es a lo que te acostumbras. Necesita más compañía de gente viva.
Nos metemos en la petit Curie y Ernest va al volante. A su lado, Charles.
Emil y yo decidimos que puede ser buena idea que conectemos de nuevo, para ver si hay algo más que podamos averiguar antes de ver a estos tipos. Nos olemos que es una trampa, pero, ¿hasta qué punto? Ponemos nuestras cabezas a trabajar. Nos atamos bien, porque creo que cuando hacemos esto nuestros cuerpos se quedan como inconscientes. Así nos evitaremos golpes.
Por supuesto, Ernest va haciendo el capullo mientras conduce. ¿Cómo puede caerle tan mal? ¿es falta de atención, o qu...? ESPERA. ¡Es eso! Pero Ernest... en fin, ya hablaremos de eso.
Hacemos un breve intercambio de recuerdos. Cuando salimos, como suele ser, mi compañero tiene un ligero dolor de cabeza. No lo entiendo. A mí no me duele salir, la primera vez, quizás, pero luego no. Supongo que me he acostumbrado antes que él. O quizás es porque soy yo quien lleva el palo.
Debería dejárselo.
No sé bien a cuento de qué comenzamos a hablar de las trincheras. Es muy breve, pero suficiente. A Emil no se le ocurre otra cosa que hacer una broma sobre lo divertido que puede ser cuando una bala le revienta la cabeza a alguien.
"¿Sirven de algo realmente esos cascos que lleváis?"
Vete a la mierda.
No te pido que me des las gracias por todo esto, pero no me hagas daño porque sí.
El último recuerdo de mi trinchera se me pone delante de los ojos, y me escuece.
"No, no sirve de nada. Como esta estúpida guerra."
Pido a Ernest que pare el coche y digo que me adelantaré. Accede, pero me pregunta si está todo bien. Me mira extrañado. Por suerte la noche está de mi parte, y no me entretengo. Salgo de allí lo más rápido que me permiten las piernas. Le digo a Emil que le espero en la iglesia. Necesito respirar un momento.
Está asustado, está asustado y furioso, por eso es un imbécil. Respira, Jacky.
Llego sin demasiado esfuerzo a la base de la pequeña colina sobre la que está la iglesia. Hay un par de coches aparcados. No van a ir a ningún sitio. Decido que pincharles las ruedas es una opción magnífica y me quedo bastante satisfecha con el trabajo hecho. "Eso es, Jacky, concéntrate".
Emil aparece. No habla demasiado. Creo que sabe que ha metido la pata. No es momento de esto. Le sugiero que dejemos fuera el palo. El plan es entrar con Emil, y ver qué pasa. Eso es, ese es el plan. ¿Suena prudente, eh? Nos van a registrar a la mínima que tengan oportunidad, así que el palito se queda fuera. Si lo necesitamos, pues lo llamaremos.
Nos acercamos a la iglesia y no tardan en recibirnos un par de tipos bien armados que nos escoltan hasta el interior. No me gusta el alemán, pero debería aprender. Algo, lo suficiente para salir de una trampa si se me planta en la cara.
Al entrar, hay otro par de hombres armados más, dos personas encapuchadas que podrían ser los padres de mi compañero y... ¡¡¡¿¿¿SMITCH???!!! Está muy entero para haberse caído de un tren, la verdad. Qué sorpresa.
Emil se pone a hablar en alemán con Smitch, que me mira entre sorprendido e ilusionado. No sé qué dicen, pero parece que se llevan bien. Yo mientras me intento acercar a los encapuchados, pero los tipos con arma me interceptan antes de que llegue. Genial.
Smitch da una orden que no necesito entender, el tono es más que comprensible. "Cogedlo", o algo así.
Los dos hombres me agarran con fuerza por los brazos mientras los que nos escoltaban salen, a saber a hacer qué. Hincho el pecho cuando Smitch se pone delante mía. Le digo que tiene buen aspecto para haberse pegado semejante torta. Sonríe entre enfadado y prepotente. No era él. Es otro, ¿cómo que otro? ¿cuántos cabrones como este hay?
Miro a mi compañero, que se ha sentado en uno de los bancos y está de lo más tranquilo. Cuando hemos entrado he pensado que sería un buen plan que Emil fingiera que me entregaba a los malos. Supongo que es eso lo que está haciendo. ¿Es eso, verdad? No me venderías, ¿no, Emil? Quizás por tus padres sí, quizás por el precio adecuado se puede vender a un desconocido.
No lo sé.
Y por fin llegó la pregunta. "¿Dónde está el Topayauri?" (el nombre oficial del palo).
Pues mira, no pienso responderte. Si es tan importante para ti, no vas a tenerlo. Tenéis a mi amigo, puede que tengáis a los padres de Emil... y tenéis a mi hermano. ¿Queréis el palo? Te va a costar más que esto.
Lo de los padres era una trampa. No son ellos. Ya nos lo olíamos pero... maldita sea.
Estoy asustada. ¿Para qué mentir? Pero no pienso dejar que lo vea. Le hablo, bromeo con sus amenazas de hacerme daño. Me coge la cara con fuerza y me hace abrir la boca. Dice que soy un bocazas y que me va a cortar la lengua.
Aprieto el estómago y me esfuerzo en seguir bromeando pese a todo. No sé qué pretendo conseguir.
Las palabras de mi hermano vienen a mi cabeza
"No irás a ninguna parte, no es sitio para las mujeres porque a los hombres pueden matarnos pero a vosotras os hacen cosas peores".
¿Y si se dieran cuenta de que soy una chica?
No respires tan fuerte, Jacky. Jack. Jack. Jack. Es Jack. No respires tan fuerte...
El cuchillo se acerca a mi boca y de pronto Smitch se queda parado. Los dos tipos que me sujetan se tiran al suelo con las manos sobre la cabeza y detrás de mi casi agresor veo a Emil.
Su mirada ha cambiado. Me muevo y veo que tiene el palo en la mano, apoyado sobre la cabeza de Smitch.
Le pido que lo deje estar, que los noqueemos y nos vayamos. Ya está, se acabó. Pero Emil no responde como siempre. No es que esté... desagradable, es que... es que no parece él. Es casi como si el maldito palo pudiera hablar por su boca. Me dice que va a terminar el trabajo y que si no quiero verlo me vaya.
Después de mucho pensarlo asiento. Me marcho pasando por su espalda y entonces hago lo que tenía que hacer: una pequeña patada a la pantorrilla y arrebatarle el palo.
Me mira con los ojos muy abiertos y los míos se abren más aún cuando veo a Smitch carbonizarse, hacerse ceniza delante mía. Es horrible.
Emil está furioso, quiere acabar con todo. Lo comprendo, pero no puede ser, no funciona así. No puede funcionar así. Me niego. Están rendidos. Todos. Los falsos padres y los soldados están en el suelo de rodillas, sumisos, aterrorizados. No voy a dejar que los mate y así se lo digo.
Mi compañero se acerca al hombre y la mujer que habían estado encapuchados y les dice algo en alemán. No sé qué es, pero se arrastran hasta mis pies y dicen algo con tono de agradecimiento.
No me gusta nada, es desagradable, incómodo. No quiero que nadie me suplique por su vida.
Justo a tiempo llega el resto del equipo. Doyle, Amelia, Ernest y Chaplin.
Cogen a los prisioneros, registran todo, y yo salgo de la iglesia. Necesito aire. Otra vez.
Ha estado muy cerca. Tan cerca que te has reído en la cara de la muerte. Muy atrevida, o muy estúpida, Jacky Hawkins.
Doyle está en la furgoneta, le pongo al día de todo, y a los demás. Emil se ha alejado un poco del grupo. Está mascullando algo.
Esto no se ha terminado, puede que no tuvieran a sus padres aquí, pero es posible que estén en otro sitio. Tenemos que asegurarnos. ¿Por qué me empeño en cuidar de este chico? Sé que haría lo mismo por los demás, pero es como si supiera que él, en realidad, está terriblemente perdido. Y eso es un asco. Estar perdido y solo... es un verdadero asco.
Todo el mundo intenta convencer a Emil de que vuelva con nosotros y terminemos lo que hemos empezado. Ernest ha encontrado papeles en lo que quedaba de Smitch donde se señalan rutas de paso. Podemos hacerlo. Si los tienen en el pueblo donde están asentados, podemos encontrarles allí.
Nadie parece poder convencerle, y aunque no tengo ningunas ganas de hablar con nadie, me acerco yo.
Charlamos sobre banalidades al principio. Le doy las gracias por salvarme la vida. Se empeña en que es oscuro. En que hay algo nefasto dentro de él. Yo no lo creo. No sé por qué, no lo siento así, por muy contradictorio que sea a lo que he visto. Me ha salvado la vida, y podía haberme peleado sin problemas para seguir matando a los que quedaban en la iglesia. Seamos honestos, no tengo ni media torta. Y sin embargo no lo ha hecho.
Siempre podemos seguir intentándolo. La pregunta es simple, Emil: ¿quieres averiguar quién eras? ¿quieres... construir quién quieres ser?
Como suponía, asiente con la cabeza.
Como suponía... la respuesta es sí.
Todos queremos un camino de migas de pan. Y nadie, en el fondo, quiere caminar solo y a oscuras.
Al fin tranq... ¿qué? ¿Qué es esto? Apenas llevo un rato de descanso cuando de pronto veo a través de sus ojos. Demasiadas imágenes, entre sueños, es mucho más difícil de recordar de lo que parece, pero sí tengo un presentimiento: van a por sus padres.
No me preguntes por qué, es una especie de... instinto. O algo así, qué se yo.
Me levanto corriendo y después de santiguarme debidamente entro a ver a Doyle. No creo que supere nunca eso de los fantasmas que le rondan. Nadie me discutirá que es un pelín siniestro. Pero él no, él es... no sé, es un poco como mi teniente: cercano pero en la distancia.
Hablamos de contactar con Emil y ver qué pasa, así que me doy con el palo en la cabeza y ¡toma ya! ¡veo por sus ojos! Es tan desconcertante como espectacular. Como siempre, me recibe de malos modos. Si no fuera así no sabría que es él. Lo mismo es algún tipo de código no pactado que ha decidido instaurar. Le cuento rápidamente lo que creo que ocurre y quedamos en un punto de recogida.
Después, por supuesto, de que le explique del orden de quinientas veces que no queremos nada a cambio por ayudarle. Tiene un punto desesperante, como Ernest. Supongo que todos lo tenemos.
Ernest, por cierto, me mira con la peor cara de su vida cuando le cuento de qué va el plan. No le hace mucha gracia ayudar a Emil. No tengo aún muy claro por qué, además del hecho innegable de que no se fía de él. No sé, tengo la sensación de que hay algo más.
No obstante, órdenes son órdenes, y a regañadientes, me acompaña. En realidad creo que es porque no quiere que me pase nada. Qué le voy a hacer, será que me hago de querer... aunque solo sea porque como no me callo ni debajo del agua se nota cuando no estoy.
No tardamos demasiado en llegar al puente donde hemos quedado en vernos. Ernest no es Amelia conduciendo, pero hay que reconocerle velocidad y seguridad. Como en todo lo que hace, al menos de puertas para afuera.
Amelia también viene, claro, ella aterrizará en otro sitio y nos recogerá si la cosa se pone complicada. Está todo controlado. Bueno, casi todo. Vaaaaale, no hay mucho bajo control, pero, ¿eh? ¿qué podría salir mal?
Me bajo del coche y me acerco con cuidado al punto de recogida. Si a alguien no van a ver, es a mí. Puede que otras cosas las haga algo peor, pero sé pasar desapercibida. Eso salta a la vista. ¿Lo pilláis? A la vist... da igual.
Hay un par de tipos que rondan la cercanía al puente. No me cuesta mucho dejarlos fuera de combate. No los mato. No me gusta hacerlo así que si puedo noquearlos de un buen golpe, genial. Es casi una técnica personal esto de darles en la pantorrilla para que caigan a mi altura y poder atizarles más cómodamente.
En realidad es lo que hacía Gina conmigo. Más o menos.
Consigo avanzar hasta el lugar donde se encuentra Emil, que me mira con mala cara. ¿Ves? Tiene que ser un código. Sé que es él automáticamente.
Otro par de tipos intentan interceptarnos. Emil apuesta por darles matarile, pero yo no. Les sacamos algo de información, una carta que llevaban para entregar al propio Emil, y los dejamos inconscientes allí tirados.
Mi compañero lee la carta y su cara se ensombrece más aún. Escuchamos que viene más gente. Ya nos enfadaremos después, o lo que sea. Ahora hay que salir de aquí.
Corremos por la loma que he descendido. Amelia debe estar por allí y a mí no se me ocurre mejor forma de llegar que pedirle a Emil que me agarre por la espalda. Me mira raro pero con su cara de "parece que hay un plan detrás de todo esto". Cuando lo hace, un golpe con el palo a la nieve basta para que salgamos despedidos hacia detrás y ganemos distancia con nuestros perseguidores.
Amelia está allí mismo. Ponemos rumbo al Club y elaboramos un nuevo plan. En la carta instan a Emil a reunirse en una iglesia, en un pueblo en la frontera franco-belga, con unos tipos que parece que tienen a sus padres. Son de la gente de Rasputín.
Soy especialista en otra cosa: en que Ernest me mire con cara de querer estrangularme.
No quiere ayudar a Emil. Pero oye, de eso va este sitio, ¿no? De ayudar a quienes lo necesitan. ¿No es eso lo que firmé? ¿lo que firmamos todos?
Pon la mala cara que quieras. Si fueras tú, te ayudaríamos. O Amelia, o Charles, o cualquiera. Nos ayudaríamos, ¿verdad?
Conseguimos convencer a Doyle de que venga también con nosotros. Le da pánico salir. No lo entiendo. ¿Cómo puede darle más miedo el mundo de los vivos que el de los muertos? Supongo que al final es a lo que te acostumbras. Necesita más compañía de gente viva.
Nos metemos en la petit Curie y Ernest va al volante. A su lado, Charles.
Emil y yo decidimos que puede ser buena idea que conectemos de nuevo, para ver si hay algo más que podamos averiguar antes de ver a estos tipos. Nos olemos que es una trampa, pero, ¿hasta qué punto? Ponemos nuestras cabezas a trabajar. Nos atamos bien, porque creo que cuando hacemos esto nuestros cuerpos se quedan como inconscientes. Así nos evitaremos golpes.
Por supuesto, Ernest va haciendo el capullo mientras conduce. ¿Cómo puede caerle tan mal? ¿es falta de atención, o qu...? ESPERA. ¡Es eso! Pero Ernest... en fin, ya hablaremos de eso.
Hacemos un breve intercambio de recuerdos. Cuando salimos, como suele ser, mi compañero tiene un ligero dolor de cabeza. No lo entiendo. A mí no me duele salir, la primera vez, quizás, pero luego no. Supongo que me he acostumbrado antes que él. O quizás es porque soy yo quien lleva el palo.
Debería dejárselo.
No sé bien a cuento de qué comenzamos a hablar de las trincheras. Es muy breve, pero suficiente. A Emil no se le ocurre otra cosa que hacer una broma sobre lo divertido que puede ser cuando una bala le revienta la cabeza a alguien.
"¿Sirven de algo realmente esos cascos que lleváis?"
Vete a la mierda.
No te pido que me des las gracias por todo esto, pero no me hagas daño porque sí.
El último recuerdo de mi trinchera se me pone delante de los ojos, y me escuece.
"No, no sirve de nada. Como esta estúpida guerra."
Pido a Ernest que pare el coche y digo que me adelantaré. Accede, pero me pregunta si está todo bien. Me mira extrañado. Por suerte la noche está de mi parte, y no me entretengo. Salgo de allí lo más rápido que me permiten las piernas. Le digo a Emil que le espero en la iglesia. Necesito respirar un momento.
Está asustado, está asustado y furioso, por eso es un imbécil. Respira, Jacky.
Llego sin demasiado esfuerzo a la base de la pequeña colina sobre la que está la iglesia. Hay un par de coches aparcados. No van a ir a ningún sitio. Decido que pincharles las ruedas es una opción magnífica y me quedo bastante satisfecha con el trabajo hecho. "Eso es, Jacky, concéntrate".
Emil aparece. No habla demasiado. Creo que sabe que ha metido la pata. No es momento de esto. Le sugiero que dejemos fuera el palo. El plan es entrar con Emil, y ver qué pasa. Eso es, ese es el plan. ¿Suena prudente, eh? Nos van a registrar a la mínima que tengan oportunidad, así que el palito se queda fuera. Si lo necesitamos, pues lo llamaremos.
Nos acercamos a la iglesia y no tardan en recibirnos un par de tipos bien armados que nos escoltan hasta el interior. No me gusta el alemán, pero debería aprender. Algo, lo suficiente para salir de una trampa si se me planta en la cara.
Al entrar, hay otro par de hombres armados más, dos personas encapuchadas que podrían ser los padres de mi compañero y... ¡¡¡¿¿¿SMITCH???!!! Está muy entero para haberse caído de un tren, la verdad. Qué sorpresa.
Emil se pone a hablar en alemán con Smitch, que me mira entre sorprendido e ilusionado. No sé qué dicen, pero parece que se llevan bien. Yo mientras me intento acercar a los encapuchados, pero los tipos con arma me interceptan antes de que llegue. Genial.
Smitch da una orden que no necesito entender, el tono es más que comprensible. "Cogedlo", o algo así.
Los dos hombres me agarran con fuerza por los brazos mientras los que nos escoltaban salen, a saber a hacer qué. Hincho el pecho cuando Smitch se pone delante mía. Le digo que tiene buen aspecto para haberse pegado semejante torta. Sonríe entre enfadado y prepotente. No era él. Es otro, ¿cómo que otro? ¿cuántos cabrones como este hay?
Miro a mi compañero, que se ha sentado en uno de los bancos y está de lo más tranquilo. Cuando hemos entrado he pensado que sería un buen plan que Emil fingiera que me entregaba a los malos. Supongo que es eso lo que está haciendo. ¿Es eso, verdad? No me venderías, ¿no, Emil? Quizás por tus padres sí, quizás por el precio adecuado se puede vender a un desconocido.
No lo sé.
Y por fin llegó la pregunta. "¿Dónde está el Topayauri?" (el nombre oficial del palo).
Pues mira, no pienso responderte. Si es tan importante para ti, no vas a tenerlo. Tenéis a mi amigo, puede que tengáis a los padres de Emil... y tenéis a mi hermano. ¿Queréis el palo? Te va a costar más que esto.
Lo de los padres era una trampa. No son ellos. Ya nos lo olíamos pero... maldita sea.
Estoy asustada. ¿Para qué mentir? Pero no pienso dejar que lo vea. Le hablo, bromeo con sus amenazas de hacerme daño. Me coge la cara con fuerza y me hace abrir la boca. Dice que soy un bocazas y que me va a cortar la lengua.
Aprieto el estómago y me esfuerzo en seguir bromeando pese a todo. No sé qué pretendo conseguir.
Las palabras de mi hermano vienen a mi cabeza
"No irás a ninguna parte, no es sitio para las mujeres porque a los hombres pueden matarnos pero a vosotras os hacen cosas peores".
¿Y si se dieran cuenta de que soy una chica?
No respires tan fuerte, Jacky. Jack. Jack. Jack. Es Jack. No respires tan fuerte...
El cuchillo se acerca a mi boca y de pronto Smitch se queda parado. Los dos tipos que me sujetan se tiran al suelo con las manos sobre la cabeza y detrás de mi casi agresor veo a Emil.
Su mirada ha cambiado. Me muevo y veo que tiene el palo en la mano, apoyado sobre la cabeza de Smitch.
Le pido que lo deje estar, que los noqueemos y nos vayamos. Ya está, se acabó. Pero Emil no responde como siempre. No es que esté... desagradable, es que... es que no parece él. Es casi como si el maldito palo pudiera hablar por su boca. Me dice que va a terminar el trabajo y que si no quiero verlo me vaya.
Después de mucho pensarlo asiento. Me marcho pasando por su espalda y entonces hago lo que tenía que hacer: una pequeña patada a la pantorrilla y arrebatarle el palo.
Me mira con los ojos muy abiertos y los míos se abren más aún cuando veo a Smitch carbonizarse, hacerse ceniza delante mía. Es horrible.
Emil está furioso, quiere acabar con todo. Lo comprendo, pero no puede ser, no funciona así. No puede funcionar así. Me niego. Están rendidos. Todos. Los falsos padres y los soldados están en el suelo de rodillas, sumisos, aterrorizados. No voy a dejar que los mate y así se lo digo.
Mi compañero se acerca al hombre y la mujer que habían estado encapuchados y les dice algo en alemán. No sé qué es, pero se arrastran hasta mis pies y dicen algo con tono de agradecimiento.
No me gusta nada, es desagradable, incómodo. No quiero que nadie me suplique por su vida.
Justo a tiempo llega el resto del equipo. Doyle, Amelia, Ernest y Chaplin.
Cogen a los prisioneros, registran todo, y yo salgo de la iglesia. Necesito aire. Otra vez.
Ha estado muy cerca. Tan cerca que te has reído en la cara de la muerte. Muy atrevida, o muy estúpida, Jacky Hawkins.
Doyle está en la furgoneta, le pongo al día de todo, y a los demás. Emil se ha alejado un poco del grupo. Está mascullando algo.
Esto no se ha terminado, puede que no tuvieran a sus padres aquí, pero es posible que estén en otro sitio. Tenemos que asegurarnos. ¿Por qué me empeño en cuidar de este chico? Sé que haría lo mismo por los demás, pero es como si supiera que él, en realidad, está terriblemente perdido. Y eso es un asco. Estar perdido y solo... es un verdadero asco.
Todo el mundo intenta convencer a Emil de que vuelva con nosotros y terminemos lo que hemos empezado. Ernest ha encontrado papeles en lo que quedaba de Smitch donde se señalan rutas de paso. Podemos hacerlo. Si los tienen en el pueblo donde están asentados, podemos encontrarles allí.
Nadie parece poder convencerle, y aunque no tengo ningunas ganas de hablar con nadie, me acerco yo.
Charlamos sobre banalidades al principio. Le doy las gracias por salvarme la vida. Se empeña en que es oscuro. En que hay algo nefasto dentro de él. Yo no lo creo. No sé por qué, no lo siento así, por muy contradictorio que sea a lo que he visto. Me ha salvado la vida, y podía haberme peleado sin problemas para seguir matando a los que quedaban en la iglesia. Seamos honestos, no tengo ni media torta. Y sin embargo no lo ha hecho.
Siempre podemos seguir intentándolo. La pregunta es simple, Emil: ¿quieres averiguar quién eras? ¿quieres... construir quién quieres ser?
Como suponía, asiente con la cabeza.
Como suponía... la respuesta es sí.
Todos queremos un camino de migas de pan. Y nadie, en el fondo, quiere caminar solo y a oscuras.
lunes, 23 de diciembre de 2019
Peor qué... ¿qué?
- No lo entiendo, Danny, ¡es que no lo entiendo! - le doy una patada al tronco que tengo delante, que evidentemente no se mueve
- No hay nada que entender, es decir, no es tan difícil. Estamos en guerra, han reclutado a muchos, ¿por qué te sorprende que a mí también?
- Es que... es que... - aprieto la mandíbula para que no se me escapen ni las lágrimas ni la rabia. No quiero discutir con él - ¡Es que tú no sabes hacer nada de eso!
- ¿De... eso? - se ríe, para quitarle peso - ¿Qué es algo de eso, Jacky?
- Pues... pues de lo que se haga en la guerra, ya sabes. ¡Si ni siquiera sabes zurcir tus propios calcetines!
- Ya ves, tendré que aprender. Además, no será tan malo, en nada de tiempo me tendrás de vuelta, ni siquiera Gina y Abie me echarán de menos
- Pues me voy contigo - me doy la vuelta y echo a andar para la casa
Estoy muy enfadada, no sé si pegarle o abrazarle con tanta fuerza que no pueda despegarse de mí. No escucho nada a mi alrededor, nada en absoluto. Mis pensamientos me gritan en los oídos, me retumban.
- Jacky - sus brazos me rodean por la espalda y me quedo quieta
- ¿Qué quieres? ¿no ves que tengo que hacer el petate?
- Jacky - me gira despacio y pone su cara a la altura de la mía - No puedes venir
- ¿Y por qué no? Yo sé hacer muchas cosas, puedo cocinar algo que no sea muy difícil, puedo limpiar, coger huevos, cuidar animales, soy silenciosa, sé zurcir, pued...
- Hermana - me aprieta ligeramente los hombros - La guerra no es sitio para mujeres
- ¿Y por qué no?
- Porque...
- ¿Ves? ¡No hay ningún por qué! Me iré contigo y se acabó - sonrío y vuelve a pararme, esta vez más serio y tajante
- No irás a ninguna parte, no es sitio para las mujeres porque a los hombres pueden matarnos pero a vosotras os hacen cosas peores
- ¿Peores que matarnos? - niego con la cabeza, nunca le había visto tan serio. Contiene el aire, me mira fijamente y entonces comprendo a lo que se refiere y mi mirada se cae al suelo - Pero... pero no me verán... yo... seré invisible y...
Me abraza. Nos quedamos en silencio un rato. Ni siquiera el rumor del viento y las hojas nos interrumpe.
- No quiero que te pase nada - le devuelvo el abrazo, entre lágrimas
- Jacky, no me pasará nada, tú me enseñaste a ser invisible, ¿te acuerdas?
Se ríe y me da un beso en la cabeza. Es horrible siendo invisible. No quiero que me recuerde llorando así que me río muy de mentira. Ya mejoraré.
- Más te vale... porque si no iré a buscarte
Emil
Todo está en calma, salvo mi cabeza. Tengo que concentrarme en otra cosa o voy a explotar como una de esas minas.
Y tengo mucho que hacer como para permitírmelo.
Jacky Hawkins vuelve a salir a escena, como diría mi amigo Charles. Al fin y al cabo para eso está, para hacer invencible a Jacqueline.
No quiero tener que ir a darle la noticia de las trincheras a Laforêt, pero lo hago. Dice que no es culpa mía. Se me adelanta al pensamiento y aún así va tarde. Puede que tenga razón, o puede que no, el caso es que yo no estaba allí. Ni siquiera me lo vi venir.
BOM. Así es como muere la gente. De pronto pisas algo y todo explota. Pisas donde no debías y ya no queda nada.
Pero ahora... ahora sí queda algo, ¿verdad? Sigo viva, así que la guerra, sea cual sea, no se acaba aquí.
Cojo aire. Quiero ver al muchacho, quizás sentir que cuido de alguien. No lo sé.
Lo han metido en una habitación, a oscuras y atado, como estaba. No puede ser. Así no vamos a ayudarle en nada, y además si queremos que confíe en nosotros desde luego no es el camino.
Le digo a Curie que yo me hago cargo y le saco de allí.
No habla mucho, no se fía nada. Está algo más centrado que la primera vez que le vi. Tiene los ojos llenos de dudas, y es normal. Dice que no recuerda nada. No sé qué haría yo si un buen día no recordase quién soy. Tiene que ser horrible.
Le digo que podemos salir fuera y me mira como si le hubiera mentido a la cara y se hubiera dado cuenta. Pero que no es mentira, porras, que podemos salir.
Me lo llevo al exterior y coge aire como si sintiera que es la última vez que va a poder hacerlo.
"¿Qué vais a hacer conmigo?"
No sé qué responderle, porque no sé realmente qué hacen los Raritos con los prisioneros, ni si él lo es, ni quién es, ni nada. Todo lo que tengo claro es que quiero ayudarle, y que lo haré hasta donde pueda.
¿Por qué? Y yo qué narices sé.
No recuerda nada de quién es, pero dice que no tiene algunos pensamientos demasiado... puros y bonitos. No importa tanto quien hayas sido como quien quieras ser. Pero lo primero de todo es ayudarte a recordar, Emil. Seas de los buenos, de los malos, o de donde diablos seas, nadie se merece pasearse por ahí sin saber quién es.
Le digo que no es necesario que duerma abajo, en la oscuridad, que hay una habitación para él. Es mentira, le dejo la mía, pero nadie tiene por qué saberlo. Le he dicho también a Doyle que yo me ocupo de él y me ha dicho que adelante, así que...
Emil no pone resistencia a dormir en una cama, con una ventana y sin estar atado. Normal.
Aun así no soy del todo (del todo) idiota, así que decido ponerme a los pies de la ventana, desde donde también pueda controlar la puerta. Por si le da por fugarse o armar algún estropicio. Desde aquí controlo todo a la perfección y en el silencio de la noche seguro que le escucho si hace el más mínimo ruido.
Cojo aire ahora yo. ¿De qué va todo esto realmente? ¿quién demonios es Emil, si es que se llama así? A mi cabeza vuelve la nieve llena de sangre. Aprieto mucho los ojos a ver si así se marcha.
La voz de Charles me espabila. Desde que volvimos de la casa de Méliès me mira distinto. Pero no es malo, de hecho, diría que es algo bueno. Se acerca a mí y me da una manta. Le cuento lo que hago aquí abajo y me mira con cara de "estás loco, Jack", pero no me discute.
Espero que haya visto la enorme luna de cartón que le dejé en su cuarto. Para él parecía importante. Seguro que ver lunas y estrellas ayuda a soñar cosas bonitas.
Le digo que no se preocupe y me responde que si necesito algo sé dónde encontrarlo. Me cae bien. Supongo que es algo más que un actor presumido y pretencioso. Qué idiota fui intentando pensar rápido sobre alguien con ojos de niño que se esconde tras un bigote de adulto.
No es el único que aparece. Amelia también se asoma. Acaba de llegar de misión. Me pregunta que cómo estoy, y también por Ernest, claro. Siempre pregunta por él, pero está haciendo bien lo de ignorarle. Sigue así y al menos habrás cambiado de estrategia, que ya es un paso. Además, Ernest le hace más caso desde que ella no lo hace. Así es la vida, amigos.
La mañana siguiente llega y yo debería dormir algo, así que me echo un par de horas, poco más. Luego vuelta a los problemas. Emil ha tenido el mismo sueño que yo, con el bicho del palo. Una especie de demonio de colores con plumas que decidió colarse en mis sueños y hablar conmigo sin pedirme permiso. Al parecer también lo ha hecho con él. No solo eso, sino que el palo ha ido hasta su mano.
¿Qué es lo que nos conecta? ¿por qué...?
Hablo con Doyle y me dice que Curie podría ayudarle a recordar con una máquina suya de esas raras. No me parece el mejor plan pero no tengo otro, y si Doyle se fía de ella... pues debería hacerlo yo también, ¿no?
Se lo propongo a Emil y me pone cara de que le hubieran restregado una boñiga de Margarite por los morros, pero llega a la misma conclusión que yo: no hay otro plan mejor.
Curie dice que deberíamos atarlo a la silla, porque se va a llevar un calambrazo. Lo de que le aten le hace menos gracia todavía que lo anterior, pero le voy pidiendo permiso y lo hago poco a poco. No parece tranquilo, pero creo que una parte de él se fía de mí. No tengo cara de mala persona y no mido una cuarta. Debe ser por eso.
Y se hace la magia. La señora Curie le pega un calambrazo que medio lo achicharra. Intento no gritar para que no se vuelva todo aun más loco, pero... ¿qué le pasa a esta mujer en la cabeza? ¡lo va a convertir en un churrasco! Su cara es de una tranquilidad pasmosa y me dice que todo ha ido bien cuando terminamos.
Está como un cencerro.
Pasan unas horas hasta que Emil despierta y para entonces ya le he desatado, no quiero que se asuste más de la cuenta. Mira a Curie como si quisiera asesinarla. Pero de verdad, no de broma. Le propongo salir de allí.
Me dice que no tiene recuerdos claros de nada, solo una niebla que intenta disiparse. Parece que va a pasar otra noche más con nosotros así que me lo llevo al comedor. ¿Es que no sonríes nunca o qué?
No te va a quedar más remedio que hacerlo, Emil...
Come más que veinte hombres juntos. No sé si es que la máquina achicharra-cerebros provoca hambre o qué, pero entre la comida y algún que otro comentario más que ingenioso por mi parte consigo que tenga que contener la risa un par de veces. Se ha empeñado en parecer duro.
Lo dejo de vuelta en su habitación, que es la mía, y de camino me cruzo con Ernest. Tiene una cara de enfado y desaprobación absoluta. Me pregunta que si estoy seguro de lo que estoy haciendo. Le respondo que no, pero que confíe en mí. No le hace maldita gracia, no se esfuerza en disimularlo, pero no me dice nada más y se aleja mascullando en voz baja.
Suspiro. Es el momento de volver al exterior. Puede que nuestro amigo recobre la memoria y descubra que es uno de los malos, y la verdad es que no quiero que le de por matar a nadie, pero creo que la mejor forma de evitarlo no es presionándole.
En algún momento caigo dormida. Me despierto en un lugar... extraño. Es un abismo negro, no hay eco. No hay nadie m... ¿EMIL? ¿qué haces aquí? ¿por qué estoy soñando con Emil?
Hablo con él. Si es un sueño es muy lúcido. Ninguno de los dos tenemos claro que lo sea. Es como si... como si estuviéramos en un vacío, en un espacio que está en ningún lugar entre la mente de los dos. Es muy extraño, y a la vez no tengo miedo, aunque quizás debería.
Hablamos durante mucho rato. Me dice que cree que no es de los buenos, que tiene pensamientos que no son buenos. No sé cómo llegamos a la conclusión de que estamos en su cabeza y en la mía al mismo tiempo, ¡así que otra magnífica idea de Jacky Hawkins acude al rescate!
"¿Y si intento buscar tus recuerdos ahora que estoy en tu cabeza?"
No le hace ninguna gracia, pero es que a este tipo no hay nada que le haga gracia. Aunque también es normal, claro. En cualquier caso accede. Allí está el palo, con nosotros. Le pongo el palo en la cabeza. Si esto nos conecta quizás...
WOW. Veo una casa, un lago, huele bien, a comida... veo... ¿su hogar?
Salgo de allí cuando llevo algo de rato.
Tienes padres, Emil, o los tenías.
Quiere que nos vayamos de aquí. Sea donde sea aquí.
Lo entiendo, a mí tampoco me gustaría que hurgasen en mi cabeza. Además hay alguna que otra cosa que no sería bonito que descubrieran.
Le doy otra vez con el palo en la cabeza, pero esta vez con pensamiento de salir.
La magia vuelve a hacerse. Ya está amaneciendo.
En el exterior, uno de los enormes árboles está ennegrecido, como si se hubiera carbonizado. Emil aparece a mi espalda y me dice que ha sido él. Me enseña el palo. No sé si lo entiendo, pero es evidente que estamos conectados de alguna manera.
Hablamos un montón. Al final le digo que en realidad si quiere puede irse.
Sé que se lo piensa, aunque finja medio bien.
Cualquiera querría salir allí a saber quién es. Y él ahora tiene familia. Yo haría lo mismo. Quiero pensar que, en realidad, estoy haciendo lo mismo aunque tenga la sensación de estar con el trasero clavado en el suelo sin moverme.
Le estrecho la mano. Volveremos a vernos, Emil. Los dos lo sabemos.
Se aleja a paso lento sin mirar atrás y yo devuelvo la vista al árbol y lo toco con el palo. Le hablo al bicho raro emplumado que se supone que está dentro.
El árbol se desmorona, pero creo que me está comprendiendo.
Me agacho. Entre la ceniza hay un pequeño brote. Renace.
Así debemos ser todos. Como este árbol.
Y tengo mucho que hacer como para permitírmelo.
Jacky Hawkins vuelve a salir a escena, como diría mi amigo Charles. Al fin y al cabo para eso está, para hacer invencible a Jacqueline.
No quiero tener que ir a darle la noticia de las trincheras a Laforêt, pero lo hago. Dice que no es culpa mía. Se me adelanta al pensamiento y aún así va tarde. Puede que tenga razón, o puede que no, el caso es que yo no estaba allí. Ni siquiera me lo vi venir.
BOM. Así es como muere la gente. De pronto pisas algo y todo explota. Pisas donde no debías y ya no queda nada.
Pero ahora... ahora sí queda algo, ¿verdad? Sigo viva, así que la guerra, sea cual sea, no se acaba aquí.
Cojo aire. Quiero ver al muchacho, quizás sentir que cuido de alguien. No lo sé.
Lo han metido en una habitación, a oscuras y atado, como estaba. No puede ser. Así no vamos a ayudarle en nada, y además si queremos que confíe en nosotros desde luego no es el camino.
Le digo a Curie que yo me hago cargo y le saco de allí.
No habla mucho, no se fía nada. Está algo más centrado que la primera vez que le vi. Tiene los ojos llenos de dudas, y es normal. Dice que no recuerda nada. No sé qué haría yo si un buen día no recordase quién soy. Tiene que ser horrible.
Le digo que podemos salir fuera y me mira como si le hubiera mentido a la cara y se hubiera dado cuenta. Pero que no es mentira, porras, que podemos salir.
Me lo llevo al exterior y coge aire como si sintiera que es la última vez que va a poder hacerlo.
"¿Qué vais a hacer conmigo?"
No sé qué responderle, porque no sé realmente qué hacen los Raritos con los prisioneros, ni si él lo es, ni quién es, ni nada. Todo lo que tengo claro es que quiero ayudarle, y que lo haré hasta donde pueda.
¿Por qué? Y yo qué narices sé.
No recuerda nada de quién es, pero dice que no tiene algunos pensamientos demasiado... puros y bonitos. No importa tanto quien hayas sido como quien quieras ser. Pero lo primero de todo es ayudarte a recordar, Emil. Seas de los buenos, de los malos, o de donde diablos seas, nadie se merece pasearse por ahí sin saber quién es.
Le digo que no es necesario que duerma abajo, en la oscuridad, que hay una habitación para él. Es mentira, le dejo la mía, pero nadie tiene por qué saberlo. Le he dicho también a Doyle que yo me ocupo de él y me ha dicho que adelante, así que...
Emil no pone resistencia a dormir en una cama, con una ventana y sin estar atado. Normal.
Aun así no soy del todo (del todo) idiota, así que decido ponerme a los pies de la ventana, desde donde también pueda controlar la puerta. Por si le da por fugarse o armar algún estropicio. Desde aquí controlo todo a la perfección y en el silencio de la noche seguro que le escucho si hace el más mínimo ruido.
Cojo aire ahora yo. ¿De qué va todo esto realmente? ¿quién demonios es Emil, si es que se llama así? A mi cabeza vuelve la nieve llena de sangre. Aprieto mucho los ojos a ver si así se marcha.
La voz de Charles me espabila. Desde que volvimos de la casa de Méliès me mira distinto. Pero no es malo, de hecho, diría que es algo bueno. Se acerca a mí y me da una manta. Le cuento lo que hago aquí abajo y me mira con cara de "estás loco, Jack", pero no me discute.
Espero que haya visto la enorme luna de cartón que le dejé en su cuarto. Para él parecía importante. Seguro que ver lunas y estrellas ayuda a soñar cosas bonitas.
Le digo que no se preocupe y me responde que si necesito algo sé dónde encontrarlo. Me cae bien. Supongo que es algo más que un actor presumido y pretencioso. Qué idiota fui intentando pensar rápido sobre alguien con ojos de niño que se esconde tras un bigote de adulto.
No es el único que aparece. Amelia también se asoma. Acaba de llegar de misión. Me pregunta que cómo estoy, y también por Ernest, claro. Siempre pregunta por él, pero está haciendo bien lo de ignorarle. Sigue así y al menos habrás cambiado de estrategia, que ya es un paso. Además, Ernest le hace más caso desde que ella no lo hace. Así es la vida, amigos.
La mañana siguiente llega y yo debería dormir algo, así que me echo un par de horas, poco más. Luego vuelta a los problemas. Emil ha tenido el mismo sueño que yo, con el bicho del palo. Una especie de demonio de colores con plumas que decidió colarse en mis sueños y hablar conmigo sin pedirme permiso. Al parecer también lo ha hecho con él. No solo eso, sino que el palo ha ido hasta su mano.
¿Qué es lo que nos conecta? ¿por qué...?
Hablo con Doyle y me dice que Curie podría ayudarle a recordar con una máquina suya de esas raras. No me parece el mejor plan pero no tengo otro, y si Doyle se fía de ella... pues debería hacerlo yo también, ¿no?
Se lo propongo a Emil y me pone cara de que le hubieran restregado una boñiga de Margarite por los morros, pero llega a la misma conclusión que yo: no hay otro plan mejor.
Curie dice que deberíamos atarlo a la silla, porque se va a llevar un calambrazo. Lo de que le aten le hace menos gracia todavía que lo anterior, pero le voy pidiendo permiso y lo hago poco a poco. No parece tranquilo, pero creo que una parte de él se fía de mí. No tengo cara de mala persona y no mido una cuarta. Debe ser por eso.
Y se hace la magia. La señora Curie le pega un calambrazo que medio lo achicharra. Intento no gritar para que no se vuelva todo aun más loco, pero... ¿qué le pasa a esta mujer en la cabeza? ¡lo va a convertir en un churrasco! Su cara es de una tranquilidad pasmosa y me dice que todo ha ido bien cuando terminamos.
Está como un cencerro.
Pasan unas horas hasta que Emil despierta y para entonces ya le he desatado, no quiero que se asuste más de la cuenta. Mira a Curie como si quisiera asesinarla. Pero de verdad, no de broma. Le propongo salir de allí.
Me dice que no tiene recuerdos claros de nada, solo una niebla que intenta disiparse. Parece que va a pasar otra noche más con nosotros así que me lo llevo al comedor. ¿Es que no sonríes nunca o qué?
No te va a quedar más remedio que hacerlo, Emil...
Come más que veinte hombres juntos. No sé si es que la máquina achicharra-cerebros provoca hambre o qué, pero entre la comida y algún que otro comentario más que ingenioso por mi parte consigo que tenga que contener la risa un par de veces. Se ha empeñado en parecer duro.
Lo dejo de vuelta en su habitación, que es la mía, y de camino me cruzo con Ernest. Tiene una cara de enfado y desaprobación absoluta. Me pregunta que si estoy seguro de lo que estoy haciendo. Le respondo que no, pero que confíe en mí. No le hace maldita gracia, no se esfuerza en disimularlo, pero no me dice nada más y se aleja mascullando en voz baja.
Suspiro. Es el momento de volver al exterior. Puede que nuestro amigo recobre la memoria y descubra que es uno de los malos, y la verdad es que no quiero que le de por matar a nadie, pero creo que la mejor forma de evitarlo no es presionándole.
En algún momento caigo dormida. Me despierto en un lugar... extraño. Es un abismo negro, no hay eco. No hay nadie m... ¿EMIL? ¿qué haces aquí? ¿por qué estoy soñando con Emil?
Hablo con él. Si es un sueño es muy lúcido. Ninguno de los dos tenemos claro que lo sea. Es como si... como si estuviéramos en un vacío, en un espacio que está en ningún lugar entre la mente de los dos. Es muy extraño, y a la vez no tengo miedo, aunque quizás debería.
Hablamos durante mucho rato. Me dice que cree que no es de los buenos, que tiene pensamientos que no son buenos. No sé cómo llegamos a la conclusión de que estamos en su cabeza y en la mía al mismo tiempo, ¡así que otra magnífica idea de Jacky Hawkins acude al rescate!
"¿Y si intento buscar tus recuerdos ahora que estoy en tu cabeza?"
No le hace ninguna gracia, pero es que a este tipo no hay nada que le haga gracia. Aunque también es normal, claro. En cualquier caso accede. Allí está el palo, con nosotros. Le pongo el palo en la cabeza. Si esto nos conecta quizás...
WOW. Veo una casa, un lago, huele bien, a comida... veo... ¿su hogar?
Salgo de allí cuando llevo algo de rato.
Tienes padres, Emil, o los tenías.
Quiere que nos vayamos de aquí. Sea donde sea aquí.
Lo entiendo, a mí tampoco me gustaría que hurgasen en mi cabeza. Además hay alguna que otra cosa que no sería bonito que descubrieran.
Le doy otra vez con el palo en la cabeza, pero esta vez con pensamiento de salir.
La magia vuelve a hacerse. Ya está amaneciendo.
En el exterior, uno de los enormes árboles está ennegrecido, como si se hubiera carbonizado. Emil aparece a mi espalda y me dice que ha sido él. Me enseña el palo. No sé si lo entiendo, pero es evidente que estamos conectados de alguna manera.
Hablamos un montón. Al final le digo que en realidad si quiere puede irse.
Sé que se lo piensa, aunque finja medio bien.
Cualquiera querría salir allí a saber quién es. Y él ahora tiene familia. Yo haría lo mismo. Quiero pensar que, en realidad, estoy haciendo lo mismo aunque tenga la sensación de estar con el trasero clavado en el suelo sin moverme.
Le estrecho la mano. Volveremos a vernos, Emil. Los dos lo sabemos.
Se aleja a paso lento sin mirar atrás y yo devuelvo la vista al árbol y lo toco con el palo. Le hablo al bicho raro emplumado que se supone que está dentro.
El árbol se desmorona, pero creo que me está comprendiendo.
Me agacho. Entre la ceniza hay un pequeño brote. Renace.
Así debemos ser todos. Como este árbol.
domingo, 15 de diciembre de 2019
Todo está en guerra
Charles sigue histérico. Espero que cuando haga eso de subirse al escenario no se ponga tan nervioso, porque si no su carrera va a ser un fracaso. Lo van a llamar "Charles-Tembleque-Chaplin". Suena ridículo, pero yo solo sé poner nombres a las gallinas.
De camino me lo explica todo una vez más. Como si hubiera mucho que explicar. Podría resumirse en "eh, está pasando algo raro, o eso creemos, pero no sabemos ni por dónde empezar". Pues genial, nada como un ratón para meterse en esas madrigueras, ¿verdad?
Se suponía que esto iba a ser un palacio pero... ¿qué ha pasado aquí? Parece que se han caído todos los rayos de la tormenta encima de este sitio. La casa podría ser un palacio, pero solo es un amasijo gigante de hierro y cristal. Entramos y una silueta se nos acerca. Parece que flota. No me gusta, me da mala espina.
No es que yo sea muy lista, pero tengo algo de instinto (si no, ¿de qué seguiría viva?) y efectivamente nuestro primer anfitrión es un muñeco. Un muñeco muy bien hecho, pero que pone los pelos de punta. Toda esa sala está llena de muñecos. Nos miran con los ojos muy fijos, llenos de pestañas rígidas y con sus pupilas brillantes a la luz. Es... es diabólico. Un escalofrío me recorre toda la espalda. No me va a gustar esta misión.
A Charles le cambia la sonrisa y la pose. Aquí llega el anfitrión de verdad, el señor Méliès. Es un tipo raro, pero muy, muy raro. Tan amable que no me da buena espina. Nos invita a pasar y nos instalamos en una habitación con más goteras que una trinchera después de unas semanas.
Como hay que empezar a buscar (no sé bien qué), me ofrezco a arreglarle las goteras, para que no tenga que disculparse con los demás invitados. Parece agradecido, mucho, otra vez. De todos modos a mí me da igual, yo eso de hablar y adular no es mi punto fuerte así que dejo a Charles con él y yo me dedico a lo mío: rebuscar.
Definitivamente el techo está hecho un destrozo. Nada que Jacky Hawkins no pueda arreglar, claro. Lo dejo como nuevo. Como nuevo después de trescientos años, más o menos, pero oye, lo importante es que ya nadie se mojará. En el camino... descubro alguna que otra cosa. La que más llama mi atención es una puerta. Está en la habitación contigua, donde hay un colchón tirado en el suelo y un montacargas. La puerta no se abre ni de broma. Me falta pedírselo por favor, pero se ve que aquí la educación tiene poco que decir.
Escucho pasos así que corro a esconderme. En el montacargas, claro, parece un buen sitio. Trepo un pelín con la espalda y las piernas por el conducto y listo. Tendrían que asomarse y mirar a la chimenea para verme.
Entra alguien, supongo que es Méliès. Escucho más voces abajo, deben de haber llegado los demás invitados. Quien sea se para en la habitación y dice un nombre en voz muy baja: Eugènie.
Luego escucho algo pesado arrastrar. Dos veces. Y todo se queda en silencio.
Me asomo y sonrío. De modo que esa puerta tiene contraseña, ¿eh? Le guiño un ojo a la nada. Ya volveré, espérame, misterio por resolver.
Hemingway estaría emocionadísimo. ¿Un peligro? Allá correría él, conmigo.
Salgo por patas de allí y bajo las escaleras. Me ajusto el traje, o lo que sea esto, y pongo mi mejor sonrisa. Charles me crucifica con la mirada al verme llegar tarde delante de su querida Marion... Oh, espera, ¿no lo he dicho? Cuando me ha pasado los informes tenía a todos los invitados, pero había un par de anotaciones SOLO en el de Marion Davies. Qué casualidad. Yo no soy muy lista, pero su voz suave hablando con ella le delata. Le gusta la señorita Davies. Madre mía que si le gusta. Sonríe como una vaca.
Me presentan al resto, un tal Max Linder y una tal Ruth Roland. Soy la mosca en la leche. No encajo en absoluto con esta gente. Suspiro y sonrío. Esto es un trabajo, Jacky, deja de protestar.
Nuestro anfitrión se vuelve a reunir con nosotros y nos dice que tenemos un rato de... esparcimiento, antes de la cena. Esto es más raro... realmente no me importa, me las apaño para ausentarme. Ahora sí que tengo un sitio al que ir. ¡Puerta misteriosa, allá voy!
Digo el nombre en voz bajita una vez estoy delante, y como si fuera un pasadizo secreto se abre ante mis narices. Wow... es alucinante. Unas escaleras larguísimas y oscuras se pierden hacia abajo, como si hubiera muchas plantas bajo la casa. Cojo un pequeño candil y comienzo a bajar. Sin hacer ruido, como siempre. Por eso estoy aquí.
Hace frío aquí abajo, y si no fuera por la luz que llevo no vería absolutamente nada. Me pregunto dónde llevarán las escaleras cuando de pronto descubro puertas. Oh, no. Puertas simplemente no. Puertas con barrotes. Puertas de celdas.
¿Qué demonios pasa aquí?
Voy pegando una por una y, para mi sorpresa y espanto, escucho una voz dentro de una de las habitaciones. Abro la puerta y entro a una oscuridad todavía más negra. Me acerco y descubro una camilla. Huele a humedad y a alguien le castañetean los dientes. En la camilla, atado y con los ojos vendados hay un muchacho. Cojo aire. Pregunta si hay alguien ahí.
Algo muy raro se apodera de mí. Quiero sacarlo de ahí a toda costa, no le conozco, pero la voz le tiembla de una manera que me pone furiosa que esté atado, solo, a oscuras.
Le digo cómo me llamo, le digo que volveré a por él, pero que tiene que esperarme. Dice que no le deje a oscuras. La oscuridad es tuya, Emil. Emil... así se llama el pobre desgraciado.
"La oscuridad es tuya, cierra los ojos y la estarás creando tú, y allí ella no puede hacerte nada, porque te pertenece".
Le aprieto las manos y me muerdo la rabia. Le dejo de nuevo allí, solo y en silencio, murmurando en voz muy baja "la oscuridad es mía".
Méliès, no sé quién eres, pero alguien debería darte una paliza.
Bajo a cenar con todos y Charles está tan atontado con la señorita Davies que me resulta imposible hacer que se dé cuenta de que aquí hay gato encerrado, de que su querido director de cine más que hacer cosas de la luna es un maldito lunático. Así que nada, cenamos y todo normal, sonrisas y conversaciones. Yo salgo del paso como puedo, mi querido Chaplin no hace más que hablar de él a la chica guapa. Pero Charlie... deja de hablar de ti y pregúntale por ella... De verdad, que yo de amores no entiendo nada, pero es que eso es como básico, ¿no?
Mientras cenamos hay otra cosa que me llama la atención, y es que el señor Méliès no come. NADA. No... pero nada, ¿eh? Es que ni prueba el agua. O nos está envenenando o aquí pasa algo raro...
¿Y si...? No, ¿qué dices Jacky...? Estás tonta, no puede ser. No existen los muñecos tan grandes.
Aaaaaham... genial. Por si fuera ya todo poco retorcido se va la luz. Nuestro anfitrión dice que irá a arreglarla y yo aprovecho la oscuridad y mi poca participación en la charla de la cena para seguirle.
Fantástico, justo mi lugar favorito de la casa... la caminata me lleva al sitio ese lleno de muñecos, todos mirándome. Cuando me vengo a dar cuenta Méliès ha activado de nuevo el generador y vuelve a haber luz.
Oh, genial, se ha hecho la magia y Jacky no está de vuelta. Tendré que inventarme algo. Corro hasta el piso superior, salgo fuera de la casa y me meto dos dedos en la garganta. ¿Por qué si no iba a haber salido? Claramente me debe haber sentado mal algo y he salido a buscar el retrete para vomitar, y al no encontrarlo... pues lo he hecho fuera. Prefiero ponerlo todo perdido que levantar sospechas, y no se me ocurre nada mejor. ¡Oye! Puedo pensar rápido, pero no me pidas un plan muy elaborado, que no soy Doyle.
Parece que medio cuela mi excusa cuando me encuentran, aunque Charles me mira con cara de querer estrangularme. No se entera de nada.
Ya no sé quién está en este ajo. ¿Solo nuestro anfitrión? No sé si creérmelo.
Por cierto, propone un brindis. Genial, un brindis. Ni de broma voy a beber nada, y menos si él mismo no bebe. Pero nada, toooooodos dan un largo trago. Charles incluido. Mierda.
Yo me mojo los labios mientras me miran, para disimular, y tiro el resto.
Empiezo a escuchar golpes de cabezazos en la mesa. Como suponía, nos están envenenando. Espero que no estén muert... oh, no, no... yo también me estoy mareando. ¡Venga ya! ¡Si solo me he mojado los labios! Aprovecho el mareo para hacerme la dormida, o la muerta, o lo que sea.
El señor Linder habla. Para mi sorpresa le pregunta a Méliès que qué van a hacer con nosotros. Sabía que no estaba solo. Maldición. ¿Y ahora qué?
Comienzan a llevarse a mis compañeros a rastras, creo que sé hacia dónde. Fue una de las pocas cosas que me dijo Emil, que Méliès se lo había quitado todo. Que no recordaba nada.
No puedo dejar que pase eso. Pero qué mareo, demonios...
Espero a que me dejen sola, pensando que estoy sopa como el resto, mientras arrastran a Charles. Me levanto como puedo, pegándome a las paredes y me quito de en medio. Necesito esconderme hasta ser capaz por lo menos de centrar la vista. Todo me da vueltas. Me tiemblan las piernas.
No sé cómo lo hago para llegar hasta el montacargas pero hago lo mismo de la otra vez y me escondo allí. Necesito tiempo, y no tengo tiempo. Reconozco que tengo algo de miedo, ¡pero es porque apenas me tengo en pie!
Les escucho salir de la habitación secreta, bajar y discutir. Gritan, me llaman. No pienso salir, a palabras necias...
Pero entonces amenazan con hacerle daño a Charles, y ahí es donde meten la pata hasta el fondo. ¿Quieren Jacky? La tendrán.
Cojo al palo, que viene conmigo. Le prometí a Curie que no lo usaría si no fuera necesario, pero es que ahora mismo me parece bastante necesario, así que salgo y me escondo. Les espero en una buena esquina. Nadie ve al ratón. Todos pisan la mina. Ahora yo soy la mina y el ratón a la vez. Un par de golpes con el palo bastan para lanzar a Linder por la ventana y hundir a nuestro anfitrión en el suelo hasta Dios sabe qué planta. Todo se queda en calma. Por suerte. Aún estoy como borracha.
Charles está aturdido, pero parece más despierto que yo. Se ve que lo han espabilado para darle el paseíto en mi busca.
Bajamos al sótano del terror y sacamos a las señoritas amigas de Charles, y también a Emil. Ninguno está del todo consciente. Emil balbucea. Sigue con aquella cantinela con la que le dejé. Hay algo en él que me da pena. Es como si tuviera que cuidar de él. No sé, es muy extraño.
Llamamos a la Curie-ambulancia y Charles se lleva a todos los rescatados. Yo le digo que me quedaré para buscar si nos hemos dejado algo más. Ya estoy algo mejor. Algo.
Antes de irse se despide de Méliès, de Linder. Se despide de ellos y se saluda con la decepción. Algo ha cambiado en mi compañero esta noche.
No descubro gran cosa, solo unos papeles de los tipos del Rasputín ese. Los lleva encima Linder. Nuestro anfitrión... supongo que si que hay muñecos tan grandes. No es más que otro de esos cacharros, solo que no sé por qué tipo de magia o lo que sea, este estaba muy vivo.
No me gusta matar. No me gusta, y en un segundo han caído dos hombres a mis manos.
Respiro. Es la guerra, ¿verdad Jacqueline? Sacudo la cabeza. Jacky. Es Jacky.
La guerra... recibo una llamada de Doyle. Al parecer algo ha ocurrido en el lugar de mi trinchera, donde estaba mi posición. Donde debería estar yo.
Ernest me recoge en la petit-curie y salimos corriendo hasta allí.
Barro. Sangre. Muerte. Silencio. Todo mezclado. El desastre habitual lo es mucho más. Niego con la cabeza sin parar mientras busco entre el caos de cuerpos y destrucción a alguien que siga con vida.
Yo tendría que haber estado aquí.
No queda nadie.
¿Dónde está Dugarry? Corro a la enfermería temiéndome lo peor.
Solo hay una buena noticia: Etiène, nuestro médico, sigue con vida.
Está horrorizado, traumatizado. Habla de gente extraña que no moría, o se desvanecía, de gente que vino y mató a todo el mundo, que hicieron un baño de sangre. Que se llevaron a mi amigo.
Me querían a mí. O al maldito palo. Me da igual. El caso es que era a mí a quien buscaban y solo han dejado muerte a su paso.
Y yo no estaba aquí.
¿Dónde estabas cuando te necesitaban aquellos a los que prometiste cuidar?
Jugando a algo más fácil, ¿verdad? Porque en el fondo, y tú lo sabes, la trinchera y los tiros te están vaciando de lágrimas los ojos.
¿Dónde demonios estabas, Jacky? ¿o es Jacqueline?
De camino me lo explica todo una vez más. Como si hubiera mucho que explicar. Podría resumirse en "eh, está pasando algo raro, o eso creemos, pero no sabemos ni por dónde empezar". Pues genial, nada como un ratón para meterse en esas madrigueras, ¿verdad?
Se suponía que esto iba a ser un palacio pero... ¿qué ha pasado aquí? Parece que se han caído todos los rayos de la tormenta encima de este sitio. La casa podría ser un palacio, pero solo es un amasijo gigante de hierro y cristal. Entramos y una silueta se nos acerca. Parece que flota. No me gusta, me da mala espina.
No es que yo sea muy lista, pero tengo algo de instinto (si no, ¿de qué seguiría viva?) y efectivamente nuestro primer anfitrión es un muñeco. Un muñeco muy bien hecho, pero que pone los pelos de punta. Toda esa sala está llena de muñecos. Nos miran con los ojos muy fijos, llenos de pestañas rígidas y con sus pupilas brillantes a la luz. Es... es diabólico. Un escalofrío me recorre toda la espalda. No me va a gustar esta misión.
A Charles le cambia la sonrisa y la pose. Aquí llega el anfitrión de verdad, el señor Méliès. Es un tipo raro, pero muy, muy raro. Tan amable que no me da buena espina. Nos invita a pasar y nos instalamos en una habitación con más goteras que una trinchera después de unas semanas.
Como hay que empezar a buscar (no sé bien qué), me ofrezco a arreglarle las goteras, para que no tenga que disculparse con los demás invitados. Parece agradecido, mucho, otra vez. De todos modos a mí me da igual, yo eso de hablar y adular no es mi punto fuerte así que dejo a Charles con él y yo me dedico a lo mío: rebuscar.
Definitivamente el techo está hecho un destrozo. Nada que Jacky Hawkins no pueda arreglar, claro. Lo dejo como nuevo. Como nuevo después de trescientos años, más o menos, pero oye, lo importante es que ya nadie se mojará. En el camino... descubro alguna que otra cosa. La que más llama mi atención es una puerta. Está en la habitación contigua, donde hay un colchón tirado en el suelo y un montacargas. La puerta no se abre ni de broma. Me falta pedírselo por favor, pero se ve que aquí la educación tiene poco que decir.
Escucho pasos así que corro a esconderme. En el montacargas, claro, parece un buen sitio. Trepo un pelín con la espalda y las piernas por el conducto y listo. Tendrían que asomarse y mirar a la chimenea para verme.
Entra alguien, supongo que es Méliès. Escucho más voces abajo, deben de haber llegado los demás invitados. Quien sea se para en la habitación y dice un nombre en voz muy baja: Eugènie.
Luego escucho algo pesado arrastrar. Dos veces. Y todo se queda en silencio.
Me asomo y sonrío. De modo que esa puerta tiene contraseña, ¿eh? Le guiño un ojo a la nada. Ya volveré, espérame, misterio por resolver.
Hemingway estaría emocionadísimo. ¿Un peligro? Allá correría él, conmigo.
Salgo por patas de allí y bajo las escaleras. Me ajusto el traje, o lo que sea esto, y pongo mi mejor sonrisa. Charles me crucifica con la mirada al verme llegar tarde delante de su querida Marion... Oh, espera, ¿no lo he dicho? Cuando me ha pasado los informes tenía a todos los invitados, pero había un par de anotaciones SOLO en el de Marion Davies. Qué casualidad. Yo no soy muy lista, pero su voz suave hablando con ella le delata. Le gusta la señorita Davies. Madre mía que si le gusta. Sonríe como una vaca.
Me presentan al resto, un tal Max Linder y una tal Ruth Roland. Soy la mosca en la leche. No encajo en absoluto con esta gente. Suspiro y sonrío. Esto es un trabajo, Jacky, deja de protestar.
Nuestro anfitrión se vuelve a reunir con nosotros y nos dice que tenemos un rato de... esparcimiento, antes de la cena. Esto es más raro... realmente no me importa, me las apaño para ausentarme. Ahora sí que tengo un sitio al que ir. ¡Puerta misteriosa, allá voy!
Digo el nombre en voz bajita una vez estoy delante, y como si fuera un pasadizo secreto se abre ante mis narices. Wow... es alucinante. Unas escaleras larguísimas y oscuras se pierden hacia abajo, como si hubiera muchas plantas bajo la casa. Cojo un pequeño candil y comienzo a bajar. Sin hacer ruido, como siempre. Por eso estoy aquí.
Hace frío aquí abajo, y si no fuera por la luz que llevo no vería absolutamente nada. Me pregunto dónde llevarán las escaleras cuando de pronto descubro puertas. Oh, no. Puertas simplemente no. Puertas con barrotes. Puertas de celdas.
¿Qué demonios pasa aquí?
Voy pegando una por una y, para mi sorpresa y espanto, escucho una voz dentro de una de las habitaciones. Abro la puerta y entro a una oscuridad todavía más negra. Me acerco y descubro una camilla. Huele a humedad y a alguien le castañetean los dientes. En la camilla, atado y con los ojos vendados hay un muchacho. Cojo aire. Pregunta si hay alguien ahí.
Algo muy raro se apodera de mí. Quiero sacarlo de ahí a toda costa, no le conozco, pero la voz le tiembla de una manera que me pone furiosa que esté atado, solo, a oscuras.
Le digo cómo me llamo, le digo que volveré a por él, pero que tiene que esperarme. Dice que no le deje a oscuras. La oscuridad es tuya, Emil. Emil... así se llama el pobre desgraciado.
"La oscuridad es tuya, cierra los ojos y la estarás creando tú, y allí ella no puede hacerte nada, porque te pertenece".
Le aprieto las manos y me muerdo la rabia. Le dejo de nuevo allí, solo y en silencio, murmurando en voz muy baja "la oscuridad es mía".
Méliès, no sé quién eres, pero alguien debería darte una paliza.
Bajo a cenar con todos y Charles está tan atontado con la señorita Davies que me resulta imposible hacer que se dé cuenta de que aquí hay gato encerrado, de que su querido director de cine más que hacer cosas de la luna es un maldito lunático. Así que nada, cenamos y todo normal, sonrisas y conversaciones. Yo salgo del paso como puedo, mi querido Chaplin no hace más que hablar de él a la chica guapa. Pero Charlie... deja de hablar de ti y pregúntale por ella... De verdad, que yo de amores no entiendo nada, pero es que eso es como básico, ¿no?
Mientras cenamos hay otra cosa que me llama la atención, y es que el señor Méliès no come. NADA. No... pero nada, ¿eh? Es que ni prueba el agua. O nos está envenenando o aquí pasa algo raro...
¿Y si...? No, ¿qué dices Jacky...? Estás tonta, no puede ser. No existen los muñecos tan grandes.
Aaaaaham... genial. Por si fuera ya todo poco retorcido se va la luz. Nuestro anfitrión dice que irá a arreglarla y yo aprovecho la oscuridad y mi poca participación en la charla de la cena para seguirle.
Fantástico, justo mi lugar favorito de la casa... la caminata me lleva al sitio ese lleno de muñecos, todos mirándome. Cuando me vengo a dar cuenta Méliès ha activado de nuevo el generador y vuelve a haber luz.
Oh, genial, se ha hecho la magia y Jacky no está de vuelta. Tendré que inventarme algo. Corro hasta el piso superior, salgo fuera de la casa y me meto dos dedos en la garganta. ¿Por qué si no iba a haber salido? Claramente me debe haber sentado mal algo y he salido a buscar el retrete para vomitar, y al no encontrarlo... pues lo he hecho fuera. Prefiero ponerlo todo perdido que levantar sospechas, y no se me ocurre nada mejor. ¡Oye! Puedo pensar rápido, pero no me pidas un plan muy elaborado, que no soy Doyle.
Parece que medio cuela mi excusa cuando me encuentran, aunque Charles me mira con cara de querer estrangularme. No se entera de nada.
Ya no sé quién está en este ajo. ¿Solo nuestro anfitrión? No sé si creérmelo.
Por cierto, propone un brindis. Genial, un brindis. Ni de broma voy a beber nada, y menos si él mismo no bebe. Pero nada, toooooodos dan un largo trago. Charles incluido. Mierda.
Yo me mojo los labios mientras me miran, para disimular, y tiro el resto.
Empiezo a escuchar golpes de cabezazos en la mesa. Como suponía, nos están envenenando. Espero que no estén muert... oh, no, no... yo también me estoy mareando. ¡Venga ya! ¡Si solo me he mojado los labios! Aprovecho el mareo para hacerme la dormida, o la muerta, o lo que sea.
El señor Linder habla. Para mi sorpresa le pregunta a Méliès que qué van a hacer con nosotros. Sabía que no estaba solo. Maldición. ¿Y ahora qué?
Comienzan a llevarse a mis compañeros a rastras, creo que sé hacia dónde. Fue una de las pocas cosas que me dijo Emil, que Méliès se lo había quitado todo. Que no recordaba nada.
No puedo dejar que pase eso. Pero qué mareo, demonios...
Espero a que me dejen sola, pensando que estoy sopa como el resto, mientras arrastran a Charles. Me levanto como puedo, pegándome a las paredes y me quito de en medio. Necesito esconderme hasta ser capaz por lo menos de centrar la vista. Todo me da vueltas. Me tiemblan las piernas.
No sé cómo lo hago para llegar hasta el montacargas pero hago lo mismo de la otra vez y me escondo allí. Necesito tiempo, y no tengo tiempo. Reconozco que tengo algo de miedo, ¡pero es porque apenas me tengo en pie!
Les escucho salir de la habitación secreta, bajar y discutir. Gritan, me llaman. No pienso salir, a palabras necias...
Pero entonces amenazan con hacerle daño a Charles, y ahí es donde meten la pata hasta el fondo. ¿Quieren Jacky? La tendrán.
Cojo al palo, que viene conmigo. Le prometí a Curie que no lo usaría si no fuera necesario, pero es que ahora mismo me parece bastante necesario, así que salgo y me escondo. Les espero en una buena esquina. Nadie ve al ratón. Todos pisan la mina. Ahora yo soy la mina y el ratón a la vez. Un par de golpes con el palo bastan para lanzar a Linder por la ventana y hundir a nuestro anfitrión en el suelo hasta Dios sabe qué planta. Todo se queda en calma. Por suerte. Aún estoy como borracha.
Charles está aturdido, pero parece más despierto que yo. Se ve que lo han espabilado para darle el paseíto en mi busca.
Bajamos al sótano del terror y sacamos a las señoritas amigas de Charles, y también a Emil. Ninguno está del todo consciente. Emil balbucea. Sigue con aquella cantinela con la que le dejé. Hay algo en él que me da pena. Es como si tuviera que cuidar de él. No sé, es muy extraño.
Llamamos a la Curie-ambulancia y Charles se lleva a todos los rescatados. Yo le digo que me quedaré para buscar si nos hemos dejado algo más. Ya estoy algo mejor. Algo.
Antes de irse se despide de Méliès, de Linder. Se despide de ellos y se saluda con la decepción. Algo ha cambiado en mi compañero esta noche.
No descubro gran cosa, solo unos papeles de los tipos del Rasputín ese. Los lleva encima Linder. Nuestro anfitrión... supongo que si que hay muñecos tan grandes. No es más que otro de esos cacharros, solo que no sé por qué tipo de magia o lo que sea, este estaba muy vivo.
No me gusta matar. No me gusta, y en un segundo han caído dos hombres a mis manos.
Respiro. Es la guerra, ¿verdad Jacqueline? Sacudo la cabeza. Jacky. Es Jacky.
La guerra... recibo una llamada de Doyle. Al parecer algo ha ocurrido en el lugar de mi trinchera, donde estaba mi posición. Donde debería estar yo.
Ernest me recoge en la petit-curie y salimos corriendo hasta allí.
Barro. Sangre. Muerte. Silencio. Todo mezclado. El desastre habitual lo es mucho más. Niego con la cabeza sin parar mientras busco entre el caos de cuerpos y destrucción a alguien que siga con vida.
Yo tendría que haber estado aquí.
No queda nadie.
¿Dónde está Dugarry? Corro a la enfermería temiéndome lo peor.
Solo hay una buena noticia: Etiène, nuestro médico, sigue con vida.
Está horrorizado, traumatizado. Habla de gente extraña que no moría, o se desvanecía, de gente que vino y mató a todo el mundo, que hicieron un baño de sangre. Que se llevaron a mi amigo.
Me querían a mí. O al maldito palo. Me da igual. El caso es que era a mí a quien buscaban y solo han dejado muerte a su paso.
Y yo no estaba aquí.
¿Dónde estabas cuando te necesitaban aquellos a los que prometiste cuidar?
Jugando a algo más fácil, ¿verdad? Porque en el fondo, y tú lo sabes, la trinchera y los tiros te están vaciando de lágrimas los ojos.
¿Dónde demonios estabas, Jacky? ¿o es Jacqueline?
domingo, 10 de noviembre de 2019
De compras en París
No sé en qué momento se me ocurrió decirle que sí a Chaplin.
Nos movemos por París y a mí todo me llama la atención. Es como si la guerra no hubiera llegado hasta aquí. La gente pasea sin preocupaciones. Hay dos tipos comiéndose un aperitivo en una terraza, se ríen y charlan animadamente, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Como si la vida no pudiera terminar mañana, o dentro de un rato.
Charles está muy nervioso e intenta enseñarme todo lo que se supone que debo hacer. Yo no soy actriz ni nada que se le parezca. Aunque bueno... llevo cerca de un año fingiendo un papel, ¿no? Lo mismo no me queda tan lejos.
No entiendo porqué todo esto es tan importante, pero para él lo parece así que decido hacerle caso en la medida de que lo que me pide no me parece del todo estúpido.
Vemos una tienda donde hacen cosas de comer. Huele que alimenta. Creo que la última vez que olí algo tan delicioso fue en otra vida.
Croissants y otros dulces. Charles dice que tengo que conseguir que me pongan uno gratis, porque "soy un tipo famoso al otro lado del mar". Que va, paso. Esto no es para mí.
Acabo comprando el croissant y le pido que me ponga más. Por supuesto pago.
Acto seguido Chaplin intenta hacer una demostración magistral sobre como se hacen las cosas y yo... bueno, me cargo la escena. Será que a mí me va más eso de improvisar sobre la marcha. Parece disgustado cuando salimos pero una sonrisa vuelve a aparecer en su cara cuando entramos en el modista.
Qué espectáculo de hombre. No sé si reírme o llorar. Me toma medidas no sé cuántas veces, me hacen cambiarme otras tantas. Todo tiene que estar perfecto. Yo solo pido que la ropa me quede algo holgada. Me miran como si fuera un monigote.
He decidido que no me gusta ir de compras. No lo echaré de menos.
Salimos de allí y Charles parece orgulloso de cómo va saliendo casi todo. Creo que tiene la confianza de que me enderezará antes de lo que yo pienso. Me da que se equivoca.
No voy a arruinar su velada, es más, quiero ayudarle, pero tampoco voy a sentirme más estúpida de la cuenta en el proceso.
Ya voy vestida, y tengo que reconocer que no me sienta mal esta ropa. Eso sí, no van a cortarme más el pelo. Ya lo pasé lo suficientemente mal la primera vez, y cada vez que lo recorto para mantenerlo como está.
Echo de menos mi pelo largo. En realidad, echo de menos ser una chica. O eso creo.
Un muchacho corre delante nuestra, le roba el bolso de un tirón a una señora y prosigue la carrera. Ni me lo pienso, corro detrás. Tengo que reconocer que no me cuesta trabajo darle alcance. Se ve que estoy en forma. Al parecer el chico roba para comer, así que le quito el bolso y le doy el dinero que llevo yo.
Luego salgo y busco a la señora, que no tiene otra cosa que hacer que ponerse a despotricar sobre los miserables de las calles de París y de cómo la justicia debería tratarles. Esa foca enorme no ha pasado hambre en su vida, si no no hablaría con tanta ligereza y desde luego no tendría unas carnes como para hacer abrigos a toda la población. Menuda estúpida.
Me muerdo las ganas de darle un puñetazo y Charles y yo nos vamos de ahí. No me regaña demasiado cuando ve el roto del pantalón, creo que porque ve mi cara de mosqueo.
En lugar de eso decidimos que puedo trabajar en "doble de efectos especiales de cine en el papel de niño", así que vamos a comprar otro tipo de ropa, de crío esta vez.
Correr y dar volteretas tenía que servir para algo fuera del frente. Siempre pensé que lo pondría en práctica volviendo a tratar de cazar a Gina, pero se ve que antes que eso seré doble de cine.
Echo de menos a Gina. Con lo rápida que era sería la ama y señora de los campos de minas.
¿Podría amaestrarla para pisar las minas y salir corriendo antes de que la explosión la pille?
En dos meses sería teniente, o capitán.
Capitán de las gallinas.
Nos movemos por París y a mí todo me llama la atención. Es como si la guerra no hubiera llegado hasta aquí. La gente pasea sin preocupaciones. Hay dos tipos comiéndose un aperitivo en una terraza, se ríen y charlan animadamente, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Como si la vida no pudiera terminar mañana, o dentro de un rato.
Charles está muy nervioso e intenta enseñarme todo lo que se supone que debo hacer. Yo no soy actriz ni nada que se le parezca. Aunque bueno... llevo cerca de un año fingiendo un papel, ¿no? Lo mismo no me queda tan lejos.
No entiendo porqué todo esto es tan importante, pero para él lo parece así que decido hacerle caso en la medida de que lo que me pide no me parece del todo estúpido.
Vemos una tienda donde hacen cosas de comer. Huele que alimenta. Creo que la última vez que olí algo tan delicioso fue en otra vida.
Croissants y otros dulces. Charles dice que tengo que conseguir que me pongan uno gratis, porque "soy un tipo famoso al otro lado del mar". Que va, paso. Esto no es para mí.
Acabo comprando el croissant y le pido que me ponga más. Por supuesto pago.
Acto seguido Chaplin intenta hacer una demostración magistral sobre como se hacen las cosas y yo... bueno, me cargo la escena. Será que a mí me va más eso de improvisar sobre la marcha. Parece disgustado cuando salimos pero una sonrisa vuelve a aparecer en su cara cuando entramos en el modista.
Qué espectáculo de hombre. No sé si reírme o llorar. Me toma medidas no sé cuántas veces, me hacen cambiarme otras tantas. Todo tiene que estar perfecto. Yo solo pido que la ropa me quede algo holgada. Me miran como si fuera un monigote.
He decidido que no me gusta ir de compras. No lo echaré de menos.
Salimos de allí y Charles parece orgulloso de cómo va saliendo casi todo. Creo que tiene la confianza de que me enderezará antes de lo que yo pienso. Me da que se equivoca.
No voy a arruinar su velada, es más, quiero ayudarle, pero tampoco voy a sentirme más estúpida de la cuenta en el proceso.
Ya voy vestida, y tengo que reconocer que no me sienta mal esta ropa. Eso sí, no van a cortarme más el pelo. Ya lo pasé lo suficientemente mal la primera vez, y cada vez que lo recorto para mantenerlo como está.
Echo de menos mi pelo largo. En realidad, echo de menos ser una chica. O eso creo.
Un muchacho corre delante nuestra, le roba el bolso de un tirón a una señora y prosigue la carrera. Ni me lo pienso, corro detrás. Tengo que reconocer que no me cuesta trabajo darle alcance. Se ve que estoy en forma. Al parecer el chico roba para comer, así que le quito el bolso y le doy el dinero que llevo yo.
Luego salgo y busco a la señora, que no tiene otra cosa que hacer que ponerse a despotricar sobre los miserables de las calles de París y de cómo la justicia debería tratarles. Esa foca enorme no ha pasado hambre en su vida, si no no hablaría con tanta ligereza y desde luego no tendría unas carnes como para hacer abrigos a toda la población. Menuda estúpida.
Me muerdo las ganas de darle un puñetazo y Charles y yo nos vamos de ahí. No me regaña demasiado cuando ve el roto del pantalón, creo que porque ve mi cara de mosqueo.
En lugar de eso decidimos que puedo trabajar en "doble de efectos especiales de cine en el papel de niño", así que vamos a comprar otro tipo de ropa, de crío esta vez.
Correr y dar volteretas tenía que servir para algo fuera del frente. Siempre pensé que lo pondría en práctica volviendo a tratar de cazar a Gina, pero se ve que antes que eso seré doble de cine.
Echo de menos a Gina. Con lo rápida que era sería la ama y señora de los campos de minas.
¿Podría amaestrarla para pisar las minas y salir corriendo antes de que la explosión la pille?
En dos meses sería teniente, o capitán.
Capitán de las gallinas.
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