El pozo es profundo. Los excavadores han hecho su trabajo perfectamente, pero un bombardeo ha puesto en una situación un poco complicada la estructura, y una parte del túnel se ha reducido.
El plan era poner cargas debajo de los traseros alemanes, pero no hay quien entre por ese pequeño boquete.
¿Seguro? ¿seguro que no hay quien entre? Días y días de trabajo no se podían tirar por alto de esa manera, ¿verdad? Un ratón entra por cualquier sitio, y yo soy un ratón... un ratón de trinchera.
Johan es simpático, me cae bien. A menudo dice que me parezco a su hijo y yo para qué voy a contradecirle. Es el que lleva el mando allí abajo, es arquitecto. En otro tiempo podría haber construido una iglesia preciosa, pero aquí está, cavando madrigueras para los muertos.
Somos ocho soldados aquí abajo, hay poco aire y menos luz. Respiramos tierra que flota, y es peor que revolcarse en una cuadra. Miro al túnel, o lo que queda de él. Realmente ha quedado inservible. Quiero decir, "casi inservible". Solo hace falta alguien lo bastante pequeño para colar las cargas hasta el otro lado.
Y ahí entro yo.
El resto de los hombres salen, Johan les dice que aquí solo estorban y que si el túnel termina de ceder mejor que estemos abajo los menos posibles. Habla de ello casi en broma, y a mí se me coge un nudo en el estómago que se convierte en una sonrisa y le sigo el chiste:
- Eh, que ratón sí, pero todavía no soy topo
- Más vale que no tengamos que serlo, Hawkins - se ríe - Siempre me ha gustado tomar el sol
Salen todos, Johan me explica lo que hay que hacer. Tiro de las cajas con explosivos a través del agujero. Sí que es estrecho. Me muevo con dificultad, hace calor, no se respira bien. La caja pesa mucho, y aún quedan veintidós. Vamos a pasar un rato aquí. Johan podría irse, pero dice que es su trabajo supervisar, que ojalá pudiera colarse él.
No sé cuántos metros empujo la caja mientras me arrastro por el suelo, reptando con los pies. Salgo a una galería que está prácticamente intacta y pongo la primera en el sitio que me ha dicho.
Cruzo de vuelta, de nuevo a rastras. Pienso en Dugarry, casi se come un arresto por discutir que quería bajar conmigo. Me alegra saber que está arriba.
Cojo la siguiente caja. Estoy sudando y solo acabo de empezar. Me arrastro, empujo, llego. Vuelvo.
Y vuelvo, y otra vez. Me duele el pecho del roce con el suelo, vendarlo no es suficiente. Estoy literalmente comiendo tierra, de momento, sin lombrices.
Es normal, las lombrices son listas, habrán notado lo que va a pasar aquí y se han largado. Eso, o la tierra está tan llena de sangre que las ha ahogado a todas. Gusanos borrachos de sangre.
No sé cuántas cajas llevo. No sé cuántas horas. Cada vez que salgo del agujero Johan se acerca y me sacude el polvo con una sonrisa.
- Una menos - me dice guiñándome un ojo
- Una menos - respondo asintiendo con determinación
En el otro sitio se acumulan. No sabía que la guerra fuera tan sucia, que los temblores en el aire te matan, que los temblores bajo tierra te matan. No es la primera vez que lo hacemos, ni que nos lo hacen. Mira siempre a las estrellas, quizás sea la última vez que puedas hacerlo.
Mi compañero ha pasado el rato canturreando en voz baja. Lleva siempre un palillo o algo parecido en la boca, quizás tenga un paquete de palillos donde todo el mundo guardaría tabaco. No fuma, dice que su mujer le mataría si fumase, que lo detesta, y que le da más miedo su esposa que una patrulla de alemanes bien pertrechados. Una vez me enseñó una foto, es bonita, pero tiene un entrecejo que debe ser terrible cuando se enfada. Se rió cuando se lo dije.
Solo queda una caja.
- La última - me dice y sonríe con todos los dientes, salvo uno que perdió de un culatazo de un teniente
Y todo tiembla. Sobre tierra, bajo ella. Noto que me abraza y nos pegamos contra la pared. Se escucha todo, y a la vez nada. Yo también tiemblo, y él.
Diez "Padresnuestros" cruzan mis labios en un abrir y cerrar de ojos. En el onceavo, todo se queda en silencio. Un silencio de ultratumba. De tumba.
Nos separamos con cuidado, como si cualquier movimiento pudiera ser el último. Tenemos luz, milagrosamente el candil ha aguantado. Estaba al borde del pequeño túnel y las piedras apelotonadas lo han cubierto. Esa apertura sigue intacta. Recojo el candil y busco la cara de Johan, que mira con horror a nuestra ruta de salida.
Topos.
Nuestra salida ha sido taponada por completo. Intentamos mover un par de rocas, pero no hay manera. Me dejo los dedos intentando apartar piedras, él lo intenta, pero cada vez con menos fuerza. Le grito que por qué demonios para cuando lo hace.
- Hawkins - me vuelve a sacudir el polvo - Tengo una idea
Sonrío. Una idea suena bien.
Hasta que me la cuenta.
Queda una caja de pólvora aquí. Su plan es hacerla detonar para, con suerte, intentar abrir una brecha por la que podamos salir. Ni siquiera haría falta el contenido por completo.
- No podemos, estamos en la misma galería que la pólvora, nos quemaremos o volaremos en pedazos, si es que no nos vuela solo una pierna o un brazo y nos morimos desangrados. No funcionará, Johan
- Sí, si te metes en la otra galería. La explosión no llegará allí, y con suerte abrirá un agujero sin tirar el túnel abajo para que puedas volver por él
Niego de todas las formas que sé. Me voy para una pared y la pateo. No me da la gana, no.
- Jack - me sujeta - Yo no entro por el túnel, y es estúpido que muramos los dos aquí
- Tiene que haber otra manera, seguro que podem...
Me abraza. Sabe a despedida. Lo es. Sé que tiene razón, pero me voy para las rocas e intento mover otro par, haciéndome daño en las manos en el proceso, y sin éxito alguno. Me siento en un rincón un momento, cojo aire, no quiero llorar, pero no es justo.
Pasan unos minutos hasta que él comienza a mover la caja, a contar la pólvora necesaria. Me levanto y le detengo. No voy a permitir que prepare su propia mortaja. Sonríe, como si lo entendiera, y se sienta en el suelo. Me pide un cigarrillo y está de suerte, ayer gané uno a las cartas y no pensaba fumármelo. Está un poco aplastado, pero le vale. Se ríe. Yo quiero llorar, pero si él se ríe yo no tengo derecho a llorar.
Está todo listo. Le miro y me señala al túnel. Ahora soy yo quien le abraza.
- Lo siento mucho, yo...
- Está bien, muchacho - sonríe - El cigarro no estaba tan mal como para sentirlo
Me da su identificación, y una pequeña carta, que guardo en mi bolsillo. No necesita decir más.
Me meto en el túnel mientras veo cómo da una última calada al cigarrillo y lo acerca a la mecha. Acabo de entrar en la galería cuando se produce la explosión. Apenas puedo escuchar nada, el silencio se ha callado más todavía. Tardo unos minutos en volver a arrastrarme sobre mis pasos. Hay algo de luz, una fina hilera que viene desde arriba. Ha funcionado.
Miro alrededor buscando rastro de mi compañero y me encuentro de bruces con su sonrisa. Luego me percato del resto. Está atrapado. Intento mover las rocas que lo cubren, los trozos de madera, mientras le escucho decir "sal de aquí, muchacho".
Me paro en seco al ver que uno de los trozos de madera se ha roto y le atraviesa el estómago de lado a lado. Todo está rojo. Pero le miro, y sonríe.
- ¿Por qué mierda sonríes?
- Porque la sonrisa es lo único que la muerte no puede quitarnos
Cojo su mano. Le digo que le huele el aliento a tabaco. Me habla sobre su mujer, sobre sus dos hijos. Su mano se afloja, sus ojos se apagan. Su sonrisa permanece y algo dentro de mí le acompaña en el gesto.
Tardo un rato en dejarle, en salir de esa tumba.
Así acaba mi segunda semana en el frente. Así es como aprendo que una sonrisa puede salvarte a las puertas de cualquier infierno.
viernes, 26 de junio de 2020
sábado, 30 de mayo de 2020
En tierra de nadie
Doyle regresa, junto a Curie y
Amelia. El hotel ya no es un sitio seguro, conocen todo lo que hay. Se han
llevado muchas cosas del despacho del jefe, pero por suerte conseguimos
recuperar unas cuantas de la furgoneta antes de que se despeñase por el
barranco. Me siguen doliendo las manos, pero menos.
Parece que nos vamos de París. No es
que la vaya a echar de menos. Los croissants sí, estaban de muerte, pero el
hotel no me gustaba. No sé, no sabría decir qué sitio me gustaría para vivir,
pero querría que hubiera mucho sol, y podría tener el mar cerca, o un lago o un
río lo bastante grandes para aprender a nadar de verdad, no como si fuera un
chucho mojado.
Es el momento, ahora sí, de
despedirse de Dugarry. Algo me dice que nos volveremos a ver, y no quiero
ponerme sentimental. Amigo, me alegro de decirte adiós estando vivos los dos.
Es el mejor panorama de despedida que hemos tenido desde que nos conocemos.
Cuídate mucho, deja en paz a las chicas o aprende a mirarlas bien, no te cortes
el pelo, pero no dejes que te crezca más de lo que ya lo tienes, así sentiré
que no ha pasado el tiempo la próxima vez que nos veamos. No sé cuándo será. Si
mañana, en un año, o dentro de toda una vida, cuando te hayas casado y tengas
nietos. Muchos nietos, quizás de distintas esposas. Quién sabe.
Armand Dugarry, de ratón a comadreja,
me alegro de que estés vivo. Me alegro de que vayas a casa.
Subimos a la avioneta y despido a mi
amigo con un saludo con los dedos. Tengo que reconocer que me costó más dejar
el frente. Dicen que cuando alguien es soldado una vez lo es para siempre, que
nunca vuelve a casa del todo.
París y su enorme torre no tardan en
desaparecer, las nubes cambian de color. Todos estamos muy serios. No tardamos
demasiado en llegar a Londres y comienzan a aparecer el verde de sus parques.
Me siento algo más cerca de casa, aunque solo sea porque la gente habla en mi
idioma y no tanto “wi wi”.
Y llegamos al que será nuestra nueva
residencia, al menos de momento: el Palacio de Kensington. ¿Vamos a alojarnos
en un palacio? Algo me dice que no me va a gustar mucho… ¿pero y esos jardines?
Vale, puede que un poco sí que me vaya a gustar. Aunque solo sea por fuera. Los
jardines son enormes y aunque está todo nevado en primavera tiene que ser… wow…
voy a pasearme como una vaca por tanto verde.
Nos enseñan el sitio, conocemos a
Mildred, una especie de… admiradora loca de Charles, o algo así, que le mira
con ojitos tiernos y con boca de “¿por qué no me has escrito en todo este
tiempo?”. Es entre agobiante y divertido ver a Chaplin intentando dar
explicaciones, con lo elocuente que suele ser.
Nos presentan a un tal James Barrie,
que parece que es parte del club y que es escritor, y yo decido darme un paseo
por el jardín. El sitio es casi tan blanco como mi cabeza cuando aparece luz,
la nieve brilla al sol y una estatua se levanta en medio de la nada. Parece un niño
tocando una flauta rara. ¿O una niña? La miro fijamente, y ella a mí. Nos
parecemos un poco. Aparece Barrie y hablamos un rato, yo me subo a la estatua
para indicarle que somos clavados, pero parece que la travesura no le hace
gracia. Luego descubro que tiene algo que ver con ese tal “Peter Pan”, y que
hay una historia triste detrás de la que no quiere hablar pero que se le asoma
a los ojos.
Todos tenemos una de esas. Le dejo
allí sentado, pensando delante del niño (o niña) de piedra, y sigo caminando.
En algún sitio hago un ángel en la nieve. Siempre he querido hacerlo y este
sitio lo pide a gritos. Es mi propia escultura, o algo así. Nadie puede hacer
una igual, al fin y al cabo soy yo restregándome contra la nieve.
Nos reclaman y piden que entremos,
para enseñarnos el sitio, donde dormiremos y todo lo demás. Todo brilla aquí
dentro. Está lleno de cosas doradas, cuadros que te miran fijamente con gente
bastante fea pero bien vestida y pasillos largos con cortinas pesadas y
pomposas. Es enorme. Bueno, es un palacio. Y yo me siento como un cerdo en el
salón del trono. Lo único que se parece a mí ahora mismo es la cara que el
propio Emil pone a todo, que debe ser la misma que la mía. Evito reírme.
Nos llevan a nuestras habitaciones y
son bastante más grandes que las del hotel. A mí, desde luego, me parecen las
de los reyes. Enormes, brillantes, con luz y unas cristaleras bonitas. La cama
es blanda, el armario gigante y todo está muy limpio. Dentro del guardarropa
han colgado un uniforme, el del Club, ya lo he visto antes… y no pienso
ponérmelo. Aún no sé si me fío del Club.
No tengo absolutamente nada de equipaje,
y el Palo lo tiramos Emil y yo a un pozo antes de marcharnos de París. Ese
trasto no trae más que problemas, nadie lo encontrará allí… y si él quiere dar
con nosotros se las apañará para hacerlo.
Salgo de mi habitación y busco al
resto. No tardo en dar con Ernest, que parece haberse acomodado sin
preocupación alguna.
Hablamos. Le pregunto sobre el Club,
sobre Doyle, sobre todo un poco. Hablamos de lealtad, de principios, de que no
se puede ser fiel a todo a la vez, porque si en algún momento dos de tus
banderas se hacen enemigas qué vas a hacer. Tierra de nadie no es ningún lugar
para estar. Allí solo hay balas perdidas y alambre de espino. Allí solo hay
muerte.
No soy leal al Club, pero sí a ellos.
A Ernest, a Charles, Amelia y Emil. Hemingway opina lo mismo, pero afirma ser
leal al Club, hasta que le hago la pregunta:
“¿Y si un día el Club te pide que me
arrestes, o que acabes conmigo?”
Dice que no tiene gracia, que eso no
va a pasar. Retuerzo la pregunta, a sabiendas del cariño y el respeto que
siente por nuestro amigo.
“¿Y si te piden que lo hagas con
Charles?”.
Frunce el ceño. Un “eso es imposible”
aparece en sus ojos, pero también brilla por un momento un “por favor, que eso
no ocurra nunca”.
Puedes defender una bandera, pero no
puedes olvidarte de que en realidad por lo que vives, por lo que mueres… es por
la gente que la sostiene.
Moriría por vosotros, sin parpadear,
sin dudarlo, pero no por el Club, al menos no de momento.
Si algún día te ocurre, si algún día
tienes que decidir… no te quedes en tierra de nadie, salta a una trinchera o a
otra, allí no estarás solo.
El "casi-secuestro"
Volvemos al club a toda la velocidad
que nos permiten los pies y el automóvil. Ernest conduce como una exhalación, y
aunque no es tan elegante como Amelia no le falta manejo. Llegamos los tres, Hemingway,
Chaplin y yo, a las puertas del hotel.
Le digo a Charles que se quede en el
coche, que si alguien se acerca toque el claxon. No sé qué vamos a encontrar
dentro, pero ni a Ernest ni a mí parece importarnos. No tenemos un plan, pero
supongo que eso también es una manera de que los malos no te anticipen. Es
difícil hacer algo más estúpido que cualquiera de las cosas que se me ocurren a diario.
Todo está apagado y en silencio, y
eso solo puede significar una cosa: tormenta.
¿Dónde estás, Emil? ¿qué ha
pasado aquí?
Ernest y yo decidimos separarnos y
una sospecha me lleva a la planta baja, al sótano de la reina de las máquinas:
Marie Curie.
No he perdido olfato, pero reconozco que esto no me lo esperaba.
Alguien está metiendo cosas en un
bolso enorme. A la sargento de hierro no le va a gustar que le roben los
juguetes, eso seguro. Pero es… ¿Laforêt? ¿qué narices…?
Se gira y me mira, me apunta con un
arma, y no entiendo nada. Es él… pero no es él. Me dice que va a salir, y que
yo no voy a impedírselo. Puede que no lo consiga, pero voy a intentarlo, mi teniente.
Todo sucede muy rápido, Dugarry
aparece pero no precisamente para combatir a mi lado. Laforêt le apunta con
un cetro muy raro (empiezo a estar cansada de los palos mágicos) y Dugarry se
vuelve contra mí y me cruza la cara de un puñetazo.
El ascensor. Laforêt solo puede salir
por el ascensor. Tengo que apagar los plomillos. Los veo, corro hacia ellos.
Doy la espalda a mi amigo, lo sé, y me llevo la correspondiente galleta… pero
la luz se va y lo hace justo cuando Ernest entra en escena, tumbando a Dugarry
de un derechazo.
Me levanto como puedo. Toca correr
hacia el ascensor. Laforêt ha entrado y lo ha cerrado y Ernest y yo intentamos
abrirlo como podemos. El claxon del coche suena y retumba en el sótano y
después de conseguir abrir el ascensor vemos que nuestro esquivo amigo ha hecho
un agujero en el techo. No es problema para mí, le pido a Ernest que haga uso
de los músculos que tanto le gusta lucir y me suba. No le cuesta, y yo echo a
correr por los pasillos hasta llegar a la entrada. Fuera hay varios coches,
están cargando vehículos. Si, según Hemingway, Emil no está en su cuarto ni en
todo el hotel, ¿dónde diablos está?
Corro hacia los coches, que salen
despedidos, pero consigo encaramarme a uno, como una lagartija. Ventajas de ser
pequeña y ágil, chicos, otra vez será.
La furgoneta a la que voy enganchada
no se detiene y yo tengo que hacer algo. Subimos la cuesta de carretera y sé
que tengo que llegar al conductor. ¿Qué mejor forma que desde dentro? Abro las
puertas y como era de esperar me quedo colgando de una de ellas con vistas privilegiadas al
precipicio. Hay mucho material que comienza a salir volando del interior del
coche y yo entro como puedo. Por si fuera poco, el sendero de montaña no es lo
mejor, así que el conductor pierde el control de la furgoneta y nos estampamos
contra un árbol quedándonos con el culo del vehículo suspendido en el aire.
Muy
bien, genial.
Llego hasta el asiento del conductor, que ha salido despedido, y el copiloto está
inconsciente. Como no haga algo voy a ir donde la mercancía. Pienso rápido, me
quito el cinturón y lo enrollo alrededor de una rama gruesa y del marco de la
ventanilla, que ha reventado. Intento mantenerlo atado para no perder la
mercancía, pero un coche es un coche y yo no tengo la fuerza de Goliat, así que
después de casi perder mi bota en el proceso consigo sacar al copiloto y
bajarme del trasto antes de que se despeñe. Hace unos minutos el coche de
Charles ha pasado a toda prisa en persecución del primero de los vehículos del
enemigo, que iba delante de la furgoneta, y mientras estoy en plena carretera
pensando en qué hacer, aparece Ernest en otro coche.
Metemos detrás bien atado al
copiloto, ya habrá tiempo de preguntas, y seguimos en la persecución. Me duelen
las manos como si me hubiera peleado con Gina para quitarle los huevos. Esa
gallina pica como el demonio.
Llegamos hasta un puente donde casi
conseguimos alcanzarles pero el coche de Charles está estrellado contra la
barandilla. Bajamos, Ernest dispara, vemos a Laforêt, le digo a mi compañero
que le dispare en un tobillo, que no le deje caminar. Ernest se lo toma en
serio, el teniente cae y yo cruzo un mar de balas a la carrera. Salen en otro
coche, de repuesto, supongo, con Laforêt a bordo. Uno de los vehículos está
inservible, hemos conseguido darle, y lo dejan abandonado a su suerte.
Pateo el aire y me muerdo los labios.
Maldición. Abro el maletero del coche y… ¿Emil? ¿te han metido en el maletero? Hay
otros tantos objetos junto a él, entre ellos, una caja con el puñetero Palo.
Desatamos a Emil y buscamos a la carrera a Charles, que ha salido despedido al
chocar su coche, pero está sorprendentemente ileso.
Recogemos todo lo que podemos y
volvemos a casa. Puede que no tarden en volver y el hotel vuelve a estar solo,
con Dugarry babeando el suelo del sótano, supongo que todavía inconsciente de
la torta de Ernest.
Emil refunfuña, Charles intenta
mantener la calma, Ernest aprovecha cada frase para soltarle una puya “al
rubito”.
Yo no entiendo nada. Laforêt, Dugarry… ¿cuál es el plan? ¿qué quieren?
Al Topayauri, y a Emil.
Pues el Palo me da igual, pero lo de
Emil es personal. Ahora es parte del grupo, de la… familia.
Y, ¿qué es la familia, Jackie? Tu
fuerza, y tu flaqueza.
sábado, 18 de abril de 2020
La lámpara de aceite
“Está bien, iré”.
¿En qué momento se te ocurrió que era
buena idea? En el momento en que no quiero que sospechen nada raro de mí. Si
soy un chico pues tendré que serlo. Me parece horrible que todos los hombres
vayan a burdeles. Eso dice Ernest. Yo quiero pensar que no, que no todo el
mundo ha decidido que por unas cuantas monedas una mujer puede… bueno, ya
sabes, eso. Lo que sea que le pidas a una mujer en el lecho.
Qué idiota, si te pones hasta
colorada con solo pensarlo, ¿dónde vas a meterte?
Por suerte… o no, parece ser que
Dugarry ya se ha ido. No diré que no me molesta no haberme despedido, pero creo
que es mejor así. Ahora estará a salvo y en casa.
Salgo al pasillo y Ernest me mira con
pena. Me pregunta que si no tengo algo mejor que ponerme. No, no voy a
cambiarme. Así que se empeña en peinarme. Me pone una cosa en la cabeza que me
deja el pelo como si Margarite me hubiera dado un lametón y me dice que estoy
estupendo.
¿Estupendo? ¿para quién? ¡¿En qué
momento Jacky?!
Salimos, cogemos el coche y vamos
hacia París. Vamos los dos solos. Charles nos verá allí y Emil por supuesto se
niega a acompañarnos. Esta vez le entiendo.
El sitio al que nos encaminamos se
llama “La Lámpara de Aceite”, y cuando entramos, al contrario de lo que pensaba,
no me asusto demasiado. Parece simplemente un local grande con gente tomando
copas y bailando. Bueno, bailar es algo que puedo hacer. No como si fuera una
fiesta de gente rica, pero este sitio no parece de eso.
Ernest pide una copa y yo un mosto.
No quiero alcohol. Lo que me faltaba, vamos. Le guiña un ojo a casi todo el
mundo, a las mujeres porque es “Ernest Hemingway” y a los hombres porque es “Ernest
Hemingway”. Tiene que ser agotador ser él.
Aunque yo no sé qué hago hablando de
disfraces.
Me señala a la planta de arriba. Eso
sí parece otra cosa. Hay unas chicas en una actitud poco… recatada, por decirlo
de alguna manera, que miran a la sala como si fueran aves de presa. Da miedo. Ernest
me dice que una de ellas es muy dulce y que es perfecta para una primera vez.
¡Que no voy a compartir cama con nadie, Ernest!
No parece entrarle en la cabeza. No
voy a acostarme con nadie, y mucho menos a pagarle a una persona para que haga
algo así.
Aparece Charles y yo decido que es
buen momento para quitarme de en medio a Ernest y ponerme a bailar. Me da igual
con quien. Al fin un poco de tranquilidad… pero, ¿qué hacen? La canción ha
terminado y para celebrar se agarran todos y se besan. Quiero salir de aquí…
Por suerte soy ágil así que me escabullo de besos y abrazos y continúo con el
segundo baile. Así no tengo ni que beber… ni que… bueno, ni que nada más.
Un chico me mira desde la barra.
Ernest me saca del baile y me presenta al chaval, luego dice que se va, que le
están esperando. Antes de irse añade que la señorita de la barandilla (y me
señala, descaradamente, a la chica dulce de la que hablaba) me está esperando.
Me muero de la vergüenza y le digo que ahora subiré.
Ya inventaré algo.
El muchacho se queda hablando
conmigo, y no solo resulta ser una muchacha, sino que no tiene problema en
decir en voz alta que se ha dado cuenta de que soy una chica. No le doy con
algo en la cabeza porque me pilla a desmano. ¡¿Qué demonios haces?!
Después de eso intenta hacerse la
simpática, pero me da igual, no quiero cuentas con ella. Me pregunta si voy a
subir con la muchacha de la barandilla y le digo que no. Me mira con una
sonrisa y me dice que ella sí. Se toma un trago y se va. Y se va con la chica
quiero decir. ¡¿Qué pasa en este sitio?! ¡¿qué les meten en la bebida?! Dos
chicas… y tan normal, y no se molesta en ocultarlo ni nada. Y yo que siempre
pensé que esas cosas no pasaban… ¿dónde has estado viviendo Jack?
Charles se apiada de mí y me rescata.
No está solo, va con una chica preciosa. Se llama Arianne. Y se miran como si
se conocieran desde hace mucho. Charlamos durante un rato, ella es agradable.
Es distinguida. No sé, creo que a cualquier chica le gustaría ser así. Me
cuenta que alguien se aprovechó de ella, un pintor. Al parecer es modelo, la
pintan… desnuda. Qué vergüenza, ¿no? Parece más triste que otra cosa, es como
si tuviera la melancolía pegada a los ojos. No sé… dice que está buscando a
alguien que le pague los estudios, para poder exponer sus propias obras en una
galería.
¡Eso sería genial! Le pregunto qué
cuánto dinero le hace falta y se echa a reír con suavidad. Soy una ignorante.
No lo dice, es educada, pero su risa, aunque dulce, habla por ella.
Charles llega y pasamos un rato
charlando los tres. Al final no va a ser una mala noche.
Chaplin me mira raro de vez en
cuando. No sé muy bien qué pasa, pero no parece una amenaza así que sigo a lo
mío… hasta que aparece Ernest, que no entiende qué hago todavía ahí abajo.
Trato de discutir con él, que por cierto le lanza una mirada de lo más
desagradable a Arianne. Tiene unas palabras nada amables con ella y le paro los
pies en seco. No seas más idiota de lo que aparentas, Ernest, ¿quieres?
Se empeña en que suba, en que pague a
una chica por sus servicios. Entramos en bucle en una discusión que no va a
terminar hasta que Charles me aparta y me dice que suba con Arianne. ¿Qué…?
¿Arianne es…? No lo sabía. No lo parece. Qué estúpida soy, ¿cómo se parece algo
así exactamente?
No quiero, no puedo, maldición. No
puedo y no quiero. Charlie me relaja, me dice que haga como que voy a hacerlo y
punto, que Arianne será mi cómplice y no se chivará, y así Ernest (que ha
prometido “invitar”) le dará una buena paga a ella, que parece que está
ahorrando.
Sigue sin gustarme, pero no voy a
quitarme al cabezón de mi amigo de encima, así que acepto.
A Ernest no parece hacerle mucha
gracia que suba con ella, pero se calla y deja el dinero. Se queda hablando con
Chaplin mientras nosotras subimos.
Cuando llegamos arriba atranco la
puerta y ella parece asustarse. No quiero que piense nada raro, así que le digo
que es porque el capullo de Ernest no entre a hacer comprobaciones, que me lo
veo venir. También le aseguro que no voy a ponerle una mano encima, que no tengo
ninguna intención de hacer nada y que se puede quedar con el dinero desde
luego, por las molestias.
Eso la hace reír y durante un rato
estamos relativamente tranquilas.
Me pregunta si me puede hacer un
masaje en la cabeza. No es que no me ponga nerviosa, pero le digo que sí.
Y justo cuando me estoy relajando le
escucho. En mi cabeza retumba la voz de Emil:
“Jack, estoy en peligro”.
martes, 14 de abril de 2020
Dos veces en una noche
Bajo al sótano de Curie. Emil está
muy mal. No para de dolerle lo que sea que esté haciendo Supai y yo estoy empezando
a enfadarme de verdad.
¿Así que con estas máquinas se entra en la cabeza, eh?
Allá vamos.
Recuerdo más o menos cómo lo hicieron
la primera vez con mi compañero, así que me tumbo en la camilla, no me ato, por
si las moscas, y me pongo el casco raro lleno de cables en la cabeza.
Por suerte la palanca está cerca.
Estoy tan enfadada que ni siquiera lo pienso una segunda vez.
Cierro los ojos y
tiro.
Aparezco en un sitio donde hay Luz.
Literalmente, he decidido llamar así a la parte simpática del asunto. Supai,
como buen cobarde, está escondido en la oscuridad.
Hablo con Luz, le digo que no tenga
miedo, le enseño recuerdos de Margarite, que le gusta y le tranquiliza. Él me
dice que tenga cuidado, que Supai puede usar eso para hacerme daño.
“¿Supai? Supai no se atreve siquiera
a venir aquí”.
¿Qué puedo decir? Hay muchas formas
de llamar la atención del enemigo, pero dar un tiro al aire siempre es la mía.
Y siempre funciona.
Todo se tiñe de
negro y ese malnacido aparece. La conversación se resume en “deja en paz a Emil
o te las vas a ver conmigo”. Y él se ríe.
Me dice que soy idiota, que me estoy
muriendo y ni siquiera me estoy dando cuenta.
¿Muriendo? ¿qué dice? Durante un
momento soy capaz de sentir mi cuerpo. Tiene razón. Estoy recibiendo mucho
dolor pero no me estoy dando cuenta porque estoy aquí.
¿Morir? Se me congela un
momento la respiración. Nadie puede desenchufarme de ese trasto. Nadie sabe que
estoy aquí.
No quiero morir así.
Debo reconocer que me lo he buscado. Pero
no quiero. No quiero. Cuando llegué al frente me aterrorizaba morir. El disfraz
de Jack me sirvió para enfrentarme a ese miedo, para alejarme de él. Sabía que
podía pasar, pero al menos tenía la esperanza de no hacerlo sola.
Pero aquí… aquí, en mi cabeza no hay
nadie más. Solo estos dos fantasmas que ni siquiera lamentarán que me haya ido. No quiero morir aquí sola, como si nada, sin pelear.
En el fr… ¡el frente! ¡Idea! Cuando
conectamos a Emil a la máquina recibió en un momento tal dosis de dolor que su
cuerpo casi saltó de la camilla, a pesar de estar atado. Si consigo hacer algo
parecido, yo que ni siquiera me he amarrado… debería desconectarme, porque ese
casco me queda incluso grande.
Lo tengo. No me hace falta pensar
demasiado para conseguir que Supai me lleve de vuelta al campo de batalla.
Piensa que tiene ventaja en los lugares terribles, y quizás sea así, pero no
hay mayor ventaja que ser subestimado. Y él me subestima.
Corro a través de una trinchera de
recuerdos, salgo a tierra de nadie. Las minas estallan bajo mis pies, a mi
alrededor. Hay humo y muerte por todas partes. Al fondo está él, Supai, mi
carcelero. Viste de uniforme y me apunta con un rifle.
Disimulo una sonrisa y aprieto el
paso aún más. Voy a por él, y sé que no me dejará llegar. Quiere hacerme daño,
pero no sabe que eso es lo que busco.
El disparo llega de una forma
demasiado real. Me atraviesa el pecho, me deja sin aire, vacía. La sangre se me
hiela, los ojos me duelen. Parpadeo y al abrirlos apenas soy capaz de
distinguir dónde estoy.
Me arrastro por el suelo como puedo.
Me duele todo. Noto quemaduras en varias zonas de la piel. No tengo un disparo en el pecho, pero sí siento lo mismo que si
lo hubiera recibido.
Te has suicidado dos veces en una
noche, Jacqueline.
¿O era Jack?
Me echo a llorar como la idiota que
soy.
“¿En qué demonios estabas pensando?”
sábado, 11 de abril de 2020
Dugarry
"Jack..."
"Jack..."
Alguien me llama. No veo nada, apenas puedo respirar. Ni siquiera siento mi cuerpo.
Alguien me llama. "¡Jack!". Es la voz de Dugarry.
Sonrío, creo. ¿Dugarry? No puedo moverme y aún así algo me dice que es una trampa. Que es demasiado fácil. Será la costumbre de hacer nido en campos de minas.
Algo tira de mí. Tengo los ojos llenos de polvo y todo se mueve muy despacio.
"Te tengo, Jack", dice la voz de Ernest.
No es Dugarry. ¿Ves? La esperanza también es una mina.
Me coge en brazos, me siento muy pequeña, diminuta. Estúpida. Me duele todo el cuerpo. Me hago aún más pequeña entre los brazos de Ernest. No digo nada.
Llegamos al coche, donde Charles me mira con evidente preocupación. Han encontrado a Emil, está en la parte de atrás del vehículo, inconsciente. Tiene una buena brecha en la cabeza.
Yo tengo que haberme roto algo, seguro. Es lo mínimo cuando te tiras encima una montaña.
El chico al que intenté rescatar también está con nosotros, en el club de los inconscientes.
No hay mucha conversación, o yo no soy capaz de centrar la atención en ella.
Arrancamos camino de vuelta. No sé cuanto tiempo pasa hasta que Emil se despierta. Me mira con cara de refunfuñar, no sé si es su forma de preocuparse o de decir "como suponía".
Le digo que los tipos de Rasputín no parecen tener a sus padres. Eso le cabrea, pero en realidad debería aliviarle. Cuanto más lejos de esos hijos de mala madre mejor.
No sé si en compensación me dice que ha escuchado hablar de Dugarry mientras estaba encerrado. Que es posible que lo tuvieran en la celda contigua a la suya. Mi primer impulso es pensar en volver. ¡Ha estado allí todo el tiempo! ¡Justo al lado! He pasado cerca y ni siquiera me he dado cuenta.
"¡Vuelve, Jacky!", me grita todo el cuerpo. Pero... pero, ¿y si no es más que otra trampa? ¿y si es otro espejismo? Emil también estaba herido, es posible que escuchase mal o...
"Da media vuelta, Ernest", dice Charles con una determinación de la que no hace gala muy a menudo. Y él, el chico al que le gusta discutir por absolutamente todo, no dice media palabra, solo asiente y gira el volante.
En la vuelta Emil me sugiere que entre en su cabeza. No es la primera vez que después de hacerlo me siento mejor. Si voy a rescatar a mi amigo no debería ir hecha una piltrafa, pero sé que él no lo pasa bien. Nos enzarzamos en un brevísimo combate de cabezonería en el que gana, esta vez, por mucho que me moleste, por sentido común.
Entrar y salir, y efectivamente estoy como si acabase de nacer. Bueno, vale, no tanto, me duele todo, pero no siento que tenga los 40 huesos del cuerpo rotos.
No tardamos mucho en llegar y decidimos dejar al chico rescatado de vuelta allí. Han montado una enorme enfermería muy rudimentaria en poco tiempo. No sé cuánto de poco porque en realidad no tengo ni idea de cuánto he pasado enterrada, pero en cualquier caso no creo que hayan sido días.
Charles y yo somos los que hemos bajado del coche. Ernest es el mejor conductor que tenemos así que si pasa algo debería estar él al volante para salir corriendo.
En el pueblo hay heridos por todas partes. "Esta vez sí que la has hecho buena, Jacky...".
No sé cuánta gente habrá muerto por mi culpa. O cuánta habrá perdido su hogar. Y todo, ¿por qué? Porque estaba furiosa, porque quería hacerles daño. Porque no se me ocurrió otra cosa que destruir esa estúpida máquina.
Querías destrucción. Aquí la tienes, idiota.
Chaplin me pone una mano en el hombro. No sé si será cosa de su trabajo, pero es bastante bueno leyendo la mente. Y creo que no tiene fantasmas como Doyle. Espero.
Decidimos ir a la celda donde tenían a Emil y al entrar allí no encontramos ni guardias ni nada que se le parezcan. Hay una sala contigua a la de nuestro compañero y cuando la abrimos encontramos un camastro. No me cuesta mucho encontrar uno de esos inconfundibles rizos. Dugarry no tiene una mata de pelo, tiene un arbusto encima de la cabeza. Solo puede ser suyo. Hay sangre en el suelo, no una barbaridad, pero sí la suficiente para preocuparse por alguien.
Conozco a mi amigo, sé dónde se escondería en una situación así. Le digo a Charles que vuelva al coche y me esperen, que en menos que canta un gallo estaré con ellos.
Supongo que se fía de mí, cosa rara, porque no discute. A lo mejor es que hoy nos han dado demasiados palos como para que encima estemos discutiendo.
Salgo corriendo a toda prisa. Detrás de la pequeña comisaría hay un bosque. Nada mejor para huir de una ciudad atestada de enemigos. Si yo fuera él habría hecho lo mismo.
Subo la pequeña loma y entro. Grito su nombre en susurros a medida que avanzo entre la maleza. Me da rabia pensar en el ruido que estoy haciendo considerando lo silenciosa que soy. ¿Un río, eh? Perfecto para perder un rastro, él y yo lo sabemos bien. Es por ahí.
Pasan unos minutos hasta que escucho un "¿Jack?".
¡Ahá! ¡Te encontré! De ratón a comadreja, sabemos dónde escondernos. Está dentro de un enorme tronco hueco que hay tumbado en el suelo. Sus ojos brillan, como los de un animalillo asustado. Se echa sobre mí como puede, dándome un abrazo muy torpe que es más un "que me caigo" que otra cosa.
Pues sí que la hemos hecho. Está herido, aham. En la pierna. Y aquí no hay nieve para trineos.
"Piensa rápido Jacky Hawkins". Escucho gente acercarse. Hablan en alemán. Mierda. "Piensa, piensa, piensa...".
Lo cojo como puedo y tiro de él, tenemos que alejarnos un poco. Luego le digo que se quede, que voy a hacer algo para que los que están posiblemente de patrulla se desvíen. Cuando escuche la señal tiene que salir todo lo corriendo que las piernas le permitan hasta donde le indico que esta nuestro coche. Parece emocionado con que haya venido más gente a rescatarle. Le entiendo.
Me da las gracias. Ya nos las daremos luego, o algo.
Corro en silencio, llego hasta un punto que considero lo bastante lejos como para quitarle del medio a quienes se estén acercando.
Saco la pistola que me ha dado Ernest. Es una suerte que me sirva para algo que no sea matar a alguien. Demasiado de eso por hoy. O por este año.
Escucho voces y pasos. Un montón de tipos se acercan a toda prisa. Es mi momento de quitarme del medio, pero por supuesto no lo tengo fácil. Faltaría más. Casi tropiezo con un tipo vestido de uniforme. A medida que se gira voy girando tras él y unas luces de vehículo se encienden apuntándonos. Echo cuerpo a tierra y hago lo primero que se me ocurre: rodar loma abajo.
A algún sitio llegaré. Si todo va bien, al río. A partir de ahí el camino será más bien corto y sencillo.
Auch. Auch. Auch. Ahora agradezco tener el pelo corto. De lo contrario no vería nada. Sacudo la cabeza cuando por fin paro y veo unas botas militares delante de mis ojos.
GENIAL. Justo lo que quería. Cojo aire y le tiendo la mano para que me ayude a levantarme. No suena como algo desconfiado. Creo. ¡Y funciona! Me da la mano y en el momento preciso tiro de él y le doy una patada en las corvas.
¡A correr! Grita algo en alemán y empiezo a escuchar gente apresurarse y también disparos. Me encanta, perfecto para terminar el día.
Sigo corriendo hasta llegar al coche, allí nos acribillan pero logro subir sin saber bien cómo. Con Ernest o Amelia al volante subirse a un coche en marcha puede ser una locura o coser y cantar.
Por suerte, dejamos atrás a nuestros nuevos amigos.
Y después de un camino que se hace menos largo de lo que debería, llegamos al club.
Ha sido demasiado fácil. Ya, claro, a quien se lo cuentes te mirará raro, pero yo no puedo dejar de pensar que ha sido demasiado fácil. ¿Tantas molestias por llevarse a Dugarry y lo dejan tan cerca? ¿tan desprotegido? Algo no me huele nada, pero que nada bien.
No me equivoco, sé que no me equivoco. Mi compañero me cuenta que le han tenido aislado y le han hecho de todo, que le han prácticamente torturado, y apenas se inmuta al decírmelo. El Armand Dugarry que yo conozco, y cualquiera que hubiera pasado por algo así, no podría evitar echarse a llorar y desear irse a casa.
Y aquí está, intentando que le deje devolverme el favor por salvarle, pidiéndome que le enseñe el hotel...
Algo está mal.
Lo único que entra dentro de su comportamiento habitual es que hace todo lo posible por coquetear con Amelia, que intenta darle esquinazo amablemente.
Doyle me pide que mande a mi compañero a su despacho, así que hago caso. Lo mismo es capaz de darse cuenta de algo que yo no. No lo sé. ¿Serán los fantasmas capaces de ver cosas que los vivos no? Me da repelús solo de pensarlo.
Hay una manera de comprobar que no se me está yendo la cabeza. Es posible que no sea la forma más... ética, pero es efectiva, eso seguro.
Intento no dormirme, aunque tampoco es que yo esté en mi mejor momento. Espero a que él llegue a su habitación y caiga dormido como un lirón. Entro en su cuarto... y después entro en su cabeza.
Todo es oscuridad. Algo se mueve. Como sospechaba. ¿Qué le habéis hecho? ¿es él siquiera?
Hago lo mismo que hice en su momento con la cabeza de Emil: tiro de la manta.
Un montón de ciempiés recorren las paredes, apenas se dejan ver. Escucho a Armand chillar, pero es un sonido que no parece human... ¿qué mierda es eso? Está tirado en el suelo, retorciéndose, bocarriba. Le salen patas por todas partes como si él mismo fuera un enorme insecto, una cucaracha monstruosa.
La respiración se me congela. Por un segundo no puedo moverme.
"Tira de la manta, Jacky", me repito. Y lo hago. Tiro de la oscuridad. Todo empieza a bañarse de luz y Dugarry a gritar más y más. Me va a explotar la cabeza. Todo estalla en luz y despertamos.
Estoy a su lado, llora, gimotea, se me abraza.
No es que esté feliz de verle así, pero entiendo que ahora todo está bien cuando le escucho decir:
"Quiero irme a casa".
"Jack..."
Alguien me llama. No veo nada, apenas puedo respirar. Ni siquiera siento mi cuerpo.
Alguien me llama. "¡Jack!". Es la voz de Dugarry.
Sonrío, creo. ¿Dugarry? No puedo moverme y aún así algo me dice que es una trampa. Que es demasiado fácil. Será la costumbre de hacer nido en campos de minas.
Algo tira de mí. Tengo los ojos llenos de polvo y todo se mueve muy despacio.
"Te tengo, Jack", dice la voz de Ernest.
No es Dugarry. ¿Ves? La esperanza también es una mina.
Me coge en brazos, me siento muy pequeña, diminuta. Estúpida. Me duele todo el cuerpo. Me hago aún más pequeña entre los brazos de Ernest. No digo nada.
Llegamos al coche, donde Charles me mira con evidente preocupación. Han encontrado a Emil, está en la parte de atrás del vehículo, inconsciente. Tiene una buena brecha en la cabeza.
Yo tengo que haberme roto algo, seguro. Es lo mínimo cuando te tiras encima una montaña.
El chico al que intenté rescatar también está con nosotros, en el club de los inconscientes.
No hay mucha conversación, o yo no soy capaz de centrar la atención en ella.
Arrancamos camino de vuelta. No sé cuanto tiempo pasa hasta que Emil se despierta. Me mira con cara de refunfuñar, no sé si es su forma de preocuparse o de decir "como suponía".
Le digo que los tipos de Rasputín no parecen tener a sus padres. Eso le cabrea, pero en realidad debería aliviarle. Cuanto más lejos de esos hijos de mala madre mejor.
No sé si en compensación me dice que ha escuchado hablar de Dugarry mientras estaba encerrado. Que es posible que lo tuvieran en la celda contigua a la suya. Mi primer impulso es pensar en volver. ¡Ha estado allí todo el tiempo! ¡Justo al lado! He pasado cerca y ni siquiera me he dado cuenta.
"¡Vuelve, Jacky!", me grita todo el cuerpo. Pero... pero, ¿y si no es más que otra trampa? ¿y si es otro espejismo? Emil también estaba herido, es posible que escuchase mal o...
"Da media vuelta, Ernest", dice Charles con una determinación de la que no hace gala muy a menudo. Y él, el chico al que le gusta discutir por absolutamente todo, no dice media palabra, solo asiente y gira el volante.
En la vuelta Emil me sugiere que entre en su cabeza. No es la primera vez que después de hacerlo me siento mejor. Si voy a rescatar a mi amigo no debería ir hecha una piltrafa, pero sé que él no lo pasa bien. Nos enzarzamos en un brevísimo combate de cabezonería en el que gana, esta vez, por mucho que me moleste, por sentido común.
Entrar y salir, y efectivamente estoy como si acabase de nacer. Bueno, vale, no tanto, me duele todo, pero no siento que tenga los 40 huesos del cuerpo rotos.
No tardamos mucho en llegar y decidimos dejar al chico rescatado de vuelta allí. Han montado una enorme enfermería muy rudimentaria en poco tiempo. No sé cuánto de poco porque en realidad no tengo ni idea de cuánto he pasado enterrada, pero en cualquier caso no creo que hayan sido días.
Charles y yo somos los que hemos bajado del coche. Ernest es el mejor conductor que tenemos así que si pasa algo debería estar él al volante para salir corriendo.
En el pueblo hay heridos por todas partes. "Esta vez sí que la has hecho buena, Jacky...".
No sé cuánta gente habrá muerto por mi culpa. O cuánta habrá perdido su hogar. Y todo, ¿por qué? Porque estaba furiosa, porque quería hacerles daño. Porque no se me ocurrió otra cosa que destruir esa estúpida máquina.
Querías destrucción. Aquí la tienes, idiota.
Chaplin me pone una mano en el hombro. No sé si será cosa de su trabajo, pero es bastante bueno leyendo la mente. Y creo que no tiene fantasmas como Doyle. Espero.
Decidimos ir a la celda donde tenían a Emil y al entrar allí no encontramos ni guardias ni nada que se le parezcan. Hay una sala contigua a la de nuestro compañero y cuando la abrimos encontramos un camastro. No me cuesta mucho encontrar uno de esos inconfundibles rizos. Dugarry no tiene una mata de pelo, tiene un arbusto encima de la cabeza. Solo puede ser suyo. Hay sangre en el suelo, no una barbaridad, pero sí la suficiente para preocuparse por alguien.
Conozco a mi amigo, sé dónde se escondería en una situación así. Le digo a Charles que vuelva al coche y me esperen, que en menos que canta un gallo estaré con ellos.
Supongo que se fía de mí, cosa rara, porque no discute. A lo mejor es que hoy nos han dado demasiados palos como para que encima estemos discutiendo.
Salgo corriendo a toda prisa. Detrás de la pequeña comisaría hay un bosque. Nada mejor para huir de una ciudad atestada de enemigos. Si yo fuera él habría hecho lo mismo.
Subo la pequeña loma y entro. Grito su nombre en susurros a medida que avanzo entre la maleza. Me da rabia pensar en el ruido que estoy haciendo considerando lo silenciosa que soy. ¿Un río, eh? Perfecto para perder un rastro, él y yo lo sabemos bien. Es por ahí.
Pasan unos minutos hasta que escucho un "¿Jack?".
¡Ahá! ¡Te encontré! De ratón a comadreja, sabemos dónde escondernos. Está dentro de un enorme tronco hueco que hay tumbado en el suelo. Sus ojos brillan, como los de un animalillo asustado. Se echa sobre mí como puede, dándome un abrazo muy torpe que es más un "que me caigo" que otra cosa.
Pues sí que la hemos hecho. Está herido, aham. En la pierna. Y aquí no hay nieve para trineos.
"Piensa rápido Jacky Hawkins". Escucho gente acercarse. Hablan en alemán. Mierda. "Piensa, piensa, piensa...".
Lo cojo como puedo y tiro de él, tenemos que alejarnos un poco. Luego le digo que se quede, que voy a hacer algo para que los que están posiblemente de patrulla se desvíen. Cuando escuche la señal tiene que salir todo lo corriendo que las piernas le permitan hasta donde le indico que esta nuestro coche. Parece emocionado con que haya venido más gente a rescatarle. Le entiendo.
Me da las gracias. Ya nos las daremos luego, o algo.
Corro en silencio, llego hasta un punto que considero lo bastante lejos como para quitarle del medio a quienes se estén acercando.
Saco la pistola que me ha dado Ernest. Es una suerte que me sirva para algo que no sea matar a alguien. Demasiado de eso por hoy. O por este año.
Escucho voces y pasos. Un montón de tipos se acercan a toda prisa. Es mi momento de quitarme del medio, pero por supuesto no lo tengo fácil. Faltaría más. Casi tropiezo con un tipo vestido de uniforme. A medida que se gira voy girando tras él y unas luces de vehículo se encienden apuntándonos. Echo cuerpo a tierra y hago lo primero que se me ocurre: rodar loma abajo.
A algún sitio llegaré. Si todo va bien, al río. A partir de ahí el camino será más bien corto y sencillo.
Auch. Auch. Auch. Ahora agradezco tener el pelo corto. De lo contrario no vería nada. Sacudo la cabeza cuando por fin paro y veo unas botas militares delante de mis ojos.
GENIAL. Justo lo que quería. Cojo aire y le tiendo la mano para que me ayude a levantarme. No suena como algo desconfiado. Creo. ¡Y funciona! Me da la mano y en el momento preciso tiro de él y le doy una patada en las corvas.
¡A correr! Grita algo en alemán y empiezo a escuchar gente apresurarse y también disparos. Me encanta, perfecto para terminar el día.
Sigo corriendo hasta llegar al coche, allí nos acribillan pero logro subir sin saber bien cómo. Con Ernest o Amelia al volante subirse a un coche en marcha puede ser una locura o coser y cantar.
Por suerte, dejamos atrás a nuestros nuevos amigos.
Y después de un camino que se hace menos largo de lo que debería, llegamos al club.
Ha sido demasiado fácil. Ya, claro, a quien se lo cuentes te mirará raro, pero yo no puedo dejar de pensar que ha sido demasiado fácil. ¿Tantas molestias por llevarse a Dugarry y lo dejan tan cerca? ¿tan desprotegido? Algo no me huele nada, pero que nada bien.
No me equivoco, sé que no me equivoco. Mi compañero me cuenta que le han tenido aislado y le han hecho de todo, que le han prácticamente torturado, y apenas se inmuta al decírmelo. El Armand Dugarry que yo conozco, y cualquiera que hubiera pasado por algo así, no podría evitar echarse a llorar y desear irse a casa.
Y aquí está, intentando que le deje devolverme el favor por salvarle, pidiéndome que le enseñe el hotel...
Algo está mal.
Lo único que entra dentro de su comportamiento habitual es que hace todo lo posible por coquetear con Amelia, que intenta darle esquinazo amablemente.
Doyle me pide que mande a mi compañero a su despacho, así que hago caso. Lo mismo es capaz de darse cuenta de algo que yo no. No lo sé. ¿Serán los fantasmas capaces de ver cosas que los vivos no? Me da repelús solo de pensarlo.
Hay una manera de comprobar que no se me está yendo la cabeza. Es posible que no sea la forma más... ética, pero es efectiva, eso seguro.
Intento no dormirme, aunque tampoco es que yo esté en mi mejor momento. Espero a que él llegue a su habitación y caiga dormido como un lirón. Entro en su cuarto... y después entro en su cabeza.
Todo es oscuridad. Algo se mueve. Como sospechaba. ¿Qué le habéis hecho? ¿es él siquiera?
Hago lo mismo que hice en su momento con la cabeza de Emil: tiro de la manta.
Un montón de ciempiés recorren las paredes, apenas se dejan ver. Escucho a Armand chillar, pero es un sonido que no parece human... ¿qué mierda es eso? Está tirado en el suelo, retorciéndose, bocarriba. Le salen patas por todas partes como si él mismo fuera un enorme insecto, una cucaracha monstruosa.
La respiración se me congela. Por un segundo no puedo moverme.
"Tira de la manta, Jacky", me repito. Y lo hago. Tiro de la oscuridad. Todo empieza a bañarse de luz y Dugarry a gritar más y más. Me va a explotar la cabeza. Todo estalla en luz y despertamos.
Estoy a su lado, llora, gimotea, se me abraza.
No es que esté feliz de verle así, pero entiendo que ahora todo está bien cuando le escucho decir:
"Quiero irme a casa".
martes, 21 de enero de 2020
Contraataque
No nos ha llevado tanto tiempo como parecía ponernos en marcha y de acuerdo. Amelia está llevando al señor Doyle de vuelta al hotel y Emil, Charles, Ernest y yo nos ponemos rumbo al sitio donde todo podría ser.
Smitch tenía una documentación sobre rutas de paso y lugares que los hombres de Rasputín usan como asentamientos. No demasiado lejos de aquí hay uno, y hacia allí vamos.
¿El plan? Que Charles y Ernest nos entreguen a Emil y a mí, ya que durante nuestra estancia en la iglesia el "ahora-carbonizado" Smitch dio parte de que nos tenían.
No suena como un mal plan... de no ser porque Chaplin no tiene ni idea de alemán y Hemingway tampoco. Un plan sin fisuras, definitivamente.
Según Emil, los "rasputines" tienen códigos secretos para poder cruzar los puestos de control. Suponemos que si en algún momento ha formado parte de esta gente, como así parece, debería guardar alguna clave de esas en su memoria, así que de nuevo nos metemos en el vacío y la oscuridad que parece que hay entre su coco y el mío.
No termina una de acostumbrarse a esto. Parece que él tampoco.
Conseguimos acceder a un recuerdo sobre un paso por un puesto de control. Él lleva puesto un uniforme de los de Rasputín, y viendo cómo otro soldado le abre la puerta para que se baje del coche entiendo que es alguien importante. Él también se percata de eso. Intentamos tirar de lógica, tiene que ser un gesto acompañado de una palabra o algo así. No sé muy bien cómo, pero Emil se acerca al hombre que debe darles paso y hace un ademán con la mano y luego dice algo en perfecto alemán.
Por cierto, ¿estoy entendiendo el alemán? ¿será por estar en su cabeza o he aprendido de pronto el idioma? La verdad es que no me vendría mal...
Volvemos a la realidad y Emil y yo decidimos maniatarnos de cascarilla mientras vemos en la distancia el primero de los puestos. Me dejo caer sobre su hombro, por nada en concreto, simplemente he pensado que la estampa así quedará mejor, más creíble, pero me mira con cara de querer asesinarme así que vuelvo a enderezarme con un visible "jo" en la cara y en el fondo no pudiendo evitar que me haga algo de gracia.
Allá vamos. La cosa debería ser fácil.
Frenamos el coche y de repente aparece un montón de gente, no van vestidos de soldados, sino de civiles. ¿Van armados con palos? ¿qué está pasando aquí?
Ni siquiera me da tiempo a hacer la pregunta. Los alemanes del puesto apuntan con las armas a los civiles y nosotros salimos corriendo. ¿Qué haces Ernest? ¿est...? ¿estás dando la vuelta?
Nuestro coche va a toda velocidad hacia uno de los soldados y yo decido desatarme y saltar en marcha. Ruedo como un bicho bola y consigo colocarme cerca de otro de los tipos armados. ¡El método Hawkins! Patada en la pantorilla desde la espalda y rodearle el cuello con mis "hasta ahora" ataduras. No lo mato, pero va a dormir un buen rato.
Conseguimos dejar a los alemanes fuera de servicio y en el pueblo casi nos sacan en volandas. Al parecer son rebeldes y estos hombres llevaban un tiempo aquí imponiendo su palabra como ley.
No podemos quedarnos mucho tiempo. Escuchamos la transmisora de radio y parece que alguien ha sido lo bastante rápido como para pedir ayuda en nuestro fugaz ataque.
Subo al coche a toda velocidad mientras todos miramos a Ernest con cara de suspiro profundo.
La gente del pueblo pregunta por nuestros nombres. Yo me callo, pero a mi compañero y su ego se les escapa "recordad que os salvó Ernest Hemingway, y este chico de aquí es Jack Haw..."
"¡Oh venga ya, Ernest! ¡Arranca!"
La imagen del "matrimonio" agradecido en la iglesia, a mis pies, me sacude la cabeza.
Vámonos de aquí, ya.
Durante el breve viaje no deja de justificarse sobre lo que ha hecho. Ninguno estamos en contra de salvar gente, pero avísanos o algo, maldita sea. No es que esté yo muy lejos de improvisar sobre los planes, pero... supongo que en el fondo tiene razón. Si necesitaban ayuda había que dársela. Al fin y al cabo eso somos. Espero que lo recuerdes en todo momento, Ernest, no solo cuando quieras reforzar tu posición o lo que sea que haya sido este arrebato.
No, no me ha pasado desapercibido que estás enfadado, y aunque pueda olerme el porqué, ahora mismo no es momento de hablar de ello.
Emil me mira con cara de "¿nos atamos otra vez?", y yo asiento y le echo una mano. Es evidente que le pone incómodo estar así. No sé cómo, pero esta vez es él quien termina apoyado en mi hombro.
Sonrío de refilón. Al final te vas a acostumbrar a nosotros...
No tardamos demasiado en llegar al siguiente puesto, esta vez parece que el que realmente nos interesa. En los documentos de Smitch esto parecía un asentamiento relativamente importante de los de Rasputín. Aún así, no deja de sorprenderme la facilidad con la que esta gente lleva sus localizaciones y rutas de paso en los bolsillos. No negaré que me huele a trampa todo el rato.
Las pocas palabras que Emil ha enseñado a Charles sumado a lo MUY poco que sabe de alemán ya de por sí, deberán bastar para hacerse pasar por un mando. Le digo a Ernest que le abra la puerta del coche cuando lleguemos. Así quedará más creíble que es un superior. Intentemos hacer las cosas cuanto más realistas mejor, ¿no?
No tardan en abrir la puerta y uno de los alemanes me coge de muy malas maneras y me tira al suelo desde el asiento del coche. Empezamos bien. Debemos de haber llegado a nuestro destino. Menuda torta.
Charles está muy convincente en su papel. No sé qué está diciendo pero definitivamente es buen actor si con todo lo que están hablando, sin apenas vocabulario por su parte, tiene tono de charla amigable.
Bravo, Chaplin.
"¡Eh! Soltadme malnacidos del chucrut! ¡que me soltéis!".
Yo también soy una actriz más o menos creíble, o eso quiero pensar, así que me cogen en volandas de malos modos, apresándome cada hombre de un brazo, y yo, por supuesto, pataleo y maldigo todo lo que sé.
Emil se porta mejor que yo. Bueno, si era un alto mando o, de cualquier forma, un soldado, no le favorecería nada la que estoy montando yo.
Lanzo un último vistazo a mis dos compañeros. Charles parece muy tranquilo. Sigue metido en su papel. Ernest tiene cara de preocupación. Bastante visible.
Veremos cuánto aguanta sin armar ningún numerito.
Nos llevan a través del pueblo hasta unos calabozos, como una especie de comisaría local. Nos desatan y nos tiran a ambos adentro, con toda la intención posible de hacernos daño. A Emil no le ha hecho maldita gracia, a mí no es que me parezca un chiste, pero estoy más o menos centrada en lo que hay que hacer. Por suerte, nos hemos dejado el palo en el coche.
Me acerco a las rejas de la celda con la intención de gritar "holaaaaa" como una posesa, pero no me da tiempo. Un par de tipos armados se acercan. Uno de ellos es enorme, el otro más canijo, y detrás va alguien a quien no consigo ver. Entran en la celda, el enorme se va cerca de Emil y el otro me apunta con un arma, pero mira a mi compañero con cara de estar confuso.
Pues all... ¡¡¡¡¡SMITCH!!!!! ¡¡¡¿¿¿Pero cuántos hay???!!!
Debe de leerme en la cara lo que pienso porque esboza una sonrisa el último de los hombres que entra en la celda. Es Smitch, otro. Idéntico. Se me viene a la cabeza todo aquello de las experimentaciones de las Legiones. Tiene que ser algo de eso. O son trillizos y he tenido muy mala suerte.
Por supuesto, me interroga sobre el palo.
"Nooooo sé de qué me habla". Insisto.
Si quiere el dichoso cacharro va a tener que currárselo un poco más. No voy a dejar que se salgan con la suya. Insiste. Me cachean como siempre de malos modos. Qué suerte de ropas anchas que permiten dejar muy poco claro que soy una chica, si no, con la de veces que me han registrado, estaría más que delatada.
Escucho un quejido a mi espalda. El grandullón ha cogido por el cuello a Emil y lo ha puesto contra la pared. Mi compañero intenta zafarse pero debe estar ahogándose.
Me pregunta que si es mi amigo, y yo necesito que se olviden de él. Que no le hagan daño. Así que me encojo de hombros y digo despreocupadamente que si quieren el Topayauri van a tener que molestarse un poco más.
Como suponía, la atención vuelve a mí. "Además", añado, "ese cacharro es muy desagradable, se cuela en tus sueños sin permiso ni consideración".
Bingo. Algo de ahí le ha interesado. El gigante lanza a Emil contra la pared contraria y da un golpe que no me gusta nada. Se queda en el suelo inconsciente. Intento que no se me note la preocupación, más ahora que todos los ojos están puestos en mí.
Me hacen salir de allí a punta de fusil y me llevan a través del pueblo a otro sitio. A una montaña. Dentro de la montaña.
Wow. Tienen excavada una cueva enorme, llena de celdas. Trato de mirar si por algún sitio veo a los padres de Emil, pero en principio no parece que estén por allí. Claro que debería pasearme tranquilamente para asegurarme.
Me meten en otra celda, y el enorme se pone casi delante mía. Empieza el combate.
No, no, no voy a pegarme contra ese mastodonte. El combate tiene que ver con preguntas y respuestas. Desde luego no pienso decirle ni mú a Smitch Tercero. Va listo.
Si tanto queréis el palo os va a costar lo vuestro.
El corazón se me pone en la garganta cuando la tanqueta humana me sujeta del cuello y me levanta del suelo. No voy a aguantar mucho así, pero no me quieren muerta. Lo peor que puede pasar es que... ¿me quede inconsciente? Espero no andar muy desencaminada.
Sigue preguntando. Yo me río como suelo cuando intento no estar nerviosa.
Me ahogo. Tengo hormigueo en los ojos.
"Por favor, suéltame". No lo digo, claro, lo pienso muy alto.
El sonido de una explosión hace que mi colosal amigo afloje y me deje en el suelo, sin soltarme. El aire entra en mis pulmones. Es terriblemente agradable y a la vez agobiante la velocidad con la que el cuerpo me pide que respire.
Smitch se asoma. No tarda en volver y decirme que han cogido a mis amigos. No me sorprendería nada que Ernest hubiera decidido estrellar el coche contra cualquier sitio para llamar la atención, en algún intento de plan descabellado como también suelen ser los míos.
Dice que los van a fusilar. Que luego vendrá a por mí.
Se marcha con el grandullón. Me deja en compañía del canijo, que sigue apuntándome con el fusil.
Cojo aire. Me masajeo el cuello. Esto va a dejar marca.
Es un farol. Tiene que ser un farol. No pueden haberlos cogido. No se dejarían coger. Ernest habría hecho explotar medio pueblo pero es que para empezar Charles le habría inculcado algo de sentido común.
Es un farol. Tiene que serlo. Que sea un farol, Señor.
El tipo del fusil me mira. Le pregunto por su nombre. No parece entenderme y yo no hablo en alemán. Pero no desisto. Necesito no pensar en lo del fusilamiento. Conseguimos intercambiar nombres. Incluso me habla de que está aquí por su familia, que mi gente la mató. Me disculpo. Se extraña. Es una "no-conversación" agradable. Sí que podemos entendernos, puede que no del todo por las palabras, pero al final esta guerra o cualquiera hace que muchos de nosotros seamos más afines de lo que sin ella podríamos ser.
No, no le daré las gracias a esta maldita guerra. Solo saco conclusiones.
Disparos en la distancia.
Que no sean ellos. Que no sean ellos. Por favor, que no sean ellos.
Le pido disculpas en voz baja a Wilhelm, que así se llama, antes de dejarlo inconsciente. Salgo corriendo de allí. No tengo mucho tiempo, pero no puedo quedarme quieta. No sé si han sido ellos o no, pero no puede ser en balde.
Recorro el sitio, ni rastro de los padres de Emil. Tampoco de Dugarry.
Al fondo hay un montacargas, con el tamaño suficiente para que quepa gente y no mercancía. Lo cojo sin dudar y me preparo para lo que sea.
Corre, Jacky, corre.
Celdas. Celdas cerradas, claro. Me acerco a la primera e intento ver por la rejilla. No parece que haya nada pero entonces toco a la puerta y unas manos casi agarran las mías a través de los barrotes, con desesperación.
Parece Smitch. Otro. Pero está... es terrible. La boca cosida, ciego, en los huesos. Dentro huele a meados y mierda.
Podría matarle. Debería hacerlo. Alguien debería apiadarse de él. Niego con la cabeza.
Sacarle de aquí. Hay que abrir las celdas.
No tengo nada a mano así que subo y cojo el arma de Wilhelm, que sigue tirado en el suelo. No deben estar muy lejos. Bajo de nuevo a toda prisa y me pongo a disparar a las cerraduras de las celdas.
Hay algunas vacías, luego está la de este pobre desgraciado, otra... con otro Smitch. Este es diferente, se agarra a una manta como si estuviera asustado, como un crío pequeño, o como yo habría hecho tantas noches en las trincheras si hubiera tenido una manta.
La última de las puertas tiene dentro una máquina. No entiendo nada, pero me imagino que es de ahí de donde sale todo. No conozco nada sobre aparatos de estos. Es como las de Curie, pero más retorcida, más... malvada. No se me ocurre otra forma de describirla. Enorme, con cables, líquidos verdosos que no se parecen a nada que haya visto. Una especie de cápsula gigante, un casco extraño.
Un cartel con algo que no entiendo, pero con un símbolo que claramente significa "cuidado con esto". Bien, pues "esto" se va a ir al carajo.
Por lo que hicisteis en la trinchera, por lo que hacéis a tanta gente.
Por los padres de Emil, Dugarry, mi hermano.
Vacío el cargador contra lo que parece delicado de la maquinaria. Empieza a salir humo, y todo tiembla.
Tengo que salir de aquí.
Los Smitch'es ya se han largado y yo cojo el montacargas y hago lo propio. No puedo dejar ahí a Wilhelm, así que me lo echo a cuestas como puedo e intento correr.
La tierra palpita debajo de mis pies. Como si estuvieran bombardeando debajo de ella. Corro como si tuviera prisa, pero es difícil con un hombre, por canijo que esté, echado a la espalda.
Escucho una explosión detrás de mí, un ruido tan colosal que no tarda en silenciarme los oídos. Salgo despedida con Wilhelm. Me pongo sobre él en un intento de cubrirle.
La montaña cae sobre nosotros. Mis ojos se cierran.
"No puede acabars...".
Smitch tenía una documentación sobre rutas de paso y lugares que los hombres de Rasputín usan como asentamientos. No demasiado lejos de aquí hay uno, y hacia allí vamos.
¿El plan? Que Charles y Ernest nos entreguen a Emil y a mí, ya que durante nuestra estancia en la iglesia el "ahora-carbonizado" Smitch dio parte de que nos tenían.
No suena como un mal plan... de no ser porque Chaplin no tiene ni idea de alemán y Hemingway tampoco. Un plan sin fisuras, definitivamente.
Según Emil, los "rasputines" tienen códigos secretos para poder cruzar los puestos de control. Suponemos que si en algún momento ha formado parte de esta gente, como así parece, debería guardar alguna clave de esas en su memoria, así que de nuevo nos metemos en el vacío y la oscuridad que parece que hay entre su coco y el mío.
No termina una de acostumbrarse a esto. Parece que él tampoco.
Conseguimos acceder a un recuerdo sobre un paso por un puesto de control. Él lleva puesto un uniforme de los de Rasputín, y viendo cómo otro soldado le abre la puerta para que se baje del coche entiendo que es alguien importante. Él también se percata de eso. Intentamos tirar de lógica, tiene que ser un gesto acompañado de una palabra o algo así. No sé muy bien cómo, pero Emil se acerca al hombre que debe darles paso y hace un ademán con la mano y luego dice algo en perfecto alemán.
Por cierto, ¿estoy entendiendo el alemán? ¿será por estar en su cabeza o he aprendido de pronto el idioma? La verdad es que no me vendría mal...
Volvemos a la realidad y Emil y yo decidimos maniatarnos de cascarilla mientras vemos en la distancia el primero de los puestos. Me dejo caer sobre su hombro, por nada en concreto, simplemente he pensado que la estampa así quedará mejor, más creíble, pero me mira con cara de querer asesinarme así que vuelvo a enderezarme con un visible "jo" en la cara y en el fondo no pudiendo evitar que me haga algo de gracia.
Allá vamos. La cosa debería ser fácil.
Frenamos el coche y de repente aparece un montón de gente, no van vestidos de soldados, sino de civiles. ¿Van armados con palos? ¿qué está pasando aquí?
Ni siquiera me da tiempo a hacer la pregunta. Los alemanes del puesto apuntan con las armas a los civiles y nosotros salimos corriendo. ¿Qué haces Ernest? ¿est...? ¿estás dando la vuelta?
Nuestro coche va a toda velocidad hacia uno de los soldados y yo decido desatarme y saltar en marcha. Ruedo como un bicho bola y consigo colocarme cerca de otro de los tipos armados. ¡El método Hawkins! Patada en la pantorilla desde la espalda y rodearle el cuello con mis "hasta ahora" ataduras. No lo mato, pero va a dormir un buen rato.
Conseguimos dejar a los alemanes fuera de servicio y en el pueblo casi nos sacan en volandas. Al parecer son rebeldes y estos hombres llevaban un tiempo aquí imponiendo su palabra como ley.
No podemos quedarnos mucho tiempo. Escuchamos la transmisora de radio y parece que alguien ha sido lo bastante rápido como para pedir ayuda en nuestro fugaz ataque.
Subo al coche a toda velocidad mientras todos miramos a Ernest con cara de suspiro profundo.
La gente del pueblo pregunta por nuestros nombres. Yo me callo, pero a mi compañero y su ego se les escapa "recordad que os salvó Ernest Hemingway, y este chico de aquí es Jack Haw..."
"¡Oh venga ya, Ernest! ¡Arranca!"
La imagen del "matrimonio" agradecido en la iglesia, a mis pies, me sacude la cabeza.
Vámonos de aquí, ya.
Durante el breve viaje no deja de justificarse sobre lo que ha hecho. Ninguno estamos en contra de salvar gente, pero avísanos o algo, maldita sea. No es que esté yo muy lejos de improvisar sobre los planes, pero... supongo que en el fondo tiene razón. Si necesitaban ayuda había que dársela. Al fin y al cabo eso somos. Espero que lo recuerdes en todo momento, Ernest, no solo cuando quieras reforzar tu posición o lo que sea que haya sido este arrebato.
No, no me ha pasado desapercibido que estás enfadado, y aunque pueda olerme el porqué, ahora mismo no es momento de hablar de ello.
Emil me mira con cara de "¿nos atamos otra vez?", y yo asiento y le echo una mano. Es evidente que le pone incómodo estar así. No sé cómo, pero esta vez es él quien termina apoyado en mi hombro.
Sonrío de refilón. Al final te vas a acostumbrar a nosotros...
No tardamos demasiado en llegar al siguiente puesto, esta vez parece que el que realmente nos interesa. En los documentos de Smitch esto parecía un asentamiento relativamente importante de los de Rasputín. Aún así, no deja de sorprenderme la facilidad con la que esta gente lleva sus localizaciones y rutas de paso en los bolsillos. No negaré que me huele a trampa todo el rato.
Las pocas palabras que Emil ha enseñado a Charles sumado a lo MUY poco que sabe de alemán ya de por sí, deberán bastar para hacerse pasar por un mando. Le digo a Ernest que le abra la puerta del coche cuando lleguemos. Así quedará más creíble que es un superior. Intentemos hacer las cosas cuanto más realistas mejor, ¿no?
No tardan en abrir la puerta y uno de los alemanes me coge de muy malas maneras y me tira al suelo desde el asiento del coche. Empezamos bien. Debemos de haber llegado a nuestro destino. Menuda torta.
Charles está muy convincente en su papel. No sé qué está diciendo pero definitivamente es buen actor si con todo lo que están hablando, sin apenas vocabulario por su parte, tiene tono de charla amigable.
Bravo, Chaplin.
"¡Eh! Soltadme malnacidos del chucrut! ¡que me soltéis!".
Yo también soy una actriz más o menos creíble, o eso quiero pensar, así que me cogen en volandas de malos modos, apresándome cada hombre de un brazo, y yo, por supuesto, pataleo y maldigo todo lo que sé.
Emil se porta mejor que yo. Bueno, si era un alto mando o, de cualquier forma, un soldado, no le favorecería nada la que estoy montando yo.
Lanzo un último vistazo a mis dos compañeros. Charles parece muy tranquilo. Sigue metido en su papel. Ernest tiene cara de preocupación. Bastante visible.
Veremos cuánto aguanta sin armar ningún numerito.
Nos llevan a través del pueblo hasta unos calabozos, como una especie de comisaría local. Nos desatan y nos tiran a ambos adentro, con toda la intención posible de hacernos daño. A Emil no le ha hecho maldita gracia, a mí no es que me parezca un chiste, pero estoy más o menos centrada en lo que hay que hacer. Por suerte, nos hemos dejado el palo en el coche.
Me acerco a las rejas de la celda con la intención de gritar "holaaaaa" como una posesa, pero no me da tiempo. Un par de tipos armados se acercan. Uno de ellos es enorme, el otro más canijo, y detrás va alguien a quien no consigo ver. Entran en la celda, el enorme se va cerca de Emil y el otro me apunta con un arma, pero mira a mi compañero con cara de estar confuso.
Pues all... ¡¡¡¡¡SMITCH!!!!! ¡¡¡¿¿¿Pero cuántos hay???!!!
Debe de leerme en la cara lo que pienso porque esboza una sonrisa el último de los hombres que entra en la celda. Es Smitch, otro. Idéntico. Se me viene a la cabeza todo aquello de las experimentaciones de las Legiones. Tiene que ser algo de eso. O son trillizos y he tenido muy mala suerte.
Por supuesto, me interroga sobre el palo.
"Nooooo sé de qué me habla". Insisto.
Si quiere el dichoso cacharro va a tener que currárselo un poco más. No voy a dejar que se salgan con la suya. Insiste. Me cachean como siempre de malos modos. Qué suerte de ropas anchas que permiten dejar muy poco claro que soy una chica, si no, con la de veces que me han registrado, estaría más que delatada.
Escucho un quejido a mi espalda. El grandullón ha cogido por el cuello a Emil y lo ha puesto contra la pared. Mi compañero intenta zafarse pero debe estar ahogándose.
Me pregunta que si es mi amigo, y yo necesito que se olviden de él. Que no le hagan daño. Así que me encojo de hombros y digo despreocupadamente que si quieren el Topayauri van a tener que molestarse un poco más.
Como suponía, la atención vuelve a mí. "Además", añado, "ese cacharro es muy desagradable, se cuela en tus sueños sin permiso ni consideración".
Bingo. Algo de ahí le ha interesado. El gigante lanza a Emil contra la pared contraria y da un golpe que no me gusta nada. Se queda en el suelo inconsciente. Intento que no se me note la preocupación, más ahora que todos los ojos están puestos en mí.
Me hacen salir de allí a punta de fusil y me llevan a través del pueblo a otro sitio. A una montaña. Dentro de la montaña.
Wow. Tienen excavada una cueva enorme, llena de celdas. Trato de mirar si por algún sitio veo a los padres de Emil, pero en principio no parece que estén por allí. Claro que debería pasearme tranquilamente para asegurarme.
Me meten en otra celda, y el enorme se pone casi delante mía. Empieza el combate.
No, no, no voy a pegarme contra ese mastodonte. El combate tiene que ver con preguntas y respuestas. Desde luego no pienso decirle ni mú a Smitch Tercero. Va listo.
Si tanto queréis el palo os va a costar lo vuestro.
El corazón se me pone en la garganta cuando la tanqueta humana me sujeta del cuello y me levanta del suelo. No voy a aguantar mucho así, pero no me quieren muerta. Lo peor que puede pasar es que... ¿me quede inconsciente? Espero no andar muy desencaminada.
Sigue preguntando. Yo me río como suelo cuando intento no estar nerviosa.
Me ahogo. Tengo hormigueo en los ojos.
"Por favor, suéltame". No lo digo, claro, lo pienso muy alto.
El sonido de una explosión hace que mi colosal amigo afloje y me deje en el suelo, sin soltarme. El aire entra en mis pulmones. Es terriblemente agradable y a la vez agobiante la velocidad con la que el cuerpo me pide que respire.
Smitch se asoma. No tarda en volver y decirme que han cogido a mis amigos. No me sorprendería nada que Ernest hubiera decidido estrellar el coche contra cualquier sitio para llamar la atención, en algún intento de plan descabellado como también suelen ser los míos.
Dice que los van a fusilar. Que luego vendrá a por mí.
Se marcha con el grandullón. Me deja en compañía del canijo, que sigue apuntándome con el fusil.
Cojo aire. Me masajeo el cuello. Esto va a dejar marca.
Es un farol. Tiene que ser un farol. No pueden haberlos cogido. No se dejarían coger. Ernest habría hecho explotar medio pueblo pero es que para empezar Charles le habría inculcado algo de sentido común.
Es un farol. Tiene que serlo. Que sea un farol, Señor.
El tipo del fusil me mira. Le pregunto por su nombre. No parece entenderme y yo no hablo en alemán. Pero no desisto. Necesito no pensar en lo del fusilamiento. Conseguimos intercambiar nombres. Incluso me habla de que está aquí por su familia, que mi gente la mató. Me disculpo. Se extraña. Es una "no-conversación" agradable. Sí que podemos entendernos, puede que no del todo por las palabras, pero al final esta guerra o cualquiera hace que muchos de nosotros seamos más afines de lo que sin ella podríamos ser.
No, no le daré las gracias a esta maldita guerra. Solo saco conclusiones.
Disparos en la distancia.
Que no sean ellos. Que no sean ellos. Por favor, que no sean ellos.
Le pido disculpas en voz baja a Wilhelm, que así se llama, antes de dejarlo inconsciente. Salgo corriendo de allí. No tengo mucho tiempo, pero no puedo quedarme quieta. No sé si han sido ellos o no, pero no puede ser en balde.
Recorro el sitio, ni rastro de los padres de Emil. Tampoco de Dugarry.
Al fondo hay un montacargas, con el tamaño suficiente para que quepa gente y no mercancía. Lo cojo sin dudar y me preparo para lo que sea.
Corre, Jacky, corre.
Celdas. Celdas cerradas, claro. Me acerco a la primera e intento ver por la rejilla. No parece que haya nada pero entonces toco a la puerta y unas manos casi agarran las mías a través de los barrotes, con desesperación.
Parece Smitch. Otro. Pero está... es terrible. La boca cosida, ciego, en los huesos. Dentro huele a meados y mierda.
Podría matarle. Debería hacerlo. Alguien debería apiadarse de él. Niego con la cabeza.
Sacarle de aquí. Hay que abrir las celdas.
No tengo nada a mano así que subo y cojo el arma de Wilhelm, que sigue tirado en el suelo. No deben estar muy lejos. Bajo de nuevo a toda prisa y me pongo a disparar a las cerraduras de las celdas.
Hay algunas vacías, luego está la de este pobre desgraciado, otra... con otro Smitch. Este es diferente, se agarra a una manta como si estuviera asustado, como un crío pequeño, o como yo habría hecho tantas noches en las trincheras si hubiera tenido una manta.
La última de las puertas tiene dentro una máquina. No entiendo nada, pero me imagino que es de ahí de donde sale todo. No conozco nada sobre aparatos de estos. Es como las de Curie, pero más retorcida, más... malvada. No se me ocurre otra forma de describirla. Enorme, con cables, líquidos verdosos que no se parecen a nada que haya visto. Una especie de cápsula gigante, un casco extraño.
Un cartel con algo que no entiendo, pero con un símbolo que claramente significa "cuidado con esto". Bien, pues "esto" se va a ir al carajo.
Por lo que hicisteis en la trinchera, por lo que hacéis a tanta gente.
Por los padres de Emil, Dugarry, mi hermano.
Vacío el cargador contra lo que parece delicado de la maquinaria. Empieza a salir humo, y todo tiembla.
Tengo que salir de aquí.
Los Smitch'es ya se han largado y yo cojo el montacargas y hago lo propio. No puedo dejar ahí a Wilhelm, así que me lo echo a cuestas como puedo e intento correr.
La tierra palpita debajo de mis pies. Como si estuvieran bombardeando debajo de ella. Corro como si tuviera prisa, pero es difícil con un hombre, por canijo que esté, echado a la espalda.
Escucho una explosión detrás de mí, un ruido tan colosal que no tarda en silenciarme los oídos. Salgo despedida con Wilhelm. Me pongo sobre él en un intento de cubrirle.
La montaña cae sobre nosotros. Mis ojos se cierran.
"No puede acabars...".
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