sábado, 14 de septiembre de 2019

Retorno y partida

De camino a la trinchera no puedo quitarme demasiadas cosas de la cabeza. El palo, los hombres de ceniza, el disparo a Hemingway y cómo Amelia le miraba.

Es que no había visto a nadie mirar a alguien así. Era como si hubiera dejado de respirar y al mismo tiempo como si tenerle cerca le permitiera respirar de verdad. Casi le salían estrellitas por los ojos. 
No puedo evitar sonreír mientras me quedo dormida en el vehículo, de vuelta a la nieve y la mugre. 

Lo primero que hago es presentarme delante de mi oficial, el teniente Laforêt tose y está más cojo que la última vez. Le doy el sobre que Doyle me ha dado para él. 
Luego voy a ver a Dugarry y espero que esté mejor que lo dejé. 

No solo está mejor, sino que a todas luces, sigue igual. Se está riendo con una de esas revistas donde cuentan historias de gente que tiene sexo. A veces incluso hay dibujos. Es una mezcla entre asqueroso y bochornoso. Es... definitivamente es la versión de Hemingway sin poesía. 

Cuando me ve intenta esconderla a toda costa. Como si no supiera lo que es, vamos. 

Nos reímos un rato y me pregunta que dónde he estado. Le hablo de que he estado haciendo de mensajero. Supongo que es lo mejor que se me ha ocurrido. Él lo convierte en que soy espía. Yo no sé negárselo. ¿Qué soy exactamente? No, en serio, ¿qué? 

Salgo de allí y le dejo descansar.

Los días pasan. Las exploraciones se suceden. Parece que los alemanes se han replegado ligeramente y eso deja las cosas más tranquilas. El campo está vestido de silencio. Es extraño saber que estás en alerta de ataque permanente cuando nadie hace ruido ni mueve un músculo. 
Es muy raro. 

Los días pasan y la nieve y la mugre siguen. Cuesta saber cuándo acaba un día y termina otros, salvo por la temperatura, pero pierdes la cuenta rápido. 

Abro los ojos en mi tienda, ya algo más ordenada, y me dirijo a ver al teniente. Me cuadro nada más entrar y verle tirado en el suelo. Me dirijo a él a toda velocidad. Está semiconsciente mientras guarda el sobre de Doyle y tose como un condenado. Cuando lo sostengo entre los brazos pierde la conciencia, compruebo con urgencia que está vivo y me asomo pidiendo ayuda a voz en grito. 
¡Un médico! 

Se lo llevan y yo me quedo con el corazón en un puño. Abro el sobre, hay pastillas y una carta de Doyle pidiéndole que se las tome. Evidentemente el muy cabezota no le ha hecho caso. Me muerdo las ganas de darle un puñetazo y después de mandar un S.O.S. por la radio de Curie voy para la tienda de médico.

Lo hacemos todo muy rápido, le cuento a Dugarry lo que ha pasado e iniciamos el numerito del enfermo. Se pone a revolcarse en el barro, como si tuviera convulsiones y pido ayuda. No tardan en venir médicos y creo que ha tragado barro de verdad. De cualquier forma aprovecho para meterme en la tienda médica y darle una de las pastillas a Laforêt, que respira con dificultad y hasta hace dos segundos sonaba como si le estuvieran matando despacio. 
Me quedo a su lado y le susurro, para que le quede bien claro: "mi teniente, con el debido respeto, si no se toma las pastillas se las meteré por el culo". 

Esboza una sonrisa y hace gestos con los dedos, como si radiotelegrafiase morse. Intento quedarme con lo que dice y luego voy a rescatar a Dugarry antes de que le pongan un jeringazo horroroso. 
El médico es nuevo y tiene cara de no entender nada y de estar sobrepasado. 

Salimos de allí mi compañero y yo y me pregunta que qué ha pasado. Le pido que me traduzca el código y que haga guardia y me avise si pasa algo. A cambio me pide que rescate más de esas revistas que el teniente le confiscó en su momento. Sin problema. Corro todo lo que puedo y mando el mensaje que me ha pedido Laforêt: Curie.
Lo que recibo de vuelta se traduce como: aguanta.

Solo queda esperar. Me he entretenido buscando el manual de morse y Dugarry aparece en la tienda del teniente. Dice que quiere usar el baño. Tarda como media hora. ¿Qué puñeta hace?

Cuando sale vamos a la tienda del médico, que al parecer se llama Ettiène. Le digo al doctor que se nota que no lleva mucho tiempo aquí. No hace falta ser muy listo para darse cuenta. ¿Dos pacientes y sobrepasado? No ha estado en situación de fuego, claramente. Mucho menos de bombardeo.

Por lo visto el teniente se encuentra mejor. Estable. Algo es algo. 

Mientras leemos un manual para señoritas de Dugarry, según el que es capaz de... ¿cómo dijo hace un rato? Ah, sí, "adentrarse en la mente femenina", escuchamos el sonido lejano de un vehículo. 

Quizás sea la ayuda que esperamos, así que le pido a mi compañero que se quede y salgo como una bala en dirección a la carretera. Un coche viene hacia mí. Espero que frene porque no pienso quitarme. Esquiva árboles, va campo a través. ¿Quién va al volante? Para a escasos centímetros de mí, justo cuando pienso que voy a morir de la forma más ridícula que se me ocurre. 
Me asomo a la ventanilla y una mujer a la que apenas había visto tres segundos y de lejos se me presenta. 
¡Es Amelia! Con razón, después de lo que hizo con la avioneta cuando nos rescató a Ernest y a mí tenía que haber supuesto que nadie más conduce así. 
Me dice que suba, que hay que recoger a Laforêt. Lo hago y no tardamos en llegar. Va vestida de doctora y por supuesto a Dugarry se le cae la baba cuando la ve aparecer. No entiende que tengamos que irnos cuando Amelia me dice que debo acompañarla. Yo tampoco lo entiendo, pero cumplo órdenes.
No puedo negar que me da rabia y pena a partes iguales dejarle atrás, sin contarle nada. No es justo. 

Emprendemos el camino de vuelta al hotel y no puedo evitarlo. Le pregunto a Amelia si le gusta Ernest. Le cuesta decirlo pero después de ponerse como un tomate no hay quien niegue lo evidente. Dice que sí, pero que él no lo sabe, y que lo único que quiere es un beso. 
Un beso. Me pregunto a qué sabrá eso, si será tan maravilloso como todo el mundo se empeña en decir o si solo será un baboseo asqueroso. 
Le digo que debería decirle algo a Ernest. ¿Por qué no? Lo peor que puede pasar es que no consiga ese beso y se quede como ahora, y si es algo que quiere tanto...

Tardamos absurdamente poco en llegar al hotel. Se llevan al teniente a que lo atienda Curie, que al parecer es la mejor médico que hay aquí.

No sé quién eres, Curie, pero si le salvas la vida te deberé la mía. 

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