sábado, 14 de septiembre de 2019

HH21 - Segunda parte

Llego a comisaría y me meten en un calabozo. Todo va según lo planeado. Clemont sigue sin entender nada, pero no tarda en llegar el tal coronel Foch, el tipo que está al mando. 
Mantienen una discusión, el coronel quiere que el comisario salga y le deje hablar por teléfono en privado, y el otro se resiste. Suena un silbato y Clemont deja de discutir y se larga.

Menudo poder de convicción.

El coronel habla por teléfono, solo entiendo "88BA". No sé qué es pero huele a código, así que me lo repito mentalmente para que no se me vaya.
Se ponen delante de mí dos guardias con unas caras de muerto increíbles. No puedo evitar acordarme de los tipos que pasan días enredados en el alambre de espino antes de que los encontremos. Tienen la misma mala pinta.
Luego el coronel se asoma a mi celda y me observa, así que me doy un par de vueltas para que me vea bien, como se hace a los animales de granja. 

Sonríe, o algo así. Es feo de narices. Lleva un uniforme francés, pero... no sé, dice que es del sur de Francia y no lo dice muy convencido. Es que no huele bien para nada, pero hay que seguir. 

Dejo que me saquen de allí y cuando me cruzo con Clemont trato por todos los medios de acercarme a él casi dando una voltereta y le digo muy bajito "88BA", por si a él le suena de algo, y porque tengo la sensación de que me van a llevar lejos, y lo mismo a Ernest o a Doyle les viene alguna idea a la cabeza. 

Menuda torta. Me mareo. Caigo.

Abro los ojos, suena el traqueteo de un tren. Qué dolor de cabeza... supongo que el coronel debió dejarme inconsciente de un guantazo. Ya deduje por su sonrisa que sería un tipo simpático.
Estoy encadenada con unos grilletes de los que me deshago en el tiempo que se tarda en gritar "¡a cubierto!". ¿Qué puedo decir? Se me da bien.

Hay varias cajas en el vagón donde estoy, así que deduzco que es de carga. No es que sea un detective, pero no es complicado. Me dedico a dar patadas a una de ellas hasta que se rompe y busco a ver si encuentro dentro algo, tanteando con la mano. Saco lo que parece un palo adornado. Eso sí, debe ser de museo o algo porque tenía un montón de paja protegiéndolo. Pero bueno, un palo es un palo, así que me lo echo al cinturón y también cojo un trozo de la madera rota de la caja y me lo guardo, que quieras que no puede servir de arma.

Empiezo a hacer ruido con las cadenas, aparentando que estoy atada, claro, y viene un guardia. Este tiene mejor pinta. Le hago un montón de preguntas, se enfada y casi me da una torta, pero la voz de Foc-H (hay que hacer hincapié en la H para que no se enfade) lo detiene. 

No tardan mucho en irse. Otra vez allí sola. Pues vaya viaje aburrido. Me levanto con idea de ver si puedo salir y algo cae sobre el techo del vagón. Parece que alguien está bailando danzas regionales animadamente allí arriba. No tengo ni idea de qué está pasando pero el techo escucha mis plegarias y se parte, haciendo que un tipo caiga delante de mí y... ¿se convierta en ceniza? ¿qué... qué tipo de arma química hace eso? El corazón se me pone a mil por hora. No me gustan las armas químicas, nunca sabes a qué atenerte con ellas, te matan durante días y te enteras dos segundos antes de palmarla. 

Me acerco tapándome la nariz a lo que queda de la ropa del guardia y cojo su arma. Cae otro. Pasa lo mismo. Cojo también su arma, y el manojo de llaves. Escucho arriba la voz de Hemingway. Se lo está pasando bien, como en el banco. O a eso suena, la verdad. 

Me las apaño para subir y Ernest me sonríe, se alegra de verme y así me lo dice. Me pregunta que si estoy bien. Es agradable que se preocupen por una, para qué mentir. Todo ocurre muy deprisa. Le doy una de las armas, nos quedamos pegados al techo del vagón. Pasa un puente, otro tipo explota en cenizas, yo agarro a Ernest para que no coma puente. Nos levantamos, seguimos. Bajamos a la intersección entre los siguientes vagones. Entramos en ese, encontramos a otra chica, una tal Irene, en el vagón, también de carga. Dice que Houdini está en el tren. Le doy la otra pistola para que se defienda si hace falta. Le digo a Ernest que me adelantaré.
Un tipo intenta desacoplar el tren. Le doy un patadón y lo tiro a la vía. Lo siento, eras tú o nosotros. Paso al siguiente vagón, y luego al siguiente. Un montón de militares están montando un cañón raro, apuntando contra la cola del tren. Subo arriba y escucho el estruendo. El vagón se tambalea y espero que mi compañero esté bien, porque el trozo de tren donde iba se va quedando atrás.
A todo esto, hay dos avionetas sobrevolándonos todo el tiempo, una parece de los nuestros, la otra es el puñetero Barón Rojo. Me emocionaría si no me estuviera disparando. 

Decido desacoplar el vagón donde van los militares y el cañón. Hay demasiada gente para enfrentarme con ellos. El acople está duro de narices, así que saco mi palo e intento ayudarme con él. Es bastante flexible. Aquello no se mueve. Doy un par de golpes con el palo y salgo despedida hacia detrás, y el vagón militar hacia delante. No sé qué ha pasado, pero ha sido un placer no conoceros.
¿Qué tipo de explosivo tiene esto dentro? 

Corro, subo al siguiente vagón. Veo a Foc-H y le saludo. Total, me ha visto. Me pregunta que si soy del club. Pues vaya una gracia, parece que sí lo soy. No sé si eso implica que me van a disparar más, pero el Barón Rojo se acerca y le recoge, sin darme ningún tiro por el camino. Gracias Dios mío. 

Pues nada, aquí me he quedado, sola con dos vagones, uno dando tumbos, a poco de meternos en un nuevo túnel bajo montaña. No es difícil predecir lo que puede pasar. 

Espero al momento preciso y salto sobre la parte de arriba de la colina nevada. Mi cara en el suelo es mejor que mis tripas por el aire. Ruedo. Me duele todo. 

Tardo un par de minutos en levantarme. Vale, tardo algo más, pero es que me duele todo. Decido desandar el camino sin perder de vista las vías. Quiero asegurarme de que Ernest está bien. Ando hasta que cae la noche y encuentro el vagón donde iba mi compañero. Está tumbado, pero no hay muertos dentro, solo ropa de los guardias de ceniza. La cojo y me la llevo. Me meto ligeramente en la zona nevada y monto lo más parecido a un refugio que consigo, con la ropa y el palo haciendo de estructura. Muy rudimentario pero no menos útil, no me apetece que me nieve encima, demasiado frío voy a pasar ya de por sí. 

No falla. Pasan las horas, me mantengo alerta. No voy a dormirme. Alemanes, lobos, el Barón Rojo... y no perderme a Hemingway si pasa de largo. Definitivamente no puedo dormirme. No debo.

Me duele todo, literalmente, y, ¿para qué mentir? Echo de menos tener a Dugarry al lado hablando de tonterías. Es curioso cómo se hace de querer, aunque algunas veces sea lo más parecido a tener al lado a un niño pequeño y otras casi a una mascota. Pero me hace reír, ¿qué le voy a hacer?

La noche se hace eterna, tengo frío, me aburro y me duele TODO. ¿He dicho ya que me duele todo? Por lo menos no me he llevado un balazo. Debería dar las gracias. 

El sol me espabila ligeramente y el sonido de una... ¿vagoneta? me hace mirar en dirección a las vías. Como si fuera una broma, Ernest aparece en una de esas carretillas típicas de las minas. No me ve, pero yo a él sí, y le grito. Se alegra de verme, no sabe no ser sincero y se lo veo en la cara. ¡Qué demonios! Yo también me alegro de verle. 

Nos saludamos brevemente. Le digo que Houdini no estaba por ningún sitio y él me dice que ha dejado a la chica a salvo. Le enseño el palo, estoy muy orgullosa del palo, aunque no tengo ni idea de lo que es. También le muestro como se usa y al tirarlo contra la nieve provoca un enorme estallido, como una explosión... pero de aire, no de fuego. 
Ernest sale despedido, sin daños, pero wow. Yo no, yo me quedo en el sitio. No entiendo nada, pero me giro sonriente. 
"¡¿Has visto?!". Se quita un montón de nieve de encima y asiente fascinado. 

Me dice que Amelia vendrá a por nosotros. Amelia es piloto, según él la mejor piloto a bordo del club. Efectivamente no tarda en llegar y gracias al palo le montamos una pista de aterrizaje despejando la nieve. Es increíble. No sé como funciona, pero es increíble. 

Amelia empieza a tomar tierra y el sonido de otra avioneta nos borra la sonrisa (o debería hacerlo, pero eso en caso de mi compañero y mío es bastante complicado). Echamos a correr hacia Amelia mientras el otro abejorro nos dispara. Yo consigo llegar, pero un gemido a mi espalda me hace girarme. "Maldición, Ernest".
Me giro para ver al bueno de Hemingway tirado en la nieve. No es algo que piense. Corro hacia él. La avioneta no deja de disparar. Grito a Amelia para que levante el vuelo, me tiro sobre Ernest y uso el palo con intención de crear una tormenta de nieve. ¡Y toma ya! ¡Truco realizado! Parece que el moscardón se despista y mientras tanto yo tiro de mi herido compañero hasta debajo de la vagoneta. 

Está herido y apenas consciente. Un poco de tela, nieve, y un vendaje rudimentario tendrán que servir de momento. Tengo que sacarlo de aquí. Morirse no es una opción por mucho que nos guste el riesgo. Todavía no ha llegado ese momento. Saco a Ernest para encontrar a Amelia cerca de mí. Lo subimos en la avioneta y salimos volando de allí en dirección a un lugar seguro. 

Venga Hemingway, aunque solo sea por cómo ella te mira, aguanta. 

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