lunes, 23 de diciembre de 2019

Peor qué... ¿qué?

- No lo entiendo, Danny, ¡es que no lo entiendo! - le doy una patada al tronco que tengo delante, que evidentemente no se mueve 

- No hay nada que entender, es decir, no es tan difícil. Estamos en guerra, han reclutado a muchos, ¿por qué te sorprende que a mí también?

- Es que... es que... - aprieto la mandíbula para que no se me escapen ni las lágrimas ni la rabia. No quiero discutir con él - ¡Es que tú no sabes hacer nada de eso!

- ¿De... eso? - se ríe, para quitarle peso - ¿Qué es algo de eso, Jacky?

- Pues... pues de lo que se haga en la guerra, ya sabes. ¡Si ni siquiera sabes zurcir tus propios calcetines! 

- Ya ves, tendré que aprender. Además, no será tan malo, en nada de tiempo me tendrás de vuelta, ni siquiera Gina y Abie me echarán de menos

- Pues me voy contigo - me doy la vuelta y echo a andar para la casa

Estoy muy enfadada, no sé si pegarle o abrazarle con tanta fuerza que no pueda despegarse de mí. No escucho nada a mi alrededor, nada en absoluto. Mis pensamientos me gritan en los oídos, me retumban.

- Jacky - sus brazos me rodean por la espalda y me quedo quieta

- ¿Qué quieres? ¿no ves que tengo que hacer el petate?

- Jacky - me gira despacio y pone su cara a la altura de la mía - No puedes venir

- ¿Y por qué no? Yo sé hacer muchas cosas, puedo cocinar algo que no sea muy difícil, puedo limpiar, coger huevos, cuidar animales, soy silenciosa, sé zurcir, pued...

- Hermana - me aprieta ligeramente los hombros - La guerra no es sitio para mujeres

- ¿Y por qué no?

- Porque... 

- ¿Ves? ¡No hay ningún por qué! Me iré contigo y se acabó - sonrío y vuelve a pararme, esta vez más serio y tajante

- No irás a ninguna parte, no es sitio para las mujeres porque a los hombres pueden matarnos pero a vosotras os hacen cosas peores

- ¿Peores que matarnos? - niego con la cabeza, nunca le había visto tan serio. Contiene el aire, me mira fijamente y entonces comprendo a lo que se refiere y mi mirada se cae al suelo - Pero... pero no me verán... yo... seré invisible y...

Me abraza. Nos quedamos en silencio un rato. Ni siquiera el rumor del viento y las hojas nos interrumpe. 

- No quiero que te pase nada - le devuelvo el abrazo, entre lágrimas

- Jacky, no me pasará nada, tú me enseñaste a ser invisible, ¿te acuerdas?

Se ríe y me da un beso en la cabeza. Es horrible siendo invisible. No quiero que me recuerde llorando así que me río muy de mentira. Ya mejoraré. 

- Más te vale... porque si no iré a buscarte




Emil

Todo está en calma, salvo mi cabeza. Tengo que concentrarme en otra cosa o voy a explotar como una de esas minas.
Y tengo mucho que hacer como para permitírmelo.

Jacky Hawkins vuelve a salir a escena, como diría mi amigo Charles. Al fin y al cabo para eso está, para hacer invencible a Jacqueline.

No quiero tener que ir a darle la noticia de las trincheras a Laforêt, pero lo hago. Dice que no es culpa mía. Se me adelanta al pensamiento y aún así va tarde. Puede que tenga razón, o puede que no, el caso es que yo no estaba allí. Ni siquiera me lo vi venir.

BOM. Así es como muere la gente. De pronto pisas algo y todo explota. Pisas donde no debías y ya no queda nada.
Pero ahora... ahora sí queda algo, ¿verdad? Sigo viva, así que la guerra, sea cual sea, no se acaba aquí.

Cojo aire. Quiero ver al muchacho, quizás sentir que cuido de alguien. No lo sé.

Lo han metido en una habitación, a oscuras y atado, como estaba. No puede ser. Así no vamos a ayudarle en nada, y además si queremos que confíe en nosotros desde luego no es el camino.
Le digo a Curie que yo me hago cargo y le saco de allí.

No habla mucho, no se fía nada. Está algo más centrado que la primera vez que le vi. Tiene los ojos llenos de dudas, y es normal. Dice que no recuerda nada. No sé qué haría yo si un buen día no recordase quién soy. Tiene que ser horrible.

Le digo que podemos salir fuera y me mira como si le hubiera mentido a la cara y se hubiera dado cuenta. Pero que no es mentira, porras, que podemos salir.
Me lo llevo al exterior y coge aire como si sintiera que es la última vez que va a poder hacerlo.

"¿Qué vais a hacer conmigo?"

No sé qué responderle, porque no sé realmente qué hacen los Raritos con los prisioneros, ni si él lo es, ni quién es, ni nada. Todo lo que tengo claro es que quiero ayudarle, y que lo haré hasta donde pueda.

¿Por qué? Y yo qué narices sé.

No recuerda nada de quién es, pero dice que no tiene algunos pensamientos demasiado... puros y bonitos. No importa tanto quien hayas sido como quien quieras ser. Pero lo primero de todo es ayudarte a recordar, Emil. Seas de los buenos, de los malos, o de donde diablos seas, nadie se merece pasearse por ahí sin saber quién es.

Le digo que no es necesario que duerma abajo, en la oscuridad, que hay una habitación para él. Es mentira, le dejo la mía, pero nadie tiene por qué saberlo. Le he dicho también a Doyle que yo me ocupo de él y me ha dicho que adelante, así que...
Emil no pone resistencia a dormir en una cama, con una ventana y sin estar atado. Normal.

Aun así no soy del todo (del todo) idiota, así que decido ponerme a los pies de la ventana, desde donde también pueda controlar la puerta. Por si le da por fugarse o armar algún estropicio. Desde aquí controlo todo a la perfección y en el silencio de la noche seguro que le escucho si hace el más mínimo ruido.

Cojo aire ahora yo. ¿De qué va todo esto realmente? ¿quién demonios es Emil, si es que se llama así? A mi cabeza vuelve la nieve llena de sangre. Aprieto mucho los ojos a ver si así se marcha.

La voz de Charles me espabila. Desde que volvimos de la casa de Méliès me mira distinto. Pero no es malo, de hecho, diría que es algo bueno. Se acerca a mí y me da una manta. Le cuento lo que hago aquí abajo y me mira con cara de "estás loco, Jack", pero no me discute.

Espero que haya visto la enorme luna de cartón que le dejé en su cuarto. Para él parecía importante. Seguro que ver lunas y estrellas ayuda a soñar cosas bonitas.

Le digo que no se preocupe y me responde que si necesito algo sé dónde encontrarlo. Me cae bien. Supongo que es algo más que un actor presumido y pretencioso. Qué idiota fui intentando pensar rápido sobre alguien con ojos de niño que se esconde tras un bigote de adulto.

No es el único que aparece. Amelia también se asoma. Acaba de llegar de misión. Me pregunta que cómo estoy, y también por Ernest, claro. Siempre pregunta por él, pero está haciendo bien lo de ignorarle. Sigue así y al menos habrás cambiado de estrategia, que ya es un paso. Además, Ernest le hace más caso desde que ella no lo hace. Así es la vida, amigos.

La mañana siguiente llega y yo debería dormir algo, así que me echo un par de horas, poco más. Luego vuelta a los problemas. Emil ha tenido el mismo sueño que yo, con el bicho del palo. Una especie de demonio de colores con plumas que decidió colarse en mis sueños y hablar conmigo sin pedirme permiso. Al parecer también lo ha hecho con él. No solo eso, sino que el palo ha ido hasta su mano.

¿Qué es lo que nos conecta? ¿por qué...?

Hablo con Doyle y me dice que Curie podría ayudarle a recordar con una máquina suya de esas raras. No me parece el mejor plan pero no tengo otro, y si Doyle se fía de ella... pues debería hacerlo yo también, ¿no?
Se lo propongo a Emil y me pone cara de que le hubieran restregado una boñiga de Margarite por los morros, pero llega a la misma conclusión que yo: no hay otro plan mejor.

Curie dice que deberíamos atarlo a la silla, porque se va a llevar un calambrazo. Lo de que le aten le hace menos gracia todavía que lo anterior, pero le voy pidiendo permiso y lo hago poco a poco. No parece tranquilo, pero creo que una parte de él se fía de mí. No tengo cara de mala persona y no mido una cuarta. Debe ser por eso.

Y se hace la magia. La señora Curie le pega un calambrazo que medio lo achicharra. Intento no gritar para que no se vuelva todo aun más loco, pero... ¿qué le pasa a esta mujer en la cabeza? ¡lo va a convertir en un churrasco! Su cara es de una tranquilidad pasmosa y me dice que todo ha ido bien cuando terminamos.

Está como un cencerro.

Pasan unas horas hasta que Emil despierta y para entonces ya le he desatado, no quiero que se asuste más de la cuenta. Mira a Curie como si quisiera asesinarla. Pero de verdad, no de broma. Le propongo salir de allí.
Me dice que no tiene recuerdos claros de nada, solo una niebla que intenta disiparse. Parece que va a pasar otra noche más con nosotros así que me lo llevo al comedor. ¿Es que no sonríes nunca o qué?
No te va a quedar más remedio que hacerlo, Emil...

Come más que veinte hombres juntos. No sé si es que la máquina achicharra-cerebros provoca hambre o qué, pero entre la comida y algún que otro comentario más que ingenioso por mi parte consigo que tenga que contener la risa un par de veces. Se ha empeñado en parecer duro.

Lo dejo de vuelta en su habitación, que es la mía, y de camino me cruzo con Ernest. Tiene una cara de enfado y desaprobación absoluta. Me pregunta que si estoy seguro de lo que estoy haciendo. Le respondo que no, pero que confíe en mí. No le hace maldita gracia, no se esfuerza en disimularlo, pero no me dice nada más y se aleja mascullando en voz baja.

Suspiro. Es el momento de volver al exterior. Puede que nuestro amigo recobre la memoria y descubra que es uno de los malos, y la verdad es que no quiero que le de por matar a nadie, pero creo que la mejor forma de evitarlo no es presionándole.

En algún momento caigo dormida. Me despierto en un lugar... extraño. Es un abismo negro, no hay eco. No hay nadie m... ¿EMIL? ¿qué haces aquí? ¿por qué estoy soñando con Emil?
Hablo con él. Si es un sueño es muy lúcido. Ninguno de los dos tenemos claro que lo sea. Es como si... como si estuviéramos en un vacío, en un espacio que está en ningún lugar entre la mente de los dos. Es muy extraño, y a la vez no tengo miedo, aunque quizás debería.

Hablamos durante mucho rato. Me dice que cree que no es de los buenos, que tiene pensamientos que no son buenos. No sé cómo llegamos a la conclusión de que estamos en su cabeza y en la mía al mismo tiempo, ¡así que otra magnífica idea de Jacky Hawkins acude al rescate!

"¿Y si intento buscar tus recuerdos ahora que estoy en tu cabeza?"

No le hace ninguna gracia, pero es que a este tipo no hay nada que le haga gracia. Aunque también es normal, claro. En cualquier caso accede. Allí está el palo, con nosotros. Le pongo el palo en la cabeza. Si esto nos conecta quizás...
WOW. Veo una casa, un lago, huele bien, a comida... veo... ¿su hogar?
Salgo de allí cuando llevo algo de rato.
Tienes padres, Emil, o los tenías.

Quiere que nos vayamos de aquí. Sea donde sea aquí.
Lo entiendo, a mí tampoco me gustaría que hurgasen en mi cabeza. Además hay alguna que otra cosa que no sería bonito que descubrieran.

Le doy otra vez con el palo en la cabeza, pero esta vez con pensamiento de salir.
La magia vuelve a hacerse. Ya está amaneciendo.

En el exterior, uno de los enormes árboles está ennegrecido, como si se hubiera carbonizado. Emil aparece a mi espalda y me dice que ha sido él. Me enseña el palo. No sé si lo entiendo, pero es evidente que estamos conectados de alguna manera. 

Hablamos un montón. Al final le digo que en realidad si quiere puede irse.
Sé que se lo piensa, aunque finja medio bien. 

Cualquiera querría salir allí a saber quién es. Y él ahora tiene familia. Yo haría lo mismo. Quiero pensar que, en realidad, estoy haciendo lo mismo aunque tenga la sensación de estar con el trasero clavado en el suelo sin moverme.

Le estrecho la mano. Volveremos a vernos, Emil. Los dos lo sabemos.

Se aleja a paso lento sin mirar atrás y yo devuelvo la vista al árbol y lo toco con el palo. Le hablo al bicho raro emplumado que se supone que está dentro. 
El árbol se desmorona, pero creo que me está comprendiendo. 

Me agacho. Entre la ceniza hay un pequeño brote. Renace. 

Así debemos ser todos. Como este árbol. 

domingo, 15 de diciembre de 2019

Todo está en guerra

Charles sigue histérico. Espero que cuando haga eso de subirse al escenario no se ponga tan nervioso, porque si no su carrera va a ser un fracaso. Lo van a llamar "Charles-Tembleque-Chaplin". Suena ridículo, pero yo solo sé poner nombres a las gallinas. 

De camino me lo explica todo una vez más. Como si hubiera mucho que explicar. Podría resumirse en "eh, está pasando algo raro, o eso creemos, pero no sabemos ni por dónde empezar". Pues genial, nada como un ratón para meterse en esas madrigueras, ¿verdad?

Se suponía que esto iba a ser un palacio pero... ¿qué ha pasado aquí? Parece que se han caído todos los rayos de la tormenta encima de este sitio. La casa podría ser un palacio, pero solo es un amasijo gigante de hierro y cristal. Entramos y una silueta se nos acerca. Parece que flota. No me gusta, me da mala espina. 

No es que yo sea muy lista, pero tengo algo de instinto (si no, ¿de qué seguiría viva?) y efectivamente nuestro primer anfitrión es un muñeco. Un muñeco muy bien hecho, pero que pone los pelos de punta. Toda esa sala está llena de muñecos. Nos miran con los ojos muy fijos, llenos de pestañas rígidas y con sus pupilas brillantes a la luz. Es... es diabólico. Un escalofrío me recorre toda la espalda. No me va a gustar esta misión. 

A Charles le cambia la sonrisa y la pose. Aquí llega el anfitrión de verdad, el señor Méliès. Es un tipo raro, pero muy, muy raro. Tan amable que no me da buena espina. Nos invita a pasar y nos instalamos en una habitación con más goteras que una trinchera después de unas semanas. 
Como hay que empezar a buscar (no sé bien qué), me ofrezco a arreglarle las goteras, para que no tenga que disculparse con los demás invitados. Parece agradecido, mucho, otra vez. De todos modos a mí me da igual, yo eso de hablar y adular no es mi punto fuerte así que dejo a Charles con él y yo me dedico a lo mío: rebuscar. 

Definitivamente el techo está hecho un destrozo. Nada que Jacky Hawkins no pueda arreglar, claro. Lo dejo como nuevo. Como nuevo después de trescientos años, más o menos, pero oye, lo importante es que ya nadie se mojará. En el camino... descubro alguna que otra cosa. La que más llama mi atención es una puerta. Está en la habitación contigua, donde hay un colchón tirado en el suelo y un montacargas. La puerta no se abre ni de broma. Me falta pedírselo por favor, pero se ve que aquí la educación tiene poco que decir. 
Escucho pasos así que corro a esconderme. En el montacargas, claro, parece un buen sitio. Trepo un pelín con la espalda y las piernas por el conducto y listo. Tendrían que asomarse y mirar a la chimenea para verme. 

Entra alguien, supongo que es Méliès. Escucho más voces abajo, deben de haber llegado los demás invitados. Quien sea se para en la habitación y dice un nombre en voz muy baja: Eugènie. 
Luego escucho algo pesado arrastrar. Dos veces. Y todo se queda en silencio.

Me asomo y sonrío. De modo que esa puerta tiene contraseña, ¿eh? Le guiño un ojo a la nada. Ya volveré, espérame, misterio por resolver. 
Hemingway estaría emocionadísimo. ¿Un peligro? Allá correría él, conmigo. 

Salgo por patas de allí y bajo las escaleras. Me ajusto el traje, o lo que sea esto, y pongo mi mejor sonrisa. Charles me crucifica con la mirada al verme llegar tarde delante de su querida Marion... Oh, espera, ¿no lo he dicho? Cuando me ha pasado los informes tenía a todos los invitados, pero había un par de anotaciones SOLO en el de Marion Davies. Qué casualidad. Yo no soy muy lista, pero su voz suave hablando con ella le delata. Le gusta la señorita Davies. Madre mía que si le gusta. Sonríe como una vaca. 

Me presentan al resto, un tal Max Linder y una tal Ruth Roland. Soy la mosca en la leche. No encajo en absoluto con esta gente. Suspiro y sonrío. Esto es un trabajo, Jacky, deja de protestar.

Nuestro anfitrión se vuelve a reunir con nosotros y nos dice que tenemos un rato de... esparcimiento, antes de la cena. Esto es más raro... realmente no me importa, me las apaño para ausentarme. Ahora sí que tengo un sitio al que ir. ¡Puerta misteriosa, allá voy! 

Digo el nombre en voz bajita una vez estoy delante, y como si fuera un pasadizo secreto se abre ante mis narices. Wow... es alucinante. Unas escaleras larguísimas y oscuras se pierden hacia abajo, como si hubiera muchas plantas bajo la casa. Cojo un pequeño candil y comienzo a bajar. Sin hacer ruido, como siempre. Por eso estoy aquí. 
Hace frío aquí abajo, y si no fuera por la luz que llevo no vería absolutamente nada. Me pregunto dónde llevarán las escaleras cuando de pronto descubro puertas. Oh, no. Puertas simplemente no. Puertas con barrotes. Puertas de celdas. 
¿Qué demonios pasa aquí? 

Voy pegando una por una y, para mi sorpresa y espanto, escucho una voz dentro de una de las habitaciones. Abro la puerta y entro a una oscuridad todavía más negra. Me acerco y descubro una camilla. Huele a humedad y a alguien le castañetean los dientes. En la camilla, atado y con los ojos vendados hay un muchacho. Cojo aire. Pregunta si hay alguien ahí. 
Algo muy raro se apodera de mí. Quiero sacarlo de ahí a toda costa, no le conozco, pero la voz le tiembla de una manera que me pone furiosa que esté atado, solo, a oscuras. 

Le digo cómo me llamo, le digo que volveré a por él, pero que tiene que esperarme. Dice que no le deje a oscuras. La oscuridad es tuya, Emil. Emil... así se llama el pobre desgraciado. 

"La oscuridad es tuya, cierra los ojos y la estarás creando tú, y allí ella no puede hacerte nada, porque te pertenece".

Le aprieto las manos y me muerdo la rabia. Le dejo de nuevo allí, solo y en silencio, murmurando en voz muy baja "la oscuridad es mía". 

Méliès, no sé quién eres, pero alguien debería darte una paliza. 

Bajo a cenar con todos y Charles está tan atontado con la señorita Davies que me resulta imposible hacer que se dé cuenta de que aquí hay gato encerrado, de que su querido director de cine más que hacer cosas de la luna es un maldito lunático. Así que nada, cenamos y todo normal, sonrisas y conversaciones. Yo salgo del paso como puedo, mi querido Chaplin no hace más que hablar de él a la chica guapa. Pero Charlie... deja de hablar de ti y pregúntale por ella... De verdad, que yo de amores no entiendo nada, pero es que eso es como básico, ¿no? 

Mientras cenamos hay otra cosa que me llama la atención, y es que el señor Méliès no come. NADA. No... pero nada, ¿eh? Es que ni prueba el agua. O nos está envenenando o aquí pasa algo raro...
¿Y si...? No, ¿qué dices Jacky...? Estás tonta, no puede ser. No existen los muñecos tan grandes.

Aaaaaham... genial. Por si fuera ya todo poco retorcido se va la luz. Nuestro anfitrión dice que irá a arreglarla y yo aprovecho la oscuridad y mi poca participación en la charla de la cena para seguirle. 
Fantástico, justo mi lugar favorito de la casa... la caminata me lleva al sitio ese lleno de muñecos, todos mirándome. Cuando me vengo a dar cuenta Méliès ha activado de nuevo el generador y vuelve a haber luz.

Oh, genial, se ha hecho la magia y Jacky no está de vuelta. Tendré que inventarme algo. Corro hasta el piso superior, salgo fuera de la casa y me meto dos dedos en la garganta. ¿Por qué si no iba a haber salido? Claramente me debe haber sentado mal algo y he salido a buscar el retrete para vomitar, y al no encontrarlo... pues lo he hecho fuera. Prefiero ponerlo todo perdido que levantar sospechas, y no se me ocurre nada mejor. ¡Oye! Puedo pensar rápido, pero no me pidas un plan muy elaborado, que no soy Doyle. 

Parece que medio cuela mi excusa cuando me encuentran, aunque Charles me mira con cara de querer estrangularme. No se entera de nada. 

Ya no sé quién está en este ajo. ¿Solo nuestro anfitrión? No sé si creérmelo. 
Por cierto, propone un brindis. Genial, un brindis. Ni de broma voy a beber nada, y menos si él mismo no bebe. Pero nada, toooooodos dan un largo trago. Charles incluido. Mierda. 

Yo me mojo los labios mientras me miran, para disimular, y tiro el resto.

Empiezo a escuchar golpes de cabezazos en la mesa. Como suponía, nos están envenenando. Espero que no estén muert... oh, no, no... yo también me estoy mareando. ¡Venga ya! ¡Si solo me he mojado los labios! Aprovecho el mareo para hacerme la dormida, o la muerta, o lo que sea.

El señor Linder habla. Para mi sorpresa le pregunta a Méliès que qué van a hacer con nosotros. Sabía que no estaba solo. Maldición. ¿Y ahora qué? 

Comienzan a llevarse a mis compañeros a rastras, creo que sé hacia dónde. Fue una de las pocas cosas que me dijo Emil, que Méliès se lo había quitado todo. Que no recordaba nada. 
No puedo dejar que pase eso. Pero qué mareo, demonios...
Espero a que me dejen sola, pensando que estoy sopa como el resto, mientras arrastran a Charles. Me levanto como puedo, pegándome a las paredes y me quito de en medio. Necesito esconderme hasta ser capaz por lo menos de centrar la vista. Todo me da vueltas. Me tiemblan las piernas. 

No sé cómo lo hago para llegar hasta el montacargas pero hago lo mismo de la otra vez y me escondo allí. Necesito tiempo, y no tengo tiempo. Reconozco que tengo algo de miedo, ¡pero es porque apenas me tengo en pie!

Les escucho salir de la habitación secreta, bajar y discutir. Gritan, me llaman. No pienso salir, a palabras necias... 
Pero entonces amenazan con hacerle daño a Charles, y ahí es donde meten la pata hasta el fondo. ¿Quieren Jacky? La tendrán. 

Cojo al palo, que viene conmigo. Le prometí a Curie que no lo usaría si no fuera necesario, pero es que ahora mismo me parece bastante necesario, así que salgo y me escondo. Les espero en una buena esquina. Nadie ve al ratón. Todos pisan la mina. Ahora yo soy la mina y el ratón a la vez. Un par de golpes con el palo bastan para lanzar a Linder por la ventana y hundir a nuestro anfitrión en el suelo hasta Dios sabe qué planta. Todo se queda en calma. Por suerte. Aún estoy como borracha.
Charles está aturdido, pero parece más despierto que yo. Se ve que lo han espabilado para darle el paseíto en mi busca. 

Bajamos al sótano del terror y sacamos a las señoritas amigas de Charles, y también a Emil. Ninguno está del todo consciente. Emil balbucea. Sigue con aquella cantinela con la que le dejé. Hay algo en él que me da pena. Es como si tuviera que cuidar de él. No sé, es muy extraño. 

Llamamos a la Curie-ambulancia y Charles se lleva a todos los rescatados. Yo le digo que me quedaré para buscar si nos hemos dejado algo más. Ya estoy algo mejor. Algo. 

Antes de irse se despide de Méliès, de Linder. Se despide de ellos y se saluda con la decepción. Algo ha cambiado en mi compañero esta noche. 

No descubro gran cosa, solo unos papeles de los tipos del Rasputín ese. Los lleva encima Linder. Nuestro anfitrión... supongo que si que hay muñecos tan grandes. No es más que otro de esos cacharros, solo que no sé por qué tipo de magia o lo que sea, este estaba muy vivo. 
No me gusta matar. No me gusta, y en un segundo han caído dos hombres a mis manos.

Respiro. Es la guerra, ¿verdad Jacqueline? Sacudo la cabeza. Jacky. Es Jacky. 

La guerra... recibo una llamada de Doyle. Al parecer algo ha ocurrido en el lugar de mi trinchera, donde estaba mi posición. Donde debería estar yo.
Ernest me recoge en la petit-curie y salimos corriendo hasta allí.

Barro. Sangre. Muerte. Silencio. Todo mezclado. El desastre habitual lo es mucho más. Niego con la cabeza sin parar mientras busco entre el caos de cuerpos y destrucción a alguien que siga con vida. 
Yo tendría que haber estado aquí. 
No queda nadie. 
¿Dónde está Dugarry? Corro a la enfermería temiéndome lo peor. 
Solo hay una buena noticia: Etiène, nuestro médico, sigue con vida. 
Está horrorizado, traumatizado. Habla de gente extraña que no moría, o se desvanecía, de gente que vino y mató a todo el mundo, que hicieron un baño de sangre. Que se llevaron a mi amigo.

Me querían a mí. O al maldito palo. Me da igual. El caso es que era a mí a quien buscaban y solo han dejado muerte a su paso. 

Y yo no estaba aquí.

¿Dónde estabas cuando te necesitaban aquellos a los que prometiste cuidar? 
Jugando a algo más fácil, ¿verdad? Porque en el fondo, y tú lo sabes, la trinchera y los tiros te están vaciando de lágrimas los ojos. 

¿Dónde demonios estabas, Jacky? ¿o es Jacqueline?

domingo, 10 de noviembre de 2019

De compras en París

No sé en qué momento se me ocurrió decirle que sí a Chaplin. 

Nos movemos por París y a mí todo me llama la atención. Es como si la guerra no hubiera llegado hasta aquí. La gente pasea sin preocupaciones. Hay dos tipos comiéndose un aperitivo en una terraza, se ríen y charlan animadamente, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Como si la vida no pudiera terminar mañana, o dentro de un rato.

Charles está muy nervioso e intenta enseñarme todo lo que se supone que debo hacer. Yo no soy actriz ni nada que se le parezca. Aunque bueno... llevo cerca de un año fingiendo un papel, ¿no? Lo mismo no me queda tan lejos. 

No entiendo porqué todo esto es tan importante, pero para él lo parece así que decido hacerle caso en la medida de que lo que me pide no me parece del todo estúpido. 
Vemos una tienda donde hacen cosas de comer. Huele que alimenta. Creo que la última vez que olí algo tan delicioso fue en otra vida. 
Croissants y otros dulces. Charles dice que tengo que conseguir que me pongan uno gratis, porque "soy un tipo famoso al otro lado del mar". Que va, paso. Esto no es para mí.
Acabo comprando el croissant y le pido que me ponga más. Por supuesto pago.

Acto seguido Chaplin intenta hacer una demostración magistral sobre como se hacen las cosas y yo... bueno, me cargo la escena. Será que a mí me va más eso de improvisar sobre la marcha. Parece disgustado cuando salimos pero una sonrisa vuelve a aparecer en su cara cuando entramos en el modista.

Qué espectáculo de hombre. No sé si reírme o llorar. Me toma medidas no sé cuántas veces, me hacen cambiarme otras tantas. Todo tiene que estar perfecto. Yo solo pido que la ropa me quede algo holgada. Me miran como si fuera un monigote.

He decidido que no me gusta ir de compras. No lo echaré de menos. 

Salimos de allí y Charles parece orgulloso de cómo va saliendo casi todo. Creo que tiene la confianza de que me enderezará antes de lo que yo pienso. Me da que se equivoca. 
No voy a arruinar su velada, es más, quiero ayudarle, pero tampoco voy a sentirme más estúpida de la cuenta en el proceso. 

Ya voy vestida, y tengo que reconocer que no me sienta mal esta ropa. Eso sí, no van a cortarme más el pelo. Ya lo pasé lo suficientemente mal la primera vez, y cada vez que lo recorto para mantenerlo como está. 
Echo de menos mi pelo largo. En realidad, echo de menos ser una chica. O eso creo. 

Un muchacho corre delante nuestra, le roba el bolso de un tirón a una señora y prosigue la carrera. Ni me lo pienso, corro detrás. Tengo que reconocer que no me cuesta trabajo darle alcance. Se ve que estoy en forma. Al parecer el chico roba para comer, así que le quito el bolso y le doy el dinero que llevo yo.
Luego salgo y busco a la señora, que no tiene otra cosa que hacer que ponerse a despotricar sobre los miserables de las calles de París y de cómo la justicia debería tratarles. Esa foca enorme no ha pasado hambre en su vida, si no no hablaría con tanta ligereza y desde luego no tendría unas carnes como para hacer abrigos a toda la población. Menuda estúpida.

Me muerdo las ganas de darle un puñetazo y Charles y yo nos vamos de ahí. No me regaña demasiado cuando ve el roto del pantalón, creo que porque ve mi cara de mosqueo.
En lugar de eso decidimos que puedo trabajar en "doble de efectos especiales de cine en el papel de niño", así que vamos a comprar otro tipo de ropa, de crío esta vez.
Correr y dar volteretas tenía que servir para algo fuera del frente. Siempre pensé que lo pondría en práctica volviendo a tratar de cazar a Gina, pero se ve que antes que eso seré doble de cine.


Echo de menos a Gina. Con lo rápida que era sería la ama y señora de los campos de minas. 
¿Podría amaestrarla para pisar las minas y salir corriendo antes de que la explosión la pille?
En dos meses sería teniente, o capitán. 
Capitán de las gallinas. 


lunes, 30 de septiembre de 2019

Sin punto y final

Parece ser que mañana saldré con Charles de compras, porque hay una... misión importante con un montón de gente del cine. Bueno, yo de eso no entiendo nada, pero si cree que puedo ayudarle pues... en eso consiste esto, ¿no? 

Bajo el ascensor hasta llegar a donde está Curie, quiero ver a Laforêt, si sigue inconsciente o no y qué diablos se le ha pasado por la cabeza. 

Cuando abro Doyle y Curie están hablando, pero me dejan entrar con el teniente y quedarme a solas con él.
Me sonríe con cierta ternura y yo niego repetidas veces. ¿Por qué? ¿Por qué lo ha hecho?

Casi me siento culpable cuando me dice que ha vivido muchos años, demasiados, y que piensa que es el momento de abandonar este mundo. ¿El momento? No puedo ni pensar por lo que habrá pasado, mi teniente, pero si creía que era su destino morir, por esas también era su destino que yo le salvase. 
Si creemos en algo debe ser para todo, no solo para lo que nos conviene.

Me siento mal. Me alegro de que esté vivo, de que esté aquí, respirando, conmigo... y al mismo tiempo no sé qué tipo de persona soy no dando cuartel a quien lo pide.

No sé, supongo que he aprendido a gestionar que la gente haga locuras por sobrevivir, pero, ¿que se dejen morir? Eso sale de la norma de todo lo que se mastica en el día a día.

¿Llorar? No voy a llorar, no pienso llorar. Cojo aire para hacerle prometer que se quedará conmigo, que no me va a dejar a medio camino de todo y nada.

Sonríe. Le duele, lo veo en sus ojos, pero parece que entiende, o quizás solo que asume... que su camino aún no ha terminado.

martes, 24 de septiembre de 2019

Coge el volante

Está siendo un día largo, pero los ha habido peores y quiero saber cómo está Ernest, así que me dirijo a la enfermería, donde me han dicho que aún lo tienen retenido. Seguro que no lo está disfrutando.

Nada más asomarme veo que Amelia ya está allí con él. Cruzo los dedos y me muerdo los labios, estoy hasta nerviosa, emocionada. Supongo que cuando lees un buen libro pasa algo parecido, quieres ver qué acaba ocurriendo con los personajes y ese tipo de cosas. 

Yo tengo mucha curiosidad por saber qué va a salir de esto. 

Me cuelo y me escondo detrás de una de las camillas. Obviamente no me han visto pero durante un segundo Ernest ha parecido escuchar algo. No a mí, desde luego, a mí no se me ve venir. 

Ahora soy yo quien les escucha a ellos y esto es ridículo. Hemingway se "excusa" diciéndole a Amelia que ella no puede hacerse valer menos que nadie, que es estupenda y blablabla... que no debe ponerse tímida con él ni ser menos que él. En eso estoy de acuerdo, ella no está ni mucho menos por debajo de Ernest, si es que eso se puede decidir de alguna manera. Lo que no puedo creer es que él no se esté dando cuenta de que le están lanzando granadas a bocajarro. 

Ella le dice que he vuelto y él parece ponerse contento. No voy a mentir, me gusta que se alegre de mi llegada, creo que es algo bonito cuando alguien sonríe porque estás tú. Le pide que por favor vaya a buscarme y en cuanto Amelia sale yo saco la cabeza de mi escondite.

- ¿De verdad no lo ves?

- ¿Cuánto rato llevas ahí, Jack?

Me acerco a la camilla, le pregunto cómo está y al ver que ahora mismo su mayor problema es un caso grave de aburrimiento, entro al ataque. 
No sé si no me entiende o se hace el tonto. Ya sé que le he dicho a Amelia que no iba a hablar nada de esto con él peroooo... una ayudita no hace mal a nadie. 
Me dice que es sensacional, que le gusta, pero no como ella pretende gustarle. Es decir "que no es hombre de una sola mujer". Supongo que eso de la exclusividad te pasa cuando te enamoras y claramente él no lo está y dice que no quiere hacerle daño. Sin embargo sigue dándome rabia, ¡si no te gusta, pues díselo, no la tengas en vilo! ¡solo está esperando una respuesta, un beso! Y tú, maldito bobo, ¿sabes lo que quiere y en lugar de decirle lo que ocurre prefieres que esté suspirando por ti? Deja a un lado tu vanidad un momento, y si es tu amiga, habla con ella, o algo, no sé, haz algo.

En plena conversación la puerta se abre y la protagonista de la charla entra. Me mira con los ojos muy abiertos y le digo que debemos habernos cruzado. Parece que cuela. Me dice que debo bajar a hablar con Curie y con Doyle, y no voy a poner muchas más pegas. Además, llegando para la enfermería también me he cruzado con Chaplin, que por lo visto busca un "compañero de misión", así que parece que tengo cosas que hacer.

Me disculpo con los dos y salgo. Luego hago como que voy alejando mis pasos y me quedo detrás de la puerta. ¡¿Qué?! ¡Quiero saber qué va a pasar ahí dentro! Ya, ya sé que no está bien, pero veo tan pocas de estas cosas que no sé, ¿tú dejarías de leer? 

Se quedan hablando unos segundos, apenas escucho lo que dicen pero me asomo y él le planta un beso de esos que deben llamar "de película" en los labios. Wow, qué énfasis. Qué... no sé, no sé si es bonito o es tan floreado que parece falso. De cualquier forma cuando ella se incorpora puedo ver como le tiemblan las piernas desde donde estoy.

Amelia viene hacia la puerta y me aparto. Sale, se aleja y se sienta en las escaleras. No parece especialmente contenta, así que la sigo y me siento a su lado. 

Le pregunto que qué ha ocurrido, y me lo cuenta, pero sigue sin parecer emocionada. Más bien está confundida. Le digo que bueno, Ernest tiene razón, ella no es menos que él, es una tipa estupenda y solo tiene que darse cuenta, que Hemingway me ha confesado que le gusta, pero no como una... relación seria y formal, y que no quiere hacerle daño.

Ella me dice que supone que eso es bueno, y claro que lo es, implica que eres importante para alguien, aunque no de la forma en que tú lo pretendías. 

Me parece un buen momento para contarle que en realidad... bueno, que soy Jacqueline. No es que me apetezca que mucha gente lo sepa, nada más lejos, pero supongo que me he metido un poco donde no me llaman y creo que se lo debo, además, quiero que sepa que puede confiar en mí. A ninguna de las dos nos parece mal tener a otra chica cerca. Quizás algún día sea una amiga, más que una compañera. Ains...

Amelia Earhart, haces lo que quieres a los mandos de tu avioneta. La vida no es más que otra cosa que tienes que conducir por donde te de la gana y puedas. A veces te pedirá que hagas piruetas, que eches combustible, que descanses el motor... pero francamente, no he visto a nadie, a nadie en toda mi corta vida, pilotar como tú.

Coge el volante. Ya está bien de volar bajo.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Soy una sombra

- Ni siquiera se te ocurra Abie, ni-se-te-ocurr... ¡maldición! - corro detrás de ella, no ha colado eso de mantenerle la mirada y acercarme despacio, ni siquiera lo de hablarle con voz dulce. Corre como si la persiguiera el diablo

- ¿Qué pasa Jacky? ¿vencida por una gallina? - tumbado contra un árbol, dando tajos con la navaja a un trozo de madera, como suele ser, me mira con una mueca burlona

- ¡Ni en sueños! 

- Abie no piensa lo mismo...

Dirijo la mirada a mi plumífera enemiga. Se ha parado y vuelve a mirarme fijamente, con ese bamboleo repetitivo del cuello. Juraría que se está riendo de mí la muy...

- No sé de quién me hablas... - miro hacia mi hermano mientras me acerco despacio, caminando de lado como quien no quiere la cosa, a mi oponente - Yo no veo a Abie por ningún sitio

- Pues créeme, ella sí te está viendo a ti

- Soy silenciosa como una sombra... nadie es capaz de seguir mis movimientos... - susurro y hago temblar la voz, como cuando nos contamos cuentos de fantasmas

Sin previo aviso salto encima de Abie. Bueno, intento saltar encima de Abie. Hay que reconocerle que tiene clase. Pega un saltito y me esquiva. Yo mastico barro y ella se aleja moviendo el trasero emplumado.

- Menuda sombra estás hecha...

- Dame tiempo - me levanto sonriente y me quito el barro de la cara y el pecho - Tengo catorce, en... mmm... ¡tres años! Sí, en tres años ni me verás venir, seré la mejor recogiendo huevos y cazando gallinas

- Te creo Jacky - se levanta y me tira algo, lo que estaba tallando - Deberías lavarte, vamos a comer

Se aleja sonriente y miro lo que ha lanzado y he cogido en el aire. Es una gallina, de madera. Supongo que podría decir que es la primera que cojo al vuelo.

La llamaré Gina. Gina la gallina. 

sábado, 14 de septiembre de 2019

Retorno y partida

De camino a la trinchera no puedo quitarme demasiadas cosas de la cabeza. El palo, los hombres de ceniza, el disparo a Hemingway y cómo Amelia le miraba.

Es que no había visto a nadie mirar a alguien así. Era como si hubiera dejado de respirar y al mismo tiempo como si tenerle cerca le permitiera respirar de verdad. Casi le salían estrellitas por los ojos. 
No puedo evitar sonreír mientras me quedo dormida en el vehículo, de vuelta a la nieve y la mugre. 

Lo primero que hago es presentarme delante de mi oficial, el teniente Laforêt tose y está más cojo que la última vez. Le doy el sobre que Doyle me ha dado para él. 
Luego voy a ver a Dugarry y espero que esté mejor que lo dejé. 

No solo está mejor, sino que a todas luces, sigue igual. Se está riendo con una de esas revistas donde cuentan historias de gente que tiene sexo. A veces incluso hay dibujos. Es una mezcla entre asqueroso y bochornoso. Es... definitivamente es la versión de Hemingway sin poesía. 

Cuando me ve intenta esconderla a toda costa. Como si no supiera lo que es, vamos. 

Nos reímos un rato y me pregunta que dónde he estado. Le hablo de que he estado haciendo de mensajero. Supongo que es lo mejor que se me ha ocurrido. Él lo convierte en que soy espía. Yo no sé negárselo. ¿Qué soy exactamente? No, en serio, ¿qué? 

Salgo de allí y le dejo descansar.

Los días pasan. Las exploraciones se suceden. Parece que los alemanes se han replegado ligeramente y eso deja las cosas más tranquilas. El campo está vestido de silencio. Es extraño saber que estás en alerta de ataque permanente cuando nadie hace ruido ni mueve un músculo. 
Es muy raro. 

Los días pasan y la nieve y la mugre siguen. Cuesta saber cuándo acaba un día y termina otros, salvo por la temperatura, pero pierdes la cuenta rápido. 

Abro los ojos en mi tienda, ya algo más ordenada, y me dirijo a ver al teniente. Me cuadro nada más entrar y verle tirado en el suelo. Me dirijo a él a toda velocidad. Está semiconsciente mientras guarda el sobre de Doyle y tose como un condenado. Cuando lo sostengo entre los brazos pierde la conciencia, compruebo con urgencia que está vivo y me asomo pidiendo ayuda a voz en grito. 
¡Un médico! 

Se lo llevan y yo me quedo con el corazón en un puño. Abro el sobre, hay pastillas y una carta de Doyle pidiéndole que se las tome. Evidentemente el muy cabezota no le ha hecho caso. Me muerdo las ganas de darle un puñetazo y después de mandar un S.O.S. por la radio de Curie voy para la tienda de médico.

Lo hacemos todo muy rápido, le cuento a Dugarry lo que ha pasado e iniciamos el numerito del enfermo. Se pone a revolcarse en el barro, como si tuviera convulsiones y pido ayuda. No tardan en venir médicos y creo que ha tragado barro de verdad. De cualquier forma aprovecho para meterme en la tienda médica y darle una de las pastillas a Laforêt, que respira con dificultad y hasta hace dos segundos sonaba como si le estuvieran matando despacio. 
Me quedo a su lado y le susurro, para que le quede bien claro: "mi teniente, con el debido respeto, si no se toma las pastillas se las meteré por el culo". 

Esboza una sonrisa y hace gestos con los dedos, como si radiotelegrafiase morse. Intento quedarme con lo que dice y luego voy a rescatar a Dugarry antes de que le pongan un jeringazo horroroso. 
El médico es nuevo y tiene cara de no entender nada y de estar sobrepasado. 

Salimos de allí mi compañero y yo y me pregunta que qué ha pasado. Le pido que me traduzca el código y que haga guardia y me avise si pasa algo. A cambio me pide que rescate más de esas revistas que el teniente le confiscó en su momento. Sin problema. Corro todo lo que puedo y mando el mensaje que me ha pedido Laforêt: Curie.
Lo que recibo de vuelta se traduce como: aguanta.

Solo queda esperar. Me he entretenido buscando el manual de morse y Dugarry aparece en la tienda del teniente. Dice que quiere usar el baño. Tarda como media hora. ¿Qué puñeta hace?

Cuando sale vamos a la tienda del médico, que al parecer se llama Ettiène. Le digo al doctor que se nota que no lleva mucho tiempo aquí. No hace falta ser muy listo para darse cuenta. ¿Dos pacientes y sobrepasado? No ha estado en situación de fuego, claramente. Mucho menos de bombardeo.

Por lo visto el teniente se encuentra mejor. Estable. Algo es algo. 

Mientras leemos un manual para señoritas de Dugarry, según el que es capaz de... ¿cómo dijo hace un rato? Ah, sí, "adentrarse en la mente femenina", escuchamos el sonido lejano de un vehículo. 

Quizás sea la ayuda que esperamos, así que le pido a mi compañero que se quede y salgo como una bala en dirección a la carretera. Un coche viene hacia mí. Espero que frene porque no pienso quitarme. Esquiva árboles, va campo a través. ¿Quién va al volante? Para a escasos centímetros de mí, justo cuando pienso que voy a morir de la forma más ridícula que se me ocurre. 
Me asomo a la ventanilla y una mujer a la que apenas había visto tres segundos y de lejos se me presenta. 
¡Es Amelia! Con razón, después de lo que hizo con la avioneta cuando nos rescató a Ernest y a mí tenía que haber supuesto que nadie más conduce así. 
Me dice que suba, que hay que recoger a Laforêt. Lo hago y no tardamos en llegar. Va vestida de doctora y por supuesto a Dugarry se le cae la baba cuando la ve aparecer. No entiende que tengamos que irnos cuando Amelia me dice que debo acompañarla. Yo tampoco lo entiendo, pero cumplo órdenes.
No puedo negar que me da rabia y pena a partes iguales dejarle atrás, sin contarle nada. No es justo. 

Emprendemos el camino de vuelta al hotel y no puedo evitarlo. Le pregunto a Amelia si le gusta Ernest. Le cuesta decirlo pero después de ponerse como un tomate no hay quien niegue lo evidente. Dice que sí, pero que él no lo sabe, y que lo único que quiere es un beso. 
Un beso. Me pregunto a qué sabrá eso, si será tan maravilloso como todo el mundo se empeña en decir o si solo será un baboseo asqueroso. 
Le digo que debería decirle algo a Ernest. ¿Por qué no? Lo peor que puede pasar es que no consiga ese beso y se quede como ahora, y si es algo que quiere tanto...

Tardamos absurdamente poco en llegar al hotel. Se llevan al teniente a que lo atienda Curie, que al parecer es la mejor médico que hay aquí.

No sé quién eres, Curie, pero si le salvas la vida te deberé la mía. 

HH21 - Segunda parte

Llego a comisaría y me meten en un calabozo. Todo va según lo planeado. Clemont sigue sin entender nada, pero no tarda en llegar el tal coronel Foch, el tipo que está al mando. 
Mantienen una discusión, el coronel quiere que el comisario salga y le deje hablar por teléfono en privado, y el otro se resiste. Suena un silbato y Clemont deja de discutir y se larga.

Menudo poder de convicción.

El coronel habla por teléfono, solo entiendo "88BA". No sé qué es pero huele a código, así que me lo repito mentalmente para que no se me vaya.
Se ponen delante de mí dos guardias con unas caras de muerto increíbles. No puedo evitar acordarme de los tipos que pasan días enredados en el alambre de espino antes de que los encontremos. Tienen la misma mala pinta.
Luego el coronel se asoma a mi celda y me observa, así que me doy un par de vueltas para que me vea bien, como se hace a los animales de granja. 

Sonríe, o algo así. Es feo de narices. Lleva un uniforme francés, pero... no sé, dice que es del sur de Francia y no lo dice muy convencido. Es que no huele bien para nada, pero hay que seguir. 

Dejo que me saquen de allí y cuando me cruzo con Clemont trato por todos los medios de acercarme a él casi dando una voltereta y le digo muy bajito "88BA", por si a él le suena de algo, y porque tengo la sensación de que me van a llevar lejos, y lo mismo a Ernest o a Doyle les viene alguna idea a la cabeza. 

Menuda torta. Me mareo. Caigo.

Abro los ojos, suena el traqueteo de un tren. Qué dolor de cabeza... supongo que el coronel debió dejarme inconsciente de un guantazo. Ya deduje por su sonrisa que sería un tipo simpático.
Estoy encadenada con unos grilletes de los que me deshago en el tiempo que se tarda en gritar "¡a cubierto!". ¿Qué puedo decir? Se me da bien.

Hay varias cajas en el vagón donde estoy, así que deduzco que es de carga. No es que sea un detective, pero no es complicado. Me dedico a dar patadas a una de ellas hasta que se rompe y busco a ver si encuentro dentro algo, tanteando con la mano. Saco lo que parece un palo adornado. Eso sí, debe ser de museo o algo porque tenía un montón de paja protegiéndolo. Pero bueno, un palo es un palo, así que me lo echo al cinturón y también cojo un trozo de la madera rota de la caja y me lo guardo, que quieras que no puede servir de arma.

Empiezo a hacer ruido con las cadenas, aparentando que estoy atada, claro, y viene un guardia. Este tiene mejor pinta. Le hago un montón de preguntas, se enfada y casi me da una torta, pero la voz de Foc-H (hay que hacer hincapié en la H para que no se enfade) lo detiene. 

No tardan mucho en irse. Otra vez allí sola. Pues vaya viaje aburrido. Me levanto con idea de ver si puedo salir y algo cae sobre el techo del vagón. Parece que alguien está bailando danzas regionales animadamente allí arriba. No tengo ni idea de qué está pasando pero el techo escucha mis plegarias y se parte, haciendo que un tipo caiga delante de mí y... ¿se convierta en ceniza? ¿qué... qué tipo de arma química hace eso? El corazón se me pone a mil por hora. No me gustan las armas químicas, nunca sabes a qué atenerte con ellas, te matan durante días y te enteras dos segundos antes de palmarla. 

Me acerco tapándome la nariz a lo que queda de la ropa del guardia y cojo su arma. Cae otro. Pasa lo mismo. Cojo también su arma, y el manojo de llaves. Escucho arriba la voz de Hemingway. Se lo está pasando bien, como en el banco. O a eso suena, la verdad. 

Me las apaño para subir y Ernest me sonríe, se alegra de verme y así me lo dice. Me pregunta que si estoy bien. Es agradable que se preocupen por una, para qué mentir. Todo ocurre muy deprisa. Le doy una de las armas, nos quedamos pegados al techo del vagón. Pasa un puente, otro tipo explota en cenizas, yo agarro a Ernest para que no coma puente. Nos levantamos, seguimos. Bajamos a la intersección entre los siguientes vagones. Entramos en ese, encontramos a otra chica, una tal Irene, en el vagón, también de carga. Dice que Houdini está en el tren. Le doy la otra pistola para que se defienda si hace falta. Le digo a Ernest que me adelantaré.
Un tipo intenta desacoplar el tren. Le doy un patadón y lo tiro a la vía. Lo siento, eras tú o nosotros. Paso al siguiente vagón, y luego al siguiente. Un montón de militares están montando un cañón raro, apuntando contra la cola del tren. Subo arriba y escucho el estruendo. El vagón se tambalea y espero que mi compañero esté bien, porque el trozo de tren donde iba se va quedando atrás.
A todo esto, hay dos avionetas sobrevolándonos todo el tiempo, una parece de los nuestros, la otra es el puñetero Barón Rojo. Me emocionaría si no me estuviera disparando. 

Decido desacoplar el vagón donde van los militares y el cañón. Hay demasiada gente para enfrentarme con ellos. El acople está duro de narices, así que saco mi palo e intento ayudarme con él. Es bastante flexible. Aquello no se mueve. Doy un par de golpes con el palo y salgo despedida hacia detrás, y el vagón militar hacia delante. No sé qué ha pasado, pero ha sido un placer no conoceros.
¿Qué tipo de explosivo tiene esto dentro? 

Corro, subo al siguiente vagón. Veo a Foc-H y le saludo. Total, me ha visto. Me pregunta que si soy del club. Pues vaya una gracia, parece que sí lo soy. No sé si eso implica que me van a disparar más, pero el Barón Rojo se acerca y le recoge, sin darme ningún tiro por el camino. Gracias Dios mío. 

Pues nada, aquí me he quedado, sola con dos vagones, uno dando tumbos, a poco de meternos en un nuevo túnel bajo montaña. No es difícil predecir lo que puede pasar. 

Espero al momento preciso y salto sobre la parte de arriba de la colina nevada. Mi cara en el suelo es mejor que mis tripas por el aire. Ruedo. Me duele todo. 

Tardo un par de minutos en levantarme. Vale, tardo algo más, pero es que me duele todo. Decido desandar el camino sin perder de vista las vías. Quiero asegurarme de que Ernest está bien. Ando hasta que cae la noche y encuentro el vagón donde iba mi compañero. Está tumbado, pero no hay muertos dentro, solo ropa de los guardias de ceniza. La cojo y me la llevo. Me meto ligeramente en la zona nevada y monto lo más parecido a un refugio que consigo, con la ropa y el palo haciendo de estructura. Muy rudimentario pero no menos útil, no me apetece que me nieve encima, demasiado frío voy a pasar ya de por sí. 

No falla. Pasan las horas, me mantengo alerta. No voy a dormirme. Alemanes, lobos, el Barón Rojo... y no perderme a Hemingway si pasa de largo. Definitivamente no puedo dormirme. No debo.

Me duele todo, literalmente, y, ¿para qué mentir? Echo de menos tener a Dugarry al lado hablando de tonterías. Es curioso cómo se hace de querer, aunque algunas veces sea lo más parecido a tener al lado a un niño pequeño y otras casi a una mascota. Pero me hace reír, ¿qué le voy a hacer?

La noche se hace eterna, tengo frío, me aburro y me duele TODO. ¿He dicho ya que me duele todo? Por lo menos no me he llevado un balazo. Debería dar las gracias. 

El sol me espabila ligeramente y el sonido de una... ¿vagoneta? me hace mirar en dirección a las vías. Como si fuera una broma, Ernest aparece en una de esas carretillas típicas de las minas. No me ve, pero yo a él sí, y le grito. Se alegra de verme, no sabe no ser sincero y se lo veo en la cara. ¡Qué demonios! Yo también me alegro de verle. 

Nos saludamos brevemente. Le digo que Houdini no estaba por ningún sitio y él me dice que ha dejado a la chica a salvo. Le enseño el palo, estoy muy orgullosa del palo, aunque no tengo ni idea de lo que es. También le muestro como se usa y al tirarlo contra la nieve provoca un enorme estallido, como una explosión... pero de aire, no de fuego. 
Ernest sale despedido, sin daños, pero wow. Yo no, yo me quedo en el sitio. No entiendo nada, pero me giro sonriente. 
"¡¿Has visto?!". Se quita un montón de nieve de encima y asiente fascinado. 

Me dice que Amelia vendrá a por nosotros. Amelia es piloto, según él la mejor piloto a bordo del club. Efectivamente no tarda en llegar y gracias al palo le montamos una pista de aterrizaje despejando la nieve. Es increíble. No sé como funciona, pero es increíble. 

Amelia empieza a tomar tierra y el sonido de otra avioneta nos borra la sonrisa (o debería hacerlo, pero eso en caso de mi compañero y mío es bastante complicado). Echamos a correr hacia Amelia mientras el otro abejorro nos dispara. Yo consigo llegar, pero un gemido a mi espalda me hace girarme. "Maldición, Ernest".
Me giro para ver al bueno de Hemingway tirado en la nieve. No es algo que piense. Corro hacia él. La avioneta no deja de disparar. Grito a Amelia para que levante el vuelo, me tiro sobre Ernest y uso el palo con intención de crear una tormenta de nieve. ¡Y toma ya! ¡Truco realizado! Parece que el moscardón se despista y mientras tanto yo tiro de mi herido compañero hasta debajo de la vagoneta. 

Está herido y apenas consciente. Un poco de tela, nieve, y un vendaje rudimentario tendrán que servir de momento. Tengo que sacarlo de aquí. Morirse no es una opción por mucho que nos guste el riesgo. Todavía no ha llegado ese momento. Saco a Ernest para encontrar a Amelia cerca de mí. Lo subimos en la avioneta y salimos volando de allí en dirección a un lugar seguro. 

Venga Hemingway, aunque solo sea por cómo ella te mira, aguanta. 

jueves, 12 de septiembre de 2019

HH21 - Primera parte

Pues ya está, tenemos misión.

Hemingway parece emocionado. No, no lo parece, lo está, como un niño con zapatos nuevos. Se ve que lo de entrar de cabeza en la trampa le ha gustado. 

Vamos a hacernos pasar por alemanes, a presentar un papelito en el banco y luego a ver qué pasa.

Nos ponemos incluso nombres falsos. Ahora tengo dos nombres falsos. Bueno, uno medio falso.


Caminamos hacia el banco y se pone a hablarme de mujeres. ¿Qué les pasa a todos? Habla sin parar del amor... no, del amor no, de hacer el amor con una mujer. No sé si es que los hombres no piensan en nada más, pero Ernest habla de eso como si estuviera leyéndome poesía en voz alta.

Parece verdaderamente fascinado, no sé si por lo que cuenta o por escucharse a sí mismo, pero me hace gracia. 

Me pregunta si he estado con una mujer, y cuando le respondo que no me dice que me tiene que llevar a un sitio. Debería presentarle a Dugarry, algo me dice que harían buenas migas. 

Llegamos al banco y entro primero. Ya veo un par de cosas que no me huelen bien. Una mujer nerviosa mira a todas partes y cuando Ernest entra le dirijo a ella. Nos lleva aparte. Empieza la trampa. 


Preparados, listos, ya. Le pongo los dedos en modo pistola en el costado para que me cuente un par de cosas, y le falta cantar. La policía francesa quería que el banco les avisase cuando el "espía" con el nombre falso de Ernest se presentase allí.

Dejamos que la mujer se vaya y mi compañero se arremanga y sonríe. Vemos acercarse los guardias, pero seguimos hablando, como si nada. De alguna manera, después de haber visto una ametralladora a escasos metros de mi cara, un puñado de guardias grandotes en mitad de un pasillo me dan risa. Me parece hasta emocionante y divertido. Y por lo que veo a Hemingway también.

Empieza el baile de tortas y Ernest es un camarero implacable. Lo dejo a lo suyo haciendo volar gente y poniendo poses de combate y yo busco al cabecilla. 

Siempre hay un cabecilla. 
No tardo en dar con él, es que se colocan siempre en la misma posición, se mueven similar... 

Le pongo el cañón del arma, esta vez la de verdad, en la espalda, y le animo a que me acompañe. Ernest sigue a lo suyo, no se aburre, pero cada vez le quedan menos. 


Clemont, se llama el tipo, el pobre está asustado y no entiende nada. Me cuenta que tienen que arrestar a "Ernest", y le sugiero que me arreste a mí y me lleve a comisaría, y así sabré quién está detrás de estas órdenes. No tengo claro si le parece bien o es que está desconcertado, pero acepta.


Le digo a mi compañero que coja a tres de los hombres de Clemont, tres "voluntarios" que se queden como rehenes, por aquello de poder asegurarme mi salida sana y salva de comisaría.


Algo me dice que aún así la cosa se va a poner tensa, pero cuando me meten en el coche de policía y me esposan yo solo puedo contemplar las calles de París como la maravilla que son, e imaginarla de noche, adornada con cientos de luces reflejadas sobre el río.

El Club de los Raritos

No me parece extraño, en absoluto, que vengan a por mí.


Es decir, algo raro sí que es pero al fin y al cabo yo cumplo órdenes y si tienen que destinarme durante poco tiempo, pues bueno, a mandar. Lo único que lamento es tener que dejar atrás a Dugarry, pero algo me dice que volveré.

El tal Hemingway se esfuerza considerablemente por ponerme al día sobre "El Club", una especie de asociación de gente que quiere hacer el bien y que tienen... él lo llama "habilidades" que los hacen especiales. 

Puaf, me está intentando vender que soy especial, y cuando alguien hace eso es porque quiere algo de ti. Decido seguir escuchándole y todo lo que me dice me suena a alemán, es decir: raro, feo y no entiendo nada. 

Nos bajamos de la ambulancia rara y llena de papeles y llegamos a un hotel cerca de París. Me dice que me va a presentar al resto, pero primero a Arthur. Lleva todo el viaje hablando de "Arthur" sin decir nada concreto.

Se llama Ernest, por cierto, Ernest Hemingway, y tiene pinta de que cree que lo sabe todo. Es eso, o yo estoy de mal humor por haber tenido que dejar a Dugarry para vete a saber qué. 

Entramos en el hotel y me presenta a Arthur. Arthur Conan Doyle, que parece sorprendido de que no sepa quién es. Bueno, yo soy Jack Hawkins y tampoco me conoce nadie, no hay que indignarse. 

Me habla del Club. Insiste en que ellos quieren que acabe la guerra. Claro, y yo también, pero no sé quiénes se supone que son como para conseguir eso.
Se percata de mi cara, así que coge la granada, tira de la anilla y suelta la espoleta: tu hermano está vivo.

Y se queda tan pancho. Y a mí se me encoge el corazón.
Le digo que me lo demuestre. Segunda granada: saca una foto.

La miro fijamente mientras me dice que está en una prisión, que esa foto es de hace unos meses, y que si todo va bien algún día irán a sacarle, a él y a sus compañeros.

Me levanto y le dejo allí. Salgo fuera con la foto. Me tiemblan las manos. Solo tengo buen pulso cuando desactivo minas, cuando corto el alambre. Pero, esto es peor que el fuego cruzado.

¿Está vivo? Esta foto es de hace unos meses, dice. ¿Seguirá vivo desde que le echaron la foto? Está tan delgado, tan triste, tan... tan gris.

Mierda, ya le había perdido. Ya le había llorado. Ya le había odiado por morirse. 
Si le pierdo por segunda vez no sé si podré soportarlo.

Pero, ¿y entonces qué, Jacky? ¿qué prefieres? ¿Pensar que es mentira y vivir con la duda... o arriesgarte a tener una posibilidad y fallarle? 

Vuelvo dentro y le pongo delante la foto al tipo de la pipa, a Doyle, que me mira levantando la ceja.
Le digo que vale. Me dice que no será hoy ni mañana cuando iremos a por él.
No es que no me importe... pero ya tengo más de lo que tenía hace un rato.

Me presenta al resto. A Chaplin, que dice que es actor, a Ernest, de forma más oficial, y a sí mismo. 
Ya tenemos una misión para el club. Algo de espías, de un tal Houdini y de no sé qué más.

Suponemos que es una trampa. Propongo ir a la trampa. A Hemingway le gusta la idea y a mí empieza a caerme bien. 

Un club de gente especial... sí que parecen especiales, aunque no sé si de la forma en la que ellos lo dicen. 

Un club de raritos.