Parece ser que mañana saldré con Charles de compras, porque hay una... misión importante con un montón de gente del cine. Bueno, yo de eso no entiendo nada, pero si cree que puedo ayudarle pues... en eso consiste esto, ¿no?
Bajo el ascensor hasta llegar a donde está Curie, quiero ver a Laforêt, si sigue inconsciente o no y qué diablos se le ha pasado por la cabeza.
Cuando abro Doyle y Curie están hablando, pero me dejan entrar con el teniente y quedarme a solas con él.
Me sonríe con cierta ternura y yo niego repetidas veces. ¿Por qué? ¿Por qué lo ha hecho?
Casi me siento culpable cuando me dice que ha vivido muchos años, demasiados, y que piensa que es el momento de abandonar este mundo. ¿El momento? No puedo ni pensar por lo que habrá pasado, mi teniente, pero si creía que era su destino morir, por esas también era su destino que yo le salvase.
Si creemos en algo debe ser para todo, no solo para lo que nos conviene.
Me siento mal. Me alegro de que esté vivo, de que esté aquí, respirando, conmigo... y al mismo tiempo no sé qué tipo de persona soy no dando cuartel a quien lo pide.
No sé, supongo que he aprendido a gestionar que la gente haga locuras por sobrevivir, pero, ¿que se dejen morir? Eso sale de la norma de todo lo que se mastica en el día a día.
¿Llorar? No voy a llorar, no pienso llorar. Cojo aire para hacerle prometer que se quedará conmigo, que no me va a dejar a medio camino de todo y nada.
Sonríe. Le duele, lo veo en sus ojos, pero parece que entiende, o quizás solo que asume... que su camino aún no ha terminado.
lunes, 30 de septiembre de 2019
martes, 24 de septiembre de 2019
Coge el volante
Está siendo un día largo, pero los ha habido peores y quiero saber cómo está Ernest, así que me dirijo a la enfermería, donde me han dicho que aún lo tienen retenido. Seguro que no lo está disfrutando.
Nada más asomarme veo que Amelia ya está allí con él. Cruzo los dedos y me muerdo los labios, estoy hasta nerviosa, emocionada. Supongo que cuando lees un buen libro pasa algo parecido, quieres ver qué acaba ocurriendo con los personajes y ese tipo de cosas.
Yo tengo mucha curiosidad por saber qué va a salir de esto.
Me cuelo y me escondo detrás de una de las camillas. Obviamente no me han visto pero durante un segundo Ernest ha parecido escuchar algo. No a mí, desde luego, a mí no se me ve venir.
Ahora soy yo quien les escucha a ellos y esto es ridículo. Hemingway se "excusa" diciéndole a Amelia que ella no puede hacerse valer menos que nadie, que es estupenda y blablabla... que no debe ponerse tímida con él ni ser menos que él. En eso estoy de acuerdo, ella no está ni mucho menos por debajo de Ernest, si es que eso se puede decidir de alguna manera. Lo que no puedo creer es que él no se esté dando cuenta de que le están lanzando granadas a bocajarro.
Ella le dice que he vuelto y él parece ponerse contento. No voy a mentir, me gusta que se alegre de mi llegada, creo que es algo bonito cuando alguien sonríe porque estás tú. Le pide que por favor vaya a buscarme y en cuanto Amelia sale yo saco la cabeza de mi escondite.
- ¿De verdad no lo ves?
- ¿Cuánto rato llevas ahí, Jack?
Me acerco a la camilla, le pregunto cómo está y al ver que ahora mismo su mayor problema es un caso grave de aburrimiento, entro al ataque.
No sé si no me entiende o se hace el tonto. Ya sé que le he dicho a Amelia que no iba a hablar nada de esto con él peroooo... una ayudita no hace mal a nadie.
Me dice que es sensacional, que le gusta, pero no como ella pretende gustarle. Es decir "que no es hombre de una sola mujer". Supongo que eso de la exclusividad te pasa cuando te enamoras y claramente él no lo está y dice que no quiere hacerle daño. Sin embargo sigue dándome rabia, ¡si no te gusta, pues díselo, no la tengas en vilo! ¡solo está esperando una respuesta, un beso! Y tú, maldito bobo, ¿sabes lo que quiere y en lugar de decirle lo que ocurre prefieres que esté suspirando por ti? Deja a un lado tu vanidad un momento, y si es tu amiga, habla con ella, o algo, no sé, haz algo.
En plena conversación la puerta se abre y la protagonista de la charla entra. Me mira con los ojos muy abiertos y le digo que debemos habernos cruzado. Parece que cuela. Me dice que debo bajar a hablar con Curie y con Doyle, y no voy a poner muchas más pegas. Además, llegando para la enfermería también me he cruzado con Chaplin, que por lo visto busca un "compañero de misión", así que parece que tengo cosas que hacer.
Me disculpo con los dos y salgo. Luego hago como que voy alejando mis pasos y me quedo detrás de la puerta. ¡¿Qué?! ¡Quiero saber qué va a pasar ahí dentro! Ya, ya sé que no está bien, pero veo tan pocas de estas cosas que no sé, ¿tú dejarías de leer?
Se quedan hablando unos segundos, apenas escucho lo que dicen pero me asomo y él le planta un beso de esos que deben llamar "de película" en los labios. Wow, qué énfasis. Qué... no sé, no sé si es bonito o es tan floreado que parece falso. De cualquier forma cuando ella se incorpora puedo ver como le tiemblan las piernas desde donde estoy.
Amelia viene hacia la puerta y me aparto. Sale, se aleja y se sienta en las escaleras. No parece especialmente contenta, así que la sigo y me siento a su lado.
Le pregunto que qué ha ocurrido, y me lo cuenta, pero sigue sin parecer emocionada. Más bien está confundida. Le digo que bueno, Ernest tiene razón, ella no es menos que él, es una tipa estupenda y solo tiene que darse cuenta, que Hemingway me ha confesado que le gusta, pero no como una... relación seria y formal, y que no quiere hacerle daño.
Ella me dice que supone que eso es bueno, y claro que lo es, implica que eres importante para alguien, aunque no de la forma en que tú lo pretendías.
Me parece un buen momento para contarle que en realidad... bueno, que soy Jacqueline. No es que me apetezca que mucha gente lo sepa, nada más lejos, pero supongo que me he metido un poco donde no me llaman y creo que se lo debo, además, quiero que sepa que puede confiar en mí. A ninguna de las dos nos parece mal tener a otra chica cerca. Quizás algún día sea una amiga, más que una compañera. Ains...
Amelia Earhart, haces lo que quieres a los mandos de tu avioneta. La vida no es más que otra cosa que tienes que conducir por donde te de la gana y puedas. A veces te pedirá que hagas piruetas, que eches combustible, que descanses el motor... pero francamente, no he visto a nadie, a nadie en toda mi corta vida, pilotar como tú.
Coge el volante. Ya está bien de volar bajo.
Nada más asomarme veo que Amelia ya está allí con él. Cruzo los dedos y me muerdo los labios, estoy hasta nerviosa, emocionada. Supongo que cuando lees un buen libro pasa algo parecido, quieres ver qué acaba ocurriendo con los personajes y ese tipo de cosas.
Yo tengo mucha curiosidad por saber qué va a salir de esto.
Me cuelo y me escondo detrás de una de las camillas. Obviamente no me han visto pero durante un segundo Ernest ha parecido escuchar algo. No a mí, desde luego, a mí no se me ve venir.
Ahora soy yo quien les escucha a ellos y esto es ridículo. Hemingway se "excusa" diciéndole a Amelia que ella no puede hacerse valer menos que nadie, que es estupenda y blablabla... que no debe ponerse tímida con él ni ser menos que él. En eso estoy de acuerdo, ella no está ni mucho menos por debajo de Ernest, si es que eso se puede decidir de alguna manera. Lo que no puedo creer es que él no se esté dando cuenta de que le están lanzando granadas a bocajarro.
Ella le dice que he vuelto y él parece ponerse contento. No voy a mentir, me gusta que se alegre de mi llegada, creo que es algo bonito cuando alguien sonríe porque estás tú. Le pide que por favor vaya a buscarme y en cuanto Amelia sale yo saco la cabeza de mi escondite.
- ¿De verdad no lo ves?
- ¿Cuánto rato llevas ahí, Jack?
Me acerco a la camilla, le pregunto cómo está y al ver que ahora mismo su mayor problema es un caso grave de aburrimiento, entro al ataque.
No sé si no me entiende o se hace el tonto. Ya sé que le he dicho a Amelia que no iba a hablar nada de esto con él peroooo... una ayudita no hace mal a nadie.
Me dice que es sensacional, que le gusta, pero no como ella pretende gustarle. Es decir "que no es hombre de una sola mujer". Supongo que eso de la exclusividad te pasa cuando te enamoras y claramente él no lo está y dice que no quiere hacerle daño. Sin embargo sigue dándome rabia, ¡si no te gusta, pues díselo, no la tengas en vilo! ¡solo está esperando una respuesta, un beso! Y tú, maldito bobo, ¿sabes lo que quiere y en lugar de decirle lo que ocurre prefieres que esté suspirando por ti? Deja a un lado tu vanidad un momento, y si es tu amiga, habla con ella, o algo, no sé, haz algo.
En plena conversación la puerta se abre y la protagonista de la charla entra. Me mira con los ojos muy abiertos y le digo que debemos habernos cruzado. Parece que cuela. Me dice que debo bajar a hablar con Curie y con Doyle, y no voy a poner muchas más pegas. Además, llegando para la enfermería también me he cruzado con Chaplin, que por lo visto busca un "compañero de misión", así que parece que tengo cosas que hacer.
Me disculpo con los dos y salgo. Luego hago como que voy alejando mis pasos y me quedo detrás de la puerta. ¡¿Qué?! ¡Quiero saber qué va a pasar ahí dentro! Ya, ya sé que no está bien, pero veo tan pocas de estas cosas que no sé, ¿tú dejarías de leer?
Se quedan hablando unos segundos, apenas escucho lo que dicen pero me asomo y él le planta un beso de esos que deben llamar "de película" en los labios. Wow, qué énfasis. Qué... no sé, no sé si es bonito o es tan floreado que parece falso. De cualquier forma cuando ella se incorpora puedo ver como le tiemblan las piernas desde donde estoy.
Amelia viene hacia la puerta y me aparto. Sale, se aleja y se sienta en las escaleras. No parece especialmente contenta, así que la sigo y me siento a su lado.
Le pregunto que qué ha ocurrido, y me lo cuenta, pero sigue sin parecer emocionada. Más bien está confundida. Le digo que bueno, Ernest tiene razón, ella no es menos que él, es una tipa estupenda y solo tiene que darse cuenta, que Hemingway me ha confesado que le gusta, pero no como una... relación seria y formal, y que no quiere hacerle daño.
Ella me dice que supone que eso es bueno, y claro que lo es, implica que eres importante para alguien, aunque no de la forma en que tú lo pretendías.
Me parece un buen momento para contarle que en realidad... bueno, que soy Jacqueline. No es que me apetezca que mucha gente lo sepa, nada más lejos, pero supongo que me he metido un poco donde no me llaman y creo que se lo debo, además, quiero que sepa que puede confiar en mí. A ninguna de las dos nos parece mal tener a otra chica cerca. Quizás algún día sea una amiga, más que una compañera. Ains...
Amelia Earhart, haces lo que quieres a los mandos de tu avioneta. La vida no es más que otra cosa que tienes que conducir por donde te de la gana y puedas. A veces te pedirá que hagas piruetas, que eches combustible, que descanses el motor... pero francamente, no he visto a nadie, a nadie en toda mi corta vida, pilotar como tú.
Coge el volante. Ya está bien de volar bajo.
lunes, 23 de septiembre de 2019
Soy una sombra
- Ni siquiera se te ocurra Abie, ni-se-te-ocurr... ¡maldición! - corro detrás de ella, no ha colado eso de mantenerle la mirada y acercarme despacio, ni siquiera lo de hablarle con voz dulce. Corre como si la persiguiera el diablo
- ¿Qué pasa Jacky? ¿vencida por una gallina? - tumbado contra un árbol, dando tajos con la navaja a un trozo de madera, como suele ser, me mira con una mueca burlona
- ¡Ni en sueños!
- Abie no piensa lo mismo...
Dirijo la mirada a mi plumífera enemiga. Se ha parado y vuelve a mirarme fijamente, con ese bamboleo repetitivo del cuello. Juraría que se está riendo de mí la muy...
- No sé de quién me hablas... - miro hacia mi hermano mientras me acerco despacio, caminando de lado como quien no quiere la cosa, a mi oponente - Yo no veo a Abie por ningún sitio
- Pues créeme, ella sí te está viendo a ti
- Soy silenciosa como una sombra... nadie es capaz de seguir mis movimientos... - susurro y hago temblar la voz, como cuando nos contamos cuentos de fantasmas
Sin previo aviso salto encima de Abie. Bueno, intento saltar encima de Abie. Hay que reconocerle que tiene clase. Pega un saltito y me esquiva. Yo mastico barro y ella se aleja moviendo el trasero emplumado.
- Menuda sombra estás hecha...
- Dame tiempo - me levanto sonriente y me quito el barro de la cara y el pecho - Tengo catorce, en... mmm... ¡tres años! Sí, en tres años ni me verás venir, seré la mejor recogiendo huevos y cazando gallinas
- Te creo Jacky - se levanta y me tira algo, lo que estaba tallando - Deberías lavarte, vamos a comer
Se aleja sonriente y miro lo que ha lanzado y he cogido en el aire. Es una gallina, de madera. Supongo que podría decir que es la primera que cojo al vuelo.
La llamaré Gina. Gina la gallina.
- ¿Qué pasa Jacky? ¿vencida por una gallina? - tumbado contra un árbol, dando tajos con la navaja a un trozo de madera, como suele ser, me mira con una mueca burlona
- ¡Ni en sueños!
- Abie no piensa lo mismo...
Dirijo la mirada a mi plumífera enemiga. Se ha parado y vuelve a mirarme fijamente, con ese bamboleo repetitivo del cuello. Juraría que se está riendo de mí la muy...
- No sé de quién me hablas... - miro hacia mi hermano mientras me acerco despacio, caminando de lado como quien no quiere la cosa, a mi oponente - Yo no veo a Abie por ningún sitio
- Pues créeme, ella sí te está viendo a ti
- Soy silenciosa como una sombra... nadie es capaz de seguir mis movimientos... - susurro y hago temblar la voz, como cuando nos contamos cuentos de fantasmas
Sin previo aviso salto encima de Abie. Bueno, intento saltar encima de Abie. Hay que reconocerle que tiene clase. Pega un saltito y me esquiva. Yo mastico barro y ella se aleja moviendo el trasero emplumado.
- Menuda sombra estás hecha...
- Dame tiempo - me levanto sonriente y me quito el barro de la cara y el pecho - Tengo catorce, en... mmm... ¡tres años! Sí, en tres años ni me verás venir, seré la mejor recogiendo huevos y cazando gallinas
- Te creo Jacky - se levanta y me tira algo, lo que estaba tallando - Deberías lavarte, vamos a comer
Se aleja sonriente y miro lo que ha lanzado y he cogido en el aire. Es una gallina, de madera. Supongo que podría decir que es la primera que cojo al vuelo.
La llamaré Gina. Gina la gallina.
sábado, 14 de septiembre de 2019
Retorno y partida
De camino a la trinchera no puedo quitarme demasiadas cosas de la cabeza. El palo, los hombres de ceniza, el disparo a Hemingway y cómo Amelia le miraba.
Es que no había visto a nadie mirar a alguien así. Era como si hubiera dejado de respirar y al mismo tiempo como si tenerle cerca le permitiera respirar de verdad. Casi le salían estrellitas por los ojos.
No puedo evitar sonreír mientras me quedo dormida en el vehículo, de vuelta a la nieve y la mugre.
Lo primero que hago es presentarme delante de mi oficial, el teniente Laforêt tose y está más cojo que la última vez. Le doy el sobre que Doyle me ha dado para él.
Luego voy a ver a Dugarry y espero que esté mejor que lo dejé.
No solo está mejor, sino que a todas luces, sigue igual. Se está riendo con una de esas revistas donde cuentan historias de gente que tiene sexo. A veces incluso hay dibujos. Es una mezcla entre asqueroso y bochornoso. Es... definitivamente es la versión de Hemingway sin poesía.
Cuando me ve intenta esconderla a toda costa. Como si no supiera lo que es, vamos.
Nos reímos un rato y me pregunta que dónde he estado. Le hablo de que he estado haciendo de mensajero. Supongo que es lo mejor que se me ha ocurrido. Él lo convierte en que soy espía. Yo no sé negárselo. ¿Qué soy exactamente? No, en serio, ¿qué?
Salgo de allí y le dejo descansar.
Los días pasan. Las exploraciones se suceden. Parece que los alemanes se han replegado ligeramente y eso deja las cosas más tranquilas. El campo está vestido de silencio. Es extraño saber que estás en alerta de ataque permanente cuando nadie hace ruido ni mueve un músculo.
Es muy raro.
Los días pasan y la nieve y la mugre siguen. Cuesta saber cuándo acaba un día y termina otros, salvo por la temperatura, pero pierdes la cuenta rápido.
Abro los ojos en mi tienda, ya algo más ordenada, y me dirijo a ver al teniente. Me cuadro nada más entrar y verle tirado en el suelo. Me dirijo a él a toda velocidad. Está semiconsciente mientras guarda el sobre de Doyle y tose como un condenado. Cuando lo sostengo entre los brazos pierde la conciencia, compruebo con urgencia que está vivo y me asomo pidiendo ayuda a voz en grito.
¡Un médico!
Se lo llevan y yo me quedo con el corazón en un puño. Abro el sobre, hay pastillas y una carta de Doyle pidiéndole que se las tome. Evidentemente el muy cabezota no le ha hecho caso. Me muerdo las ganas de darle un puñetazo y después de mandar un S.O.S. por la radio de Curie voy para la tienda de médico.
Lo hacemos todo muy rápido, le cuento a Dugarry lo que ha pasado e iniciamos el numerito del enfermo. Se pone a revolcarse en el barro, como si tuviera convulsiones y pido ayuda. No tardan en venir médicos y creo que ha tragado barro de verdad. De cualquier forma aprovecho para meterme en la tienda médica y darle una de las pastillas a Laforêt, que respira con dificultad y hasta hace dos segundos sonaba como si le estuvieran matando despacio.
Me quedo a su lado y le susurro, para que le quede bien claro: "mi teniente, con el debido respeto, si no se toma las pastillas se las meteré por el culo".
Esboza una sonrisa y hace gestos con los dedos, como si radiotelegrafiase morse. Intento quedarme con lo que dice y luego voy a rescatar a Dugarry antes de que le pongan un jeringazo horroroso.
El médico es nuevo y tiene cara de no entender nada y de estar sobrepasado.
Salimos de allí mi compañero y yo y me pregunta que qué ha pasado. Le pido que me traduzca el código y que haga guardia y me avise si pasa algo. A cambio me pide que rescate más de esas revistas que el teniente le confiscó en su momento. Sin problema. Corro todo lo que puedo y mando el mensaje que me ha pedido Laforêt: Curie.
Lo que recibo de vuelta se traduce como: aguanta.
Solo queda esperar. Me he entretenido buscando el manual de morse y Dugarry aparece en la tienda del teniente. Dice que quiere usar el baño. Tarda como media hora. ¿Qué puñeta hace?
Cuando sale vamos a la tienda del médico, que al parecer se llama Ettiène. Le digo al doctor que se nota que no lleva mucho tiempo aquí. No hace falta ser muy listo para darse cuenta. ¿Dos pacientes y sobrepasado? No ha estado en situación de fuego, claramente. Mucho menos de bombardeo.
Por lo visto el teniente se encuentra mejor. Estable. Algo es algo.
Mientras leemos un manual para señoritas de Dugarry, según el que es capaz de... ¿cómo dijo hace un rato? Ah, sí, "adentrarse en la mente femenina", escuchamos el sonido lejano de un vehículo.
Quizás sea la ayuda que esperamos, así que le pido a mi compañero que se quede y salgo como una bala en dirección a la carretera. Un coche viene hacia mí. Espero que frene porque no pienso quitarme. Esquiva árboles, va campo a través. ¿Quién va al volante? Para a escasos centímetros de mí, justo cuando pienso que voy a morir de la forma más ridícula que se me ocurre.
Me asomo a la ventanilla y una mujer a la que apenas había visto tres segundos y de lejos se me presenta.
¡Es Amelia! Con razón, después de lo que hizo con la avioneta cuando nos rescató a Ernest y a mí tenía que haber supuesto que nadie más conduce así.
Me dice que suba, que hay que recoger a Laforêt. Lo hago y no tardamos en llegar. Va vestida de doctora y por supuesto a Dugarry se le cae la baba cuando la ve aparecer. No entiende que tengamos que irnos cuando Amelia me dice que debo acompañarla. Yo tampoco lo entiendo, pero cumplo órdenes.
No puedo negar que me da rabia y pena a partes iguales dejarle atrás, sin contarle nada. No es justo.
Emprendemos el camino de vuelta al hotel y no puedo evitarlo. Le pregunto a Amelia si le gusta Ernest. Le cuesta decirlo pero después de ponerse como un tomate no hay quien niegue lo evidente. Dice que sí, pero que él no lo sabe, y que lo único que quiere es un beso.
Un beso. Me pregunto a qué sabrá eso, si será tan maravilloso como todo el mundo se empeña en decir o si solo será un baboseo asqueroso.
Le digo que debería decirle algo a Ernest. ¿Por qué no? Lo peor que puede pasar es que no consiga ese beso y se quede como ahora, y si es algo que quiere tanto...
Tardamos absurdamente poco en llegar al hotel. Se llevan al teniente a que lo atienda Curie, que al parecer es la mejor médico que hay aquí.
No sé quién eres, Curie, pero si le salvas la vida te deberé la mía.
HH21 - Segunda parte
Llego a comisaría y me meten en un calabozo. Todo va según lo planeado. Clemont sigue sin entender nada, pero no tarda en llegar el tal coronel Foch, el tipo que está al mando.
Mantienen una discusión, el coronel quiere que el comisario salga y le deje hablar por teléfono en privado, y el otro se resiste. Suena un silbato y Clemont deja de discutir y se larga.
Menudo poder de convicción.
El coronel habla por teléfono, solo entiendo "88BA". No sé qué es pero huele a código, así que me lo repito mentalmente para que no se me vaya.
Se ponen delante de mí dos guardias con unas caras de muerto increíbles. No puedo evitar acordarme de los tipos que pasan días enredados en el alambre de espino antes de que los encontremos. Tienen la misma mala pinta.
Luego el coronel se asoma a mi celda y me observa, así que me doy un par de vueltas para que me vea bien, como se hace a los animales de granja.
Sonríe, o algo así. Es feo de narices. Lleva un uniforme francés, pero... no sé, dice que es del sur de Francia y no lo dice muy convencido. Es que no huele bien para nada, pero hay que seguir.
Dejo que me saquen de allí y cuando me cruzo con Clemont trato por todos los medios de acercarme a él casi dando una voltereta y le digo muy bajito "88BA", por si a él le suena de algo, y porque tengo la sensación de que me van a llevar lejos, y lo mismo a Ernest o a Doyle les viene alguna idea a la cabeza.
Menuda torta. Me mareo. Caigo.
Abro los ojos, suena el traqueteo de un tren. Qué dolor de cabeza... supongo que el coronel debió dejarme inconsciente de un guantazo. Ya deduje por su sonrisa que sería un tipo simpático.
Estoy encadenada con unos grilletes de los que me deshago en el tiempo que se tarda en gritar "¡a cubierto!". ¿Qué puedo decir? Se me da bien.
Hay varias cajas en el vagón donde estoy, así que deduzco que es de carga. No es que sea un detective, pero no es complicado. Me dedico a dar patadas a una de ellas hasta que se rompe y busco a ver si encuentro dentro algo, tanteando con la mano. Saco lo que parece un palo adornado. Eso sí, debe ser de museo o algo porque tenía un montón de paja protegiéndolo. Pero bueno, un palo es un palo, así que me lo echo al cinturón y también cojo un trozo de la madera rota de la caja y me lo guardo, que quieras que no puede servir de arma.
Empiezo a hacer ruido con las cadenas, aparentando que estoy atada, claro, y viene un guardia. Este tiene mejor pinta. Le hago un montón de preguntas, se enfada y casi me da una torta, pero la voz de Foc-H (hay que hacer hincapié en la H para que no se enfade) lo detiene.
No tardan mucho en irse. Otra vez allí sola. Pues vaya viaje aburrido. Me levanto con idea de ver si puedo salir y algo cae sobre el techo del vagón. Parece que alguien está bailando danzas regionales animadamente allí arriba. No tengo ni idea de qué está pasando pero el techo escucha mis plegarias y se parte, haciendo que un tipo caiga delante de mí y... ¿se convierta en ceniza? ¿qué... qué tipo de arma química hace eso? El corazón se me pone a mil por hora. No me gustan las armas químicas, nunca sabes a qué atenerte con ellas, te matan durante días y te enteras dos segundos antes de palmarla.
Me acerco tapándome la nariz a lo que queda de la ropa del guardia y cojo su arma. Cae otro. Pasa lo mismo. Cojo también su arma, y el manojo de llaves. Escucho arriba la voz de Hemingway. Se lo está pasando bien, como en el banco. O a eso suena, la verdad.
Me las apaño para subir y Ernest me sonríe, se alegra de verme y así me lo dice. Me pregunta que si estoy bien. Es agradable que se preocupen por una, para qué mentir. Todo ocurre muy deprisa. Le doy una de las armas, nos quedamos pegados al techo del vagón. Pasa un puente, otro tipo explota en cenizas, yo agarro a Ernest para que no coma puente. Nos levantamos, seguimos. Bajamos a la intersección entre los siguientes vagones. Entramos en ese, encontramos a otra chica, una tal Irene, en el vagón, también de carga. Dice que Houdini está en el tren. Le doy la otra pistola para que se defienda si hace falta. Le digo a Ernest que me adelantaré.
Un tipo intenta desacoplar el tren. Le doy un patadón y lo tiro a la vía. Lo siento, eras tú o nosotros. Paso al siguiente vagón, y luego al siguiente. Un montón de militares están montando un cañón raro, apuntando contra la cola del tren. Subo arriba y escucho el estruendo. El vagón se tambalea y espero que mi compañero esté bien, porque el trozo de tren donde iba se va quedando atrás.
A todo esto, hay dos avionetas sobrevolándonos todo el tiempo, una parece de los nuestros, la otra es el puñetero Barón Rojo. Me emocionaría si no me estuviera disparando.
Decido desacoplar el vagón donde van los militares y el cañón. Hay demasiada gente para enfrentarme con ellos. El acople está duro de narices, así que saco mi palo e intento ayudarme con él. Es bastante flexible. Aquello no se mueve. Doy un par de golpes con el palo y salgo despedida hacia detrás, y el vagón militar hacia delante. No sé qué ha pasado, pero ha sido un placer no conoceros.
¿Qué tipo de explosivo tiene esto dentro?
Corro, subo al siguiente vagón. Veo a Foc-H y le saludo. Total, me ha visto. Me pregunta que si soy del club. Pues vaya una gracia, parece que sí lo soy. No sé si eso implica que me van a disparar más, pero el Barón Rojo se acerca y le recoge, sin darme ningún tiro por el camino. Gracias Dios mío.
Pues nada, aquí me he quedado, sola con dos vagones, uno dando tumbos, a poco de meternos en un nuevo túnel bajo montaña. No es difícil predecir lo que puede pasar.
Espero al momento preciso y salto sobre la parte de arriba de la colina nevada. Mi cara en el suelo es mejor que mis tripas por el aire. Ruedo. Me duele todo.
Tardo un par de minutos en levantarme. Vale, tardo algo más, pero es que me duele todo. Decido desandar el camino sin perder de vista las vías. Quiero asegurarme de que Ernest está bien. Ando hasta que cae la noche y encuentro el vagón donde iba mi compañero. Está tumbado, pero no hay muertos dentro, solo ropa de los guardias de ceniza. La cojo y me la llevo. Me meto ligeramente en la zona nevada y monto lo más parecido a un refugio que consigo, con la ropa y el palo haciendo de estructura. Muy rudimentario pero no menos útil, no me apetece que me nieve encima, demasiado frío voy a pasar ya de por sí.
No falla. Pasan las horas, me mantengo alerta. No voy a dormirme. Alemanes, lobos, el Barón Rojo... y no perderme a Hemingway si pasa de largo. Definitivamente no puedo dormirme. No debo.
Me duele todo, literalmente, y, ¿para qué mentir? Echo de menos tener a Dugarry al lado hablando de tonterías. Es curioso cómo se hace de querer, aunque algunas veces sea lo más parecido a tener al lado a un niño pequeño y otras casi a una mascota. Pero me hace reír, ¿qué le voy a hacer?
La noche se hace eterna, tengo frío, me aburro y me duele TODO. ¿He dicho ya que me duele todo? Por lo menos no me he llevado un balazo. Debería dar las gracias.
El sol me espabila ligeramente y el sonido de una... ¿vagoneta? me hace mirar en dirección a las vías. Como si fuera una broma, Ernest aparece en una de esas carretillas típicas de las minas. No me ve, pero yo a él sí, y le grito. Se alegra de verme, no sabe no ser sincero y se lo veo en la cara. ¡Qué demonios! Yo también me alegro de verle.
Nos saludamos brevemente. Le digo que Houdini no estaba por ningún sitio y él me dice que ha dejado a la chica a salvo. Le enseño el palo, estoy muy orgullosa del palo, aunque no tengo ni idea de lo que es. También le muestro como se usa y al tirarlo contra la nieve provoca un enorme estallido, como una explosión... pero de aire, no de fuego.
Ernest sale despedido, sin daños, pero wow. Yo no, yo me quedo en el sitio. No entiendo nada, pero me giro sonriente.
"¡¿Has visto?!". Se quita un montón de nieve de encima y asiente fascinado.
Me dice que Amelia vendrá a por nosotros. Amelia es piloto, según él la mejor piloto a bordo del club. Efectivamente no tarda en llegar y gracias al palo le montamos una pista de aterrizaje despejando la nieve. Es increíble. No sé como funciona, pero es increíble.
Amelia empieza a tomar tierra y el sonido de otra avioneta nos borra la sonrisa (o debería hacerlo, pero eso en caso de mi compañero y mío es bastante complicado). Echamos a correr hacia Amelia mientras el otro abejorro nos dispara. Yo consigo llegar, pero un gemido a mi espalda me hace girarme. "Maldición, Ernest".
Me giro para ver al bueno de Hemingway tirado en la nieve. No es algo que piense. Corro hacia él. La avioneta no deja de disparar. Grito a Amelia para que levante el vuelo, me tiro sobre Ernest y uso el palo con intención de crear una tormenta de nieve. ¡Y toma ya! ¡Truco realizado! Parece que el moscardón se despista y mientras tanto yo tiro de mi herido compañero hasta debajo de la vagoneta.
Está herido y apenas consciente. Un poco de tela, nieve, y un vendaje rudimentario tendrán que servir de momento. Tengo que sacarlo de aquí. Morirse no es una opción por mucho que nos guste el riesgo. Todavía no ha llegado ese momento. Saco a Ernest para encontrar a Amelia cerca de mí. Lo subimos en la avioneta y salimos volando de allí en dirección a un lugar seguro.
Venga Hemingway, aunque solo sea por cómo ella te mira, aguanta.
Mantienen una discusión, el coronel quiere que el comisario salga y le deje hablar por teléfono en privado, y el otro se resiste. Suena un silbato y Clemont deja de discutir y se larga.
Menudo poder de convicción.
El coronel habla por teléfono, solo entiendo "88BA". No sé qué es pero huele a código, así que me lo repito mentalmente para que no se me vaya.
Se ponen delante de mí dos guardias con unas caras de muerto increíbles. No puedo evitar acordarme de los tipos que pasan días enredados en el alambre de espino antes de que los encontremos. Tienen la misma mala pinta.
Luego el coronel se asoma a mi celda y me observa, así que me doy un par de vueltas para que me vea bien, como se hace a los animales de granja.
Sonríe, o algo así. Es feo de narices. Lleva un uniforme francés, pero... no sé, dice que es del sur de Francia y no lo dice muy convencido. Es que no huele bien para nada, pero hay que seguir.
Dejo que me saquen de allí y cuando me cruzo con Clemont trato por todos los medios de acercarme a él casi dando una voltereta y le digo muy bajito "88BA", por si a él le suena de algo, y porque tengo la sensación de que me van a llevar lejos, y lo mismo a Ernest o a Doyle les viene alguna idea a la cabeza.
Menuda torta. Me mareo. Caigo.
Abro los ojos, suena el traqueteo de un tren. Qué dolor de cabeza... supongo que el coronel debió dejarme inconsciente de un guantazo. Ya deduje por su sonrisa que sería un tipo simpático.
Estoy encadenada con unos grilletes de los que me deshago en el tiempo que se tarda en gritar "¡a cubierto!". ¿Qué puedo decir? Se me da bien.
Hay varias cajas en el vagón donde estoy, así que deduzco que es de carga. No es que sea un detective, pero no es complicado. Me dedico a dar patadas a una de ellas hasta que se rompe y busco a ver si encuentro dentro algo, tanteando con la mano. Saco lo que parece un palo adornado. Eso sí, debe ser de museo o algo porque tenía un montón de paja protegiéndolo. Pero bueno, un palo es un palo, así que me lo echo al cinturón y también cojo un trozo de la madera rota de la caja y me lo guardo, que quieras que no puede servir de arma.
Empiezo a hacer ruido con las cadenas, aparentando que estoy atada, claro, y viene un guardia. Este tiene mejor pinta. Le hago un montón de preguntas, se enfada y casi me da una torta, pero la voz de Foc-H (hay que hacer hincapié en la H para que no se enfade) lo detiene.
No tardan mucho en irse. Otra vez allí sola. Pues vaya viaje aburrido. Me levanto con idea de ver si puedo salir y algo cae sobre el techo del vagón. Parece que alguien está bailando danzas regionales animadamente allí arriba. No tengo ni idea de qué está pasando pero el techo escucha mis plegarias y se parte, haciendo que un tipo caiga delante de mí y... ¿se convierta en ceniza? ¿qué... qué tipo de arma química hace eso? El corazón se me pone a mil por hora. No me gustan las armas químicas, nunca sabes a qué atenerte con ellas, te matan durante días y te enteras dos segundos antes de palmarla.
Me acerco tapándome la nariz a lo que queda de la ropa del guardia y cojo su arma. Cae otro. Pasa lo mismo. Cojo también su arma, y el manojo de llaves. Escucho arriba la voz de Hemingway. Se lo está pasando bien, como en el banco. O a eso suena, la verdad.
Me las apaño para subir y Ernest me sonríe, se alegra de verme y así me lo dice. Me pregunta que si estoy bien. Es agradable que se preocupen por una, para qué mentir. Todo ocurre muy deprisa. Le doy una de las armas, nos quedamos pegados al techo del vagón. Pasa un puente, otro tipo explota en cenizas, yo agarro a Ernest para que no coma puente. Nos levantamos, seguimos. Bajamos a la intersección entre los siguientes vagones. Entramos en ese, encontramos a otra chica, una tal Irene, en el vagón, también de carga. Dice que Houdini está en el tren. Le doy la otra pistola para que se defienda si hace falta. Le digo a Ernest que me adelantaré.
Un tipo intenta desacoplar el tren. Le doy un patadón y lo tiro a la vía. Lo siento, eras tú o nosotros. Paso al siguiente vagón, y luego al siguiente. Un montón de militares están montando un cañón raro, apuntando contra la cola del tren. Subo arriba y escucho el estruendo. El vagón se tambalea y espero que mi compañero esté bien, porque el trozo de tren donde iba se va quedando atrás.
A todo esto, hay dos avionetas sobrevolándonos todo el tiempo, una parece de los nuestros, la otra es el puñetero Barón Rojo. Me emocionaría si no me estuviera disparando.
Decido desacoplar el vagón donde van los militares y el cañón. Hay demasiada gente para enfrentarme con ellos. El acople está duro de narices, así que saco mi palo e intento ayudarme con él. Es bastante flexible. Aquello no se mueve. Doy un par de golpes con el palo y salgo despedida hacia detrás, y el vagón militar hacia delante. No sé qué ha pasado, pero ha sido un placer no conoceros.
¿Qué tipo de explosivo tiene esto dentro?
Corro, subo al siguiente vagón. Veo a Foc-H y le saludo. Total, me ha visto. Me pregunta que si soy del club. Pues vaya una gracia, parece que sí lo soy. No sé si eso implica que me van a disparar más, pero el Barón Rojo se acerca y le recoge, sin darme ningún tiro por el camino. Gracias Dios mío.
Pues nada, aquí me he quedado, sola con dos vagones, uno dando tumbos, a poco de meternos en un nuevo túnel bajo montaña. No es difícil predecir lo que puede pasar.
Espero al momento preciso y salto sobre la parte de arriba de la colina nevada. Mi cara en el suelo es mejor que mis tripas por el aire. Ruedo. Me duele todo.
Tardo un par de minutos en levantarme. Vale, tardo algo más, pero es que me duele todo. Decido desandar el camino sin perder de vista las vías. Quiero asegurarme de que Ernest está bien. Ando hasta que cae la noche y encuentro el vagón donde iba mi compañero. Está tumbado, pero no hay muertos dentro, solo ropa de los guardias de ceniza. La cojo y me la llevo. Me meto ligeramente en la zona nevada y monto lo más parecido a un refugio que consigo, con la ropa y el palo haciendo de estructura. Muy rudimentario pero no menos útil, no me apetece que me nieve encima, demasiado frío voy a pasar ya de por sí.
No falla. Pasan las horas, me mantengo alerta. No voy a dormirme. Alemanes, lobos, el Barón Rojo... y no perderme a Hemingway si pasa de largo. Definitivamente no puedo dormirme. No debo.
Me duele todo, literalmente, y, ¿para qué mentir? Echo de menos tener a Dugarry al lado hablando de tonterías. Es curioso cómo se hace de querer, aunque algunas veces sea lo más parecido a tener al lado a un niño pequeño y otras casi a una mascota. Pero me hace reír, ¿qué le voy a hacer?
La noche se hace eterna, tengo frío, me aburro y me duele TODO. ¿He dicho ya que me duele todo? Por lo menos no me he llevado un balazo. Debería dar las gracias.
El sol me espabila ligeramente y el sonido de una... ¿vagoneta? me hace mirar en dirección a las vías. Como si fuera una broma, Ernest aparece en una de esas carretillas típicas de las minas. No me ve, pero yo a él sí, y le grito. Se alegra de verme, no sabe no ser sincero y se lo veo en la cara. ¡Qué demonios! Yo también me alegro de verle.
Nos saludamos brevemente. Le digo que Houdini no estaba por ningún sitio y él me dice que ha dejado a la chica a salvo. Le enseño el palo, estoy muy orgullosa del palo, aunque no tengo ni idea de lo que es. También le muestro como se usa y al tirarlo contra la nieve provoca un enorme estallido, como una explosión... pero de aire, no de fuego.
Ernest sale despedido, sin daños, pero wow. Yo no, yo me quedo en el sitio. No entiendo nada, pero me giro sonriente.
"¡¿Has visto?!". Se quita un montón de nieve de encima y asiente fascinado.
Me dice que Amelia vendrá a por nosotros. Amelia es piloto, según él la mejor piloto a bordo del club. Efectivamente no tarda en llegar y gracias al palo le montamos una pista de aterrizaje despejando la nieve. Es increíble. No sé como funciona, pero es increíble.
Amelia empieza a tomar tierra y el sonido de otra avioneta nos borra la sonrisa (o debería hacerlo, pero eso en caso de mi compañero y mío es bastante complicado). Echamos a correr hacia Amelia mientras el otro abejorro nos dispara. Yo consigo llegar, pero un gemido a mi espalda me hace girarme. "Maldición, Ernest".
Me giro para ver al bueno de Hemingway tirado en la nieve. No es algo que piense. Corro hacia él. La avioneta no deja de disparar. Grito a Amelia para que levante el vuelo, me tiro sobre Ernest y uso el palo con intención de crear una tormenta de nieve. ¡Y toma ya! ¡Truco realizado! Parece que el moscardón se despista y mientras tanto yo tiro de mi herido compañero hasta debajo de la vagoneta.
Está herido y apenas consciente. Un poco de tela, nieve, y un vendaje rudimentario tendrán que servir de momento. Tengo que sacarlo de aquí. Morirse no es una opción por mucho que nos guste el riesgo. Todavía no ha llegado ese momento. Saco a Ernest para encontrar a Amelia cerca de mí. Lo subimos en la avioneta y salimos volando de allí en dirección a un lugar seguro.
Venga Hemingway, aunque solo sea por cómo ella te mira, aguanta.
jueves, 12 de septiembre de 2019
HH21 - Primera parte
Pues ya está, tenemos misión.
Hemingway parece emocionado. No, no lo parece, lo está, como un niño con zapatos nuevos. Se ve que lo de entrar de cabeza en la trampa le ha gustado.
Vamos a hacernos pasar por alemanes, a presentar un papelito en el banco y luego a ver qué pasa.
Nos ponemos incluso nombres falsos. Ahora tengo dos nombres falsos. Bueno, uno medio falso.
Caminamos hacia el banco y se pone a hablarme de mujeres. ¿Qué les pasa a todos? Habla sin parar del amor... no, del amor no, de hacer el amor con una mujer. No sé si es que los hombres no piensan en nada más, pero Ernest habla de eso como si estuviera leyéndome poesía en voz alta.
Parece verdaderamente fascinado, no sé si por lo que cuenta o por escucharse a sí mismo, pero me hace gracia.
Me pregunta si he estado con una mujer, y cuando le respondo que no me dice que me tiene que llevar a un sitio. Debería presentarle a Dugarry, algo me dice que harían buenas migas.
Llegamos al banco y entro primero. Ya veo un par de cosas que no me huelen bien. Una mujer nerviosa mira a todas partes y cuando Ernest entra le dirijo a ella. Nos lleva aparte. Empieza la trampa.
Preparados, listos, ya. Le pongo los dedos en modo pistola en el costado para que me cuente un par de cosas, y le falta cantar. La policía francesa quería que el banco les avisase cuando el "espía" con el nombre falso de Ernest se presentase allí.
Dejamos que la mujer se vaya y mi compañero se arremanga y sonríe. Vemos acercarse los guardias, pero seguimos hablando, como si nada. De alguna manera, después de haber visto una ametralladora a escasos metros de mi cara, un puñado de guardias grandotes en mitad de un pasillo me dan risa. Me parece hasta emocionante y divertido. Y por lo que veo a Hemingway también.
Empieza el baile de tortas y Ernest es un camarero implacable. Lo dejo a lo suyo haciendo volar gente y poniendo poses de combate y yo busco al cabecilla.
Siempre hay un cabecilla.
No tardo en dar con él, es que se colocan siempre en la misma posición, se mueven similar...
Le pongo el cañón del arma, esta vez la de verdad, en la espalda, y le animo a que me acompañe. Ernest sigue a lo suyo, no se aburre, pero cada vez le quedan menos.
Clemont, se llama el tipo, el pobre está asustado y no entiende nada. Me cuenta que tienen que arrestar a "Ernest", y le sugiero que me arreste a mí y me lleve a comisaría, y así sabré quién está detrás de estas órdenes. No tengo claro si le parece bien o es que está desconcertado, pero acepta.
Le digo a mi compañero que coja a tres de los hombres de Clemont, tres "voluntarios" que se queden como rehenes, por aquello de poder asegurarme mi salida sana y salva de comisaría.
Algo me dice que aún así la cosa se va a poner tensa, pero cuando me meten en el coche de policía y me esposan yo solo puedo contemplar las calles de París como la maravilla que son, e imaginarla de noche, adornada con cientos de luces reflejadas sobre el río.
Hemingway parece emocionado. No, no lo parece, lo está, como un niño con zapatos nuevos. Se ve que lo de entrar de cabeza en la trampa le ha gustado.
Vamos a hacernos pasar por alemanes, a presentar un papelito en el banco y luego a ver qué pasa.
Nos ponemos incluso nombres falsos. Ahora tengo dos nombres falsos. Bueno, uno medio falso.
Caminamos hacia el banco y se pone a hablarme de mujeres. ¿Qué les pasa a todos? Habla sin parar del amor... no, del amor no, de hacer el amor con una mujer. No sé si es que los hombres no piensan en nada más, pero Ernest habla de eso como si estuviera leyéndome poesía en voz alta.
Parece verdaderamente fascinado, no sé si por lo que cuenta o por escucharse a sí mismo, pero me hace gracia.
Me pregunta si he estado con una mujer, y cuando le respondo que no me dice que me tiene que llevar a un sitio. Debería presentarle a Dugarry, algo me dice que harían buenas migas.
Llegamos al banco y entro primero. Ya veo un par de cosas que no me huelen bien. Una mujer nerviosa mira a todas partes y cuando Ernest entra le dirijo a ella. Nos lleva aparte. Empieza la trampa.
Preparados, listos, ya. Le pongo los dedos en modo pistola en el costado para que me cuente un par de cosas, y le falta cantar. La policía francesa quería que el banco les avisase cuando el "espía" con el nombre falso de Ernest se presentase allí.
Dejamos que la mujer se vaya y mi compañero se arremanga y sonríe. Vemos acercarse los guardias, pero seguimos hablando, como si nada. De alguna manera, después de haber visto una ametralladora a escasos metros de mi cara, un puñado de guardias grandotes en mitad de un pasillo me dan risa. Me parece hasta emocionante y divertido. Y por lo que veo a Hemingway también.
Empieza el baile de tortas y Ernest es un camarero implacable. Lo dejo a lo suyo haciendo volar gente y poniendo poses de combate y yo busco al cabecilla.
Siempre hay un cabecilla.
No tardo en dar con él, es que se colocan siempre en la misma posición, se mueven similar...
Le pongo el cañón del arma, esta vez la de verdad, en la espalda, y le animo a que me acompañe. Ernest sigue a lo suyo, no se aburre, pero cada vez le quedan menos.
Clemont, se llama el tipo, el pobre está asustado y no entiende nada. Me cuenta que tienen que arrestar a "Ernest", y le sugiero que me arreste a mí y me lleve a comisaría, y así sabré quién está detrás de estas órdenes. No tengo claro si le parece bien o es que está desconcertado, pero acepta.
Le digo a mi compañero que coja a tres de los hombres de Clemont, tres "voluntarios" que se queden como rehenes, por aquello de poder asegurarme mi salida sana y salva de comisaría.
Algo me dice que aún así la cosa se va a poner tensa, pero cuando me meten en el coche de policía y me esposan yo solo puedo contemplar las calles de París como la maravilla que son, e imaginarla de noche, adornada con cientos de luces reflejadas sobre el río.
El Club de los Raritos
No me parece extraño, en absoluto, que vengan a por mí.
Es decir, algo raro sí que es pero al fin y al cabo yo cumplo órdenes y si tienen que destinarme durante poco tiempo, pues bueno, a mandar. Lo único que lamento es tener que dejar atrás a Dugarry, pero algo me dice que volveré.
El tal Hemingway se esfuerza considerablemente por ponerme al día sobre "El Club", una especie de asociación de gente que quiere hacer el bien y que tienen... él lo llama "habilidades" que los hacen especiales.
Puaf, me está intentando vender que soy especial, y cuando alguien hace eso es porque quiere algo de ti. Decido seguir escuchándole y todo lo que me dice me suena a alemán, es decir: raro, feo y no entiendo nada.
Nos bajamos de la ambulancia rara y llena de papeles y llegamos a un hotel cerca de París. Me dice que me va a presentar al resto, pero primero a Arthur. Lleva todo el viaje hablando de "Arthur" sin decir nada concreto.
Se llama Ernest, por cierto, Ernest Hemingway, y tiene pinta de que cree que lo sabe todo. Es eso, o yo estoy de mal humor por haber tenido que dejar a Dugarry para vete a saber qué.
Entramos en el hotel y me presenta a Arthur. Arthur Conan Doyle, que parece sorprendido de que no sepa quién es. Bueno, yo soy Jack Hawkins y tampoco me conoce nadie, no hay que indignarse.
Me habla del Club. Insiste en que ellos quieren que acabe la guerra. Claro, y yo también, pero no sé quiénes se supone que son como para conseguir eso.
Se percata de mi cara, así que coge la granada, tira de la anilla y suelta la espoleta: tu hermano está vivo.
Y se queda tan pancho. Y a mí se me encoge el corazón.
Le digo que me lo demuestre. Segunda granada: saca una foto.
La miro fijamente mientras me dice que está en una prisión, que esa foto es de hace unos meses, y que si todo va bien algún día irán a sacarle, a él y a sus compañeros.
Me levanto y le dejo allí. Salgo fuera con la foto. Me tiemblan las manos. Solo tengo buen pulso cuando desactivo minas, cuando corto el alambre. Pero, esto es peor que el fuego cruzado.
¿Está vivo? Esta foto es de hace unos meses, dice. ¿Seguirá vivo desde que le echaron la foto? Está tan delgado, tan triste, tan... tan gris.
Mierda, ya le había perdido. Ya le había llorado. Ya le había odiado por morirse.
Si le pierdo por segunda vez no sé si podré soportarlo.
Pero, ¿y entonces qué, Jacky? ¿qué prefieres? ¿Pensar que es mentira y vivir con la duda... o arriesgarte a tener una posibilidad y fallarle?
Vuelvo dentro y le pongo delante la foto al tipo de la pipa, a Doyle, que me mira levantando la ceja.
Le digo que vale. Me dice que no será hoy ni mañana cuando iremos a por él.
No es que no me importe... pero ya tengo más de lo que tenía hace un rato.
Me presenta al resto. A Chaplin, que dice que es actor, a Ernest, de forma más oficial, y a sí mismo.
Ya tenemos una misión para el club. Algo de espías, de un tal Houdini y de no sé qué más.
Suponemos que es una trampa. Propongo ir a la trampa. A Hemingway le gusta la idea y a mí empieza a caerme bien.
Un club de gente especial... sí que parecen especiales, aunque no sé si de la forma en la que ellos lo dicen.
Un club de raritos.
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